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A 2017 le pido intolerancia

Sería infinitamente más útil, o, como mínimo, definitivamente menos agotador, que todas y cada una de esas personas que expresan sus mayores (y poco originales) deseos para el año que comienza a través de Facebook y otras redes, interrumpiendo el flujo de información interesante, lo hicieran por otras vías. Por ejemplo, para sí mismos. Se sorprenderían de lo placentero que es mantener una conversación con una misma sin romper el maravilloso silencio de las demás.

El caso es que, como esta práctica/bombardeo innecesario es algo que desequilibra mi paz interior cada enero, he decidido compartir mis anhelos también, a ver si puedo desequilibrar un poco la tranquilidad interior de algunas de mis iguales. No obstante, seré breve.

A 2017, sí, le pido intolerancia.

Pido intolerancia a la escandalosa, estresante, demoledora y, como diría un grande que se acaba de marchar, líquida rutina que nos aprieta la garganta cada día. Pido intolerancia a los parches emocionales, a la contaminación y al aceite de palma. Pido intolerancia a la criminalización de la protesta ciudadana, a la represión de los pueblos a manos de las fuerzas armadas y a los Estados fascistas democratizados.

Pido intolerancia al maltrato animal, al maltrato psicológico hacia el prójimo, al maltrato físico, al maltrato. Pido intolerancia al machismo, al que se ve y se oye, y al que casi no se puede percibir.  Pido intolerancia a la falta de calidad informativa, a la manipulación de los medios, a la permanencia en prime time de personas que difaman, calumnian, mienten. Pido intolerancia a la corrupción, al adueñamiento de unos pocos de la Patria, de la cultura popular y de los valores de los pueblos. Intolerancia a la usurpación de la hegemonía.

Pido intolerancia al arrebatamiento de la libertad de las personas, de los animales y de todos los seres vivos que habitan el planeta. Pido intolerancia al aniquilamiento de la Madre Tierra, al consumo compulsivo y a la devaluación de la felicidad como camino y objetivo vital. Pido intolerancia a la explotación, la opresión, la hemorragia de la clase obrera, de los trabajadores y las trabajadoras (la mayoría social).

Pido intolerancia al egoísmo, a la deshumanización de las naciones, al cierre de fronteras y a la vulneración de los Derechos Humanos. Pido intolerancia a la alienación de la ciudadanía, al racismo y la xenofobia, a la pobreza energética y al abandono de nuestras iguales en la calle. Pido intolerancia a los desahucios, al hambre de nuestras vecinas y a los recortes en sentido común. Pido intolerancia al desmantelamiento de lo público: Educación, sanidad, pensiones, transporte.

Pido intolerancia al abuso de poder, a la violencia institucional, a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, a la desigualdad en general y a la discriminación. Pido intolerancia al fascismo, a la homofobia, a la experimentación con animales, a la asfixia de las pymes y a la colonización de los territorios y de los pueblos. Pido intolerancia a la provocación, la participación y el fomento de las guerras.

Pido intolerancia al autoritarismo, a la supeditación de la vida a las redes sociales, al dominio privado de los medios de producción y a los feminicidios. Pido intolerancia a la conservación de símbolos franquistas (fascistas), al olvido de nuestra historia y a las carencias democráticas. Intolerancia a la falta de solidaridad, de justicia, de equidad, de tranquilidad, de amor.

La intolerancia, a veces, se hace necesaria.

[Foto: Pixabay]

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Acuerdo PP-C’s: indulto a la desfachatez

En un momento en el que gran parte de la ciudadanía española se encuentra frustrada, cansada, desalentada y sencillamente exhausta ante una situación política que no parece ganar metros al estancamiento, Ciudadanos -un partido que, a pesar de no haber obtenido un porcentaje de votos que teóricamente lo situara entre los partidos más representativos, goza de amplísima cobertura mediática y de excesiva consideración por parte de las cadenas y, al parecer, del resto de partidos- ha conseguido poner sobre la mesa un descarado indulto tanto a los orígenes fascistas del PP como a sus infames prácticas más recientes, sin que parezca tal cosa, y originando incluso un halo de esperanza política en los espectadores.

Y no es algo que se deba o pueda menospreciar, claro. Es más, me atrevería a decir que ha sido un movimiento estratégico digno de elogio. Pocas personas con tal carencia de ideas factibles y de intenciones de construir un necesario cambio real son capaces de quedar tan de milagrosas Celestinas conciliadoras entre insulsos negociadores y de subsanadoras de un presunto caos, cuando lo que realmente representan no es sino un discurso tan desideologizado que roza lo reaccionario.

La situación escogida para dar el paso es la ideal, y la hora del comunicado inmejorable. Noticias nefastas y vergonzosas como el acuerdo entre PP y Ciudadanos siempre entran mejor cuando te pillan en el chiringuito de la playa a mitad de caña y calamar. Al mediodía, con solecito y arena entre los dedos de los pies, todo está cínicamente permitido de antemano.

Que digo yo que habrá terceras elecciones, porque este panorama es de como cuando estás jugando a las palas y no das dos golpes seguidos sin que la bola toque suelo cuatro veces, y dices ‘va, ahora en serio, concéntrate’. Pero entretanto podemos echar una partida más a ese cuento de que lo importante y primordial no es desalojar a aquellos que llevan ochenta años arruinándonos la vida y coartando nuestras libertades y comenzar a construir un país que no dé vergüenza, sino ‘que esos cuatro caraduras se pongan ya de acuerdo como sea y nos dejen seguir viendo Sálvame, que ya está bien’.

Qué locura. Y yo pensando en conseguir una mayoría social con posibles para vivir con dignidad.

Anda, ponme otra caña.

La vida que nos debemos

Hay mucha gente tratando de definir lo que a menudo es indefinible. Existe una lucha constante e incansable de ideologías, o lo que es peor, no de ideologías sino de nombres de ideologías. Yo no sé si soy ‘una joven comunista’, si creo en el socialismo, si soy anarquista, leninista, chavista, jacobina… Falangista seguro que no. Y no lo sé por una sencilla razón: nunca he comprendido por qué tengo que ser una cosa u otra. No comprendo por qué el desarrollo y la transformación ideológica de la gente se asumen siempre como una traición y no como lo que es, un proceso de aprendizaje y de evolución personal. No termino de entender por qué tengo que etiquetar mi forma de ver la vida y, por consiguiente, limitarla.

Por supuesto que tengo ideología –lo contrario me causa pavor-, pero la ideología de lo que, para mí, es el sentido común, de lo que es la realidad no solo como la veo sino también como me gustaría verla.

Mi ideología respeta la naturaleza, la cuida y lucha por revertir el cambio climático, entre otros efectos secundarios de la existencia del ser humano, no tarda más de 10 minutos en ducharse y lleva el aceite usado a puntos limpios. Qué tontería y qué necesario. Mi ideología se estremece cada vez que ve sufrir a un animal, vitorea cada vez que un toro coge a un torero/asesino, llora de rabia cuando incluyen el maltrato en la sección de cultura. Mi ideología cree en los derechos humanos y en la necesidad de defenderlos –y ahora recuperarlos-. A mi ideología le tiembla el alma cuando oye decir que republicanos y reaccionarios ‘fueron igual de malos’, cada vez que recuerda que, casi 90 años después, la Justicia sigue durmiendo a dos metros bajo tierra, a los pies de las más de 100.000 personas que todavía yacen en cunetas.

Mi ideología no cree en Dios, pero sí en los servicios públicos: sanidad, educación, transporte, banca, pensiones…, considera que lo que construye la gente, ha de ser propiedad de la gente, de todos y de nadie. Mi ideología es laica, faltaría más, defiende la derogación del Concordato con la Santa Sede para poder vivir con libertad y separar de una vez por todas y contundentemente la Iglesia del Estado, y lucha por que en los centros educativos públicos se retire la catequesis que supone la asignatura de religión. A mi ideología le gustaría ir al cine, a un concierto, a un recital, comprarse un libro o ver teatro de vez en cuando sin tener que pensar durante días que para ello tendrá que reducir su porción de comida durante dos semanas.

Mi ideología detesta los conflictos armados, y, si por ella fuera, no habría ejércitos permanentes. Mi ideología dijo NO a la OTAN y hoy dice NO al TTIP. Mi ideología siente náuseas de ver que, por incansable que sea la lucha de los colectivos LGTB, estos nunca terminan de poder llegar a dejar de ser un colectivo discriminatoriamente diferenciado y no parte del conjunto libre de la sociedad. Mi ideología se emociona con la Internacional, con Labordeta, con el himno de Riego, con Aute, con José Luís Sampedro, y, sobre todo, con la fuerza de la lucha de la clase obrera en las calles.

Mi ideología siente orgullo por Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García, Luisa Rodríguez de la Fuente. Y también por Clara Campoamor, Victoria Kent, Concepción Arenal. Si mi ideología tuviera un himno, cantaríamos versos de Miguel Hernández.

Mi ideología cree que hay que acatar la Constitución de 1978, pero, sobre todo, trabajar para cambiarla. Mi ideología es demócrata y, por ello, defiende el derecho a decidir en todos los sentidos: derecho de autodeterminación de los pueblos, derecho a decidir sobre una posible reforma de la Constitución, derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la vida –o la muerte-, derecho a decir el modelo de Estado, derecho a decidir a quién amar y cómo. Todo ello de forma directa, sin intermediarios.

Mi ideología se parte la cara en las calles para parar desahucios de sus vecinos, se parte la cara en la calle por la Educación pública, por la Sanidad pública, por salarios y condiciones de trabajo dignos, contra la Violencia Machista, por la igualdad. Mi ideología quiere ir a la universidad sin que sus padres tengan que vivir asfixiados. Mi ideología mira a las personas a los ojos, no a la piel. Mi ideología se remanga cada día para levantar el Sol aunque se queme las manos constantemente.

Comprendo considerablemente bien a aquellos y aquellas que ejercen su derecho a voto desechándolo. Pero también me produce una enorme tristeza, no tanto por el hecho mismo de no votar como por el hecho de que su tripa no les vibre por ninguna fuerza. No entiendo aquel voto en las urnas que no sea mero complemento de la necesaria lucha constante en la calle, pero encuentro ambas cosas tan distanciadas en la realidad que nos asfixia como imprescindibles compañeras de la vida que nos debemos.

Como diría Silvio Rodríguez, “tenemos derecho a la palabra, a la memoria, a la canción negada, a la letra proscrita, al sueño sublevado, a re-crear la vida, vida cotidiana, vida con dignidad”.

Y desconozco el nombre de mi ideología, pero jamás le he buscado uno ni pienso hacerlo. Ella no sabe cómo se llama, pero sabe bien de dónde viene y con quién está. Ella nació abajo para encasquillar las armas a los de arriba. Ella nació opresión, nació miedo, nació tortura, nació sumisa, nació indefensa, nació invisible. Ella creció ilusión, creció ternura, creció con alas, con chaleco antifascismo, con puño izquierdo en alto, creció para nunca mermarse. Y ahora renacerá segura, renacerá sin miedo, renacerá insumisa, renacerá con el mismo puño en alto y con una enorme sonrisa. Renacerá invencible.

Pero solo lo hará si damos a la calle la fuerza que necesita en esas instituciones que nunca nos representaron, para hacer que lo hagan de una vez por todas. Para hacerlas nuestras. Solo será posible frenar las miserias de la hegemonía que nos domina y nos avasalla, golpeando sobre la urna con el mismo puño que levantamos y apretamos con fuerza en las calles, nosotras y nuestras abuelas.

Por fin, después de tantos años de dignidad silenciada, hoy vuelve a vibrar “la voz que grita entre los huesos de las cunetas para despertar al Universo”.

Unidas Podemos.

[Foto: EL PAÍS]

La Dignidad se recupera desenterrando la República

Que la Monarquía es anacrónica y contraria a los principios democráticos es un hecho tan evidente como ignorado desde el mismo día en que se reinstauró la misma en España tras la dictadura de Franco. No hace falta explicar el porqué de su anacronismo, pues va intrínseco en la definición del término. Pero parece evidente, visto lo visto, que sí es necesario explicar por qué la Monarquía es contraria a los principios democráticos.

Es antagónica a la Democracia porque dichos principios suponen que “todos los que nos representan han de ser libremente elegidos por el pueblo, incluido el jefe del Estado”, lo cual está evidentemente frustrado desde 1936. Además, si atendemos a los arts. 56 y 57 CE que prevén, entre otras cosas, que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” y que “la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don  Juan Carlos I de Borbón, ‘legítimo’ heredero de la dinastía histórica”, podemos confirmar esas profundas carencias democráticas, a pesar de que el discurso que quedara anclado en la sociedad fuera el de Juan Carlos I como salvador de la Democracia española.

Si somos fieles a la realidad en cuanto a lo que a fechas se refiere, son 77 los años que España lleva sin poder elegir el modelo de Estado que quiere. Setenta y siete años que suponen que la última generación que pudo hacerlo, está ya bajo tierra o es poco más que polvo y recuerdos -aparentemente olvidados, presuntamente lapidados con el granito de los falsos mitos de la Guerra Civil-. Setenta y siete años que suponen que España sigue profundamente dormida entre las sábanas de la sumisión, el conformismo y la restricción de cualquier opción de modelo para el país que no contemple la presencia de los que cazan elefantes en sus ratos libres.

Setenta y siete años en los que, curiosamente, se ha caminado hacia la incesante descalificación de la República y de aquellos que la defienden. Y digo curiosamente porque no fueron, precisamente, republicanos los que propiciaron el derrumbe de una sociedad democrática en construcción, ni la caída de un modelo de Estado elegido por el pueblo. No fueron republicanos los que favorecieron que se viviera en España una dictadura de 40 años, cuyo himno, más que ‘Cara al Sol’ no era sino ‘Cara al Miedo’. No fueron republicanos los que condenaron a muerte a miles de personas por su raza, ideología u orientación sexual. No fueron republicanos los que asumieron la jefatura del Estado por obra y gracia del Espíritu Santo abanderados por la palabra Democracia después de haber sido elegidos directa y explícitamente por el dictador.

Republicanos sí fueron los exiliados, asesinados, torturados durante y, sobretodo, tras la guerra. Republicanos sí fueron los que terminaron sufriendo y muriendo en campos de concentración nazis. Republicanos sí fueron los que liberaron París de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Republicanos sí fueron los que comenzaron a construir una sociedad más participativa.

Republicanos sí fueron los que posibilitaron el sufragio femenino, las Misiones Pedagógicas, el derecho a la autonomía de las regiones. Republicanos sí fueron los que limitaron, por fin, los tradicionales privilegios y el desorbitado poder de la Iglesia, los que hicieron posible la libertad de culto e hicieron que la separación entre la Iglesia y el Estado fuera una justa realidad. Y republicanos sí fueron y son las miles de almas desaparecidas, relegadas en fosas comunes por todo el territorio español.

Este artículo no va encaminado a elaborar una posible república ideal para España, ni a señalar la laicidad que seguro representaría  ese Estado probable, ni a rescatar buenos artículos de la Constitución de 1931. No se trata de resucitar a Manuel Azaña ni de cortarle la cabeza al rey, sino de defender el derecho de cada individuo a elegir libre y democráticamente el modelo de Estado que quiere para su país, como han hecho la mayor parte de los países europeos en su paso de la Monarquía a la República. Se trata de recuperar la dignidad que la ciudadanía española perdió en julio de 1936, y que merece recobrar.

Se trata de entender que la democracia no consiste en poder votar cada cuatro años la configuración del Congreso, el Senado y el Parlamento europeo. Que ese discurso ha quedado desfasado. Se trata de comprender que la Democracia real llegará a España el día que entendamos que llevamos viviendo una mentira desde la muerte de Franco y proclamación de Juan Carlos I, pues este fue –y ahora su hijo es- el indiscutible y premeditadamente decorado sustento del espíritu dictatorial que frustró las libertades de los españoles durante cuatro largas décadas.

Por ello es necesario el referéndum, y este ha de ser vinculante. Porque no se entiende que un país se diga ni se sepa democrático teniendo un jefe de Estado no electo. Porque no se entiende que alguien se haga llamar demócrata, apoyando a una institución renacida y facilitada por el Franquismo. Porque el derecho a decidir es tan importante como el derecho a ser, incluso me atrevería a decir que es lo mismo. Porque vivimos la Libertad desde la imposición. Porque tenemos la Justicia sepultada en las cunetas de la vergüenza.

Porque la Dignidad se recupera, desenterrando la República.