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Elogio de la ilegalidad

Al hilo de los últimos acontecimientos en Cataluña, se están produciendo interesantes puestas en escena para la defensa de la “legalidad” por parte de diferentes partidos políticos, con el apoyo, además, de gran parte de la prensa generalista española. El diario La Razón publicó, ya en mayo de este año, una especie de manifiesto propio en forma de editorial titulado “un pacto por la defensa de la legalidad” en el que se criminalizaban las pretensiones de la Generalitat al respecto del referéndum y se alababan las medidas que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría anunció que se tendrían que tomar para frenar la “deslealtad” de Puigdemont.

También se han pronunciado al respecto de la defensa de la legalidad diarios como El Español o El País (este último con una noticia sobre una PNL presentada por el grupo parlamentario de Ciudadanos en Cataluña para el “apoyo institucional en defensa de la legalidad democrática en Cataluña”). Además, el Partido Popular, el PSOE y otros partidos sin representación parlamentaria como VOX o UPYD han utilizado también el concepto de “legalidad” como mantra principal para la construcción de sus respectivos discursos en torno al tema catalán.

(Léanse las siguientes líneas con voz fantasmagórica) Legalidad. Lo legal. La ley dice que. Hay que respetar la ley. La ley no lo permite. Solo se puede dialogar dentro de la legalidad. La legalidad vigente. (Ya se puede parar la voz fantasmagórica).

Se acostumbra a trazar un abismo entre lo legal y lo ilegal (mejor dicho, entre lo que, según aquellos que manejan la ley, ha de pasar por ella y lo que no en función de intereses muy concretos), entre constitucionalismo y anti-constitucionalismo, entre orden y desorden. Todo ello desde la realidad conceptual fabricada por las primeras opciones, las hegemónicas, y en detrimento de las segundas.

Quizá cabría preguntarse si la ley siempre es justa solo por su condición de norma jurídica; si lo ilegal siempre es negativo, violento e inaceptable solo porque reside fuera de los márgenes establecidos para la convivencia hasta un determinado momento; si una determinada Constitución sigue siendo útil y protege todas las necesidades de las personas que están sometidas a ella décadas después de su redacción inicial. Incluso, habría una de preguntarse qué había antes de que la ley fuera ley, cómo la ley se convirtió en ley, por qué de esa manera y no de otra, por qué unos determinados preceptos y no otros, en base a qué, como consecuencia de qué hechos, y un largo etcétera.

Utilizar la palabra “legalidad” de manera banal para dar empaque a un discurso que lo único que pretende es criminalizar todo aquello que cuestione unas ciertas prescripciones hegemónicas lo que consigue es, precisamente, restar validez y efectividad a dicho discurso. Lo hace ridículo y aburrido y lo aleja de la realidad de las calles.

Atendiendo a aquello de hacernos preguntas, sería interesante recordar algunas cosas que solo a través de la ruptura con la legalidad se convirtieron en logros de la sociedad civil que hoy los miembros de esa “legalidad” reivindican como victorias de la justicia y el parlamentarismo. Qué ironía.

De aquellas huelgas estos derechos

Los derechos de huelga, de reunión y manifestación son hoy una realidad incuestionable en el ordenamiento jurídico de la mayoría de países a nivel mundial (en términos teóricos, claro, porque hace mucho que se vislumbra una práctica contraria a la defensa de los mismos). Sin embargo, hubo un antes de esos derechos, no aparecieron por arte de magia en las constituciones de todo el mundo.

El 14 de noviembre del año 1.166 a.C., “obreros y artesanos egipcios construían el templo funerario de Ramsés III”. Había constantes retrasos en el pago de sus salarios (diez hogazas de pan y una medida de cerveza diaria) y el hambre se hacía cada vez más notorio. La situación era desesperante. Los obreros “abandonaron sus puestos de trabajo y permanecieron concentrados mientras no le pagaran lo que se les debía. “Hicieron sentadas, ocuparon edificios y acamparon una noche en el templo”. Así lo cuenta el portal Egiptomanía. En el Museo de Turín hoy se conserva el “Papiro de la Huelga” que recogía el testimonio de los manifestantes: “… los trabajadores traspasaron los muros de la necrópolis (se pusieron en huelga) diciendo: ‘Tenemos hambre, han pasado 18 días de este mes… hemos venido aquí empujados por el hambre y por la sed; no tenemos vestidos, ni grasa, ni pescado, ni legumbres. Escriban esto al faraón, nuestro buen señor y al visir nuestro jefe, que nos den nuestro sustento”.

Finalmente, los obreros consiguieron que les pagaran y el conjunto de sus acciones fueron consideradas como la primera huelga de la historia. No, claro que no tenían derecho a huelga. Se lo fabricaron ellos mismos. Aunque quizá tengan razón los “constitucionalistas” y lo que tendrían que haber hecho era dejarse morir de hambre, porque exigir el sustento vital no entraba dentro de la “legalidad vigente”.

 

Cuando el diálogo no sirve

Unos cuantos miles de años después de la primera huelga, tras años de protesta y peticiones formales a través de la participación en partidos políticos como el Partido Laborista Independiente, las sufragistas británicas “se cansaron de luchar con la palabra y pasaron a la acción. Deeds, notwords”. Así lo explica el diario El Mundo en un reportaje sobre las “sufragettes”. Por medio de la WSPU (Unión Social y Política Femenina) fundada en 1903con EmmelinePankhurst como lideresa referente, comenzaron a protagonizar acciones que las llevaron a estar fuera de los márgenes legales: sufrieron cargas policiales en manifestaciones como la de Londres en febrero de 1907; “se encadenaron a la verja de Downing Street, residencia del primer ministro, e incluso llegaron a entrar en ella; realizaban lanzamientos de octavillas desde globos; organizaban mítines multitudinarios para los que fletaban trenes (en el de 1908 en Hyde ParkThe Times calculó que 500.000 personas habían acudido)”, según narra la Universidad de Barcelona en un artículo sobre las principales luchas del movimiento sufragista.

Manifestación sufragista en Hyde Park el 21 de junio de 1908 / Foto: El País

Después de ello, engañadas de nuevo por los liberales -que prometían incluir a la mujer en el sufragio universal y finalmente desoyeron la petición-, la WSPU llevó a cabo en 1912 lo que denominó “el argumento de la piedra” y rompieron todos los escaparates de la zona comercial de Oxford Street en Londres. Fueron encarceladas, siguieron luchando desde la clandestinidad y continuaron los apedreamientos, los incendios provocados, las huelgas de hambre e incluso una de ellas, Emily Davidson, se arrojó a los pies del caballo del rey Jorge V en el Derbi de Epsom de 1913 y murió cuatro días más tarde, lo que “dio lugar a las manifestaciones sufragistas más importantes”.

En 1918, el Parlamento británico permitió votar a las mujeres mayores de 30 años. Fue el primer paso hacia el sufragio universal.

La jornada de ocho horas

Entre 1810 y 1817, cuando el empresario y socialista Robert Owen difundió la idea de que la calidad del trabajo está directamente relacionada con la calidad de vida del obrero y acuñó el lema “ocho horas de trabajo, ocho horas para vivir, ocho horas de descanso”, comenzó a gestarse la reivindicación de la reducción de la jornada laboral y con ello las protestas en los centros de trabajo a lo largo y ancho de EE.UU. con la jornada de trabajo de 8 horas como demanda principal.

Las condiciones de vida de las personas trabajadoras eran pésimas en EE.UU. en las décadas de los 70 y 80. El hambre y el cansancio eran notorios y con ello creció el descontento. La jornada laboral era, en muchos casos, de 18 horas y el trabajo infantil era una realidad irremediable. Como consecuencia de ello, los trabajadores empezaron a unirse, a organizarse y a protagonizar acciones de protesta. En 1886, la Federación Americana de Trabajadores, en su cuarta asamblea, estableció la petición al gobierno de la reducción de la jornada laboral a 8 horas, sin cuya toma en consideración se iría a la huelga.

“El presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo lasocho horas de trabajo diarias”. Sin embargo, los empresarios desoyeron la nueva normativa e incumplieron sus preceptos, lo que provocó que el 1 de mayode ese mismo año tuvieran lugar multitudinarias manifestaciones de trabajadores en múltiples ciudades de EE.UU. Cientos de miles de trabajadores salieron a la calle para exigir que se cumpliera la ley. En Chicago, en la protesta contra la empresa de maquinaria agrícola McCormick, la carga policial dejó varios muertos y un número indeterminado de heridos.

La respuesta de los trabajadores fue prolongar la huelga durante varios días. En ellos, la policía continuó cargando contra los manifestantes, asesinando a algunos de ellos, y los trabajadores siguieron agitando Chicago. El 4 de mayo, una carga policial con varios muertos y más de 200 heridos provocó que algunos huelguistas lanzaran una bomba, dejando a 7 policías muertos. Muchos trabajadores fueron detenidos, torturados, condenados y ejecutados. Los hechos fueron recogidos por periódicos como el Chicago Tribune (5 de mayo de 1886) o The New York Times (3 de mayo de 1886).

Mapa de los disturbios en Chicago en 1886 / Chicago Tribune

Según relata el portal Academic, a finales de ese mismo mes (mayo de 1886) “varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada laboral de ocho horas a centenares de miles de obreros”.

La abogada Isabel Elbal recuerda, en un artículo publicado en la revista La Marea, que la Constitución Española de 1978reza que “la justicia emana del pueblo” y que, sin embargo, el Poder Judicial, lejos de ser efectivamente “emanante de la soberanía popular”, está cada vez más “alejado del ciudadano medio y más próximo al defensor técnico del sistema establecido”, aquel que “no cuestiona el orden constitucional y lo acata ciegamente”.

La gestión de la problemática de Cataluña por parte del Gobierno actual se ha basado en “la resolución del conflicto político mediante la aplicación del Código Penal”. Ignorando el hecho de que el Estado español se circunscribe en términos teóricos como una democracia, Mariano Rajoy ha retorcido la “legalidad” para hacer que la justicia se convierta en un valor secundario, en un objetivo sin importancia. Lo mismo sucede con la democracia. A través de la continua reconstrucción del discurso oficial, se ha conseguido meter en el saco del desorden todo aquello que choque frontalmente con los intereses particulares del partido de gobierno y los poderes fácticos que lo mantienen. El imaginario colectivo es ahora el cajón desastre del franquismo, pues es evidente que se están vendido a precio de democracia políticas cuasi-fascistas sin que nadie se dé cuenta.

La legalidad que hoy defienden los partidos políticos y gran parte de los medios de comunicación abarca todas aquellas prácticas y medidas que, en cualquier país con un mínimo de salud democrática, deberían de estar consideradas como un delirio y deberían suscitar el rechazo masivo de la población o, como mínimo, de toda la clase obrera.

La reminiscencia de cómo únicamente sobrepasando los límites de la legalidad y del discurso de la legalidad se ha conseguido romper los techos de cristal de la injusticia (qué ironía), se torna necesaria en estos tiempos de enajenación democrática que está viviendo España. Pese a quien pese, es indiscutible que, frente a la opresión, la única receta útil siempre ha sido la desobediencia.

 

A 2017 le pido intolerancia

Sería infinitamente más útil, o, como mínimo, definitivamente menos agotador, que todas y cada una de esas personas que expresan sus mayores (y poco originales) deseos para el año que comienza a través de Facebook y otras redes, interrumpiendo el flujo de información interesante, lo hicieran por otras vías. Por ejemplo, para sí mismos. Se sorprenderían de lo placentero que es mantener una conversación con una misma sin romper el maravilloso silencio de las demás.

El caso es que, como esta práctica/bombardeo innecesario es algo que desequilibra mi paz interior cada enero, he decidido compartir mis anhelos también, a ver si puedo desequilibrar un poco la tranquilidad interior de algunas de mis iguales. No obstante, seré breve.

A 2017, sí, le pido intolerancia.

Pido intolerancia a la escandalosa, estresante, demoledora y, como diría un grande que se acaba de marchar, líquida rutina que nos aprieta la garganta cada día. Pido intolerancia a los parches emocionales, a la contaminación y al aceite de palma. Pido intolerancia a la criminalización de la protesta ciudadana, a la represión de los pueblos a manos de las fuerzas armadas y a los Estados fascistas democratizados.

Pido intolerancia al maltrato animal, al maltrato psicológico hacia el prójimo, al maltrato físico, al maltrato. Pido intolerancia al machismo, al que se ve y se oye, y al que casi no se puede percibir.  Pido intolerancia a la falta de calidad informativa, a la manipulación de los medios, a la permanencia en prime time de personas que difaman, calumnian, mienten. Pido intolerancia a la corrupción, al adueñamiento de unos pocos de la Patria, de la cultura popular y de los valores de los pueblos. Intolerancia a la usurpación de la hegemonía.

Pido intolerancia al arrebatamiento de la libertad de las personas, de los animales y de todos los seres vivos que habitan el planeta. Pido intolerancia al aniquilamiento de la Madre Tierra, al consumo compulsivo y a la devaluación de la felicidad como camino y objetivo vital. Pido intolerancia a la explotación, la opresión, la hemorragia de la clase obrera, de los trabajadores y las trabajadoras (la mayoría social).

Pido intolerancia al egoísmo, a la deshumanización de las naciones, al cierre de fronteras y a la vulneración de los Derechos Humanos. Pido intolerancia a la alienación de la ciudadanía, al racismo y la xenofobia, a la pobreza energética y al abandono de nuestras iguales en la calle. Pido intolerancia a los desahucios, al hambre de nuestras vecinas y a los recortes en sentido común. Pido intolerancia al desmantelamiento de lo público: Educación, sanidad, pensiones, transporte.

Pido intolerancia al abuso de poder, a la violencia institucional, a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, a la desigualdad en general y a la discriminación. Pido intolerancia al fascismo, a la homofobia, a la experimentación con animales, a la asfixia de las pymes y a la colonización de los territorios y de los pueblos. Pido intolerancia a la provocación, la participación y el fomento de las guerras.

Pido intolerancia al autoritarismo, a la supeditación de la vida a las redes sociales, al dominio privado de los medios de producción y a los feminicidios. Pido intolerancia a la conservación de símbolos franquistas (fascistas), al olvido de nuestra historia y a las carencias democráticas. Intolerancia a la falta de solidaridad, de justicia, de equidad, de tranquilidad, de amor.

La intolerancia, a veces, se hace necesaria.

[Foto: Pixabay]

“No puedes no conocer a The Beatles”

Hay voces que gritan -porque no queda otra- que la invasión y el expolio de América fue el acto de inauguración oficial del capitalismo más salvaje. Luis Nitrihual recordaba hace unos días, en el contexto de una conferencia sobre la estructura de medios en América Latina, que la llegada de la modernidad y el progreso al continente llevó consigo poco menos que un “desarrollo frustrado del capitalismo” que comentaba antes, pues en lugar de permitir el desarrollo de una industria propia e independiente a los pueblos latinoamericanos, se apostó por la extracción abusiva de materias primas mediante la explotación de las tierras para una posterior producción de bienes en Europa. Dejando así, a estos, en la más absoluta situación de indefensión y dependencia económica. Es la enésima muestra de un ejercicio de desvergüenza en la historia de la humanidad.

Así contado, en un cutrísimo párrafo de ciento treinta y nueve palabras, suena frívolo y casi pueril. Y es una lástima, pero no tenemos la culpa de ser vividos –que no vivir- en la era del neofascismo democratizado cuyas ciudadanías crecen, se reproducen y mueren –convencidas de la idoneidad del mismo- desprovistas de cualquier fórmula de empoderamiento y control de la propia vida. Tampoco tenemos culpa de tener el discurso limitado a trescientas palabras en las que, además de contar todo lo que se sucede en su mundo, tenemos que demostrar que hemos leído Territorio Comanche del muy español y mucho español Pérez Reverte, que las mesas de nuestras casas están bien calzadas con Los pilares de la Tierra,  que tenemos una opinión formada sobre la cobra de Bisbal a Chenoa y que nos gustan The Beatles. No vaya a ser que en la esfera pública se empiece a leer a Bakunin.

¿O sí?

 

 

Estudiantes en lucha: rompiendo los muros de la violencia institucional

Este miércoles, estudiantes de varias facultades de la Universidad de Castilla-La Mancha escenificamos, en forma de encerrona en una de ellas, nuestra protesta contra los recortes en Educación del Partido Popular, contra el Real Decreto 310/2016 (que regula las evaluaciones de ESO y Bachillerato, esto es, establece las nuevas reválidas), contra la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) y contra el Real Decreto 43/2015 (más conocido como ‘3+2’), ya que consideramos, como la mayor parte de la comunidad educativa, que dichos movimientos legislativos atentan gravemente contra lo que entendemos por una Educación pública, gratuita, laica y de calidad.

Eran poco más de las ocho de la tarde cuando entramos al edificio que habitaríamos durante la noche y hacía frío. Fue un alivio encontrar la calefacción puesta, o recientemente desconectada. El aula conservaba una temperatura agradable. Las ganas de debatir por parte de algunos estaban menos calientes, todo sea dicho. O así lo supe percibir yo.  Aunque pasada la primera toma de contacto, ello cambió notablemente.

Abarrotamos las paredes con pancartas, pusimos música respetando los diversos gustos, comimos algo y empezamos a crear. Un trozo de papel blanco cubría la pizarra y, allí, algunas decenas de manos plasmaron, mediante dibujos y mensajes con diferentes tipografías, las demandas y necesidades, para sus mentes, vitales.

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Cerca de las diez y media de la noche, las primeras conversaciones entre algunas y algunos de los que entonces éramos desconocidos y unos cuantos acordes de guitarra pisaban levemente la música que salía de los altavoces.

Así terminamos traduciendo nuestras cualidades intelectuales, nuestras perspectivas, nuestras reivindicaciones sociales y educativas y nuestra rabia con lo que consideramos un indudable ejercicio de violencia del Estado hacia las clases trabajadoras (la mayoría social), en una asamblea en la que todas y todos pudimos contraponer ideas, aprender del resto y crear unidad y fuerza estudiantil.

Los derechos no caen como la lluvia, crecen como la hierba ni permanencen guardados a buen recaudo en ningún cajón. Hay que defenderlos y lucharlos cada día por conseguirlos y por no perderlos de nuevo, recordando siempre los valles de sudor, sangre y lágrimas que se derramaron. Y el respeto a la ciudadanía por parte de los poderes del Estado tampoco surge de la buena voluntad de nadie que los ostente. Como dirían Los Chikos del Maíz, “es necesario que el pueblo resista”, y para ello estuvimos ayer en ese aula, y por ello continuaremos llenando las calles por cada agresión – cuya mayoría de veces no es física, aunque también – de los de arriba hacia las de abajo.

Itziar Canales: “No me siento feliz por lo que hago, porque ojalá no tuviera que hacerlo”

Desde hace cuatro décadas, cientos de miles de personas se encuentran sometidas al control de Marruecos debido a un proceso de descolonización que nunca se llevó a cabo. Unas 150.000 están ubicadas en la parte del Sáhara Occidental bajo ocupación marroquí; aproximadamente 30.000 se encuentran en la zona controlada por el Frente Polisario (movimiento de liberación del Sáhara Occidental); y alrededor de 125.000 viven en campamentos de refugiados en el desierto de Argel, dependientes de la ayuda humanitaria internacional.

Unos veinte años después del inicio de esta situación, una familia cántabra decidía unirse al programa “Vacaciones en paz”, que se lleva a cabo en casi todo el territorio español, y comenzaba a acoger a niños y niñas saharauis, durante el verano, para hacer de las altas temperaturas del desierto una oportunidad para los más pequeños de conocer la vida fuera de los campamentos. Entonces, Itziar Canales Carracedo, miembro de esta familia, tenía entre seis y siete años.

Esta ahora recién graduada en Educación Primaria por la Universidad de Cantabria y ya parte espiritual del pueblo saharaui, nos ofrece un recorrido por esa arena del desierto que tanto anhela durante el año, y por las sensaciones más personales que sus conocimientos sobre el conflicto y sobre la cultura árabe le han llevado a experimentar.

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Itziar Canales en Liencres (Cantabria) / Foto: Amaia Carracedo

Tu familia lleva alrededor de 20 años acogiendo a niños y niñas saharauis en verano a través del programa “Vacaciones en Paz”, que se lleva a cabo en casi todo el territorio  español. ¿Qué sensaciones te produce saberte contribuyendo a que esos niños y niñas salgan de los campamentos para conocer otras fronteras, descubrir otras perspectivas, en definitiva, vivir un poco de la vida que les falta, que les fue arrebatada…?

Es muy difícil. Lo nuestro ya se ha vuelto tan personal y tan familiar que, aunque evidentemente no podemos quitar los ojos del conflicto, la relación no es la misma que la que tiene una familia que simplemente acoge a un niño un año. Para mí es mi sobrina que viene a casa. Luego está todo lo relacionado con el conflicto. Lo sientes más cerca, sientes más frustración, impotencia, rabia. Yo no me siento realmente feliz por lo que hago, porque ojalá no tuviera que hacerlo.

Tú eras muy pequeña cuando tus padres comenzaron a participar en este proyecto de acogida. ¿Supiste siempre el motivo de que aquella niña saharaui pasara los veranos en tu casa?

Sí, me explicaron la situación, por qué venían y que tenían que estar a gusto. Tenía consciencia entonces pero, a decir verdad, de la primera niña no me acuerdo. Recuerdo que dormía en mi cama, pero no mucho más, tenía 5 o 6 años. Con Mahayuba (segunda niña de acogida) ya sí, intentaba protegerla, le presentaba a mis amigos, la llevaba a jugar conmigo… Era como mi hermana, como mi melliza.

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Itziar Canales (izquierda) y Mahayuba (derecha) / Foto: Amaia Carracedo

¿Crees que ese programa de acogida es estrictamente positivo? Hay gente que piensa que el programa, como idea, está muy bien, los niños vienen a España dos meses y se encuentran genial, pero después vuelven a un sitio que, realmente, de momento, es su pasado, su presente y su futuro.

Yo creo que ellos notan más esas cosas cuando ya son adolescentes, que tienen móviles, internet… Cuando ven el mundo que se abre fuera y que no es para ellos. Pero los niños, realmente, cuando se van, lo hacen súper contentos porque van a ver a su familia, les llevan regalos, etc. Para ellos esto no tiene tanto que ver con el conflicto, son dos meses de vacaciones. Evidentemente, se dan cuenta de que aquí tienen cosas que allí no tienen, pero cuando los ves allí piensas que las cosas que tienen aquí tampoco es que les hagan falta. Lo que más pueden notar es que tienen médicos. Allí no tienen suficientes medicinas y aquí pueden venir y seguir el tratamiento que necesiten. Les puedes nutrir durante dos meses, aportarle las necesidades médicas que tienen y que disfruten ese verano, pero ellos vuelven allí y son felices, no llegan y dicen “jo, aquí no tengo piscina”.

Una de las cosas más importantes de que vengas es poder dar visibilidad a la causa, que la gente les vea, pregunten y puedas explicar de dónde vienen y por qué tienen que venir.

Viajas al menos una vez al año a los campamentos de refugiados en el Sáhara… ¿qué sientes al llegar allí?

Fíjate si somos egoístas que yo voy allí y me siento como en casa, no necesito absolutamente nada. Te sientes completamente en paz, ves a los niños, nosotros vemos a nuestra familia, que no les vemos durante el resto del año, es una paz, una satisfacción…

Pero cuando llegas, también encuentras con que por allí no ha pasado el tiempo.

Claro… Ahora sí se está avanzando en el tema de electricidad. Este año ya tenían enchufes y luz en casa. Son pequeños avances que se entiende que a priori son positivos, pero luego ellos piensan: “esto nos viene muy bien para nuestro día a día, pero es frustrante. ¿Por qué nos ponen esto? ¿Significa que nos vamos a quedar mucho más tiempo?

¿Y al marchar qué sientes?

Las tres últimas horas necesito estar sola, salir fuera, sentir la arena, mirar a mi alrededor. Y empiezan a invadir los sentimientos de rabia, asco, impotencia, de ver que tenemos cosas que no nos hacen falta y gastamos el dinero, el tiempo y la vida en cosas que son nimiedades. Yo siento asco. Porque pienso “he estado una semana aquí, he estado encantada, no me ha faltado de nada, y me voy y les vuelvo a dejar aquí”. Acabas sintiéndote egoísta de lo bien que te sientes tú estando allí. Y luego estás aquí meses que estás físicamente aquí pero tu mente está allí. Cuando venimos en el autobús, que vas viendo el paisaje, yo sigo viendo el desierto. Tardas mucho en volver.

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Itziar Canales en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

¿Cómo es el día a día en el Sáhara? ¿Cómo son las condiciones en las que viven?

Difiere mucho de unos campamentos a otros. En El Aaiún la electricidad es de una placa solar, no es que ya tengan electricidad, como sí que tienen en otros campamentos.

El agua está racionalizada. La tienen durante un horario del día. Mahayuba, por ejemplo, tiene una manguera que sale del suelo, y tienen un horario y una cantidad de litros que, cuando la gastan, tienen que ir a comprar más, porque, como la traen en camiones cisterna, cuando se quedan sin agua las opciones son: esperar a la siguiente vez o pagar por ella.

Y para la comida les dan una canasta básica mensual que depende de los miembros de la familia, con azúcar, arroz, alguna legumbre… Cuando vamos nosotros tienen más cosas, no tiene nada que ver con cómo viven ellos. Hay gente que pide a los vecinos alfombras, cojines, colchones, la mejor vajilla que tengan, de todo. Luego te vas de allí y se quedan en nada.

¿Qué es lo primero que coges al llegar a tu casa en España?

La ducha. Pero es algo que sabes cuando llegas aquí, cuando estás allí no sientes la necesidad de ducharte. Para nada. Te limpias por limpiarte. Y cuando llegas aquí, sí, vas a la ducha y duermes en la cama, pero nada más.

Tanto cuando tienes en acogida a una niña saharaui en casa durante el verano como cuando acudes en apoyo a los campamentos, imagino que te sentirás más cerca que nunca del conflicto e incluso más capaz que en cualquier otro momento de servir de ayuda real. ¿Qué ocurre el resto del año? ¿Cómo te mantienes en la lucha?

Afortunadamente estoy en la asociación Alouda Cantabria, y tenemos reuniones semanales en las que vamos comentando todas las acciones que hay, todas las situaciones, todo lo que nos vamos enterando por nuestras familias, etc. Luego, gracias a las redes sociales, puedes seguir prensa de allí, puedes seguir a personas que tienen amplios conocimientos sobre lo que pasa tanto en los territorios ocupados como en los campamentos… Y cualquier pequeña acción que se pueda hacer, cualquier recogida de alimentos, concentración, manifestación, intentas estar ahí, ya que ellos no pueden, que por lo menos se te vea a ti, que gritas por ellos.

Acabas de graduarte en Educación Primaria. ¿En esta materia, qué carencias has podido encontrar o advertir en los campamentos saharauis?

La preparación, porque no tienen una preparación como maestros, son gente que se presenta, yo creo, voluntaria, que puede recibir una pequeña formación pero no están preparados pedagógicamente, psicológicamente, no tienen recursos… Aunque la verdad es que allí se le da muchísima importancia a la educación, pero claro, de qué manera.

Alouda Cantabria ha presentado un proyecto de formación del profesorado, con profesionales de aquí, para aportarles recursos y enseñarles esos aspectos que nosotros sí estudiamos.

Luego, todo el material que reciben son donaciones. Cuando en los centros de otros países ya no quieren el material, lo mandan para allá. Entonces hay pizarras que están partidas por la mitad, los asientos igual no están en sus mejores condiciones, etc. Si les llegan lápices, los niños pueden tener lápices, si no, pues harán lo que puedan.

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Itziar Canales con Fatimetu (hija de Mahayuba) y otro niño en el Sáhara / Foto: Amaia Carracedo

¿Cómo definirías la enseñanza en los campamentos? ¿Los niños y niñas tienen un horario regular de clases, etc.?

Sí, tienen un horario. Entran bastante pronto, tienen recreo… No sé si entran a las 7 o a las 8 y salen a las 2 o las 3, depende del curso en el que estén. Y, como aquí, tienen clase de lengua, matemáticas, Islam, conocimiento del medio… las asignaturas son las mismas. Tienen inglés, francés, español, árabe, y el hassanía. Casi nada (risas).

¿Y el nivel es el mismo que aquí? Es decir, ¿las matemáticas de un niño de 11 años de allí, por ejemplo, equivalen a las de aquí con la misma edad?

No creo que sea el mismo. Allí tienen también el problema del idioma. Ellos hablan un idioma pero luego tienen que estudiar en árabe, porque el hassanía no se escribe. Ahora se ha empezado a transcribir, por poetas y tal, pero realmente ningún dialecto del árabe se escribe. Tanto la prensa como los libros están escritos en un árabe común. Y, claro, ellos tienen que aprender ese árabe, que es, digamos, el del Corán. Entonces, el nivel no es igual, para nada. 

Una mujer saharaui escribió un poema llamado “Cuántos versos hacen falta por escribir” del cual he extraído algunos versos:

“Cuántos versos hacen falta por escribir

Para que la dignidad sea una esencia

De nuestra existencia.

Cuántos versos hacen falta por escribir

Para que la independencia no sea

Un rehén

De nuestra ignorancia”

Estos últimos versos me recuerdan a Rousseau.  Rousseau decía que la educación es una forma de dominio social a través de la cual unos se imponen sobre otros en función de los conocimientos que poseen. ¿Crees que las carencias educativas en el Sáhara son uno de los motivos por los cuales el pueblo saharaui lleva tanto tiempo sometido, incapaz de forjar una salida real al dominio de Marruecos sobre él?

Allí también hay mucha gente que sí que sale fuera, estudia carreras y luego vuelve e intenta hacer lo que puede con los conocimientos que ha adquirido. ¿Realmente si tuvieran otra educación sería diferente? No lo sé.

La metralla también hace mucho…

Es eso, esto es muy crítico, lo que voy a decir. Algunos de los del Polisario, de los que están viviendo fuera de los campamentos, están como Dios. Están en su casa, tienen a su familia allí, tienen su dinerito, y viven una vida occidental. Pero es que no están allí, ellos están cómodos. Entonces, ¿podrían hacer más por resolver el conflicto? Pues podrían, pero…

“Gastamos la vida en cosas que son nimiedades”

¿Crees, entonces, que el pueblo saharaui tiene que luchar contra Marruecos y, además, un poco contra el Frente Polisario, en el sentido de, digamos, “apretarle las tuercas”?

Ahora ha cambiado el presidente del Polisario, hace menos de un año. Hay que ver cuáles son los pasos que va a dar esta persona. Es triste, pero yo creo que va a hacer falta que se levanten en armas para que alguien reaccione. Pero este es un tema muy controvertido, yo no estoy tan puesta en los movimientos del Frente Polisario como para decirte si efectivamente están haciendo las cosas bien o no.

El educador Paulo Freire planteaba, mediante su pedagogía libertadora, que los individuos se forman a través de una serie de situaciones basadas principalmente en dos momentos: “En la primera etapa el individuo deberá tomar conciencia de la realidad en la que vive, como ser sujeto de opresión. En un segundo momento, los oprimidos lucharán contra los opresores para liberarse”. ¿Crees que esos dos momentos pueden darse en el Sáhara?

Yo creo que ellos, ya desde pequeños, son plenamente conscientes de que son oprimidos. Tú ves a niños de 7 años que vienen y llevan la bandera, con “Sáhara Libre” y “Marruecos fuera del Sáhara”. Yo he visto los libros de Fati (hija de Mahayuba y actual niña de acogida) y las asignaturas utilizan mucho el tema de Sáhara y el tema nacional. Ellos son muy patriotas y saben lo que tienen. Hay cada vez más jóvenes que dicen “tenemos que luchar contra Marruecos porque llevamos 40 años en paz y se están riendo de nosotros”. Y hay otra facción que opina que no, que hay que continuar así y que Allah proveerá. In shaa Allah.

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Itziar Canales haciendo té en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

Perteneces a una asociación que trabaja para el apoyo a la causa saharaui, Alouda Cantabria. ¿Qué tipo de actividades lleva a cabo esta organización y con qué finalidad?

Por ejemplo, cuando hubo inundaciones el año pasado, se organizaron conciertos solidarios para recaudar dinero, comprar medicamentos y llevarlos luego en mano, porque los había pedido el Frente Polisario, era lo que urgía. También se hacen “Cuscús Solidarios”, porque Alouda participa en el programa de BUBISHER (programa de animación a la lectura) y se ha comprometido a pagar el sueldo de uno de los profesores. Lo que se saca del cuscús se manda allí. Se hacen actividades de visibilización, se dan charlas en colegios e institutos para informar acerca del conflicto; se ha sacado un libro de poemas, de Fernando Llorente, cuya recaudación va también para Alouda y los proyectos. Y tenemos ropa, material escolar, medicamentos, máquinas de anestesia que nos han donado… pero no hay un vehículo desde hace dos años para poder mandarlo.

También se han hecho concentraciones, manifestaciones, se han organizado reuniones en ayuntamientos de la comunidad (Cantabria) para que ayuden económicamente… Y el fin último es el referéndum de autodeterminación.

Es de imaginar que estás considerablemente vinculada a la cultura árabe e incluso a los valores de la religión islámica. No me refiero a que seas directamente partícipe, sino a que será algo para cuyo respeto estés especialmente concienciada. ¿Alguna vez ello te ha supuesto un problema en tus relaciones sociales en España?

Muchísimos. La ignorancia que hay aquí con el tema árabe y del Islam es atroz. Y la prensa no está ayudando en nada. Tenemos la cultura del etnocentrismo y todo lo demás es basura. Normalmente (estos problemas) suelen ser por casos de noticias, cualquier cosa que sale en la prensa, que la gente te da su opinión y esta entra en confrontación con la que tú tienes y con los conocimientos que tú tienes.

Por ejemplo, el tema del velo de la mujer. Aquí hay gente que no comprende que hay mujeres que lo quieren llevar porque ellas se sienten mejor llevándolo. Obviamente, hay gente que está oprimida y que les obligan a ponérselo, pero yo estoy convencida de que, aunque la mayor parte de las mujeres árabes que están en España quizá lo llevan por cultura, hay muchísimas que lo llevan por religión.

El tema del hiyab. Hiyab es “modestia”, “vestir modestamente”. Esto significa que no tienes que presumir de tus cosas ni físicas ni materiales. Si realmente pillas la esencia, puedes llegar a entender que una mujer que viva su religión quiera vestir así. Pero aquí normalmente se toma todo desde una dimensión superficial.

El racismo, por desgracia, no parece estar en absoluto erradicado y, de hecho, Europa vive actualmente una fase de evidente fomento del mismo debido a la llamada “crisis de los refugiados”. Parece que algunas costumbres de otras religiones se toman como una amenaza. ¿Qué opinas sobre ello?

Es algo complicado. Una de las cosas que yo siempre digo es que, si lees el Corán, puedes ver que está terminantemente prohibido obligar a nadie a hacer absolutamente nada. Todo lo que se hace en los países islámicos de obligar a la mujer a vestir de una manera, por ejemplo, está totalmente prohibido en el Islam. Tú puedes aconsejar a una persona que, según el Corán, se debería hacer de esta manera. Pero lo que tiene el Islam es que es una religión que, salvo el shiísmo, que sí que tienen a los ayatollah, que serían los intermediarios y los que tienen que dirigir; en la facción sunní está Allah y estás tú, en medio no hay nada, y tú respondes ante él como tú consideras que tienes que hacerlo. Nadie puede venir y decirte que tienes que ir tapada, porque tú vives tu religión y la vives con Dios como tú consideras que debes hacerlo.

¿Y si tú respondes ante Dios como consideras, por qué en países como Marruecos una mujer se siente insegura o en peligro por no llevar burka, por ejemplo, en según qué situaciones?

Si tú conoces a buenos musulmanes de verdad ves que no te obligan, nunca te van a decir nada de una mujer musulmana que no lleve velo, o de un musulmán que no cumple un precepto que está estipulado. Tú lo haces como quieres, no puedes meterte en cómo lo hace otra persona.

Hablas de “buenos musulmanes de verdad”. ¿Quieres decir que la realidad allí es otra?

Es otra completamente distinta, el Gobierno es el que te obliga, y eso no se puede hacer. Por eso los países que se autodenominan islámicos porque la mayoría de personas es musulmana no están cumpliendo con los preceptos islámicos. Porque tú no puedes obligar a nadie a actuar de ninguna manera.

“La ignorancia que hay aquí con el tema árabe y del Islam es atroz. Tenemos la cultura del etnocentrismo y todo lo demás es basura”

En 2007/2008, Felipe González, en el contexto de una conferencia que dio sobre el conflicto del Sáhara Occidental, indicó que lo que sucede entre Marruecos y el Sáhara es “un empate infinito que no tiene solución”. ¿Crees que efectivamente es así? ¿Qué soluciones hay? 

No, lo que pasa es que hay que mojarse. Los países potentes tienen que actuar. España, de momento, no se moja, simplemente está ahí. Evidentemente tiene que haber una solución, y la solución es hacer un referéndum, y si se decide que quieren ser libres, ese territorio tendrá que ser abandonado. ¿Cómo? ¿Es difícil? Sí, es como lo que pasa en Palestina, ya son generaciones que han nacido allí y que a ver cómo lo solucionas, pero es que se está colonizando. El camino es el referéndum.

El día 26 de este mes (hace dos días) relataba El Confidencial Saharaui que Marruecos va a endurecer la represión contra los saharauis con la intención de apaciguar cualquier manifestación por la independencia o contra el desempleo empleando para ello todos los medios que sean necesarios. Parece que esos actos de protesta no hacen sino incrementarse a medida que Marruecos refuerza cuantitativamente la presencia militar y policial en el Sáhara. ¿Qué sensaciones te produce este tipo de informaciones provenientes de los campamentos? ¿Tienes tú otro tipo de información?

La última vez que estuvimos (en los campamentos) fuimos a ver la asociación de presos y desaparecidos. Nos pusieron un vídeo, que duraba 20 minutos, de palizas a mujeres allí. Solo te digo que no pudimos acabar el vídeo porque uno de nuestros compañeros se desmayó y tuvieron que parar el vídeo. Todos estábamos llorando, se oía cómo llorábamos todos, pero este no pudo aguantar. Es increíble. Y a mí me da rabia, además, que ves a los marroquíes luchando por Palestina, que hablando son súper pro-Palestina, y piensas, “pero si estáis haciendo vosotros lo mismo”. No vosotros personalmente, pero, vamos, estáis apoyando a un rey que está haciendo exactamente lo mismo con los saharauis. No consiguen trabajo, si lo consiguen es un trabajo de segunda, les tienen perseguidos, les apalean y no hay ningún tipo de represalia… A mí la gente que se queda a vivir allí porque dice “por narices que me quedo aquí porque esta es mi tierra” me produce una admiración… porque es que no sabes si un día vas a salir a la calle y vas a volver a casa, porque te pueden pegar un tiro en cualquier momento, te pueden dar una paliza o te puede pasar cualquier cosa.

Además, Marruecos es completamente diferente, o sea, tienen hasta otro dialecto, hablan diferente, visten diferente, tienen tradiciones diferentes. ¿En qué momento han pensado que este trozo de tierra les pertenece?.

¿Temes que la represión acabe provocando el estallido de una auténtica guerra?

Es lo que están consiguiendo. Pero la culpa es de todos los organismos internacionales de alrededor, que no hacen nada. Hasta que digan “mira, lo hemos intentado de todas las maneras, pero si lo que queréis es que entremos en guerra para que nos veáis, lo tendremos que hacer”. Es lo que nadie queremos, porque sabemos que sería una masacre, pero ¿qué otra cosa tienen?

Imagino que piensas en tu familia.

Evidentemente. Me vienen imágenes de bombardeos, de las niñas, de Mahayuba, del hermano de Mahayuba que está en el ejército… El año pasado, que ya había problemas, yo estaba pensando en cómo podíamos traer a los niños y a todos para acá.

¿Qué pedirías a las instituciones españolas en materia de este conflicto?

Que  asuman las responsabilidades que tienen. Porque está claro que el acuerdo tripartito no es legal. En algún momento hay que dejar de lado esos intereses.

¿Podrías definir lo que supone o significa para ti el conflicto saharaui en una cita? Ya sea propia, procedente de un libro, una canción, una película…

Un poema de Amaia (su madre). Te lo voy a leer:

Arena en tus ojos y en tu sonrisa

Tu melfa de viento en silencio grita

Erguida en la nada vences al sol soñando ser libre

Eres fuerte, eres bella,

Eres mujer saharaui como tu tierra.

– Amaia Carracedo Arana.

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Itziar Canales en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

La frustración, tanto de quienes habitan forzosamente en el desierto desde hace cuarenta años, como de aquellas personas que prestan su tiempo a hacerles sentir que no están solos, que no han sido olvidados, perdura en el espacio y el tiempo en que el generoso barro de unos y las oportunidades de libertad de otros se han unido al calor de una taza de té. El pueblo saharaui resiste sabiendo que “lo imposible solo tarda un poco más” (Paolo Ragone), y hermanos de este, como Itziar Canales, no abandonan la lucha fiel porque, como dijo Lluís Llach, “todo está por hacer, y todo es posible”.

“Nuestra pasividad no solo es la fuerza del enemigo, es una actitud suicida”

No todo Exsecretario General de un sindicato puede decir que vuelve a ser un mero militante. José Pascual Rubio Cano, después de ocupar el máximo lugar de representación de CGT Murcia, sigue en sus filas sin ocupar ningún cargo diferenciado, sin más responsabilidad que la que tiene con su propia persona y con la sociedad como activista.

Si le preguntas por qué nunca ha intentado disputar un puesto de más responsabilidad dentro de la organización, o por qué no ha apostado por participar en proyectos más grandes, te responderá que, para él, lo que hace cada día en las calles de su pequeña ciudad de residencia, ya es muy grande. Te dirá que formar a los trabajadores poco a poco y conseguir que estos tomen el poder de su vida dándoles a conocer sus derechos laborales y sociales, es más importante y determinante a largo plazo que mover masas de personas sin que estas dejen de ser eso, una masa.

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Imagen cedida por José Pascual

Él lo tiene claro: anarcosindicalismo, autogestión, acción directa. “Poner en el centro del problema a las personas que están afectadas por el mismo problema”, “participación directa de las personas afectadas en la resolución de los conflictos que afectan a dichas personas, sin intermediación de terceros”.

Para Rubio, la CGT “supone un compromiso, y una manera de hacer las cosas” cuyos principios son la honradez, la sencillez y la participación. Contempla otros estilos de vida, otras formas de vivir, aunque confiesa que a veces cuesta, pues entiende que “el Sistema te intenta sacar de esa manera de vivir”. Observa el Sistema como una amenaza, no solo en el ámbito laboral, sino en todos los sentidos, y lo explica así: “La misma multinacional es la que te exprime laboralmente, la que contamina el medio ambiente, la que reprime a pueblos indígenas en otros lugares, la que te está envenenando con la alimentación y la que te está envenenando con los medicamentos que te vende, también, para quitarte los males que te produce esa alimentación que te genera. Es todo un paquete”.

Lo que CGT pretende, ante todo, es conseguir que sean los propios protagonistas de un determinado conflicto laboral o social los capaces de enfrentarse a ese problema y dar la cara, en lugar de encargarse de tutelar la resolución del mismo. Ello, a través de la formación, de la traducción del lenguaje jurídico a un formato más sencillo y comprensible para todos y todas, con el fin de que todo trabajador y/o ciudadano pueda responder a tiempo ante las dificultades o injusticias que se le presenten. “El trabajo más laborioso es crear el clima para que esa persona pierda el miedo y pueda saltar”.

Además, José Pascual Rubio reivindica la necesidad de que cada persona sea protagonista de su problema, “que no vaya un Pablo Iglesias, entre comillas, a ser el portavoz de los Afectados por la Hipoteca, a ser el portavoz de no sé cuánto”. Que “la persona que se está partiendo la cara, la que está sufriendo esa injusticia”, sea la protagonista de su lucha.

“Los derechos que tenemos son fruto de unas luchas, y tenemos el derecho de disfrutarlos y la obligación de defenderlos”

Hacia el ecuador de la entrevista, José Pascual Rubio reflexiona sobre la importancia que tiene observar la desigualdad que hay entre empresarios y trabajadores, y advierte que “las generaciones que vienen detrás [de la suya], se van a encontrar con una situación laboral y social peor [que la que ha recibido]”, pues, según él, hay mucha gente que no comprende que los derechos no los hace posibles un determinado partido, sino las luchas de la ciudadanía. “El factor determinante es que hay hombres y mujeres que han dejado la vida en eso. Unos han dejado la vida literalmente. Que los han matado”.

Y hace hincapié en que los derechos no son propiedad de nadie, y que se tiene el derecho –valga la redundancia- de disfrutarlos, pero también “la obligación de defenderlos”.

Sobre la visión que gran parte de la sociedad parece tener sobre el anarquismo –violencia, radicalismo-, se pronuncia con contundencia: “Normalmente es el Estado el que nos acusa de violentos y de desorden. ¿Cómo es posible que nos esté acusando de desorden una instancia que es la propia generadora de ese desorden? ¿Hay algo que desordene más que lo que se está viviendo día a día? ¿A ti, hay algo que te pueda desordenar más tu vida que te echen de tu casa?”. Y cree que, además, esa percepción violenta y de desorden que se tiene sobre el libertarismo es provocada “por los poderes económicos y políticos”, en cuyo fomento colaboran directamente los medios de comunicación.

Lo que se defiende desde la CGT es la democracia directa, lo cual conlleva un alto nivel de participación ciudadana, que, a su vez, necesita de un espacio de tiempo mucho más pausado que los ritmos que marcan las agendas políticas de los partidos. Observa Rubio a partidos como Podemos “encasillados”, pues, según explica, “tú en esos ritmos no puedes funcionar como estás diciendo que quieres funcionar. No puedes funcionar democráticamente si tienes que estar compareciendo ante los medios cada 20 minutos”.

Reivindica la necesidad de que haya mucha más participación, pero lamenta que “todo está montado, en definitiva, para que eso no se produzca”.

Desobediencia es una palabra que suena varias veces durante la entrevista. Rubio opina que “para realizar una transformación social –transformación, no renovación-, hay que hacer un ejercicio colectivo de desobediencia”. Y recordó el caso de Grecia, donde la población, por medio de un referéndum, dijo “no” al pago de la deuda, en otras palabras, dijo “sí” a la desobediencia, y su presidente del Gobierno se vio, finalmente, obligado a claudicar ante la Unión Europea.

Apostilla, a partir del ejemplo, que la desobediencia hay que organizarla, hay que emplear recursos en ello, en  “que la gente diga «hasta aquí hemos llegado», que la gente esté dispuesta a desobedecer, que la gente esté dispuesta a decir: «huelga general de dos semanas»”.

Reinventar el sindicalismo

El sindicalismo no está pasando por sus mejores momentos. La imagen viciada de algunos sindicatos mayoritarios –como consecuencia de algunas acciones llevadas a cabo- ha frustrado, de alguna manera, la pureza de la lucha obrera en las calles. Como dice el exsecretario general de CGT Murcia, “antes, el sindicalismo estaba vivo en las fábricas”, ahora no se tiene tanto esa apreciación.

Y al hilo de ello, afirma que uno de los mimbres básicos que han perdido algunos sindicatos –refiriéndose a los mayoritarios- es “el asamblearismo en las fábricas y en los centros de trabajo”. Y a ello se ha llegado, según él, porque “igual que hay una casta política, existe también una casta sindical”. No duda en referirse a UGT y CC.OO., no como cómplices, sino como parte del problema, como responsables de la situación laboral y social que vive el país actualmente, pues, según interpreta, “ellos tuvieron que llegar a un acuerdo con el poder político, que es el que usa el poder económico para gestionarnos, y acordaron la paz social. La paz social implica desmovilizar, que no haya conflictos. Y tú para que no haya conflictos no tienes que tener a sindicalistas en las empresas, tienes que tener personas que no se cuestionen nada. Te tienes que cargar el asamblearismo, te tienes que cargar la participación”.

¿Se pueden recuperar los valores perdidos? Él responderá que “no es cuestión de creer, es cuestión de necesidad”, pues “nuestra pasividad no solo es la fuerza del enemigo, es una actitud suicida”. Y ejemplifica con un detalle llamativo: “¿Tú puedes comer tomates si no plantas tomates? De ninguna manera”.

No se despide sin antes denunciar que “la represión es el lenguaje que utiliza el poder” para hacer ver a la población “quién manda”. “Si no lo entiendes, te hincho a palos. Y esa represión te la llevo hasta el infinito. Porque te hincho a palos, te llevo a juicio y te meto siete años de cárcel. Y, si sigues, te meto en aislamiento en régimen FIES. Y, si sigues, te torturo y te anulo como persona, y te hincho a fármacos dentro de la cárcel. Y, si sigues, te suicidas. Es así”.

Con esas duras palabras manifiesta su repulsa a la coacción, a la opresión y al poder violento que ejercen los poderes del Estado, recordando algunos casos concretos que se han dado y se dan en la realidad político-social.

Hablábamos de la sociedad, y lamentaba una actitud que cree bastante generalizada con un ejemplo: “La gente entra a un cajero y alguien que no tiene dónde caerse muerto le apunta con una navaja y le quita 30 euros, y monta un pollo de la hostia. Y su jefe le está quitando 300 pavos todos los meses y está callado”. Hacen falta más espacios de “participación real”, apuntó.

¿La España de sus sueños? “No sería España”.

 

 

 

No hay más tiempo, 40 años bastan

Entro en El Confidencial Saharaui y leo un titular: “El Sáhara Occidental se prepara para la guerra”. Y su correspondiente desarrollo. “El pueblo saharaui está dispuesto a reanudar la lucha armada si Marruecos continúa su intransigencia”, relata la autora del artículo. Y a mí se me abren los ojos como platos, claro, aunque al instante comprendo.

En abril de 2015, el Consejo de Seguridad de la ONU certificó la resolución de prorrogar hasta abril de este año la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO). Se aprobó, para ello, un presupuesto con una dotación económica de  $53.190.000 (casi 50 millones de euros), que prevé personal militar, personal civil, transportes varios, viajes oficiales, suministros, infraestructura, gastos médicos, tecnología, etc. Pero, ¿para qué?

¿Para qué? Están agotados.

Lo irritante no es que todavía hoy estén arrastrando el desastre causado por las lluvias torrenciales que sufrieron los campamentos a finales del año pasado, ni la terrible muerte de una niña saharaui hace tres días por la explosión de una mina, ni la incansable lucha de los presos saharauis que recientemente protagonizaron una huelga de hambre que costó la vida a uno de ellos. No es la agresión de la policía marroquí a un estudiante saharaui en una manifestación en Smara el mes pasado, ni la carga policial de ese mismo cuerpo a una mujer en El Aaiún. No es nada de eso.

Va más allá de los desesperanzadores acontecimientos que se han ido y se van sucediendo a corto plazo en torno al conflicto. Lo exasperante de todo es que son 40 los años que hace que al pueblo saharaui le fue arrebatada tanto la vida material como los derechos, la libertad y la dignidad como seres humanos. Cuatro décadas que representan el grueso de una vida entera lastrada por una situación de encierro físico y espiritual, y el desarrollo de varios peldaños generacionales condenados al abismo de una lucha interminable por la justa independencia. 480 meses de limitaciones materiales, económicas, educativas, médicas, jurídicas. 14.600 días de represión, de carencias, de amaneceres gobernados por la metralla y la tiranía.

No es de extrañar que el pueblo saharaui acabe volviéndose a levantar contra Marruecos. No es de extrañar porque no son sino refugiados permanentes viviendo a la sombra de la ocupación, la coacción, la imposición, la violencia física, psicológica y  moral. Y a la exposición del sol, por descontado, que derrite por momentos la esperanza de que se haga justicia.

Pero, a pesar de ello, es necesario evitar la guerra, porque el resultado de esta sería todavía peor, sin duda alguna. Y el camino hacia la paz verdadera, es la actuación por la vía institucional acompañada por un potente frente social que propicie lo que desde hace tanto están pidiendo y mereciendo los saharauis. Son bastantes los países de todo el mundo que están condenando uno tras otro la actitud de Marruecos, apoyando a la RASD y abogando por la celebración del referéndum de autodeterminación oportuno.

En España también existe apoyo, en este mismo sentido, por parte de algunas fuerzas políticas. Perseguir y conseguir que el Estado español se responsabilice de una vez por todas de esta deuda histórica que tiene con el territorio no es que sea conveniente, sino que es imperiosamente indispensable, ineludible. La recuperación de la vida digna, la vuelta a casa y el alcance de la independencia de cerca de medio millón de personas está en manos de todos. Y el momento es ahora. No hay más tiempo.

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Foto: AntxetaMedia

Por un Sáhara libre. ¡40 años bastan!