Archivo de la etiqueta: PSOE

Elogio de la ilegalidad

Al hilo de los últimos acontecimientos en Cataluña, se están produciendo interesantes puestas en escena para la defensa de la “legalidad” por parte de diferentes partidos políticos, con el apoyo, además, de gran parte de la prensa generalista española. El diario La Razón publicó, ya en mayo de este año, una especie de manifiesto propio en forma de editorial titulado “un pacto por la defensa de la legalidad” en el que se criminalizaban las pretensiones de la Generalitat al respecto del referéndum y se alababan las medidas que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría anunció que se tendrían que tomar para frenar la “deslealtad” de Puigdemont.

También se han pronunciado al respecto de la defensa de la legalidad diarios como El Español o El País (este último con una noticia sobre una PNL presentada por el grupo parlamentario de Ciudadanos en Cataluña para el “apoyo institucional en defensa de la legalidad democrática en Cataluña”). Además, el Partido Popular, el PSOE y otros partidos sin representación parlamentaria como VOX o UPYD han utilizado también el concepto de “legalidad” como mantra principal para la construcción de sus respectivos discursos en torno al tema catalán.

(Léanse las siguientes líneas con voz fantasmagórica) Legalidad. Lo legal. La ley dice que. Hay que respetar la ley. La ley no lo permite. Solo se puede dialogar dentro de la legalidad. La legalidad vigente. (Ya se puede parar la voz fantasmagórica).

Se acostumbra a trazar un abismo entre lo legal y lo ilegal (mejor dicho, entre lo que, según aquellos que manejan la ley, ha de pasar por ella y lo que no en función de intereses muy concretos), entre constitucionalismo y anti-constitucionalismo, entre orden y desorden. Todo ello desde la realidad conceptual fabricada por las primeras opciones, las hegemónicas, y en detrimento de las segundas.

Quizá cabría preguntarse si la ley siempre es justa solo por su condición de norma jurídica; si lo ilegal siempre es negativo, violento e inaceptable solo porque reside fuera de los márgenes establecidos para la convivencia hasta un determinado momento; si una determinada Constitución sigue siendo útil y protege todas las necesidades de las personas que están sometidas a ella décadas después de su redacción inicial. Incluso, habría una de preguntarse qué había antes de que la ley fuera ley, cómo la ley se convirtió en ley, por qué de esa manera y no de otra, por qué unos determinados preceptos y no otros, en base a qué, como consecuencia de qué hechos, y un largo etcétera.

Utilizar la palabra “legalidad” de manera banal para dar empaque a un discurso que lo único que pretende es criminalizar todo aquello que cuestione unas ciertas prescripciones hegemónicas lo que consigue es, precisamente, restar validez y efectividad a dicho discurso. Lo hace ridículo y aburrido y lo aleja de la realidad de las calles.

Atendiendo a aquello de hacernos preguntas, sería interesante recordar algunas cosas que solo a través de la ruptura con la legalidad se convirtieron en logros de la sociedad civil que hoy los miembros de esa “legalidad” reivindican como victorias de la justicia y el parlamentarismo. Qué ironía.

De aquellas huelgas estos derechos

Los derechos de huelga, de reunión y manifestación son hoy una realidad incuestionable en el ordenamiento jurídico de la mayoría de países a nivel mundial (en términos teóricos, claro, porque hace mucho que se vislumbra una práctica contraria a la defensa de los mismos). Sin embargo, hubo un antes de esos derechos, no aparecieron por arte de magia en las constituciones de todo el mundo.

El 14 de noviembre del año 1.166 a.C., “obreros y artesanos egipcios construían el templo funerario de Ramsés III”. Había constantes retrasos en el pago de sus salarios (diez hogazas de pan y una medida de cerveza diaria) y el hambre se hacía cada vez más notorio. La situación era desesperante. Los obreros “abandonaron sus puestos de trabajo y permanecieron concentrados mientras no le pagaran lo que se les debía. “Hicieron sentadas, ocuparon edificios y acamparon una noche en el templo”. Así lo cuenta el portal Egiptomanía. En el Museo de Turín hoy se conserva el “Papiro de la Huelga” que recogía el testimonio de los manifestantes: “… los trabajadores traspasaron los muros de la necrópolis (se pusieron en huelga) diciendo: ‘Tenemos hambre, han pasado 18 días de este mes… hemos venido aquí empujados por el hambre y por la sed; no tenemos vestidos, ni grasa, ni pescado, ni legumbres. Escriban esto al faraón, nuestro buen señor y al visir nuestro jefe, que nos den nuestro sustento”.

Finalmente, los obreros consiguieron que les pagaran y el conjunto de sus acciones fueron consideradas como la primera huelga de la historia. No, claro que no tenían derecho a huelga. Se lo fabricaron ellos mismos. Aunque quizá tengan razón los “constitucionalistas” y lo que tendrían que haber hecho era dejarse morir de hambre, porque exigir el sustento vital no entraba dentro de la “legalidad vigente”.

 

Cuando el diálogo no sirve

Unos cuantos miles de años después de la primera huelga, tras años de protesta y peticiones formales a través de la participación en partidos políticos como el Partido Laborista Independiente, las sufragistas británicas “se cansaron de luchar con la palabra y pasaron a la acción. Deeds, notwords”. Así lo explica el diario El Mundo en un reportaje sobre las “sufragettes”. Por medio de la WSPU (Unión Social y Política Femenina) fundada en 1903con EmmelinePankhurst como lideresa referente, comenzaron a protagonizar acciones que las llevaron a estar fuera de los márgenes legales: sufrieron cargas policiales en manifestaciones como la de Londres en febrero de 1907; “se encadenaron a la verja de Downing Street, residencia del primer ministro, e incluso llegaron a entrar en ella; realizaban lanzamientos de octavillas desde globos; organizaban mítines multitudinarios para los que fletaban trenes (en el de 1908 en Hyde ParkThe Times calculó que 500.000 personas habían acudido)”, según narra la Universidad de Barcelona en un artículo sobre las principales luchas del movimiento sufragista.

Manifestación sufragista en Hyde Park el 21 de junio de 1908 / Foto: El País

Después de ello, engañadas de nuevo por los liberales -que prometían incluir a la mujer en el sufragio universal y finalmente desoyeron la petición-, la WSPU llevó a cabo en 1912 lo que denominó “el argumento de la piedra” y rompieron todos los escaparates de la zona comercial de Oxford Street en Londres. Fueron encarceladas, siguieron luchando desde la clandestinidad y continuaron los apedreamientos, los incendios provocados, las huelgas de hambre e incluso una de ellas, Emily Davidson, se arrojó a los pies del caballo del rey Jorge V en el Derbi de Epsom de 1913 y murió cuatro días más tarde, lo que “dio lugar a las manifestaciones sufragistas más importantes”.

En 1918, el Parlamento británico permitió votar a las mujeres mayores de 30 años. Fue el primer paso hacia el sufragio universal.

La jornada de ocho horas

Entre 1810 y 1817, cuando el empresario y socialista Robert Owen difundió la idea de que la calidad del trabajo está directamente relacionada con la calidad de vida del obrero y acuñó el lema “ocho horas de trabajo, ocho horas para vivir, ocho horas de descanso”, comenzó a gestarse la reivindicación de la reducción de la jornada laboral y con ello las protestas en los centros de trabajo a lo largo y ancho de EE.UU. con la jornada de trabajo de 8 horas como demanda principal.

Las condiciones de vida de las personas trabajadoras eran pésimas en EE.UU. en las décadas de los 70 y 80. El hambre y el cansancio eran notorios y con ello creció el descontento. La jornada laboral era, en muchos casos, de 18 horas y el trabajo infantil era una realidad irremediable. Como consecuencia de ello, los trabajadores empezaron a unirse, a organizarse y a protagonizar acciones de protesta. En 1886, la Federación Americana de Trabajadores, en su cuarta asamblea, estableció la petición al gobierno de la reducción de la jornada laboral a 8 horas, sin cuya toma en consideración se iría a la huelga.

“El presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo lasocho horas de trabajo diarias”. Sin embargo, los empresarios desoyeron la nueva normativa e incumplieron sus preceptos, lo que provocó que el 1 de mayode ese mismo año tuvieran lugar multitudinarias manifestaciones de trabajadores en múltiples ciudades de EE.UU. Cientos de miles de trabajadores salieron a la calle para exigir que se cumpliera la ley. En Chicago, en la protesta contra la empresa de maquinaria agrícola McCormick, la carga policial dejó varios muertos y un número indeterminado de heridos.

La respuesta de los trabajadores fue prolongar la huelga durante varios días. En ellos, la policía continuó cargando contra los manifestantes, asesinando a algunos de ellos, y los trabajadores siguieron agitando Chicago. El 4 de mayo, una carga policial con varios muertos y más de 200 heridos provocó que algunos huelguistas lanzaran una bomba, dejando a 7 policías muertos. Muchos trabajadores fueron detenidos, torturados, condenados y ejecutados. Los hechos fueron recogidos por periódicos como el Chicago Tribune (5 de mayo de 1886) o The New York Times (3 de mayo de 1886).

Mapa de los disturbios en Chicago en 1886 / Chicago Tribune

Según relata el portal Academic, a finales de ese mismo mes (mayo de 1886) “varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada laboral de ocho horas a centenares de miles de obreros”.

La abogada Isabel Elbal recuerda, en un artículo publicado en la revista La Marea, que la Constitución Española de 1978reza que “la justicia emana del pueblo” y que, sin embargo, el Poder Judicial, lejos de ser efectivamente “emanante de la soberanía popular”, está cada vez más “alejado del ciudadano medio y más próximo al defensor técnico del sistema establecido”, aquel que “no cuestiona el orden constitucional y lo acata ciegamente”.

La gestión de la problemática de Cataluña por parte del Gobierno actual se ha basado en “la resolución del conflicto político mediante la aplicación del Código Penal”. Ignorando el hecho de que el Estado español se circunscribe en términos teóricos como una democracia, Mariano Rajoy ha retorcido la “legalidad” para hacer que la justicia se convierta en un valor secundario, en un objetivo sin importancia. Lo mismo sucede con la democracia. A través de la continua reconstrucción del discurso oficial, se ha conseguido meter en el saco del desorden todo aquello que choque frontalmente con los intereses particulares del partido de gobierno y los poderes fácticos que lo mantienen. El imaginario colectivo es ahora el cajón desastre del franquismo, pues es evidente que se están vendido a precio de democracia políticas cuasi-fascistas sin que nadie se dé cuenta.

La legalidad que hoy defienden los partidos políticos y gran parte de los medios de comunicación abarca todas aquellas prácticas y medidas que, en cualquier país con un mínimo de salud democrática, deberían de estar consideradas como un delirio y deberían suscitar el rechazo masivo de la población o, como mínimo, de toda la clase obrera.

La reminiscencia de cómo únicamente sobrepasando los límites de la legalidad y del discurso de la legalidad se ha conseguido romper los techos de cristal de la injusticia (qué ironía), se torna necesaria en estos tiempos de enajenación democrática que está viviendo España. Pese a quien pese, es indiscutible que, frente a la opresión, la única receta útil siempre ha sido la desobediencia.

 

Un debate a la altura del perejil

Ya me gustaría titular esta columna como “Crónica de una muerte anunciada”, pero es algo que con cierta seguridad no va a ocurrir. Según los datos que alojan las últimas encuestas, el PSOE no solo no está muerto de puertas para adentro -se conoce que su militancia ha creído en todo momento que solo estaba de parranda– sino que además existe posibilidad de remontada de cara a futuras elecciones generales.

cis mayo 2017

Barómetro del CIS – mayo 2017

Las tres candidaturas a la secretaría general del partido suenan a hueco en lo discursivo y a cuerno quemado en lo estético -que, por otra parte, es algo que también forma parte del discurso-.

Susana Díaz, la duquesa de Villa Recorte, se ha presentado como una inocentona -que, más bien, parecía una inocentada- que nunca ha roto un plato. Como si el 1 de octubre de 2016 nunca hubiera tenido lugar, como si no hubiera sido partícipe del golpe que se llevó por delante al entonces secretario general de su partido y que hizo posible que hoy siga gobernando el partido más corrupto de Europa.

Con tono casi heroico, la andaluza se ha postulado como la única candidata capaz de liderar un proyecto convincente y “100% socialista”. Pero, a pesar de la blusa roja y la mirada de aparente compromiso con la militancia, el discurso ha flaqueado, no porque no supiera transmitir su mensaje, sino porque, a estas alturas, es inevitable advertir a simple vista la incoherencia de sus palabras. Calificaba de “infame” al PP, tras posibilitar su gobierno. Y casi podía percibirse cierto aire Rajoyniano en frases como “El PSOE es mucho PSOE y hay que levantar el PSOE”.

“La izquierda útil de este país es la que cambia la vida de las personas”, decía también Susana Díaz. Pero nada, por más que insistía en posicionarse a la izquierda del tablero ideológico e insultaba ligeramente -tampoco vaya a pasarse- al Partido Popular, las redes denunciaban la realidad.

 

Patxi López ha hecho un gran esfuerzo por estar presente en el debate y evitar la polarización que ya Sánchez, hacia el comienzo del mismo, ha tratado de facilitar mostrando un gráfico en el que solo aparecían su candidatura y la de Susana Díaz. Ha sabido visibilizar su candidatura e, incluso, algunas voces dan por ganador del debate al ex-lehendakari. Sin embargo, el Riverismo -extremo centro celestino frente a los cuchillos voladores- adoptado para evitar la invisibilidad solo ha agudizado su inutilidad, confirmado el desinterés de la militancia hacia su candidatura y hecho más perceptible -si cabía- la estrategia para restar votos a Pedro Sánchez junto a la andaluza.

Su discurso no ha sido excesivamente incoherente puesto que ha apostado por la desideologización del mismo evitando posibles contradicciones. Aun así, y aunque ha conseguido salir bastante airoso del encuentro, nadie olvida que gobernó Euskadi gracias a los votos del PP.

pachipatxis

Y Pedro Sánchez, aparte de sonreír a cámara, solo ha resultado ser un mehafaltadoalgo para sus fieles, un eterno llorón para quienes están a su izquierda en el tablero (al aferrarse al clavo ardiendo, una vez más, del error de la abstención y del “no soy presidente por culpa de Pablo Iglesias”), y un fiasco en lo que a comunicación política se refiere. En algunas tertulias televisivas se le han destacado errores en lo referido al desenvolvimiento del debate respecto a su lenguaje corporal y su dejarse llevar cuando sus contrincantes hacían equipo para ponerlo nervioso.

Ya parecía vacío su discurso cuando, después de basar su campaña para las elecciones del 20-D en la reivindicación del socialismo y del progresismo, pactó con aquellos a quienes denominaba “muy de derechas”. Hoy no ha cambiado de estrategia y se ha presentado como el mártir que no es y con las mismas contradicciones de siempre. Para el 20-D salió con una bandera rojigualda más grande que el escenario en el que se encontraba, en febrero de este año decía que España es plurinacional, hoy que España es una gran nación indivisible. Tener unos ideales para cada día de la semana a veces pasa factura. Ni hacerse eco del 15M ha hecho creíble su postura izquierdista.

En términos generales, el debate ha sido flojo en contenido, en estructura y en desarrollo. No había dinámica excepto en ocasiones puntuales y las propuestas había que mirarlas con lupa o escucharlas con audífono y, aun así, ni rastro. Poco habrá servido a los llamados a votar para decidir, en cualquier caso. El debate real es el que está servido en las redes sociales, los bares y los medios de comunicación desde que el 20 de diciembre el PSOE comenzó a registrar sus peores resultados electorales.

Otro error: el intento, por parte de los tres candidatos, de hacer como que Podemos no existe. Ya les hubiera gustado que la realidad fuese de tal manera, pero, sin embargo, es otra. Podemos no solo existe sino que es parte de fundamental de las turbulencias a las que se enfrenta actualmente el PSOE, no como culpable sino como agente que ha roto el tablero político desde el inicio de la democracia en España. No se entiende el “crecimiento negativo” (usemos términos de moda) del PSOE, es decir, la tendencia vertical hacia abajo de su peso electoral, sin la irrupción de Podemos que, en primera y última instancia, es el partido que le ha comido media tostada.

Un debate alejado de la realidad inservible, una pérdida de tiempo, una muestra más de la decadencia interna del partido. Crónica, más bien, de un ridículo anunciado. Así y con todo, el PSOE crece en las encuestas de cara a unas futuras elecciones generales. La amnesia colectiva de la ciudadanía será el factor determinante, como siempre, del futuro del país.

  • Aquí el Storify de mi seguimiento del debate a través de Twitter.
  • Imagen destacada: Europa Press

La chaqueta de pana que nunca fue

Un hombre de edad avanzada se preguntaba hace unos días, desde el meollo de la protesta en Ferraz como consecuencia de la llamada crisis histórica del PSOE, que “dónde ha quedado la chaqueta de pana”. Seamos realistas, la chaqueta de pana la colgó Felipe González en un perchero en el 82, y ni Sánchez se la ha vuelto a poner. La chaqueta de pana fue una ilusión prefabricada para unos comicios que, como con la OTAN pero al revés: “PSOE, de entrada sí”. Pero no. No olvidemos a Krahe.

El socialismo en España, en lo que al PSOE se refiere, solo ha estado presente en los corazones de la clase obrera, jamás en las instituciones. Para dar cuenta de ello no hace falta rebuscar mucho: la OTAN, la reconversión industrial de la década de los 80 (que supuso el desmantelamiento de una parte muy importante de la industria pesada por medio de recortes en la capacidad productiva de las empresas), el caso Juan Guerra (enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias), el caso Filesa (empresa fantasma para financiar al partido de manera ilegal a través de cobros de informes falsos a cambio de adjudicaciones de contrato públicos), el “decretazo” del 92 (recortes en las prestaciones por desempleo), los GAL, el art. 135 CE (se modifica para anteponer el pago de la deuda), pacto del PSOE con el PP que desviaba las inversiones de la UE fuera de Euskadi y Cataluña, el endurecimiento del Código Penal, las reformas laborales. Y un largo etcétera en el que se debe incluir el pacto con la niña de Rajoy: Ciudadanos; ese pacto que, según indicó el propio Albert Rivera, podía aceptar también el PP.

Por resumir brevemente: desde que Largo Caballero propiciara la colaboración del PSOE con la dictadura de Primo de Rivera (1923) hasta el acuerdo a pachas de Pedro Sánchez con el tipo que se presentó a las europeas con un partido de extrema derecha -Albert Rivera-, el partido socialista ha tratado de tomar el pelo a todo el que se le ha puesto por delante haciendo creer que representaban los intereses de la mayoría social. Hace tiempo que dejaron de ser “odiados por los que envenenan y roban al pueblo”, tanto como el que hace que empezaron a ser parte del poder que oprime y expolia al mismo.

Sería, entonces, conveniente advertir que la ‘guerra’ actual del PSOE ni es actual ni es ideológica, como se quiere hacer pensar desde los medios de comunicación. Desde el comienzo de la historia del partido socialista, han sido evidentes e irremediables las disputas entre miembros de la cúpula, pero nunca por una cuestión de principios más que de poder. Este ha sido siempre un partido de burgueses cuyo paripé -o postureo, como se diría hoy- y conjunto de diversas concesiones a la clase obrera para mantener a la misma calmada viendo el fútbol ha hecho que, a octubre de 2016, todavía haya gente en la puerta de su sede gritando el nombre del ya exsecretario general que creían ‘fiel al izquierdismo y a su palabra’. En otras palabras, se ha conseguido, tanto desde el partido como desde la prensa, que la gente siga pensando que existe un PSOE de izquierdas oprimido por el otro PSOE, el de derechas o el acomodado al liberalismo; cuando la realidad parece más bien otra que ya en mayo de 2011 empezaron a gritar unas cuantas voces en Sol: <<PSOE y PP, la misma…>>.

Por su parte, Sánchez ha sabido jugar bien sus cartas. Engañó a la ciudadanía en las campañas electorales de los dos últimos comicios vendiendo un proyecto de izquierdas que no pensaba poner en práctica (a las pruebas se puede uno remitir), y ahora, gracias a los últimos acontecimientos en el 70 de la calle Ferraz de Madrid, ha conseguido constituirse a sí mismo en la imagen de mártir socialista al dimitir de su cargo abanderado del ‘no es no’ a Rajoy.

Ha sido una jugada maestra, pues se ha dedicado a hacer tiempo -o, mejor dicho, a gastarlo- diciendo que quería un gobierno de progreso sin hacer nada por conseguirlo, hasta llegar a un punto de no retorno en el que no queda margen para renegociar un gobierno con Unidas Podemos, y la dimisión y consiguiente abstención en favor de Rajoy se vuelve irremediable. Se ha ahorrado justificar su ego -reflejado en su deseo de gobernar en solitario con el peor resultado de la historia del PSOE-, ha dado un paso atrás permitiendo a los que no se presentan a las elecciones que propicien otra legislatura del Movimiento Nacional, y se ha retirado a su domicilio particular a estudiar con tranquilidad la forma de ganar las primarias (a las que, según Revilla, se piensa presentar) a golpe de lágrima ante los más leales y afligidos militantes. Si es que a estas alturas queda alguno.

psoe-de-entrada-no

En opinión de las manos que escriben estas líneas, el PSOE, en su conjunto, no está en estos momentos más que recibiendo lo que ha estado sembrando casi desde su fundación, y, por tanto, no merece más que el necesario ‘Game Over’ que deje descansar a los engañados (a los de verdad, no al exconsejero de Gas Natural) y reactive la indispensable acción social directa de la gente en la calle. Como diría el Nega de Los Chikos del Maíz, “solo el pueblo salva al pueblo, os lo aseguro”.

De aquí a la duodécima uva veremos si a Sánchez le ha dado tiempo a desempolvar la chaqueta de pana, o si, por el contrario, la gente ha decidido enterrar en cal viva el puño y la rosa.

 

El barómetro posterior al debate pudo predecir el futuro

Este texto va contener un inevitable sesgo que no es tanto mi ideología en sí misma como mi sencilla razón de ser y de entender y asimilar las cosas que se suceden. 

Ayer noche tuvo lugar el enésimo debate electoral, y cualquiera podría decir “no me dijo nada”, “me quedé igual”, “son todos iguales”, “a ver si llegan a un acuerdo de una vez por todas”. A mí sí me sirvió, y de bastante. Ayer pude vislumbrar, también por enésima vez pero de una manera más contundente, quiénes llevan detrás todo un proyecto político y quiénes un equipo de márketing con prolongada experiencia laboral en concesionarios de motocicletas.

No es Mariano Rajoy, no es Pedro Sánchez, no es Albert Rivera y no es Pablo Iglesias. Ya no se trata de hablar del pasado, del presente, ni siquiera del futuro si apuramos; la clave está en interpretar las palabras de los representantes de los partidos no para comentar que este ha dicho esto o el otro ha dicho esta otra cosa, sino para descubrir el contenido programático que a algunas formaciones tanto cuesta poner sobre la mesa. Hay quienes hacen propuestas concretas, y los hay que se ven obligados a recurrir a la descalificación personal e incluso la mentira, o al lloriqueo, porque son incapaces de ofrecer un proyecto con la suficiente consistencia como para que parezca medio creíble.

Por hacer un resumen de lo que yo, personalmente, vi en el debate: Mariano Rajoy salvó el cuello, aun habiendo sido atacado por todos los demás, con su táctica infalible de auto-inducir su cuerpo y su alma en un profundo y más o menos respetable modo lechuga. Lo que vendría a ser “hacerse el muerto”, que diría un familiar mío. Logró evitar dar explicaciones en materia de corrupción, logró hacerse escuchar y, en definitiva, consiguió que, como líder de un partido que debería estar ilegalizado o, como mínimo, suspendida su actividad, no fuera echado a los perros por los espectadores.

Pedro Sánchez estuvo más bien tirando a invisible, pese a su altura. No solo no ha aprendido de encuentros anteriores que un debate no se gana diciendo muchas veces “socialismo” y “yo me comprometo”, sino que además incorporó a su repertorio una nueva frase que por su insaciable repetición casi parecía una canción reggetonera de entretiempo: “Yo propuse un gobierno socialista y el Sr. Iglesias lo impidió juntándose con el PP”. Es como un “jo, mami, que no me han apoyado para ser presi” más sofisticado, más de candidato a calientasillón. Aunque no salió mal parado en los barómetros posteriores al debate. Quedar tercero no es solo casi una predicción de futuro sino también un tremendo logro para alguien que basa sus intervenciones en materia de lo que sea en llorar por no haber sido investido presidente y copiar propuestas y minutos de oro de otros partidos.

Albert Rivera fue, sin duda, el animador/incendiador del encuentro al más puro estilo Eduardo Inda, pero yendo más allá: las imágenes impresas en cartón. Ya aprovechó otras ocasiones para mentir sin que los afectados por X acusaciones pudieran defenderse, como sucedió en la entrevista que le hicieron en Antena 3 hace poco más de una semana. Pero esta vez tenía a Pablo Iglesias bien cerca, y muy poco dispuesto este a permitir el enésimo ataque sin fundamentos que se producía de manos de Rivera. El líder de la formación naranja, ya casi mandarina, ha sabido situarse en la posición más cómoda y atractiva para una pequeña -menos mal- parte de la población, la de mediador (aunque en el fondo no lo sea). ‘Yo no soy ni izquierda ni derecha, digo algunas cosillas malas del resto pero sin pasarme por si hubiera que pactar, y presento mis ideas como salvadoras de un constante encontronazo entre las partes’. O cómo meterla doblada a la gente con un discurso desideologizado y con cimientos de arena.

Y a Pablo Iglesias, si se me permite,  y desde el respeto, le faltó la cal viva que los procesos electorales obligan a achicar para evitar naufragios. Con todo, mantuvo la paciencia oportuna frente a los ataques infundados y presentó parte esencial del programa de Unidxs Podemos, teniendo en cuenta que, en términos generales, se habló de nada un poco. Estuvo claro y conciso en las ocasiones que tuvo y dio a conocer propuestas bastante concretas -no difusas- en cada una de las materias que se abordaron. La estrategia estaba clara y consiguió emprenderla. Logró hacer ver que solo hay dos alternativas y dejar a Pedro Sanchez en tierra de nadie sin resultar ofensivo ni pretender serlo.

Con respecto al debate en su conjunto, y ya dejo de teclear, sobraba, al menos, un moderador; los bloques temáticos parecían repetitivos y excesivamente mascados, y tuvieron como consecuencia un debate aburrido en el que se habló de lo de siempre, de nada con extra de palabrería y distorsión. Faltó Educación, Sanidad, Cultura, más de 1’5 minutos de Violencia Machista, qué menos, Medio Ambiente. Y para mi gusto, faltó algo que falta siempre, claro, que es una discusión abierta sobre la configuración del Estado y de las instituciones que nos representan, la Memoria Histórica y, en Política Exterior, menos Brexit y más Sáhara Occidental, que ya van 40, no me cansaré de repetirlo, y Derechos Humanos.

Los participantes, por su parte, estuvieron poco dinámicos, escaseó esa interrupción sutil permitida que hace que un debate sea un debate y no una procesión de Semana Santa cartagenera de monólogos cronometrados.

Todo está aún por suceder, y todo es posible. Los barómetros posteriores al debate pudieron ser una suerte de predicción de futuro.

debate

Foto: Atresplayer