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Sexismo musical en cifras

Se acerca el verano y, con él, la época del año en la que más festivales de música tienen lugar en España. Los hay de todos o casi todos los estilos musicales, con bandas y artistas de diversas procedencias, y se celebran en multitud de localidades a lo largo y ancho del país. Alicante, Cádiz, Barcelona, Valencia, Albacete, Bilbao y un largo etcétera de ciudades y provincias acogen estos multitudinarios eventos culturales –musicales- y hacen caja.

Hacen caja a través del consumo –compras, consumo de bebida y comida, servicios de transporte y atención ciudadana-, y también hace caja la desigualdad y la discriminación, según señalan colectivos como Mujeres y Música. Si bien es cierto que algunos colectivos y personas anónimas feministas se han organizado para habilitar puntos morados/violetas en muchos festivales, la violencia machista sigue manifestándose en numerosos sentidos. Según un estudio realizado por la organización Mujeres y Música en 2017, la media de bandas compuestas por mujeres o mujeres solistas presentes en los festivales de música más conocidos es del 11,87%.

ANÁLISIS ANDREA. FOTO PRINCIPAL (ÚNICA)

Este estudio recoge, con datos numéricos, la presencia de bandas compuestas por mujeres, bandas en las que alguno de los integrantes es mujer o mujeres solistas en los festivales musicales que se celebran en España cada año. Así, expone datos como que, en 2017, en el festival Viña Rock, solo 15 artistas eran mujeres frente a las 464 actuaciones protagonizadas por hombres: 0 bandas integradas por mujeres, 1 mujer solista y 9 bandas mixtas. En el Rototom, 503 de los artistas presentes eran hombres, mientras que solo 57 eran mujeres o bandas cuyas formaciones contenían a alguna mujer. En el Sansan, solo el 5,61% del cartel eran mujeres, en el BBK un 9,89%, en el FIB un 13,64%. El festival con mayor presencia femenina entre los artistas, de entre los analizados por Mujeres y Música, es el Xe Que Bo, con un 38,03%.

Por otra parte, el diario El País relataba en marzo de este año que en el caso del Weekend Beach de Málaga, solo 4 de los más de 60 artistas confirmados para este 2018 son mujeres. En el caso del festival que más público congrega, el Arenal Sound, “hasta 10 mujeres están presentes en las 41 confirmaciones” que había hasta la fecha

Antonio López, fundador de la sala de conciertos alicantina Marearock y organizador del festival de música del mismo nombre al 50% junto con Merche Ramos, explica que, “por lo general”, para la contratación de bandas musicales para el festival hacen “bastante caso a las peticiones del público a través de las redes sociales”. Cada año piden sugerencias al público y tratan de contactar con las bandas más solicitadas. López lamenta que, al parecer, “el público no tiene como prioridad la paridad a la hora de pedir grupos”. En 2017 lanzaron una pregunta abierta en redes sociales y el resultado fue que, de entre las 31 bandas solicitadas por el público, solo 1 tenía presencia femenina: Mafalda. En ese sentido, considera que “hace falta hacer mucha pedagogía”.

Asimismo, desde el equipo organizativo del festival Marearock, destacan la necesidad de “generar conciencia intragrupo”. Desde que pusieran en marcha el festival en 2005, han observado cómo “los propios grupos caen en la dinámica de grupos no mixtos. Estamos acostumbrados/as a ver grupos de hombres sobre los escenarios, donde no existe la representación femenina en ninguno de los instrumentos”.

Puntos violetas

“Vemos bastante indiferencia por parte de las autoridades. Sin ir más lejos, en el Marearock 2018 hemos diseñado un proyecto de punto violeta para visibilizar la importancia de generar espacios libres de sexismo, tanto como tener un equipo de seguridad o sanitario, y el Ayuntamiento no nos respondió nada al respecto cuando se le mandó el dossier del proyecto”, así explica Antonio López las dificultades encontradas a la hora de intentar coordinar una red de iniciativas contra el sexismo para festivales musicales de manera global. De la misma manera, encuentra “insuficientes” los puntos violetas presentes en los festivales para paliar las agresiones machistas y el sexismo, e indica que “es imprescindible conectar tres servicios: seguridad, sanidad y punto violeta. Solo con esos tres servicios ya podemos hablar de una atención más completa”.

Según un análisis interno del festival Marearock, al festival acuden una media de un 55% de hombres y un 45% de mujeres. Sin embargo, atendiendo a los datos del estudio de MYM citado, esa cifra no es directamente proporcional a las bandas musicales y artistas invitados en relación con la paridad en la presencia en los escenarios.

Ante estos datos, se pone de manifiesto una evidencia imperceptible: es una cuestión cultural. Para hacer de la presencia femenina en el espacio público una realidad viable es preciso coordinar una revolución que abarque todos los ámbitos: desde los procesos legislativos y ejecutivos más complejos hasta las prácticas individuales más insignificantes, pasando, por consiguiente, por un necesario cambio cultural contra-hegemónico. 

 

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Tipos de Violencias Machistas

A veces no está claro qué es violencia y qué no. Con el machismo no iba a ser menos. Aquí una modesta herramienta para identificar muchas de las situaciones en las que estamos siendo agredidas.

Las mujeres no morimos por casualidad

Es habitual que una mujer reciba insultos o comentarios de menosprecio y sea objeto de burlas cada vez que se defiende verbalmente de las agresiones machistas que sufre a diario. Es tan común que, a ratos, me da por pensar si es que, efectivamente, somos unas exageradas, unas “putas locas”. Sin embargo, por más reflexiono, la respuesta a esa pregunta siempre es ‘no’. Es ‘no’ porque el ‘sí’ ya lo imponen los hombres por todas nosotras.

Me pongo a recordar en qué momento empecé a ser una “histérica” para los hombres y nunca encuentro el instante exacto, sino una sucesión de situaciones violentas que he vivido o que compañeras, hermanas, han tenido la habitual desgracia de vivir. Voy a resumir tanto como me sea posible:

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Manifestación en Bilbao contra las violencias machistas / 25 de noviembre de 2017

Cuando vuelvo a casa en vacaciones, a mi abuelo o a alguno de mis tíos siempre les da por explicarme cosas. Cosas. Sin más ni más. Y no solo cosas que ignoro, sino también cosas que conozco mejor que ellos. Da igual, ellos sienten la imperiosa necesidad de hacerlo. Recuerdo que cuando vivía con mi padre, ambos salíamos de casa y regresábamos a ella a la misma hora (él para trabajar y yo para acudir a clase y estudiar) y, sin embargo, mientras yo me encargaba poner y quitar la mesa, él se sentaba en el sofá a disfrutar de un rato de televisión.

En clase, mis compañeros me interrumpen continuamente. Al parecer, lo que tengo que decir no es tan importante como para que ellos guarden un poco de silencio. En el metro suelo encontrarme con una invasión de mi espacio vital, ya sea porque un hombre se pega demasiado innecesariamente o porque ocupa su asiento y el mío con sus piernas. Acostumbro a escuchar a mis amigos, chicos, hacer bromas sobre lo fácil que les va a resultar o les ha resultado ligar con una chica al estar borracha.

Suelo sacar las llaves de casa un buen rato antes de llegar a la puerta para entrar lo antes posible, y siempre mirando hacia atrás continuamente. A mi hermana le da miedo ir sola por la calle aun siendo de día. Mi madre es la criada de su pareja. Mis profesoras cobran menos que mis profesores por el mismo trabajo. A mis amigas, sus novios les revisan el móvil. Es muy difícil que sea una mujer la que dé una charla como experta en la universidad. Tengo un profesor que llama ‘princesitas’ a algunas alumnas (y cosas peores).

Hace unas semanas, un chico de unos 13 años le dio un beso a una amiga mía en plena calle porque, sencillamente, le dio la puta gana. Unos días atrás, estaba yo tomando algo en un bar y, tras estar media hora mirándome descaradamente, un señor de unos 60 años comenzó a echarme fotos con su móvil. Continuó haciéndolo después de haberme cambiado a una mesa en el extremo opuesto del bar.

Hace unas semanas, en una discoteca, un chico no paraba de acercarse y tocar a una amiga a pesar de su negativa y tuvimos que irnos. A otra amiga, hace dos meses, un hombre la cogió del brazo mientras iba andando tranquila hacia casa y la invitó a irse a un hotel con él. Tuvo que salir corriendo despavorida. El año pasado, cinco hombres violaron a una chica en Sanfermines. Y en el último año 2017, 98 fueron las mujeres asesinadas a manos de hombres.

Entonces, vuelvo a pararme a pensar, y reparo en unas cuántas cosas:

No se trata de un abuelo sabio y servicial, no es un padre cansado de trabajar, no son compañeros de clase impacientes, no es un hombre al que se le aplastan los genitales por cruzar las piernas, no son amigos graciosos, no es un tío pesado en una discoteca, no es un novio curioso cuyos celos son síntoma del intenso amor que siente hacia su pareja. Claro que no.

Son hombres que han aprendido y asumido desde pequeños que las mujeres somos territorio de conquista. Son hombres que han interiorizado la idea de que pueden mirarnos, hablarnos, increparnos, tocarnos, besarnos, dominarnos, utilizarnos, violarnos y matarnos cuando, como y donde les apetezca.

El asesinato de una mujer no es fruto de una discusión puntual, de un arrebato momentáneo, de una enfermedad mental. No son casos aislados, no son casualidad. Todas las formas de violencia machista responden a un sistema cultural hegemónico denominado ‘heteropatriarcado’ que, a pesar de que la RAE (esa que hasta hace poco definía mujer como “sexo débil”) no quiera incluirlo en el diccionario de la lengua española, existe y supone la supeditación y opresión de la mujer, el dominio del hombre y de la heterosexualidad y el binarismo de género.

No estamos locas. Vivimos en guerra.

Lamentablemente, las mujeres comenzamos a ser asesinadas cuando nuestros abuelos empiezan, desde bien pequeñitas, a explicarnos cosas.

Elogio de la ilegalidad

Al hilo de los últimos acontecimientos en Cataluña, se están produciendo interesantes puestas en escena para la defensa de la “legalidad” por parte de diferentes partidos políticos, con el apoyo, además, de gran parte de la prensa generalista española. El diario La Razón publicó, ya en mayo de este año, una especie de manifiesto propio en forma de editorial titulado “un pacto por la defensa de la legalidad” en el que se criminalizaban las pretensiones de la Generalitat al respecto del referéndum y se alababan las medidas que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría anunció que se tendrían que tomar para frenar la “deslealtad” de Puigdemont.

También se han pronunciado al respecto de la defensa de la legalidad diarios como El Español o El País (este último con una noticia sobre una PNL presentada por el grupo parlamentario de Ciudadanos en Cataluña para el “apoyo institucional en defensa de la legalidad democrática en Cataluña”). Además, el Partido Popular, el PSOE y otros partidos sin representación parlamentaria como VOX o UPYD han utilizado también el concepto de “legalidad” como mantra principal para la construcción de sus respectivos discursos en torno al tema catalán.

(Léanse las siguientes líneas con voz fantasmagórica) Legalidad. Lo legal. La ley dice que. Hay que respetar la ley. La ley no lo permite. Solo se puede dialogar dentro de la legalidad. La legalidad vigente. (Ya se puede parar la voz fantasmagórica).

Se acostumbra a trazar un abismo entre lo legal y lo ilegal (mejor dicho, entre lo que, según aquellos que manejan la ley, ha de pasar por ella y lo que no en función de intereses muy concretos), entre constitucionalismo y anti-constitucionalismo, entre orden y desorden. Todo ello desde la realidad conceptual fabricada por las primeras opciones, las hegemónicas, y en detrimento de las segundas.

Quizá cabría preguntarse si la ley siempre es justa solo por su condición de norma jurídica; si lo ilegal siempre es negativo, violento e inaceptable solo porque reside fuera de los márgenes establecidos para la convivencia hasta un determinado momento; si una determinada Constitución sigue siendo útil y protege todas las necesidades de las personas que están sometidas a ella décadas después de su redacción inicial. Incluso, habría una de preguntarse qué había antes de que la ley fuera ley, cómo la ley se convirtió en ley, por qué de esa manera y no de otra, por qué unos determinados preceptos y no otros, en base a qué, como consecuencia de qué hechos, y un largo etcétera.

Utilizar la palabra “legalidad” de manera banal para dar empaque a un discurso que lo único que pretende es criminalizar todo aquello que cuestione unas ciertas prescripciones hegemónicas lo que consigue es, precisamente, restar validez y efectividad a dicho discurso. Lo hace ridículo y aburrido y lo aleja de la realidad de las calles.

Atendiendo a aquello de hacernos preguntas, sería interesante recordar algunas cosas que solo a través de la ruptura con la legalidad se convirtieron en logros de la sociedad civil que hoy los miembros de esa “legalidad” reivindican como victorias de la justicia y el parlamentarismo. Qué ironía.

De aquellas huelgas estos derechos

Los derechos de huelga, de reunión y manifestación son hoy una realidad incuestionable en el ordenamiento jurídico de la mayoría de países a nivel mundial (en términos teóricos, claro, porque hace mucho que se vislumbra una práctica contraria a la defensa de los mismos). Sin embargo, hubo un antes de esos derechos, no aparecieron por arte de magia en las constituciones de todo el mundo.

El 14 de noviembre del año 1.166 a.C., “obreros y artesanos egipcios construían el templo funerario de Ramsés III”. Había constantes retrasos en el pago de sus salarios (diez hogazas de pan y una medida de cerveza diaria) y el hambre se hacía cada vez más notorio. La situación era desesperante. Los obreros “abandonaron sus puestos de trabajo y permanecieron concentrados mientras no le pagaran lo que se les debía. “Hicieron sentadas, ocuparon edificios y acamparon una noche en el templo”. Así lo cuenta el portal Egiptomanía. En el Museo de Turín hoy se conserva el “Papiro de la Huelga” que recogía el testimonio de los manifestantes: “… los trabajadores traspasaron los muros de la necrópolis (se pusieron en huelga) diciendo: ‘Tenemos hambre, han pasado 18 días de este mes… hemos venido aquí empujados por el hambre y por la sed; no tenemos vestidos, ni grasa, ni pescado, ni legumbres. Escriban esto al faraón, nuestro buen señor y al visir nuestro jefe, que nos den nuestro sustento”.

Finalmente, los obreros consiguieron que les pagaran y el conjunto de sus acciones fueron consideradas como la primera huelga de la historia. No, claro que no tenían derecho a huelga. Se lo fabricaron ellos mismos. Aunque quizá tengan razón los “constitucionalistas” y lo que tendrían que haber hecho era dejarse morir de hambre, porque exigir el sustento vital no entraba dentro de la “legalidad vigente”.

 

Cuando el diálogo no sirve

Unos cuantos miles de años después de la primera huelga, tras años de protesta y peticiones formales a través de la participación en partidos políticos como el Partido Laborista Independiente, las sufragistas británicas “se cansaron de luchar con la palabra y pasaron a la acción. Deeds, notwords”. Así lo explica el diario El Mundo en un reportaje sobre las “sufragettes”. Por medio de la WSPU (Unión Social y Política Femenina) fundada en 1903con EmmelinePankhurst como lideresa referente, comenzaron a protagonizar acciones que las llevaron a estar fuera de los márgenes legales: sufrieron cargas policiales en manifestaciones como la de Londres en febrero de 1907; “se encadenaron a la verja de Downing Street, residencia del primer ministro, e incluso llegaron a entrar en ella; realizaban lanzamientos de octavillas desde globos; organizaban mítines multitudinarios para los que fletaban trenes (en el de 1908 en Hyde ParkThe Times calculó que 500.000 personas habían acudido)”, según narra la Universidad de Barcelona en un artículo sobre las principales luchas del movimiento sufragista.

Manifestación sufragista en Hyde Park el 21 de junio de 1908 / Foto: El País

Después de ello, engañadas de nuevo por los liberales -que prometían incluir a la mujer en el sufragio universal y finalmente desoyeron la petición-, la WSPU llevó a cabo en 1912 lo que denominó “el argumento de la piedra” y rompieron todos los escaparates de la zona comercial de Oxford Street en Londres. Fueron encarceladas, siguieron luchando desde la clandestinidad y continuaron los apedreamientos, los incendios provocados, las huelgas de hambre e incluso una de ellas, Emily Davidson, se arrojó a los pies del caballo del rey Jorge V en el Derbi de Epsom de 1913 y murió cuatro días más tarde, lo que “dio lugar a las manifestaciones sufragistas más importantes”.

En 1918, el Parlamento británico permitió votar a las mujeres mayores de 30 años. Fue el primer paso hacia el sufragio universal.

La jornada de ocho horas

Entre 1810 y 1817, cuando el empresario y socialista Robert Owen difundió la idea de que la calidad del trabajo está directamente relacionada con la calidad de vida del obrero y acuñó el lema “ocho horas de trabajo, ocho horas para vivir, ocho horas de descanso”, comenzó a gestarse la reivindicación de la reducción de la jornada laboral y con ello las protestas en los centros de trabajo a lo largo y ancho de EE.UU. con la jornada de trabajo de 8 horas como demanda principal.

Las condiciones de vida de las personas trabajadoras eran pésimas en EE.UU. en las décadas de los 70 y 80. El hambre y el cansancio eran notorios y con ello creció el descontento. La jornada laboral era, en muchos casos, de 18 horas y el trabajo infantil era una realidad irremediable. Como consecuencia de ello, los trabajadores empezaron a unirse, a organizarse y a protagonizar acciones de protesta. En 1886, la Federación Americana de Trabajadores, en su cuarta asamblea, estableció la petición al gobierno de la reducción de la jornada laboral a 8 horas, sin cuya toma en consideración se iría a la huelga.

“El presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo lasocho horas de trabajo diarias”. Sin embargo, los empresarios desoyeron la nueva normativa e incumplieron sus preceptos, lo que provocó que el 1 de mayode ese mismo año tuvieran lugar multitudinarias manifestaciones de trabajadores en múltiples ciudades de EE.UU. Cientos de miles de trabajadores salieron a la calle para exigir que se cumpliera la ley. En Chicago, en la protesta contra la empresa de maquinaria agrícola McCormick, la carga policial dejó varios muertos y un número indeterminado de heridos.

La respuesta de los trabajadores fue prolongar la huelga durante varios días. En ellos, la policía continuó cargando contra los manifestantes, asesinando a algunos de ellos, y los trabajadores siguieron agitando Chicago. El 4 de mayo, una carga policial con varios muertos y más de 200 heridos provocó que algunos huelguistas lanzaran una bomba, dejando a 7 policías muertos. Muchos trabajadores fueron detenidos, torturados, condenados y ejecutados. Los hechos fueron recogidos por periódicos como el Chicago Tribune (5 de mayo de 1886) o The New York Times (3 de mayo de 1886).

Mapa de los disturbios en Chicago en 1886 / Chicago Tribune

Según relata el portal Academic, a finales de ese mismo mes (mayo de 1886) “varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada laboral de ocho horas a centenares de miles de obreros”.

La abogada Isabel Elbal recuerda, en un artículo publicado en la revista La Marea, que la Constitución Española de 1978reza que “la justicia emana del pueblo” y que, sin embargo, el Poder Judicial, lejos de ser efectivamente “emanante de la soberanía popular”, está cada vez más “alejado del ciudadano medio y más próximo al defensor técnico del sistema establecido”, aquel que “no cuestiona el orden constitucional y lo acata ciegamente”.

La gestión de la problemática de Cataluña por parte del Gobierno actual se ha basado en “la resolución del conflicto político mediante la aplicación del Código Penal”. Ignorando el hecho de que el Estado español se circunscribe en términos teóricos como una democracia, Mariano Rajoy ha retorcido la “legalidad” para hacer que la justicia se convierta en un valor secundario, en un objetivo sin importancia. Lo mismo sucede con la democracia. A través de la continua reconstrucción del discurso oficial, se ha conseguido meter en el saco del desorden todo aquello que choque frontalmente con los intereses particulares del partido de gobierno y los poderes fácticos que lo mantienen. El imaginario colectivo es ahora el cajón desastre del franquismo, pues es evidente que se están vendido a precio de democracia políticas cuasi-fascistas sin que nadie se dé cuenta.

La legalidad que hoy defienden los partidos políticos y gran parte de los medios de comunicación abarca todas aquellas prácticas y medidas que, en cualquier país con un mínimo de salud democrática, deberían de estar consideradas como un delirio y deberían suscitar el rechazo masivo de la población o, como mínimo, de toda la clase obrera.

La reminiscencia de cómo únicamente sobrepasando los límites de la legalidad y del discurso de la legalidad se ha conseguido romper los techos de cristal de la injusticia (qué ironía), se torna necesaria en estos tiempos de enajenación democrática que está viviendo España. Pese a quien pese, es indiscutible que, frente a la opresión, la única receta útil siempre ha sido la desobediencia.

 

A 2017 le pido intolerancia

Sería infinitamente más útil, o, como mínimo, definitivamente menos agotador, que todas y cada una de esas personas que expresan sus mayores (y poco originales) deseos para el año que comienza a través de Facebook y otras redes, interrumpiendo el flujo de información interesante, lo hicieran por otras vías. Por ejemplo, para sí mismos. Se sorprenderían de lo placentero que es mantener una conversación con una misma sin romper el maravilloso silencio de las demás.

El caso es que, como esta práctica/bombardeo innecesario es algo que desequilibra mi paz interior cada enero, he decidido compartir mis anhelos también, a ver si puedo desequilibrar un poco la tranquilidad interior de algunas de mis iguales. No obstante, seré breve.

A 2017, sí, le pido intolerancia.

Pido intolerancia a la escandalosa, estresante, demoledora y, como diría un grande que se acaba de marchar, líquida rutina que nos aprieta la garganta cada día. Pido intolerancia a los parches emocionales, a la contaminación y al aceite de palma. Pido intolerancia a la criminalización de la protesta ciudadana, a la represión de los pueblos a manos de las fuerzas armadas y a los Estados fascistas democratizados.

Pido intolerancia al maltrato animal, al maltrato psicológico hacia el prójimo, al maltrato físico, al maltrato. Pido intolerancia al machismo, al que se ve y se oye, y al que casi no se puede percibir.  Pido intolerancia a la falta de calidad informativa, a la manipulación de los medios, a la permanencia en prime time de personas que difaman, calumnian, mienten. Pido intolerancia a la corrupción, al adueñamiento de unos pocos de la Patria, de la cultura popular y de los valores de los pueblos. Intolerancia a la usurpación de la hegemonía.

Pido intolerancia al arrebatamiento de la libertad de las personas, de los animales y de todos los seres vivos que habitan el planeta. Pido intolerancia al aniquilamiento de la Madre Tierra, al consumo compulsivo y a la devaluación de la felicidad como camino y objetivo vital. Pido intolerancia a la explotación, la opresión, la hemorragia de la clase obrera, de los trabajadores y las trabajadoras (la mayoría social).

Pido intolerancia al egoísmo, a la deshumanización de las naciones, al cierre de fronteras y a la vulneración de los Derechos Humanos. Pido intolerancia a la alienación de la ciudadanía, al racismo y la xenofobia, a la pobreza energética y al abandono de nuestras iguales en la calle. Pido intolerancia a los desahucios, al hambre de nuestras vecinas y a los recortes en sentido común. Pido intolerancia al desmantelamiento de lo público: Educación, sanidad, pensiones, transporte.

Pido intolerancia al abuso de poder, a la violencia institucional, a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, a la desigualdad en general y a la discriminación. Pido intolerancia al fascismo, a la homofobia, a la experimentación con animales, a la asfixia de las pymes y a la colonización de los territorios y de los pueblos. Pido intolerancia a la provocación, la participación y el fomento de las guerras.

Pido intolerancia al autoritarismo, a la supeditación de la vida a las redes sociales, al dominio privado de los medios de producción y a los feminicidios. Pido intolerancia a la conservación de símbolos franquistas (fascistas), al olvido de nuestra historia y a las carencias democráticas. Intolerancia a la falta de solidaridad, de justicia, de equidad, de tranquilidad, de amor.

La intolerancia, a veces, se hace necesaria.

[Foto: Pixabay]

Estudiantes en lucha: rompiendo los muros de la violencia institucional

Este miércoles, estudiantes de varias facultades de la Universidad de Castilla-La Mancha escenificamos, en forma de encerrona en una de ellas, nuestra protesta contra los recortes en Educación del Partido Popular, contra el Real Decreto 310/2016 (que regula las evaluaciones de ESO y Bachillerato, esto es, establece las nuevas reválidas), contra la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) y contra el Real Decreto 43/2015 (más conocido como ‘3+2’), ya que consideramos, como la mayor parte de la comunidad educativa, que dichos movimientos legislativos atentan gravemente contra lo que entendemos por una Educación pública, gratuita, laica y de calidad.

Eran poco más de las ocho de la tarde cuando entramos al edificio que habitaríamos durante la noche y hacía frío. Fue un alivio encontrar la calefacción puesta, o recientemente desconectada. El aula conservaba una temperatura agradable. Las ganas de debatir por parte de algunos estaban menos calientes, todo sea dicho. O así lo supe percibir yo.  Aunque pasada la primera toma de contacto, ello cambió notablemente.

Abarrotamos las paredes con pancartas, pusimos música respetando los diversos gustos, comimos algo y empezamos a crear. Un trozo de papel blanco cubría la pizarra y, allí, algunas decenas de manos plasmaron, mediante dibujos y mensajes con diferentes tipografías, las demandas y necesidades, para sus mentes, vitales.

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Cerca de las diez y media de la noche, las primeras conversaciones entre algunas y algunos de los que entonces éramos desconocidos y unos cuantos acordes de guitarra pisaban levemente la música que salía de los altavoces.

Así terminamos traduciendo nuestras cualidades intelectuales, nuestras perspectivas, nuestras reivindicaciones sociales y educativas y nuestra rabia con lo que consideramos un indudable ejercicio de violencia del Estado hacia las clases trabajadoras (la mayoría social), en una asamblea en la que todas y todos pudimos contraponer ideas, aprender del resto y crear unidad y fuerza estudiantil.

Los derechos no caen como la lluvia, crecen como la hierba ni permanencen guardados a buen recaudo en ningún cajón. Hay que defenderlos y lucharlos cada día por conseguirlos y por no perderlos de nuevo, recordando siempre los valles de sudor, sangre y lágrimas que se derramaron. Y el respeto a la ciudadanía por parte de los poderes del Estado tampoco surge de la buena voluntad de nadie que los ostente. Como dirían Los Chikos del Maíz, “es necesario que el pueblo resista”, y para ello estuvimos ayer en ese aula, y por ello continuaremos llenando las calles por cada agresión – cuya mayoría de veces no es física, aunque también – de los de arriba hacia las de abajo.