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A 2017 le pido intolerancia

Sería infinitamente más útil, o, como mínimo, definitivamente menos agotador, que todas y cada una de esas personas que expresan sus mayores (y poco originales) deseos para el año que comienza a través de Facebook y otras redes, interrumpiendo el flujo de información interesante, lo hicieran por otras vías. Por ejemplo, para sí mismos. Se sorprenderían de lo placentero que es mantener una conversación con una misma sin romper el maravilloso silencio de las demás.

El caso es que, como esta práctica/bombardeo innecesario es algo que desequilibra mi paz interior cada enero, he decidido compartir mis anhelos también, a ver si puedo desequilibrar un poco la tranquilidad interior de algunas de mis iguales. No obstante, seré breve.

A 2017, sí, le pido intolerancia.

Pido intolerancia a la escandalosa, estresante, demoledora y, como diría un grande que se acaba de marchar, líquida rutina que nos aprieta la garganta cada día. Pido intolerancia a los parches emocionales, a la contaminación y al aceite de palma. Pido intolerancia a la criminalización de la protesta ciudadana, a la represión de los pueblos a manos de las fuerzas armadas y a los Estados fascistas democratizados.

Pido intolerancia al maltrato animal, al maltrato psicológico hacia el prójimo, al maltrato físico, al maltrato. Pido intolerancia al machismo, al que se ve y se oye, y al que casi no se puede percibir.  Pido intolerancia a la falta de calidad informativa, a la manipulación de los medios, a la permanencia en prime time de personas que difaman, calumnian, mienten. Pido intolerancia a la corrupción, al adueñamiento de unos pocos de la Patria, de la cultura popular y de los valores de los pueblos. Intolerancia a la usurpación de la hegemonía.

Pido intolerancia al arrebatamiento de la libertad de las personas, de los animales y de todos los seres vivos que habitan el planeta. Pido intolerancia al aniquilamiento de la Madre Tierra, al consumo compulsivo y a la devaluación de la felicidad como camino y objetivo vital. Pido intolerancia a la explotación, la opresión, la hemorragia de la clase obrera, de los trabajadores y las trabajadoras (la mayoría social).

Pido intolerancia al egoísmo, a la deshumanización de las naciones, al cierre de fronteras y a la vulneración de los Derechos Humanos. Pido intolerancia a la alienación de la ciudadanía, al racismo y la xenofobia, a la pobreza energética y al abandono de nuestras iguales en la calle. Pido intolerancia a los desahucios, al hambre de nuestras vecinas y a los recortes en sentido común. Pido intolerancia al desmantelamiento de lo público: Educación, sanidad, pensiones, transporte.

Pido intolerancia al abuso de poder, a la violencia institucional, a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, a la desigualdad en general y a la discriminación. Pido intolerancia al fascismo, a la homofobia, a la experimentación con animales, a la asfixia de las pymes y a la colonización de los territorios y de los pueblos. Pido intolerancia a la provocación, la participación y el fomento de las guerras.

Pido intolerancia al autoritarismo, a la supeditación de la vida a las redes sociales, al dominio privado de los medios de producción y a los feminicidios. Pido intolerancia a la conservación de símbolos franquistas (fascistas), al olvido de nuestra historia y a las carencias democráticas. Intolerancia a la falta de solidaridad, de justicia, de equidad, de tranquilidad, de amor.

La intolerancia, a veces, se hace necesaria.

[Foto: Pixabay]

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“No puedes no conocer a The Beatles”

Hay voces que gritan -porque no queda otra- que la invasión y el expolio de América fue el acto de inauguración oficial del capitalismo más salvaje. Luis Nitrihual recordaba hace unos días, en el contexto de una conferencia sobre la estructura de medios en América Latina, que la llegada de la modernidad y el progreso al continente llevó consigo poco menos que un “desarrollo frustrado del capitalismo” que comentaba antes, pues en lugar de permitir el desarrollo de una industria propia e independiente a los pueblos latinoamericanos, se apostó por la extracción abusiva de materias primas mediante la explotación de las tierras para una posterior producción de bienes en Europa. Dejando así, a estos, en la más absoluta situación de indefensión y dependencia económica. Es la enésima muestra de un ejercicio de desvergüenza en la historia de la humanidad.

Así contado, en un cutrísimo párrafo de ciento treinta y nueve palabras, suena frívolo y casi pueril. Y es una lástima, pero no tenemos la culpa de ser vividos –que no vivir- en la era del neofascismo democratizado cuyas ciudadanías crecen, se reproducen y mueren –convencidas de la idoneidad del mismo- desprovistas de cualquier fórmula de empoderamiento y control de la propia vida. Tampoco tenemos culpa de tener el discurso limitado a trescientas palabras en las que, además de contar todo lo que se sucede en su mundo, tenemos que demostrar que hemos leído Territorio Comanche del muy español y mucho español Pérez Reverte, que las mesas de nuestras casas están bien calzadas con Los pilares de la Tierra,  que tenemos una opinión formada sobre la cobra de Bisbal a Chenoa y que nos gustan The Beatles. No vaya a ser que en la esfera pública se empiece a leer a Bakunin.

¿O sí?

 

 

¿Para qué país informa El País?

El 7 de mayo de 2014, El País titulaba en portada: “El bipartidismo recupera vigor ante las elecciones europeas”. Craso error.

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19 días más tarde se veía obligado a modificar sus palabras ante la inesperada irrupción de PODEMOS en el Parlamento Europeo con 5 escaños. Como dijo Nacho Escolar en el contexto de una conferencia en la Universidad de Castilla-La Mancha hace algunas semanas, en las últimas elecciones europeas los medios de comunicación no vieron –o no quisieron ver- lo que estaba pasando. Ellos titulaban una cosa, y en la calle sucedía otra. Ellos abogaban por la continuidad del sistema de partidos vigente entonces y, entretanto, la gente votaba diferente en las urnas.

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Cinco escaños en Europa, varios de los principales ayuntamientos españoles como Madrid y Barcelona en manos de candidaturas de unidad popular, y 71 diputados en el Congreso después, El País parecía haberse dado cuenta de la realidad que no alcanzaban a ver con claridad (aunque su respuesta ante tal evidencia no ha sido sino una ferviente apuesta por ser trampolín de ese hegemónico discurso que ya no se sostiene).

Hoy, El País vuelve a titular parecido a 2014 tras el acuerdo sobre el salario mínimo interprofesional por parte de PP y PSOE: “PP y PSOE vuelven a dominar la acción política”. Aunque, todo hay que decirlo, esta vez el tamaño de letra es bastante más pequeño. Ello puede ser síntoma de que el titular no es más que otra falacia añadida a la larga lista de mentiras que profesan estos medios de desinformación.

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Los hechos han sido otros: Unidxs Podemos llevó al Congreso una Proposición de Ley para subir el salario mínimo a 800€ el primer año y llegar a los 950€ al final de la legislatura, sin posibilidad de bajar en ningún caso. Se aprobó la toma en consideración de la misma con los votos a favor del PSOE y la abstención de Ciudadanos. Fue entonces cuando el PSOE regaló otro poco más de soberbia al PP pactando con este la “bajada de la subida” del SMI, en resumen, en vez de a 800€, se subirá a 707€ y además habrá pacto con los presupuestos (PGE).

A continuación, el PSOE presume de haber presionado al PP y haber conseguido, así, una subida del salario mínimo y El País, junto con otros medios, muestran en sus páginas algo así como que el bipartidismo es el que realmente trabaja en el Congreso y hace cosas por mejorar “la vida de los españoles” mucho españoles y muy españoles.

Ñeh. No termina de convencer. Como digo, hoy El País vuelve equivocarse en sus informaciones, pero con una diferencia notoria: esta vez no le será necesario rectificar porque, a estas alturas, poca gente cree en el relato de la realidad que este ofrece.

Vísteme despacio que tengo PRISA

Una vez más, un medio de gran tirada vuelve a actuar en fomento de su propia pérdida de credibilidad. El mismo día que se conoce que, finalmente, el partido de Albert Rivera tiene que indemnizar a su exjefa de prensa por acoso laboral, a Cebrián se le ocurre que cortar la frase de una declaración de Pablo Iglesias por donde convenga para hacer creer poco menos que el líder de Podemos está en contra de que las mujeres estén presentes en la vida política, es una buena idea. Qué jugada, maestro. Craso error.

Sin duda alguna ha dado frutos, pero a la inversa de como estaba previsto. Desde un tiempo a esta parte, la gente ha aprendido que hay que vestirse despacio cuando se tiene PRISA, porque luego pasa lo que pasa. Y ya se empieza a estar muy por encima de cualquier estrategia de manipulación. Con el hagstag #CortaPegaConPRISA ha advertido el intento de tergiversación de la cadena SER. Parece que algunos medios encuentran utilidad en Twitter cuando se trata de encontrar fuentes -las que sean y como sean- para lanzar noticias por doquier, pero no alcanzan a sortear la contra-utilidad de esta misma red social de manos de las lectoras, espectadoras, oyentes, cada día -y por suerte- más críticas.

De todas es sabido que la censura, como tal, no existe en España, pero que sí están activos diversos mecanismos -casi imperceptibles- que propician la autocensura o el acato de según que prácticas por parte de quien finalmente sostiene el bolígrafo. ¿Es lamentable? Bueno, claro, pero más lamentable es –reitero lo dicho en columnas anteriores- querer encontrar periodismo “en medios de comunicación cuya situación de dependencia económica les impide hacer tal cosa”.

[Foto: Wikimedia Commons]

Buscando periodismo donde no lo hay

¿Todos los medios han perdido credibilidad, u otorgamos la responsabilidad de tenerla a los medios equivocados? ¿Por qué insistimos en que ABC, El País, El Mundo, Antena 3, La Sexta, la cadena SER, y un largo etcétera tienen que ser los medios de referencia, y nos quejamos cada vez que no nos reconocemos en ellos? ¿Qué nos hace seguir manteniendo la aplicación de la SER en el móvil, seguir interrumpiendo nuestras comidas porque “empieza el Telediario” o continuar acompañando el café del desayuno con un periódico que no nos dice nada entre las manos?

Cabe recordar, además, que comunicación no es sinónimo de periodismo. El entretenimiento está bien, pero no es periodismo, es otra cosa. La banalización de los debates políticos y la espectacularización de la información, está bien, pero no es periodismo, es otra cosa. La cobertura y divulgación de los aspectos más morbosos de un suceso está bien –bueno, eso es discutible ciertamente-, pero no es periodismo, es otra cosa. Los constantes e incesantes flashes informativos en forma de tweets están bien, pero no es periodismo, es otra cosa. El copia y pega de declaraciones oficiales o de notas de prensa está bien, pero no es periodismo, es otra cosa. En definitiva, la comunicación, sea en el formato que sea, está bien, pero no es periodismo, es otra cosa.

Pascual Serrano, seguramente, diría que esa otra cosa es “una mierda”. Yo más optimista soy y prefiero entenderlo como una manera de entretener y de amenizar los aspectos duros de la realidad social y política de forma dinámica, en constante proceso de ‘novedosidad’. Permítanme la invención de la palabra. Como unos legítimos procesos de creación más artística que periodística en unos espacios y tiempos generosos para con la difusión y aceptación de los mismos.

No se trata de desacreditar los trabajos de cuantos se dedican al mundo de la comunicación y de la información, sino sencillamente de llamar a las cosas por su nombre, o mejor dicho –ya que a mí no me gustan las etiquetas-, de no llamar a las cosas por un nombre que definitivamente no les corresponde.

El hecho de que a casi todo lo que sale en la televisión, a casi todo lo que aparece en la prensa, a casi todo lo que suena por radio y a casi todo lo que nos ofrecen las redes sociales, queramos llamarlo Periodismo es uno de los motivos por los que este está siendo objeto de desaprobación y víctima de esa pérdida de credibilidad que los periodistas asumen como una lacra o inconveniencia que hay que paliar lo más rápidamente posible.

Sería infinitamente más útil dejar de buscar periodismo de calidad en aquellos medios de comunicación cuyas situaciones de dependencia económica les impiden hacer tal cosa. Las publicaciones alternativas tendrán, algún día, el lugar de prestigio que merecen.

[Foto: Pixabay]

Crisis del periodismo: ¿Volvemos al siglo XIX?

Por situarnos un poco: En el siglo XIX lo que había era periodismo de partido puro y duro. Un periodismo que estaba concebido como una herramienta de propaganda de un determinado partido político más que como un órgano a través de cual informar verazmente a los lectores y las lectoras. El periodista, entonces, no era sino un militante que vivía más de la política que de su trabajo periodístico. Esto fue así hasta que, ya en el siglo XX, empezaron a aflorar empresas cuyo ámbito de actuación o desarrollo iba a ser el de la comunicación. Este nuevo modelo de periodismo como negocio, que se ha dilatado hasta nuestros días, tenía como fin último la producción de beneficios económicos y la influencia política de manera teóricamente indirecta. Además, de esta forma el periodista ya pasa a vivir de la profesión, profesionalizada esta (valga la redundancia).

¿Qué ocurre hoy? Se habla de crisis de financiación de los medios, de crisis de pluralismo, de crisis de dependencia, de crisis ético-deontológica. Y dichos aspectos son dignos de ser debatidos profundamente. Pero, ¿y si estamos asistiendo, además, a una nueva transformación del modelo de periodismo que viaja más bien atrás en el tiempo? Cabría preguntarse si, al menos en España, el periodismo de empresa –dentro de las características  fijas que lo definían originalmente- está en parcial retroceso. Se teoriza pesando en la falta de pluralismo sin advertir que, tal vez, el periodismo plural nunca haya existido, no tenga ahora cabida o, para más inri, no sea factible ni en términos teóricos ni en términos prácticos. Y también se agoniza buscando la manera de alcanzar el ideal de objetividad en los medios informativos, lo cual parece sencillamente imposible.

Pensemos en la realidad actual de los medios de comunicación: Se trata de empresas dedicadas al mundo de la información que, por su condición de empresas anhelantes de beneficios millonarios, establecen una serie de confluencias e intereses empresariales y políticas que acaban por determinar las líneas editoriales de los mismos y, en última instancia, la senda del bolígrafo del periodista que redacta las piezas informativas. Eso, a nivel general. Por otra parte, en España puede realizarse una clasificación ideológica e incluso partidista de los medios de manera alarmantemente fácil. Entonces, ¿no es esto una especie de “periodismo empresarial de partido”? Se ha establecido la dinámica empresarial a un ejercicio periodístico potencialmente partidista. Es un híbrido entre los dos modelos anteriores.

Hace unos días, veintidós medios de comunicación críticos alternativos acordaron el inicio de un ejercicio periodístico cooperativo. Veintidós medios, ni más ni menos. ¿Crisis de pluralismo? No tiene por qué. Más bien, necesidad de reinventar el periodismo crítico, el periodismo que exige rendición de cuentas al poder, el periodismo como “guardián de la democracia”. Pero, ¿está ese ideal de periodismo exento de sesgos ideológicos? Tal cosa parece no existir, como ya se ha visto.  Esta veintena de medios de comunicación, entre los que se encuentran Diagonal, La Marea y/o Píkara Magazín, son medios cuyo ejercicio profesional parece estar en consonancia –con obvias transformaciones diferenciadoras- con aquel periodismo del siglo XIX en que el periodista era militante de un determinado partido político. Hoy no se hace de forma directa, pero en las publicaciones citadas se puede observar la adhesión a unos determinados valores comunes, fundamentalmente progresistas en este caso, que establecen una línea editorial clara a pesar de que no se encuentre una comunión concreta con ningún partido a lo largo de sus páginas o trabajos.

Es una posibilidad que parte de la crisis actual de los medios de comunicación tenga que ver con el hecho de no saberse parte de ningún tipo de periodismo. Esto es, con pasar por alto que, tal vez, uno de los aspectos que hacen perder credibilidad a los medios no es sino la no asunción de que el periodismo en profundidad, el periodismo de investigación, el periodismo comprometido, el periodismo crítico, el periodismo que parece faltar pero que en realidad existe –solo hay que buscar-, es un periodismo militante, un periodismo que no puede ser imparcial, que no puede concebirse como una fábrica imparable de datos noticiosos.

¿Es también una crisis de auto-reconocimiento?

 

 

[Foto: fascinanteprensaescrita.blogspot.com]

Itziar Canales: “No me siento feliz por lo que hago, porque ojalá no tuviera que hacerlo”

Desde hace cuatro décadas, cientos de miles de personas se encuentran sometidas al control de Marruecos debido a un proceso de descolonización que nunca se llevó a cabo. Unas 150.000 están ubicadas en la parte del Sáhara Occidental bajo ocupación marroquí; aproximadamente 30.000 se encuentran en la zona controlada por el Frente Polisario (movimiento de liberación del Sáhara Occidental); y alrededor de 125.000 viven en campamentos de refugiados en el desierto de Argel, dependientes de la ayuda humanitaria internacional.

Unos veinte años después del inicio de esta situación, una familia cántabra decidía unirse al programa “Vacaciones en paz”, que se lleva a cabo en casi todo el territorio español, y comenzaba a acoger a niños y niñas saharauis, durante el verano, para hacer de las altas temperaturas del desierto una oportunidad para los más pequeños de conocer la vida fuera de los campamentos. Entonces, Itziar Canales Carracedo, miembro de esta familia, tenía entre seis y siete años.

Esta ahora recién graduada en Educación Primaria por la Universidad de Cantabria y ya parte espiritual del pueblo saharaui, nos ofrece un recorrido por esa arena del desierto que tanto anhela durante el año, y por las sensaciones más personales que sus conocimientos sobre el conflicto y sobre la cultura árabe le han llevado a experimentar.

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Itziar Canales en Liencres (Cantabria) / Foto: Amaia Carracedo

Tu familia lleva alrededor de 20 años acogiendo a niños y niñas saharauis en verano a través del programa “Vacaciones en Paz”, que se lleva a cabo en casi todo el territorio  español. ¿Qué sensaciones te produce saberte contribuyendo a que esos niños y niñas salgan de los campamentos para conocer otras fronteras, descubrir otras perspectivas, en definitiva, vivir un poco de la vida que les falta, que les fue arrebatada…?

Es muy difícil. Lo nuestro ya se ha vuelto tan personal y tan familiar que, aunque evidentemente no podemos quitar los ojos del conflicto, la relación no es la misma que la que tiene una familia que simplemente acoge a un niño un año. Para mí es mi sobrina que viene a casa. Luego está todo lo relacionado con el conflicto. Lo sientes más cerca, sientes más frustración, impotencia, rabia. Yo no me siento realmente feliz por lo que hago, porque ojalá no tuviera que hacerlo.

Tú eras muy pequeña cuando tus padres comenzaron a participar en este proyecto de acogida. ¿Supiste siempre el motivo de que aquella niña saharaui pasara los veranos en tu casa?

Sí, me explicaron la situación, por qué venían y que tenían que estar a gusto. Tenía consciencia entonces pero, a decir verdad, de la primera niña no me acuerdo. Recuerdo que dormía en mi cama, pero no mucho más, tenía 5 o 6 años. Con Mahayuba (segunda niña de acogida) ya sí, intentaba protegerla, le presentaba a mis amigos, la llevaba a jugar conmigo… Era como mi hermana, como mi melliza.

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Itziar Canales (izquierda) y Mahayuba (derecha) / Foto: Amaia Carracedo

¿Crees que ese programa de acogida es estrictamente positivo? Hay gente que piensa que el programa, como idea, está muy bien, los niños vienen a España dos meses y se encuentran genial, pero después vuelven a un sitio que, realmente, de momento, es su pasado, su presente y su futuro.

Yo creo que ellos notan más esas cosas cuando ya son adolescentes, que tienen móviles, internet… Cuando ven el mundo que se abre fuera y que no es para ellos. Pero los niños, realmente, cuando se van, lo hacen súper contentos porque van a ver a su familia, les llevan regalos, etc. Para ellos esto no tiene tanto que ver con el conflicto, son dos meses de vacaciones. Evidentemente, se dan cuenta de que aquí tienen cosas que allí no tienen, pero cuando los ves allí piensas que las cosas que tienen aquí tampoco es que les hagan falta. Lo que más pueden notar es que tienen médicos. Allí no tienen suficientes medicinas y aquí pueden venir y seguir el tratamiento que necesiten. Les puedes nutrir durante dos meses, aportarle las necesidades médicas que tienen y que disfruten ese verano, pero ellos vuelven allí y son felices, no llegan y dicen “jo, aquí no tengo piscina”.

Una de las cosas más importantes de que vengas es poder dar visibilidad a la causa, que la gente les vea, pregunten y puedas explicar de dónde vienen y por qué tienen que venir.

Viajas al menos una vez al año a los campamentos de refugiados en el Sáhara… ¿qué sientes al llegar allí?

Fíjate si somos egoístas que yo voy allí y me siento como en casa, no necesito absolutamente nada. Te sientes completamente en paz, ves a los niños, nosotros vemos a nuestra familia, que no les vemos durante el resto del año, es una paz, una satisfacción…

Pero cuando llegas, también encuentras con que por allí no ha pasado el tiempo.

Claro… Ahora sí se está avanzando en el tema de electricidad. Este año ya tenían enchufes y luz en casa. Son pequeños avances que se entiende que a priori son positivos, pero luego ellos piensan: “esto nos viene muy bien para nuestro día a día, pero es frustrante. ¿Por qué nos ponen esto? ¿Significa que nos vamos a quedar mucho más tiempo?

¿Y al marchar qué sientes?

Las tres últimas horas necesito estar sola, salir fuera, sentir la arena, mirar a mi alrededor. Y empiezan a invadir los sentimientos de rabia, asco, impotencia, de ver que tenemos cosas que no nos hacen falta y gastamos el dinero, el tiempo y la vida en cosas que son nimiedades. Yo siento asco. Porque pienso “he estado una semana aquí, he estado encantada, no me ha faltado de nada, y me voy y les vuelvo a dejar aquí”. Acabas sintiéndote egoísta de lo bien que te sientes tú estando allí. Y luego estás aquí meses que estás físicamente aquí pero tu mente está allí. Cuando venimos en el autobús, que vas viendo el paisaje, yo sigo viendo el desierto. Tardas mucho en volver.

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Itziar Canales en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

¿Cómo es el día a día en el Sáhara? ¿Cómo son las condiciones en las que viven?

Difiere mucho de unos campamentos a otros. En El Aaiún la electricidad es de una placa solar, no es que ya tengan electricidad, como sí que tienen en otros campamentos.

El agua está racionalizada. La tienen durante un horario del día. Mahayuba, por ejemplo, tiene una manguera que sale del suelo, y tienen un horario y una cantidad de litros que, cuando la gastan, tienen que ir a comprar más, porque, como la traen en camiones cisterna, cuando se quedan sin agua las opciones son: esperar a la siguiente vez o pagar por ella.

Y para la comida les dan una canasta básica mensual que depende de los miembros de la familia, con azúcar, arroz, alguna legumbre… Cuando vamos nosotros tienen más cosas, no tiene nada que ver con cómo viven ellos. Hay gente que pide a los vecinos alfombras, cojines, colchones, la mejor vajilla que tengan, de todo. Luego te vas de allí y se quedan en nada.

¿Qué es lo primero que coges al llegar a tu casa en España?

La ducha. Pero es algo que sabes cuando llegas aquí, cuando estás allí no sientes la necesidad de ducharte. Para nada. Te limpias por limpiarte. Y cuando llegas aquí, sí, vas a la ducha y duermes en la cama, pero nada más.

Tanto cuando tienes en acogida a una niña saharaui en casa durante el verano como cuando acudes en apoyo a los campamentos, imagino que te sentirás más cerca que nunca del conflicto e incluso más capaz que en cualquier otro momento de servir de ayuda real. ¿Qué ocurre el resto del año? ¿Cómo te mantienes en la lucha?

Afortunadamente estoy en la asociación Alouda Cantabria, y tenemos reuniones semanales en las que vamos comentando todas las acciones que hay, todas las situaciones, todo lo que nos vamos enterando por nuestras familias, etc. Luego, gracias a las redes sociales, puedes seguir prensa de allí, puedes seguir a personas que tienen amplios conocimientos sobre lo que pasa tanto en los territorios ocupados como en los campamentos… Y cualquier pequeña acción que se pueda hacer, cualquier recogida de alimentos, concentración, manifestación, intentas estar ahí, ya que ellos no pueden, que por lo menos se te vea a ti, que gritas por ellos.

Acabas de graduarte en Educación Primaria. ¿En esta materia, qué carencias has podido encontrar o advertir en los campamentos saharauis?

La preparación, porque no tienen una preparación como maestros, son gente que se presenta, yo creo, voluntaria, que puede recibir una pequeña formación pero no están preparados pedagógicamente, psicológicamente, no tienen recursos… Aunque la verdad es que allí se le da muchísima importancia a la educación, pero claro, de qué manera.

Alouda Cantabria ha presentado un proyecto de formación del profesorado, con profesionales de aquí, para aportarles recursos y enseñarles esos aspectos que nosotros sí estudiamos.

Luego, todo el material que reciben son donaciones. Cuando en los centros de otros países ya no quieren el material, lo mandan para allá. Entonces hay pizarras que están partidas por la mitad, los asientos igual no están en sus mejores condiciones, etc. Si les llegan lápices, los niños pueden tener lápices, si no, pues harán lo que puedan.

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Itziar Canales con Fatimetu (hija de Mahayuba) y otro niño en el Sáhara / Foto: Amaia Carracedo

¿Cómo definirías la enseñanza en los campamentos? ¿Los niños y niñas tienen un horario regular de clases, etc.?

Sí, tienen un horario. Entran bastante pronto, tienen recreo… No sé si entran a las 7 o a las 8 y salen a las 2 o las 3, depende del curso en el que estén. Y, como aquí, tienen clase de lengua, matemáticas, Islam, conocimiento del medio… las asignaturas son las mismas. Tienen inglés, francés, español, árabe, y el hassanía. Casi nada (risas).

¿Y el nivel es el mismo que aquí? Es decir, ¿las matemáticas de un niño de 11 años de allí, por ejemplo, equivalen a las de aquí con la misma edad?

No creo que sea el mismo. Allí tienen también el problema del idioma. Ellos hablan un idioma pero luego tienen que estudiar en árabe, porque el hassanía no se escribe. Ahora se ha empezado a transcribir, por poetas y tal, pero realmente ningún dialecto del árabe se escribe. Tanto la prensa como los libros están escritos en un árabe común. Y, claro, ellos tienen que aprender ese árabe, que es, digamos, el del Corán. Entonces, el nivel no es igual, para nada. 

Una mujer saharaui escribió un poema llamado “Cuántos versos hacen falta por escribir” del cual he extraído algunos versos:

“Cuántos versos hacen falta por escribir

Para que la dignidad sea una esencia

De nuestra existencia.

Cuántos versos hacen falta por escribir

Para que la independencia no sea

Un rehén

De nuestra ignorancia”

Estos últimos versos me recuerdan a Rousseau.  Rousseau decía que la educación es una forma de dominio social a través de la cual unos se imponen sobre otros en función de los conocimientos que poseen. ¿Crees que las carencias educativas en el Sáhara son uno de los motivos por los cuales el pueblo saharaui lleva tanto tiempo sometido, incapaz de forjar una salida real al dominio de Marruecos sobre él?

Allí también hay mucha gente que sí que sale fuera, estudia carreras y luego vuelve e intenta hacer lo que puede con los conocimientos que ha adquirido. ¿Realmente si tuvieran otra educación sería diferente? No lo sé.

La metralla también hace mucho…

Es eso, esto es muy crítico, lo que voy a decir. Algunos de los del Polisario, de los que están viviendo fuera de los campamentos, están como Dios. Están en su casa, tienen a su familia allí, tienen su dinerito, y viven una vida occidental. Pero es que no están allí, ellos están cómodos. Entonces, ¿podrían hacer más por resolver el conflicto? Pues podrían, pero…

“Gastamos la vida en cosas que son nimiedades”

¿Crees, entonces, que el pueblo saharaui tiene que luchar contra Marruecos y, además, un poco contra el Frente Polisario, en el sentido de, digamos, “apretarle las tuercas”?

Ahora ha cambiado el presidente del Polisario, hace menos de un año. Hay que ver cuáles son los pasos que va a dar esta persona. Es triste, pero yo creo que va a hacer falta que se levanten en armas para que alguien reaccione. Pero este es un tema muy controvertido, yo no estoy tan puesta en los movimientos del Frente Polisario como para decirte si efectivamente están haciendo las cosas bien o no.

El educador Paulo Freire planteaba, mediante su pedagogía libertadora, que los individuos se forman a través de una serie de situaciones basadas principalmente en dos momentos: “En la primera etapa el individuo deberá tomar conciencia de la realidad en la que vive, como ser sujeto de opresión. En un segundo momento, los oprimidos lucharán contra los opresores para liberarse”. ¿Crees que esos dos momentos pueden darse en el Sáhara?

Yo creo que ellos, ya desde pequeños, son plenamente conscientes de que son oprimidos. Tú ves a niños de 7 años que vienen y llevan la bandera, con “Sáhara Libre” y “Marruecos fuera del Sáhara”. Yo he visto los libros de Fati (hija de Mahayuba y actual niña de acogida) y las asignaturas utilizan mucho el tema de Sáhara y el tema nacional. Ellos son muy patriotas y saben lo que tienen. Hay cada vez más jóvenes que dicen “tenemos que luchar contra Marruecos porque llevamos 40 años en paz y se están riendo de nosotros”. Y hay otra facción que opina que no, que hay que continuar así y que Allah proveerá. In shaa Allah.

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Itziar Canales haciendo té en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

Perteneces a una asociación que trabaja para el apoyo a la causa saharaui, Alouda Cantabria. ¿Qué tipo de actividades lleva a cabo esta organización y con qué finalidad?

Por ejemplo, cuando hubo inundaciones el año pasado, se organizaron conciertos solidarios para recaudar dinero, comprar medicamentos y llevarlos luego en mano, porque los había pedido el Frente Polisario, era lo que urgía. También se hacen “Cuscús Solidarios”, porque Alouda participa en el programa de BUBISHER (programa de animación a la lectura) y se ha comprometido a pagar el sueldo de uno de los profesores. Lo que se saca del cuscús se manda allí. Se hacen actividades de visibilización, se dan charlas en colegios e institutos para informar acerca del conflicto; se ha sacado un libro de poemas, de Fernando Llorente, cuya recaudación va también para Alouda y los proyectos. Y tenemos ropa, material escolar, medicamentos, máquinas de anestesia que nos han donado… pero no hay un vehículo desde hace dos años para poder mandarlo.

También se han hecho concentraciones, manifestaciones, se han organizado reuniones en ayuntamientos de la comunidad (Cantabria) para que ayuden económicamente… Y el fin último es el referéndum de autodeterminación.

Es de imaginar que estás considerablemente vinculada a la cultura árabe e incluso a los valores de la religión islámica. No me refiero a que seas directamente partícipe, sino a que será algo para cuyo respeto estés especialmente concienciada. ¿Alguna vez ello te ha supuesto un problema en tus relaciones sociales en España?

Muchísimos. La ignorancia que hay aquí con el tema árabe y del Islam es atroz. Y la prensa no está ayudando en nada. Tenemos la cultura del etnocentrismo y todo lo demás es basura. Normalmente (estos problemas) suelen ser por casos de noticias, cualquier cosa que sale en la prensa, que la gente te da su opinión y esta entra en confrontación con la que tú tienes y con los conocimientos que tú tienes.

Por ejemplo, el tema del velo de la mujer. Aquí hay gente que no comprende que hay mujeres que lo quieren llevar porque ellas se sienten mejor llevándolo. Obviamente, hay gente que está oprimida y que les obligan a ponérselo, pero yo estoy convencida de que, aunque la mayor parte de las mujeres árabes que están en España quizá lo llevan por cultura, hay muchísimas que lo llevan por religión.

El tema del hiyab. Hiyab es “modestia”, “vestir modestamente”. Esto significa que no tienes que presumir de tus cosas ni físicas ni materiales. Si realmente pillas la esencia, puedes llegar a entender que una mujer que viva su religión quiera vestir así. Pero aquí normalmente se toma todo desde una dimensión superficial.

El racismo, por desgracia, no parece estar en absoluto erradicado y, de hecho, Europa vive actualmente una fase de evidente fomento del mismo debido a la llamada “crisis de los refugiados”. Parece que algunas costumbres de otras religiones se toman como una amenaza. ¿Qué opinas sobre ello?

Es algo complicado. Una de las cosas que yo siempre digo es que, si lees el Corán, puedes ver que está terminantemente prohibido obligar a nadie a hacer absolutamente nada. Todo lo que se hace en los países islámicos de obligar a la mujer a vestir de una manera, por ejemplo, está totalmente prohibido en el Islam. Tú puedes aconsejar a una persona que, según el Corán, se debería hacer de esta manera. Pero lo que tiene el Islam es que es una religión que, salvo el shiísmo, que sí que tienen a los ayatollah, que serían los intermediarios y los que tienen que dirigir; en la facción sunní está Allah y estás tú, en medio no hay nada, y tú respondes ante él como tú consideras que tienes que hacerlo. Nadie puede venir y decirte que tienes que ir tapada, porque tú vives tu religión y la vives con Dios como tú consideras que debes hacerlo.

¿Y si tú respondes ante Dios como consideras, por qué en países como Marruecos una mujer se siente insegura o en peligro por no llevar burka, por ejemplo, en según qué situaciones?

Si tú conoces a buenos musulmanes de verdad ves que no te obligan, nunca te van a decir nada de una mujer musulmana que no lleve velo, o de un musulmán que no cumple un precepto que está estipulado. Tú lo haces como quieres, no puedes meterte en cómo lo hace otra persona.

Hablas de “buenos musulmanes de verdad”. ¿Quieres decir que la realidad allí es otra?

Es otra completamente distinta, el Gobierno es el que te obliga, y eso no se puede hacer. Por eso los países que se autodenominan islámicos porque la mayoría de personas es musulmana no están cumpliendo con los preceptos islámicos. Porque tú no puedes obligar a nadie a actuar de ninguna manera.

“La ignorancia que hay aquí con el tema árabe y del Islam es atroz. Tenemos la cultura del etnocentrismo y todo lo demás es basura”

En 2007/2008, Felipe González, en el contexto de una conferencia que dio sobre el conflicto del Sáhara Occidental, indicó que lo que sucede entre Marruecos y el Sáhara es “un empate infinito que no tiene solución”. ¿Crees que efectivamente es así? ¿Qué soluciones hay? 

No, lo que pasa es que hay que mojarse. Los países potentes tienen que actuar. España, de momento, no se moja, simplemente está ahí. Evidentemente tiene que haber una solución, y la solución es hacer un referéndum, y si se decide que quieren ser libres, ese territorio tendrá que ser abandonado. ¿Cómo? ¿Es difícil? Sí, es como lo que pasa en Palestina, ya son generaciones que han nacido allí y que a ver cómo lo solucionas, pero es que se está colonizando. El camino es el referéndum.

El día 26 de este mes (hace dos días) relataba El Confidencial Saharaui que Marruecos va a endurecer la represión contra los saharauis con la intención de apaciguar cualquier manifestación por la independencia o contra el desempleo empleando para ello todos los medios que sean necesarios. Parece que esos actos de protesta no hacen sino incrementarse a medida que Marruecos refuerza cuantitativamente la presencia militar y policial en el Sáhara. ¿Qué sensaciones te produce este tipo de informaciones provenientes de los campamentos? ¿Tienes tú otro tipo de información?

La última vez que estuvimos (en los campamentos) fuimos a ver la asociación de presos y desaparecidos. Nos pusieron un vídeo, que duraba 20 minutos, de palizas a mujeres allí. Solo te digo que no pudimos acabar el vídeo porque uno de nuestros compañeros se desmayó y tuvieron que parar el vídeo. Todos estábamos llorando, se oía cómo llorábamos todos, pero este no pudo aguantar. Es increíble. Y a mí me da rabia, además, que ves a los marroquíes luchando por Palestina, que hablando son súper pro-Palestina, y piensas, “pero si estáis haciendo vosotros lo mismo”. No vosotros personalmente, pero, vamos, estáis apoyando a un rey que está haciendo exactamente lo mismo con los saharauis. No consiguen trabajo, si lo consiguen es un trabajo de segunda, les tienen perseguidos, les apalean y no hay ningún tipo de represalia… A mí la gente que se queda a vivir allí porque dice “por narices que me quedo aquí porque esta es mi tierra” me produce una admiración… porque es que no sabes si un día vas a salir a la calle y vas a volver a casa, porque te pueden pegar un tiro en cualquier momento, te pueden dar una paliza o te puede pasar cualquier cosa.

Además, Marruecos es completamente diferente, o sea, tienen hasta otro dialecto, hablan diferente, visten diferente, tienen tradiciones diferentes. ¿En qué momento han pensado que este trozo de tierra les pertenece?.

¿Temes que la represión acabe provocando el estallido de una auténtica guerra?

Es lo que están consiguiendo. Pero la culpa es de todos los organismos internacionales de alrededor, que no hacen nada. Hasta que digan “mira, lo hemos intentado de todas las maneras, pero si lo que queréis es que entremos en guerra para que nos veáis, lo tendremos que hacer”. Es lo que nadie queremos, porque sabemos que sería una masacre, pero ¿qué otra cosa tienen?

Imagino que piensas en tu familia.

Evidentemente. Me vienen imágenes de bombardeos, de las niñas, de Mahayuba, del hermano de Mahayuba que está en el ejército… El año pasado, que ya había problemas, yo estaba pensando en cómo podíamos traer a los niños y a todos para acá.

¿Qué pedirías a las instituciones españolas en materia de este conflicto?

Que  asuman las responsabilidades que tienen. Porque está claro que el acuerdo tripartito no es legal. En algún momento hay que dejar de lado esos intereses.

¿Podrías definir lo que supone o significa para ti el conflicto saharaui en una cita? Ya sea propia, procedente de un libro, una canción, una película…

Un poema de Amaia (su madre). Te lo voy a leer:

Arena en tus ojos y en tu sonrisa

Tu melfa de viento en silencio grita

Erguida en la nada vences al sol soñando ser libre

Eres fuerte, eres bella,

Eres mujer saharaui como tu tierra.

– Amaia Carracedo Arana.

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Itziar Canales en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

La frustración, tanto de quienes habitan forzosamente en el desierto desde hace cuarenta años, como de aquellas personas que prestan su tiempo a hacerles sentir que no están solos, que no han sido olvidados, perdura en el espacio y el tiempo en que el generoso barro de unos y las oportunidades de libertad de otros se han unido al calor de una taza de té. El pueblo saharaui resiste sabiendo que “lo imposible solo tarda un poco más” (Paolo Ragone), y hermanos de este, como Itziar Canales, no abandonan la lucha fiel porque, como dijo Lluís Llach, “todo está por hacer, y todo es posible”.

La chaqueta de pana que nunca fue

Un hombre de edad avanzada se preguntaba hace unos días, desde el meollo de la protesta en Ferraz como consecuencia de la llamada crisis histórica del PSOE, que “dónde ha quedado la chaqueta de pana”. Seamos realistas, la chaqueta de pana la colgó Felipe González en un perchero en el 82, y ni Sánchez se la ha vuelto a poner. La chaqueta de pana fue una ilusión prefabricada para unos comicios que, como con la OTAN pero al revés: “PSOE, de entrada sí”. Pero no. No olvidemos a Krahe.

El socialismo en España, en lo que al PSOE se refiere, solo ha estado presente en los corazones de la clase obrera, jamás en las instituciones. Para dar cuenta de ello no hace falta rebuscar mucho: la OTAN, la reconversión industrial de la década de los 80 (que supuso el desmantelamiento de una parte muy importante de la industria pesada por medio de recortes en la capacidad productiva de las empresas), el caso Juan Guerra (enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias), el caso Filesa (empresa fantasma para financiar al partido de manera ilegal a través de cobros de informes falsos a cambio de adjudicaciones de contrato públicos), el “decretazo” del 92 (recortes en las prestaciones por desempleo), los GAL, el art. 135 CE (se modifica para anteponer el pago de la deuda), pacto del PSOE con el PP que desviaba las inversiones de la UE fuera de Euskadi y Cataluña, el endurecimiento del Código Penal, las reformas laborales. Y un largo etcétera en el que se debe incluir el pacto con la niña de Rajoy: Ciudadanos; ese pacto que, según indicó el propio Albert Rivera, podía aceptar también el PP.

Por resumir brevemente: desde que Largo Caballero propiciara la colaboración del PSOE con la dictadura de Primo de Rivera (1923) hasta el acuerdo a pachas de Pedro Sánchez con el tipo que se presentó a las europeas con un partido de extrema derecha -Albert Rivera-, el partido socialista ha tratado de tomar el pelo a todo el que se le ha puesto por delante haciendo creer que representaban los intereses de la mayoría social. Hace tiempo que dejaron de ser “odiados por los que envenenan y roban al pueblo”, tanto como el que hace que empezaron a ser parte del poder que oprime y expolia al mismo.

Sería, entonces, conveniente advertir que la ‘guerra’ actual del PSOE ni es actual ni es ideológica, como se quiere hacer pensar desde los medios de comunicación. Desde el comienzo de la historia del partido socialista, han sido evidentes e irremediables las disputas entre miembros de la cúpula, pero nunca por una cuestión de principios más que de poder. Este ha sido siempre un partido de burgueses cuyo paripé -o postureo, como se diría hoy- y conjunto de diversas concesiones a la clase obrera para mantener a la misma calmada viendo el fútbol ha hecho que, a octubre de 2016, todavía haya gente en la puerta de su sede gritando el nombre del ya exsecretario general que creían ‘fiel al izquierdismo y a su palabra’. En otras palabras, se ha conseguido, tanto desde el partido como desde la prensa, que la gente siga pensando que existe un PSOE de izquierdas oprimido por el otro PSOE, el de derechas o el acomodado al liberalismo; cuando la realidad parece más bien otra que ya en mayo de 2011 empezaron a gritar unas cuantas voces en Sol: <<PSOE y PP, la misma…>>.

Por su parte, Sánchez ha sabido jugar bien sus cartas. Engañó a la ciudadanía en las campañas electorales de los dos últimos comicios vendiendo un proyecto de izquierdas que no pensaba poner en práctica (a las pruebas se puede uno remitir), y ahora, gracias a los últimos acontecimientos en el 70 de la calle Ferraz de Madrid, ha conseguido constituirse a sí mismo en la imagen de mártir socialista al dimitir de su cargo abanderado del ‘no es no’ a Rajoy.

Ha sido una jugada maestra, pues se ha dedicado a hacer tiempo -o, mejor dicho, a gastarlo- diciendo que quería un gobierno de progreso sin hacer nada por conseguirlo, hasta llegar a un punto de no retorno en el que no queda margen para renegociar un gobierno con Unidas Podemos, y la dimisión y consiguiente abstención en favor de Rajoy se vuelve irremediable. Se ha ahorrado justificar su ego -reflejado en su deseo de gobernar en solitario con el peor resultado de la historia del PSOE-, ha dado un paso atrás permitiendo a los que no se presentan a las elecciones que propicien otra legislatura del Movimiento Nacional, y se ha retirado a su domicilio particular a estudiar con tranquilidad la forma de ganar las primarias (a las que, según Revilla, se piensa presentar) a golpe de lágrima ante los más leales y afligidos militantes. Si es que a estas alturas queda alguno.

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En opinión de las manos que escriben estas líneas, el PSOE, en su conjunto, no está en estos momentos más que recibiendo lo que ha estado sembrando casi desde su fundación, y, por tanto, no merece más que el necesario ‘Game Over’ que deje descansar a los engañados (a los de verdad, no al exconsejero de Gas Natural) y reactive la indispensable acción social directa de la gente en la calle. Como diría el Nega de Los Chikos del Maíz, “solo el pueblo salva al pueblo, os lo aseguro”.

De aquí a la duodécima uva veremos si a Sánchez le ha dado tiempo a desempolvar la chaqueta de pana, o si, por el contrario, la gente ha decidido enterrar en cal viva el puño y la rosa.

 

Acuerdo PP-C’s: indulto a la desfachatez

En un momento en el que gran parte de la ciudadanía española se encuentra frustrada, cansada, desalentada y sencillamente exhausta ante una situación política que no parece ganar metros al estancamiento, Ciudadanos -un partido que, a pesar de no haber obtenido un porcentaje de votos que teóricamente lo situara entre los partidos más representativos, goza de amplísima cobertura mediática y de excesiva consideración por parte de las cadenas y, al parecer, del resto de partidos- ha conseguido poner sobre la mesa un descarado indulto tanto a los orígenes fascistas del PP como a sus infames prácticas más recientes, sin que parezca tal cosa, y originando incluso un halo de esperanza política en los espectadores.

Y no es algo que se deba o pueda menospreciar, claro. Es más, me atrevería a decir que ha sido un movimiento estratégico digno de elogio. Pocas personas con tal carencia de ideas factibles y de intenciones de construir un necesario cambio real son capaces de quedar tan de milagrosas Celestinas conciliadoras entre insulsos negociadores y de subsanadoras de un presunto caos, cuando lo que realmente representan no es sino un discurso tan desideologizado que roza lo reaccionario.

La situación escogida para dar el paso es la ideal, y la hora del comunicado inmejorable. Noticias nefastas y vergonzosas como el acuerdo entre PP y Ciudadanos siempre entran mejor cuando te pillan en el chiringuito de la playa a mitad de caña y calamar. Al mediodía, con solecito y arena entre los dedos de los pies, todo está cínicamente permitido de antemano.

Que digo yo que habrá terceras elecciones, porque este panorama es de como cuando estás jugando a las palas y no das dos golpes seguidos sin que la bola toque suelo cuatro veces, y dices ‘va, ahora en serio, concéntrate’. Pero entretanto podemos echar una partida más a ese cuento de que lo importante y primordial no es desalojar a aquellos que llevan ochenta años arruinándonos la vida y coartando nuestras libertades y comenzar a construir un país que no dé vergüenza, sino ‘que esos cuatro caraduras se pongan ya de acuerdo como sea y nos dejen seguir viendo Sálvame, que ya está bien’.

Qué locura. Y yo pensando en conseguir una mayoría social con posibles para vivir con dignidad.

Anda, ponme otra caña.

El barómetro posterior al debate pudo predecir el futuro

Este texto va contener un inevitable sesgo que no es tanto mi ideología en sí misma como mi sencilla razón de ser y de entender y asimilar las cosas que se suceden. 

Ayer noche tuvo lugar el enésimo debate electoral, y cualquiera podría decir “no me dijo nada”, “me quedé igual”, “son todos iguales”, “a ver si llegan a un acuerdo de una vez por todas”. A mí sí me sirvió, y de bastante. Ayer pude vislumbrar, también por enésima vez pero de una manera más contundente, quiénes llevan detrás todo un proyecto político y quiénes un equipo de márketing con prolongada experiencia laboral en concesionarios de motocicletas.

No es Mariano Rajoy, no es Pedro Sánchez, no es Albert Rivera y no es Pablo Iglesias. Ya no se trata de hablar del pasado, del presente, ni siquiera del futuro si apuramos; la clave está en interpretar las palabras de los representantes de los partidos no para comentar que este ha dicho esto o el otro ha dicho esta otra cosa, sino para descubrir el contenido programático que a algunas formaciones tanto cuesta poner sobre la mesa. Hay quienes hacen propuestas concretas, y los hay que se ven obligados a recurrir a la descalificación personal e incluso la mentira, o al lloriqueo, porque son incapaces de ofrecer un proyecto con la suficiente consistencia como para que parezca medio creíble.

Por hacer un resumen de lo que yo, personalmente, vi en el debate: Mariano Rajoy salvó el cuello, aun habiendo sido atacado por todos los demás, con su táctica infalible de auto-inducir su cuerpo y su alma en un profundo y más o menos respetable modo lechuga. Lo que vendría a ser “hacerse el muerto”, que diría un familiar mío. Logró evitar dar explicaciones en materia de corrupción, logró hacerse escuchar y, en definitiva, consiguió que, como líder de un partido que debería estar ilegalizado o, como mínimo, suspendida su actividad, no fuera echado a los perros por los espectadores.

Pedro Sánchez estuvo más bien tirando a invisible, pese a su altura. No solo no ha aprendido de encuentros anteriores que un debate no se gana diciendo muchas veces “socialismo” y “yo me comprometo”, sino que además incorporó a su repertorio una nueva frase que por su insaciable repetición casi parecía una canción reggetonera de entretiempo: “Yo propuse un gobierno socialista y el Sr. Iglesias lo impidió juntándose con el PP”. Es como un “jo, mami, que no me han apoyado para ser presi” más sofisticado, más de candidato a calientasillón. Aunque no salió mal parado en los barómetros posteriores al debate. Quedar tercero no es solo casi una predicción de futuro sino también un tremendo logro para alguien que basa sus intervenciones en materia de lo que sea en llorar por no haber sido investido presidente y copiar propuestas y minutos de oro de otros partidos.

Albert Rivera fue, sin duda, el animador/incendiador del encuentro al más puro estilo Eduardo Inda, pero yendo más allá: las imágenes impresas en cartón. Ya aprovechó otras ocasiones para mentir sin que los afectados por X acusaciones pudieran defenderse, como sucedió en la entrevista que le hicieron en Antena 3 hace poco más de una semana. Pero esta vez tenía a Pablo Iglesias bien cerca, y muy poco dispuesto este a permitir el enésimo ataque sin fundamentos que se producía de manos de Rivera. El líder de la formación naranja, ya casi mandarina, ha sabido situarse en la posición más cómoda y atractiva para una pequeña -menos mal- parte de la población, la de mediador (aunque en el fondo no lo sea). ‘Yo no soy ni izquierda ni derecha, digo algunas cosillas malas del resto pero sin pasarme por si hubiera que pactar, y presento mis ideas como salvadoras de un constante encontronazo entre las partes’. O cómo meterla doblada a la gente con un discurso desideologizado y con cimientos de arena.

Y a Pablo Iglesias, si se me permite,  y desde el respeto, le faltó la cal viva que los procesos electorales obligan a achicar para evitar naufragios. Con todo, mantuvo la paciencia oportuna frente a los ataques infundados y presentó parte esencial del programa de Unidxs Podemos, teniendo en cuenta que, en términos generales, se habló de nada un poco. Estuvo claro y conciso en las ocasiones que tuvo y dio a conocer propuestas bastante concretas -no difusas- en cada una de las materias que se abordaron. La estrategia estaba clara y consiguió emprenderla. Logró hacer ver que solo hay dos alternativas y dejar a Pedro Sanchez en tierra de nadie sin resultar ofensivo ni pretender serlo.

Con respecto al debate en su conjunto, y ya dejo de teclear, sobraba, al menos, un moderador; los bloques temáticos parecían repetitivos y excesivamente mascados, y tuvieron como consecuencia un debate aburrido en el que se habló de lo de siempre, de nada con extra de palabrería y distorsión. Faltó Educación, Sanidad, Cultura, más de 1’5 minutos de Violencia Machista, qué menos, Medio Ambiente. Y para mi gusto, faltó algo que falta siempre, claro, que es una discusión abierta sobre la configuración del Estado y de las instituciones que nos representan, la Memoria Histórica y, en Política Exterior, menos Brexit y más Sáhara Occidental, que ya van 40, no me cansaré de repetirlo, y Derechos Humanos.

Los participantes, por su parte, estuvieron poco dinámicos, escaseó esa interrupción sutil permitida que hace que un debate sea un debate y no una procesión de Semana Santa cartagenera de monólogos cronometrados.

Todo está aún por suceder, y todo es posible. Los barómetros posteriores al debate pudieron ser una suerte de predicción de futuro.

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Foto: Atresplayer