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Un debate a la altura del perejil

Ya me gustaría titular esta columna como “Crónica de una muerte anunciada”, pero es algo que con cierta seguridad no va a ocurrir. Según los datos que alojan las últimas encuestas, el PSOE no solo no está muerto de puertas para adentro -se conoce que su militancia ha creído en todo momento que solo estaba de parranda– sino que además existe posibilidad de remontada de cara a futuras elecciones generales.

cis mayo 2017

Barómetro del CIS – mayo 2017

Las tres candidaturas a la secretaría general del partido suenan a hueco en lo discursivo y a cuerno quemado en lo estético -que, por otra parte, es algo que también forma parte del discurso-.

Susana Díaz, la duquesa de Villa Recorte, se ha presentado como una inocentona -que, más bien, parecía una inocentada- que nunca ha roto un plato. Como si el 1 de octubre de 2016 nunca hubiera tenido lugar, como si no hubiera sido partícipe del golpe que se llevó por delante al entonces secretario general de su partido y que hizo posible que hoy siga gobernando el partido más corrupto de Europa.

Con tono casi heroico, la andaluza se ha postulado como la única candidata capaz de liderar un proyecto convincente y “100% socialista”. Pero, a pesar de la blusa roja y la mirada de aparente compromiso con la militancia, el discurso ha flaqueado, no porque no supiera transmitir su mensaje, sino porque, a estas alturas, es inevitable advertir a simple vista la incoherencia de sus palabras. Calificaba de “infame” al PP, tras posibilitar su gobierno. Y casi podía percibirse cierto aire Rajoyniano en frases como “El PSOE es mucho PSOE y hay que levantar el PSOE”.

“La izquierda útil de este país es la que cambia la vida de las personas”, decía también Susana Díaz. Pero nada, por más que insistía en posicionarse a la izquierda del tablero ideológico e insultaba ligeramente -tampoco vaya a pasarse- al Partido Popular, las redes denunciaban la realidad.

 

Patxi López ha hecho un gran esfuerzo por estar presente en el debate y evitar la polarización que ya Sánchez, hacia el comienzo del mismo, ha tratado de facilitar mostrando un gráfico en el que solo aparecían su candidatura y la de Susana Díaz. Ha sabido visibilizar su candidatura e, incluso, algunas voces dan por ganador del debate al ex-lehendakari. Sin embargo, el Riverismo -extremo centro celestino frente a los cuchillos voladores- adoptado para evitar la invisibilidad solo ha agudizado su inutilidad, confirmado el desinterés de la militancia hacia su candidatura y hecho más perceptible -si cabía- la estrategia para restar votos a Pedro Sánchez junto a la andaluza.

Su discurso no ha sido excesivamente incoherente puesto que ha apostado por la desideologización del mismo evitando posibles contradicciones. Aun así, y aunque ha conseguido salir bastante airoso del encuentro, nadie olvida que gobernó Euskadi gracias a los votos del PP.

pachipatxis

Y Pedro Sánchez, aparte de sonreír a cámara, solo ha resultado ser un mehafaltadoalgo para sus fieles, un eterno llorón para quienes están a su izquierda en el tablero (al aferrarse al clavo ardiendo, una vez más, del error de la abstención y del “no soy presidente por culpa de Pablo Iglesias”), y un fiasco en lo que a comunicación política se refiere. En algunas tertulias televisivas se le han destacado errores en lo referido al desenvolvimiento del debate respecto a su lenguaje corporal y su dejarse llevar cuando sus contrincantes hacían equipo para ponerlo nervioso.

Ya parecía vacío su discurso cuando, después de basar su campaña para las elecciones del 20-D en la reivindicación del socialismo y del progresismo, pactó con aquellos a quienes denominaba “muy de derechas”. Hoy no ha cambiado de estrategia y se ha presentado como el mártir que no es y con las mismas contradicciones de siempre. Para el 20-D salió con una bandera rojigualda más grande que el escenario en el que se encontraba, en febrero de este año decía que España es plurinacional, hoy que España es una gran nación indivisible. Tener unos ideales para cada día de la semana a veces pasa factura. Ni hacerse eco del 15M ha hecho creíble su postura izquierdista.

En términos generales, el debate ha sido flojo en contenido, en estructura y en desarrollo. No había dinámica excepto en ocasiones puntuales y las propuestas había que mirarlas con lupa o escucharlas con audífono y, aun así, ni rastro. Poco habrá servido a los llamados a votar para decidir, en cualquier caso. El debate real es el que está servido en las redes sociales, los bares y los medios de comunicación desde que el 20 de diciembre el PSOE comenzó a registrar sus peores resultados electorales.

Otro error: el intento, por parte de los tres candidatos, de hacer como que Podemos no existe. Ya les hubiera gustado que la realidad fuese de tal manera, pero, sin embargo, es otra. Podemos no solo existe sino que es parte de fundamental de las turbulencias a las que se enfrenta actualmente el PSOE, no como culpable sino como agente que ha roto el tablero político desde el inicio de la democracia en España. No se entiende el “crecimiento negativo” (usemos términos de moda) del PSOE, es decir, la tendencia vertical hacia abajo de su peso electoral, sin la irrupción de Podemos que, en primera y última instancia, es el partido que le ha comido media tostada.

Un debate alejado de la realidad inservible, una pérdida de tiempo, una muestra más de la decadencia interna del partido. Crónica, más bien, de un ridículo anunciado. Así y con todo, el PSOE crece en las encuestas de cara a unas futuras elecciones generales. La amnesia colectiva de la ciudadanía será el factor determinante, como siempre, del futuro del país.

  • Aquí el Storify de mi seguimiento del debate a través de Twitter.
  • Imagen destacada: Europa Press

El barómetro posterior al debate pudo predecir el futuro

Este texto va contener un inevitable sesgo que no es tanto mi ideología en sí misma como mi sencilla razón de ser y de entender y asimilar las cosas que se suceden. 

Ayer noche tuvo lugar el enésimo debate electoral, y cualquiera podría decir “no me dijo nada”, “me quedé igual”, “son todos iguales”, “a ver si llegan a un acuerdo de una vez por todas”. A mí sí me sirvió, y de bastante. Ayer pude vislumbrar, también por enésima vez pero de una manera más contundente, quiénes llevan detrás todo un proyecto político y quiénes un equipo de márketing con prolongada experiencia laboral en concesionarios de motocicletas.

No es Mariano Rajoy, no es Pedro Sánchez, no es Albert Rivera y no es Pablo Iglesias. Ya no se trata de hablar del pasado, del presente, ni siquiera del futuro si apuramos; la clave está en interpretar las palabras de los representantes de los partidos no para comentar que este ha dicho esto o el otro ha dicho esta otra cosa, sino para descubrir el contenido programático que a algunas formaciones tanto cuesta poner sobre la mesa. Hay quienes hacen propuestas concretas, y los hay que se ven obligados a recurrir a la descalificación personal e incluso la mentira, o al lloriqueo, porque son incapaces de ofrecer un proyecto con la suficiente consistencia como para que parezca medio creíble.

Por hacer un resumen de lo que yo, personalmente, vi en el debate: Mariano Rajoy salvó el cuello, aun habiendo sido atacado por todos los demás, con su táctica infalible de auto-inducir su cuerpo y su alma en un profundo y más o menos respetable modo lechuga. Lo que vendría a ser “hacerse el muerto”, que diría un familiar mío. Logró evitar dar explicaciones en materia de corrupción, logró hacerse escuchar y, en definitiva, consiguió que, como líder de un partido que debería estar ilegalizado o, como mínimo, suspendida su actividad, no fuera echado a los perros por los espectadores.

Pedro Sánchez estuvo más bien tirando a invisible, pese a su altura. No solo no ha aprendido de encuentros anteriores que un debate no se gana diciendo muchas veces “socialismo” y “yo me comprometo”, sino que además incorporó a su repertorio una nueva frase que por su insaciable repetición casi parecía una canción reggetonera de entretiempo: “Yo propuse un gobierno socialista y el Sr. Iglesias lo impidió juntándose con el PP”. Es como un “jo, mami, que no me han apoyado para ser presi” más sofisticado, más de candidato a calientasillón. Aunque no salió mal parado en los barómetros posteriores al debate. Quedar tercero no es solo casi una predicción de futuro sino también un tremendo logro para alguien que basa sus intervenciones en materia de lo que sea en llorar por no haber sido investido presidente y copiar propuestas y minutos de oro de otros partidos.

Albert Rivera fue, sin duda, el animador/incendiador del encuentro al más puro estilo Eduardo Inda, pero yendo más allá: las imágenes impresas en cartón. Ya aprovechó otras ocasiones para mentir sin que los afectados por X acusaciones pudieran defenderse, como sucedió en la entrevista que le hicieron en Antena 3 hace poco más de una semana. Pero esta vez tenía a Pablo Iglesias bien cerca, y muy poco dispuesto este a permitir el enésimo ataque sin fundamentos que se producía de manos de Rivera. El líder de la formación naranja, ya casi mandarina, ha sabido situarse en la posición más cómoda y atractiva para una pequeña -menos mal- parte de la población, la de mediador (aunque en el fondo no lo sea). ‘Yo no soy ni izquierda ni derecha, digo algunas cosillas malas del resto pero sin pasarme por si hubiera que pactar, y presento mis ideas como salvadoras de un constante encontronazo entre las partes’. O cómo meterla doblada a la gente con un discurso desideologizado y con cimientos de arena.

Y a Pablo Iglesias, si se me permite,  y desde el respeto, le faltó la cal viva que los procesos electorales obligan a achicar para evitar naufragios. Con todo, mantuvo la paciencia oportuna frente a los ataques infundados y presentó parte esencial del programa de Unidxs Podemos, teniendo en cuenta que, en términos generales, se habló de nada un poco. Estuvo claro y conciso en las ocasiones que tuvo y dio a conocer propuestas bastante concretas -no difusas- en cada una de las materias que se abordaron. La estrategia estaba clara y consiguió emprenderla. Logró hacer ver que solo hay dos alternativas y dejar a Pedro Sanchez en tierra de nadie sin resultar ofensivo ni pretender serlo.

Con respecto al debate en su conjunto, y ya dejo de teclear, sobraba, al menos, un moderador; los bloques temáticos parecían repetitivos y excesivamente mascados, y tuvieron como consecuencia un debate aburrido en el que se habló de lo de siempre, de nada con extra de palabrería y distorsión. Faltó Educación, Sanidad, Cultura, más de 1’5 minutos de Violencia Machista, qué menos, Medio Ambiente. Y para mi gusto, faltó algo que falta siempre, claro, que es una discusión abierta sobre la configuración del Estado y de las instituciones que nos representan, la Memoria Histórica y, en Política Exterior, menos Brexit y más Sáhara Occidental, que ya van 40, no me cansaré de repetirlo, y Derechos Humanos.

Los participantes, por su parte, estuvieron poco dinámicos, escaseó esa interrupción sutil permitida que hace que un debate sea un debate y no una procesión de Semana Santa cartagenera de monólogos cronometrados.

Todo está aún por suceder, y todo es posible. Los barómetros posteriores al debate pudieron ser una suerte de predicción de futuro.

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Foto: Atresplayer