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Por qué las huelgas educativas sí están justificadas

[Artículo publicado inicialmente en Nueva Revolución. Abril 2017 http://nuevarevolucion.es/derechos-las-huelgas-educativas-estan-justificadas/%5D

 

A principios de este mes de marzo tuvo lugar una de las múltiples huelgas educativas que se están poniendo y se van a poner en marcha en todo el país contra los recortes en Educación y la implantación de la LOMCE y el denominado 3+2. El Ministro de Educación no tardó en mostrar su menosprecio afirmando que dicha convocatoria de huelga era “injustificada” y que carecía de sentido.

Convendría, entonces, hacer memoria al señor Méndez de Vigo. Y lo más apropiado para él, puesto que parece no llevar demasiado bien la comprensión lectora, visual y auditiva, es una sencilla enumeración de acontecimientos poco casuales.

22 de mayo de 2012: La comunidad educativa se pone en pie contra el Real Decreto 14/2012, que establece medidas como el aumento de las ratios de alumnos por aula, la imposibilidad de sustituir a docentes hasta cumplidos los 10 días de baja laboral o el recorte en becas, entre otras. Todo ello con para conseguir “la racionalización del gasto público en el ámbito de la educación, de conformidad con los principios de eficiencia y austeridad que deben presidir el funcionamiento de los servicios públicos” (o lo que es lo mismo: para poder cuadrar los sobres de Génova por otro lado).

9 de mayo de 2013: alumnado, padres y madres y docentes se echan a la calle para protestar contra los recortes, que no cesan, en Educación. Concretamente, además, contra la nueva ley educativa que se estaba desarrollando (la LOMCE).

13 de noviembre de 2013: las universidades españolas llenan las calles rechazando el Plan Bolonia. Su implantación suponía no solo una completa reestructuración de la enseñanza superior, sino la desaparición de carreras, la imposibilidad de que todos los estudiantes pudieran acceder a “una formación de calidad”. Una de las proclamas más destacadas fue el hecho de que este Plan significaba “que la universidad pública comenzara a financiarse por sí misma, es decir, a través de empresas privadas”.

24 de octubre de 2014: gran huelga estudiantil pidiendo la dimisión de Wert. Contra la reforma educativa, los recortes, que nunca pararon de producirse, y el endurecimiento de las becas, entre otras cosas. El que fuera ministro de Educación hasta ser enviado de vacaciones permanentes a París con piso y sueldo corriendo de nuestra cuenta, consiguió que hasta los padres y las madres se organizaran con sus hijos e hijas y los docentes para mostrar su rotundo rechazo al progresivo desmantelamiento de la educación pública.

25 y 26 de octubre de 2015huelga estudiantil, con manifestaciones en todo el país, contra el Real Decreto 43/2015 (conocido como 3+2) y contra los recortes en educación.  “Con esta normativa los grados se convertirán en papel mojado para el mercado laboral, por lo que la mayoría de estudiantes deberá cursar un máster para tener “una licenciatura real”. Los altos precios de los posgrados provocarán que solo aquellos que tienen disponibilidad económica, puedan permitirse cursarlos”, según explicaba el Sindicato de Estudiantes.

9 de marzo de 2017: huelga estudiantil en toda España contra la LOMCE (para denunciar que sigue en vigor) y contra la privatización de la enseñanza a todos los niveles.

1988, 1990, 2001, 2002… son otras movilizaciones en defensa de la educación pública memorables en este país. Es lo que sucede, señor Méndez de Vigo, cuando se manosea de cualquier manera el derecho a una educación gratuita y de calidad, cuando se favorece a la enseñanza privada y concertada en detrimento de la pública, la de todos y todas. Sucede cuando, a pesar de que toda la comunidad educativa está en desacuerdo, los recortes se producen, el Plan Bolonia se implanta, la LOMCE entra en vigor y las becas y subvenciones se convierten en algo que te toca casi como si fuera la lotería.

Pero eso son solo datos, nombres de decretos indescifrables por el conjunto de la sociedad, números, fechas. Detrás de los decretazos, de los famosos recortes, de los “que se jodan” con el micro abierto, hay consecuencias y efectos reales. Y hoy voy a contar esos efectos haciendo un pequeño viaje al que fue mi comienzo en lo de entender quién es quién, de dónde vengo y por qué esta violencia institucional.

Activismo adolescente: comprendiendo la realidad

Yo tenía entre 13 y 14 años cuando algo dentro de mí empezó a decirme que la realidad que estaba viendo y viviendo no tenía por qué ser de esa manera, que colectivamente se podían mejorar las cosas, que era posible crear desde abajo, moverse. A disgusto de mi madre, por supuesto, que me veía como lo que era: pequeña, ignorante en lo político y vulnerable en lo físico, empecé a acudir a convocatorias de manifestaciones en defensa de una educación de mayor calidad y accesible para todas las personas.

Evidentemente, yo no entendía nada, como cuando leí las primeras líneas de Hegel o de Bauman, o como cuando intenté nombrar a Hannah Arendt en voz alta por primera vez (de eso hace relativamente poco). No tenía recursos intelectuales para analizar qué era aquello que pasaba en las plazas, pronunciaba los cánticos sin entender muy bien su conexión con la realidad. “No hay pan para tanto chorizo”, “si somos el futuro, ¿por qué nos dan por culo?”, “la hija de la obrera, a la universidad”. Eran frases llamativas, molaban y vestían cierta coherencia, y me dejaba la voz, pero también me daba la risa.

En la segunda o tercera manifestación a la que acudí estaban también presentes algunos profesores y profesoras de mi instituto, pero ellos y ellas no se reían, ni una pizca. “Estado de malestar”, lucía uno de ellos en una pancarta hecha con un trozo de cartulina y un rotulador desgastado. Otro llevaba un cartel de “SE VENDE ESCUELA PÚBLICA”. Empecé a hacerme preguntas que no sabía ni cómo formular.

Mientras yo empezaba a tender puentes entre mis pulsiones y aquellos cánticos, se comenzaba a hablar de una tal “Spanish Revolution”. Que si “indignados”, que si “juventud sin futuro”, que “no nos representan”. Una movida demasiado grande que se me escapaba de las manos, pero a la que me adherí como pude sin pensarlo. El 15M.

Es verdad que yo al principio cantaba un poco siguiendo la corriente, pero pronto empuñé algún que otro megáfono con quizá demasiada seguridad. Y fue porque al fin empezaba a sintetizar en mi cabeza lo que estaba pasando. Una niña de 15 años no puede comprender un texto publicado en el BOE, pero puede darse cuenta de que cuando baja a la conserjería de su instituto, de repente, ya no le dan las tizas que precisa, sino que le piden que, por favor, corte una por la mitad y se lleve solo un trozo.

Por las tardes, el instituto estaba más oscuro; los profesores hacían fichas con los ejercicios casi amontonados para que solo ocupara un folio por las dos caras; las fotocopias había que pagarlas y, si llevabas tú los folios, mejor; ya no había tizas de colores; pasábamos frío en invierno porque el centro no podía pagar el combustible para la calefacción; en informática teníamos que ponernos tres personas por ordenador; en clase, de repente, éramos 40 y teníamos que pasar mesas y sillas de un aula a otra para poder sentarnos; la “ayuda para libros” dejó de existir y padres, madres, profesores y alumnos teníamos que organizar bancos de libros para hacerlos rotar; los laboratorios y salones de actos se convertían en aulas ordinarias; no dejaban los rollos de papel higiénico en los aseos, sino que había que pedir el trozo de papel para cada ocasión; algunos profesores se quejaban del cansancio y las horas de trabajo, otros de no saber si el año siguiente iban a conservar la plaza, los docentes especialistas se iban evaporando. Y un larguísimo etcétera.

Y lo he expuesto en pretérito imperfecto (y nunca mejor usado), pero no tiene nada de pasado, porque esa yo de 15 años de 2011, es hoy mi hermana, también de 15 años, en 2017. A ella no le choca tener que pedir el papel higiénico para ir al aseo, ni que no haya tizas de colores, ni que los exámenes teóricos de educación física se hagan en el suelo del gimnasio. No le sorprende porque creció con ello. La falta de material, la asfixia de los docentes, la escasez de recursos económicos para actividades extraescolares, la merma de asignaturas que ponen a trabajar la expresividad, la imaginación… se ha normalizado.

Padres, madres, alumnos, alumnas, profesores, profesoras, personal técnico, nos hemos acostumbrado a trabajar, vivir, aprender, enseñar, crecer en precario. Más de 30.000 profesores y maestros han perdido su empleo y los que quedan tienen los pulmones a punto del desborde, pero es que qué más queremos. Más de 50.000 alumnos han tenido que dejar la universidad por no poder pagar las tasas, pero es que no se puede tener todo.

Nos hemos conformado con las migajas y nos hemos creído el cuento de que la austeridad es no solo la forma de vida más ejemplar, sino lo máximo a lo que podemos aspirar; del mismo modo que nos creímos la leyenda de que para merecer llegar a fin de mes hay que trabajar desde que sale el sol hasta que se pone.

Hoy tengo unos pocos años más (no demasiados), sé leer los documentos del BOE y viajando entre los libros y desgastando las botas he aprendido que los derechos no caen del cielo ni se mantienen del aire, y que es por ello que las huelgas educativas no solo están completamente justificadas, sino que además son el único camino posible para mantener la dignidad de la mayoría social.

 

 

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Estudiantes en lucha: rompiendo los muros de la violencia institucional

Este miércoles, estudiantes de varias facultades de la Universidad de Castilla-La Mancha escenificamos, en forma de encerrona en una de ellas, nuestra protesta contra los recortes en Educación del Partido Popular, contra el Real Decreto 310/2016 (que regula las evaluaciones de ESO y Bachillerato, esto es, establece las nuevas reválidas), contra la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) y contra el Real Decreto 43/2015 (más conocido como ‘3+2’), ya que consideramos, como la mayor parte de la comunidad educativa, que dichos movimientos legislativos atentan gravemente contra lo que entendemos por una Educación pública, gratuita, laica y de calidad.

Eran poco más de las ocho de la tarde cuando entramos al edificio que habitaríamos durante la noche y hacía frío. Fue un alivio encontrar la calefacción puesta, o recientemente desconectada. El aula conservaba una temperatura agradable. Las ganas de debatir por parte de algunos estaban menos calientes, todo sea dicho. O así lo supe percibir yo.  Aunque pasada la primera toma de contacto, ello cambió notablemente.

Abarrotamos las paredes con pancartas, pusimos música respetando los diversos gustos, comimos algo y empezamos a crear. Un trozo de papel blanco cubría la pizarra y, allí, algunas decenas de manos plasmaron, mediante dibujos y mensajes con diferentes tipografías, las demandas y necesidades, para sus mentes, vitales.

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Cerca de las diez y media de la noche, las primeras conversaciones entre algunas y algunos de los que entonces éramos desconocidos y unos cuantos acordes de guitarra pisaban levemente la música que salía de los altavoces.

Así terminamos traduciendo nuestras cualidades intelectuales, nuestras perspectivas, nuestras reivindicaciones sociales y educativas y nuestra rabia con lo que consideramos un indudable ejercicio de violencia del Estado hacia las clases trabajadoras (la mayoría social), en una asamblea en la que todas y todos pudimos contraponer ideas, aprender del resto y crear unidad y fuerza estudiantil.

Los derechos no caen como la lluvia, crecen como la hierba ni permanencen guardados a buen recaudo en ningún cajón. Hay que defenderlos y lucharlos cada día por conseguirlos y por no perderlos de nuevo, recordando siempre los valles de sudor, sangre y lágrimas que se derramaron. Y el respeto a la ciudadanía por parte de los poderes del Estado tampoco surge de la buena voluntad de nadie que los ostente. Como dirían Los Chikos del Maíz, “es necesario que el pueblo resista”, y para ello estuvimos ayer en ese aula, y por ello continuaremos llenando las calles por cada agresión – cuya mayoría de veces no es física, aunque también – de los de arriba hacia las de abajo.