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¿Son útiles las instituciones para las personas sin techo?

Gestión del sinhogarismo: alternativa libertaria

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Son cuatro los años que el Instituto Nacional de Estadística (INE) lleva sin actualizar los datos en relación con las personas sin hogar en España (en 2012 cifraba 22.398). A pesar de ello, asociaciones como RAIS Fundación y organismos como el Comité Europeo de las Regiones estiman que el número total de personas sin hogar se sitúa en torno a los 35.000 en España y los tres millones en Europa. Por su parte, activistas como Lagarder Danciu, constantes en el análisis de la situación de sinhogarismo a lo largo y ancho del Estado español, elevan la cifra nacional a 50.000 personas.

Desde el último estudio del INE, los datos numéricos de personas sin hogar no han hecho sino incrementarse. Además, según relata Alfonso Hernández, periodista especializado en el ámbito social y portavoz de RAIS Fundación, a partir de una campaña llamada “HomelessMeetUpValencia”, se ha encontrado que “cuanto más tiempo pasa una persona en la calle, más probable es que continúe en ella. En el caso de Valencia, un 35% de las personas permanecen, de media, en la calle más de 5 años, y un 15% más de 10 años”.

Según explica Patricia Benedicto, psicóloga clínica y maestra, las personas que se ven abocadas a esta situación de absoluta precariedad tienden a presentar “cuadros clínicos caracterizados por sentimientos de tristeza o vacío, pérdida de peso, fatiga, insomnio, sentimientos de culpa e inutilidad, indecisión y, en algunos casos, pensamientos recurrentes de muerte, inestabilidad, desmayos, opresión torácica, miedo”. Son síntomas que “se vienen manifestando desde que estas personas son conocedoras de su situación”, lo cual provoca que la ansiedad, por ejemplo, vaya en aumento.

Los niños tampoco están exentos de verse en estas tesituras  y, por consiguiente, de padecer los cuadros clínicos enumerados, ya que es algo que afecta a familias enteras. En este sentido, según relata Patricia Benedicto, “los programas de prevención de trastornos psicopatológicos en la infancia y la adolescencia son bastante escasos”, y aunque en situaciones tan estresantes es difícil evitar lo anterior, se puede “trabajar desde las escuelas y desde programas de acompañamiento”.

Es fundamental “contar con una extensa red social de apoyo”, tanto a nivel institucional como por parte del conjunto de la sociedad. Benedicto cree que una forma eficaz de revertir la parte “prejuiciosa” de la ciudadanía con respecto a las personas sin hogar puede ser el trabajo en la escuela, ya que entiende esta como “un espacio privilegiado para trabajar valores” como la empatía “y fomentar un estilo asertivo en los alumnos, caracterizado por el respeto a los demás y a uno mismo. Como podemos ver  escrito en la pared del centro de Jesús Abandonado  «si juzgas mi camino, te presto mis zapatos»”.

De esta manera, a través de lo que se entiende como una parcela de educación en valores en los centros educativos, se puede desarrollar una conciencia colectiva de asunción de las problemáticas sociales que se suceden y de respeto igualitario al resto de personas independientemente de su situación económica. Tal como relata Benedicto, “un estudio de la Universidad Complutense de Madrid afirma que el 46.7% de las personas sin hogar son felices. Quizás deberíamos plantearnos si no somos nosotros, las personas ajenas, las que tenemos miedo y no ellos”.

Centros de atención infrautilizados

Para paliar la incesante problemática de sinhogarismo, las instituciones ofrecen centros de atención a personas sin hogar y albergues con diferentes servicios básicos y –aunque no siempre- de orientación. En 2014, el total de centros ascendía a 619. La ocupación de los mismos nunca llega al 100% a pesar de la inferioridad del número de plazas con respecto al número de personas sin hogar.

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Cabe preguntarse los motivos por los cuales ningún centro de este tipo consigue completar su aforo. En septiembre de 2015, el diario El Mundo mostraba que “solo 1 de cada 4 sin techo va a centros de atención”. El resto de personas decide “buscarse la vida fuera, en los metros, en los puentes, en los portales, en cualquier rincón”.

Un hombre, apodado “El Papi”, que ha vivido más de 22 años en las calles de Madrid, declaró en una entrevista concedida a eldiario.es que, si estuviera en su mano, “lo primero que haría sería acabar con los albergues, porque son como cárceles a régimen abierto”. También introdujo la idea de abrir espacios autogestionados donde ellos mismos pudieran organizarse “sin que hubiera detrás ninguna empresa con ánimo de lucro”. Muchas de las personas que han preferido ocupar las calles muestran su descontento con el trato recibido en dichos centros y con la inutilidad de los mismos a largo plazo.

La experiencia libertaria de La Esperanza

En este sentido, se podría enfocar la mirada hacia una extraordinaria experiencia autogestionaria que ha tenido lugar en Gran Canaria desde 2013: La Esperanza, considerada la mayor comunidad okupa de España. En ella viven 77 familias (alrededor de 250 personas). Se trata de “una experiencia libertaria llevada a cabo por gente no anarquista”. Esta iniciativa se desarrolló en un contexto “de precariedad social en Canarias”. El paro registrado alcanzaba el 35% y tuvieron lugar “más de 4.000 ejecuciones hipotecarias” durante ese año.

La Federación Anarquista de Gran Canaria (FAGC) planteó, entonces, el proyecto de ocupación de un edificio cuya construcción estaba inconclusa. Se unieron muchas familias, creando una comunidad en la que “el asamblearismo fue la principal forma de organización”, según cuenta Ruymán Rodríguez, portavoz de la FAGC. En La Esperanza viven con luz de obra, bidones de agua y aproximadamente un 30% de los vecinos se alimentan a partir de una huerta común. Entre todos los miembros de la comunidad gestionan el funcionamiento y la vida de la misma y son autosuficientes a partir del trabajo colectivo.

Comunidad “La Esperanza” / Fotos: cedidas por miembros de la comuna

 

Desde la Federación Anarquista de Gran Canaria, impulsora de esta comuna, explican la experiencia.

Cansadas de la inutilidad de los centros de atención, algunas voces han planteado que exista la posibilidad de habilitar espacios en los que las personas sin techo puedan autogestionar su situación. ¿Es una buena idea?

La autogestión pasa por ser hoy la única alternativa que ofrece garantías. El problema de los albergues es sólo que son parches temporales, y que sus ridículos requisitos y la propia estructura de la institución son diseñados para imposibilitar que las personas que sufren indigencia puedan encontrar soluciones reales a su situación. Y menos todavía que sean protagonistas de dichas soluciones. Por ahora, ni los subsidios ni las ONG’s han solucionado nada de forma duradera. En nuestra experiencia, sólo cuando las personas sin hogar se han organizado y han tomado inmuebles abandonados, han podido paliar su estado de desamparo.

En La Esperanza hubo algunos problemas de organización cuando la FAGC se retiró de allí para dejar que el proyecto se desarrollara autónomamente. Quizá debido a que en la sociedad, en términos generales, no existe costumbre de asamblearismo y la organización de grupos de trabajo se torna difícil. ¿Cuáles son los pros y los contras de la autogestión?

Lo ocurrido en La Esperanza es parte de un proceso de aprendizaje, de ensayo y error. La FAGC intervino a petición de los vecinos, pero quizás hubieran llegado a las mismas conclusiones sin nuestra influencia. Probaron un modelo de delegación, presidencialista, y no les convenció. Actualmente se autogestionan solos al 100%.

Los pros de la autogestión son evidentes: permite al afectado intervenir en sus problemas de forma directa y hallar la solución que más se ajuste a sus necesidades. No solo reporta, a niveles psicológicos, responsabilidad, dignidad y autoestima; a nivel social y económico es mucho más funcional y resolutivo. ¿Esperar un subsidio que no llega cuando puedes ocupar un pedazo de tierra, plantar y alimentarte? ¿Aguardar por una vivienda de protección oficial que no vas a poder pagar cuando hay más de 135.000 casas vacías en Canarias? La autogestión es más eficiente.

Los contras: tomar decisiones por uno mismo, cuando se nos enseña desde la infancia a delegar, no es sencillo. Si algo se rompe, si surge algún problema, no hay estancias superiores a las que recurrir; es la comunidad, con sus límites, la que tiene que usar su saber y fuerza para resolver los problemas. Puede que vivir así implique un coste: la necesidad permanente de autocapacitarse. Pero vivir dignamente lo merece.

Aunque suene contradictorio, ¿hay algo que puedan hacer las instituciones para hacer que iniciativas de este cariz sean de más fácil desarrollo? ¿Es posible un proyecto mixto autogestión-institución?

Un “proyecto mixto” nunca sería realmente autónomo. La autonomía implica independencia de las instituciones. No es un concepto ideológico, sino de sentido común. Quien paga manda. Si una institución interviniera, el espacio para la autogestión sería mínimo, estaría encorsetado.

Las instituciones, en nuestra experiencia, sólo han entorpecido este tipo de proyectos. Para que pudieran hacer algo tendrían que cuestionarse principios como el de propiedad privada, competencia, capitalismo, y primar otros como el de derecho al techo, a la autonomía y a la propia vida por encima de cuestiones monetarias. Y los poderes públicos no están por la labor.

Podrían quitar las viviendas que “regalaron” a los fondos buitres, acabar con las gestoras privadas de vivienda pública, garantizar suministro eléctrico y acuífero a la población por debajo del umbral de la pobreza, entregar viviendas públicas con las que especulan a indigentes y desahuciados. Es algo que está en su mano, pero no lo hacen ni lo piensan hacer.

Por lo tanto, ¿cómo podrían ayudar? No estorbando.

¿Qué podemos aprender de La Esperanza?

Una lección de capacidad: sobre el potencial organizativo de los que han sido excluidos de la vida social y política; sobre la fuerza de las mujeres como dinamizadoras, sobre la plasticidad de los niños; sobre el talento desaprovechado de todo un sector de la población arrojado a la indigencia después de años construyendo mil estructuras con sus propias manos. Podemos aprender lo difícil que es asomarse a la autogestión sin sentir vértigo, lo duro que es romper con dependencias y subordinaciones, lo complicado de tener tu vida en tus manos sin tomar decisiones contraproducentes que saboteen tu propio proyecto.

 

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“No puedes no conocer a The Beatles”

Hay voces que gritan -porque no queda otra- que la invasión y el expolio de América fue el acto de inauguración oficial del capitalismo más salvaje. Luis Nitrihual recordaba hace unos días, en el contexto de una conferencia sobre la estructura de medios en América Latina, que la llegada de la modernidad y el progreso al continente llevó consigo poco menos que un “desarrollo frustrado del capitalismo” que comentaba antes, pues en lugar de permitir el desarrollo de una industria propia e independiente a los pueblos latinoamericanos, se apostó por la extracción abusiva de materias primas mediante la explotación de las tierras para una posterior producción de bienes en Europa. Dejando así, a estos, en la más absoluta situación de indefensión y dependencia económica. Es la enésima muestra de un ejercicio de desvergüenza en la historia de la humanidad.

Así contado, en un cutrísimo párrafo de ciento treinta y nueve palabras, suena frívolo y casi pueril. Y es una lástima, pero no tenemos la culpa de ser vividos –que no vivir- en la era del neofascismo democratizado cuyas ciudadanías crecen, se reproducen y mueren –convencidas de la idoneidad del mismo- desprovistas de cualquier fórmula de empoderamiento y control de la propia vida. Tampoco tenemos culpa de tener el discurso limitado a trescientas palabras en las que, además de contar todo lo que se sucede en su mundo, tenemos que demostrar que hemos leído Territorio Comanche del muy español y mucho español Pérez Reverte, que las mesas de nuestras casas están bien calzadas con Los pilares de la Tierra,  que tenemos una opinión formada sobre la cobra de Bisbal a Chenoa y que nos gustan The Beatles. No vaya a ser que en la esfera pública se empiece a leer a Bakunin.

¿O sí?

 

 

Estudiantes en lucha: rompiendo los muros de la violencia institucional

Este miércoles, estudiantes de varias facultades de la Universidad de Castilla-La Mancha escenificamos, en forma de encerrona en una de ellas, nuestra protesta contra los recortes en Educación del Partido Popular, contra el Real Decreto 310/2016 (que regula las evaluaciones de ESO y Bachillerato, esto es, establece las nuevas reválidas), contra la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) y contra el Real Decreto 43/2015 (más conocido como ‘3+2’), ya que consideramos, como la mayor parte de la comunidad educativa, que dichos movimientos legislativos atentan gravemente contra lo que entendemos por una Educación pública, gratuita, laica y de calidad.

Eran poco más de las ocho de la tarde cuando entramos al edificio que habitaríamos durante la noche y hacía frío. Fue un alivio encontrar la calefacción puesta, o recientemente desconectada. El aula conservaba una temperatura agradable. Las ganas de debatir por parte de algunos estaban menos calientes, todo sea dicho. O así lo supe percibir yo.  Aunque pasada la primera toma de contacto, ello cambió notablemente.

Abarrotamos las paredes con pancartas, pusimos música respetando los diversos gustos, comimos algo y empezamos a crear. Un trozo de papel blanco cubría la pizarra y, allí, algunas decenas de manos plasmaron, mediante dibujos y mensajes con diferentes tipografías, las demandas y necesidades, para sus mentes, vitales.

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Cerca de las diez y media de la noche, las primeras conversaciones entre algunas y algunos de los que entonces éramos desconocidos y unos cuantos acordes de guitarra pisaban levemente la música que salía de los altavoces.

Así terminamos traduciendo nuestras cualidades intelectuales, nuestras perspectivas, nuestras reivindicaciones sociales y educativas y nuestra rabia con lo que consideramos un indudable ejercicio de violencia del Estado hacia las clases trabajadoras (la mayoría social), en una asamblea en la que todas y todos pudimos contraponer ideas, aprender del resto y crear unidad y fuerza estudiantil.

Los derechos no caen como la lluvia, crecen como la hierba ni permanencen guardados a buen recaudo en ningún cajón. Hay que defenderlos y lucharlos cada día por conseguirlos y por no perderlos de nuevo, recordando siempre los valles de sudor, sangre y lágrimas que se derramaron. Y el respeto a la ciudadanía por parte de los poderes del Estado tampoco surge de la buena voluntad de nadie que los ostente. Como dirían Los Chikos del Maíz, “es necesario que el pueblo resista”, y para ello estuvimos ayer en ese aula, y por ello continuaremos llenando las calles por cada agresión – cuya mayoría de veces no es física, aunque también – de los de arriba hacia las de abajo.

Itziar Canales: “No me siento feliz por lo que hago, porque ojalá no tuviera que hacerlo”

Desde hace cuatro décadas, cientos de miles de personas se encuentran sometidas al control de Marruecos debido a un proceso de descolonización que nunca se llevó a cabo. Unas 150.000 están ubicadas en la parte del Sáhara Occidental bajo ocupación marroquí; aproximadamente 30.000 se encuentran en la zona controlada por el Frente Polisario (movimiento de liberación del Sáhara Occidental); y alrededor de 125.000 viven en campamentos de refugiados en el desierto de Argel, dependientes de la ayuda humanitaria internacional.

Unos veinte años después del inicio de esta situación, una familia cántabra decidía unirse al programa “Vacaciones en paz”, que se lleva a cabo en casi todo el territorio español, y comenzaba a acoger a niños y niñas saharauis, durante el verano, para hacer de las altas temperaturas del desierto una oportunidad para los más pequeños de conocer la vida fuera de los campamentos. Entonces, Itziar Canales Carracedo, miembro de esta familia, tenía entre seis y siete años.

Esta ahora recién graduada en Educación Primaria por la Universidad de Cantabria y ya parte espiritual del pueblo saharaui, nos ofrece un recorrido por esa arena del desierto que tanto anhela durante el año, y por las sensaciones más personales que sus conocimientos sobre el conflicto y sobre la cultura árabe le han llevado a experimentar.

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Itziar Canales en Liencres (Cantabria) / Foto: Amaia Carracedo

Tu familia lleva alrededor de 20 años acogiendo a niños y niñas saharauis en verano a través del programa “Vacaciones en Paz”, que se lleva a cabo en casi todo el territorio  español. ¿Qué sensaciones te produce saberte contribuyendo a que esos niños y niñas salgan de los campamentos para conocer otras fronteras, descubrir otras perspectivas, en definitiva, vivir un poco de la vida que les falta, que les fue arrebatada…?

Es muy difícil. Lo nuestro ya se ha vuelto tan personal y tan familiar que, aunque evidentemente no podemos quitar los ojos del conflicto, la relación no es la misma que la que tiene una familia que simplemente acoge a un niño un año. Para mí es mi sobrina que viene a casa. Luego está todo lo relacionado con el conflicto. Lo sientes más cerca, sientes más frustración, impotencia, rabia. Yo no me siento realmente feliz por lo que hago, porque ojalá no tuviera que hacerlo.

Tú eras muy pequeña cuando tus padres comenzaron a participar en este proyecto de acogida. ¿Supiste siempre el motivo de que aquella niña saharaui pasara los veranos en tu casa?

Sí, me explicaron la situación, por qué venían y que tenían que estar a gusto. Tenía consciencia entonces pero, a decir verdad, de la primera niña no me acuerdo. Recuerdo que dormía en mi cama, pero no mucho más, tenía 5 o 6 años. Con Mahayuba (segunda niña de acogida) ya sí, intentaba protegerla, le presentaba a mis amigos, la llevaba a jugar conmigo… Era como mi hermana, como mi melliza.

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Itziar Canales (izquierda) y Mahayuba (derecha) / Foto: Amaia Carracedo

¿Crees que ese programa de acogida es estrictamente positivo? Hay gente que piensa que el programa, como idea, está muy bien, los niños vienen a España dos meses y se encuentran genial, pero después vuelven a un sitio que, realmente, de momento, es su pasado, su presente y su futuro.

Yo creo que ellos notan más esas cosas cuando ya son adolescentes, que tienen móviles, internet… Cuando ven el mundo que se abre fuera y que no es para ellos. Pero los niños, realmente, cuando se van, lo hacen súper contentos porque van a ver a su familia, les llevan regalos, etc. Para ellos esto no tiene tanto que ver con el conflicto, son dos meses de vacaciones. Evidentemente, se dan cuenta de que aquí tienen cosas que allí no tienen, pero cuando los ves allí piensas que las cosas que tienen aquí tampoco es que les hagan falta. Lo que más pueden notar es que tienen médicos. Allí no tienen suficientes medicinas y aquí pueden venir y seguir el tratamiento que necesiten. Les puedes nutrir durante dos meses, aportarle las necesidades médicas que tienen y que disfruten ese verano, pero ellos vuelven allí y son felices, no llegan y dicen “jo, aquí no tengo piscina”.

Una de las cosas más importantes de que vengas es poder dar visibilidad a la causa, que la gente les vea, pregunten y puedas explicar de dónde vienen y por qué tienen que venir.

Viajas al menos una vez al año a los campamentos de refugiados en el Sáhara… ¿qué sientes al llegar allí?

Fíjate si somos egoístas que yo voy allí y me siento como en casa, no necesito absolutamente nada. Te sientes completamente en paz, ves a los niños, nosotros vemos a nuestra familia, que no les vemos durante el resto del año, es una paz, una satisfacción…

Pero cuando llegas, también encuentras con que por allí no ha pasado el tiempo.

Claro… Ahora sí se está avanzando en el tema de electricidad. Este año ya tenían enchufes y luz en casa. Son pequeños avances que se entiende que a priori son positivos, pero luego ellos piensan: “esto nos viene muy bien para nuestro día a día, pero es frustrante. ¿Por qué nos ponen esto? ¿Significa que nos vamos a quedar mucho más tiempo?

¿Y al marchar qué sientes?

Las tres últimas horas necesito estar sola, salir fuera, sentir la arena, mirar a mi alrededor. Y empiezan a invadir los sentimientos de rabia, asco, impotencia, de ver que tenemos cosas que no nos hacen falta y gastamos el dinero, el tiempo y la vida en cosas que son nimiedades. Yo siento asco. Porque pienso “he estado una semana aquí, he estado encantada, no me ha faltado de nada, y me voy y les vuelvo a dejar aquí”. Acabas sintiéndote egoísta de lo bien que te sientes tú estando allí. Y luego estás aquí meses que estás físicamente aquí pero tu mente está allí. Cuando venimos en el autobús, que vas viendo el paisaje, yo sigo viendo el desierto. Tardas mucho en volver.

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Itziar Canales en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

¿Cómo es el día a día en el Sáhara? ¿Cómo son las condiciones en las que viven?

Difiere mucho de unos campamentos a otros. En El Aaiún la electricidad es de una placa solar, no es que ya tengan electricidad, como sí que tienen en otros campamentos.

El agua está racionalizada. La tienen durante un horario del día. Mahayuba, por ejemplo, tiene una manguera que sale del suelo, y tienen un horario y una cantidad de litros que, cuando la gastan, tienen que ir a comprar más, porque, como la traen en camiones cisterna, cuando se quedan sin agua las opciones son: esperar a la siguiente vez o pagar por ella.

Y para la comida les dan una canasta básica mensual que depende de los miembros de la familia, con azúcar, arroz, alguna legumbre… Cuando vamos nosotros tienen más cosas, no tiene nada que ver con cómo viven ellos. Hay gente que pide a los vecinos alfombras, cojines, colchones, la mejor vajilla que tengan, de todo. Luego te vas de allí y se quedan en nada.

¿Qué es lo primero que coges al llegar a tu casa en España?

La ducha. Pero es algo que sabes cuando llegas aquí, cuando estás allí no sientes la necesidad de ducharte. Para nada. Te limpias por limpiarte. Y cuando llegas aquí, sí, vas a la ducha y duermes en la cama, pero nada más.

Tanto cuando tienes en acogida a una niña saharaui en casa durante el verano como cuando acudes en apoyo a los campamentos, imagino que te sentirás más cerca que nunca del conflicto e incluso más capaz que en cualquier otro momento de servir de ayuda real. ¿Qué ocurre el resto del año? ¿Cómo te mantienes en la lucha?

Afortunadamente estoy en la asociación Alouda Cantabria, y tenemos reuniones semanales en las que vamos comentando todas las acciones que hay, todas las situaciones, todo lo que nos vamos enterando por nuestras familias, etc. Luego, gracias a las redes sociales, puedes seguir prensa de allí, puedes seguir a personas que tienen amplios conocimientos sobre lo que pasa tanto en los territorios ocupados como en los campamentos… Y cualquier pequeña acción que se pueda hacer, cualquier recogida de alimentos, concentración, manifestación, intentas estar ahí, ya que ellos no pueden, que por lo menos se te vea a ti, que gritas por ellos.

Acabas de graduarte en Educación Primaria. ¿En esta materia, qué carencias has podido encontrar o advertir en los campamentos saharauis?

La preparación, porque no tienen una preparación como maestros, son gente que se presenta, yo creo, voluntaria, que puede recibir una pequeña formación pero no están preparados pedagógicamente, psicológicamente, no tienen recursos… Aunque la verdad es que allí se le da muchísima importancia a la educación, pero claro, de qué manera.

Alouda Cantabria ha presentado un proyecto de formación del profesorado, con profesionales de aquí, para aportarles recursos y enseñarles esos aspectos que nosotros sí estudiamos.

Luego, todo el material que reciben son donaciones. Cuando en los centros de otros países ya no quieren el material, lo mandan para allá. Entonces hay pizarras que están partidas por la mitad, los asientos igual no están en sus mejores condiciones, etc. Si les llegan lápices, los niños pueden tener lápices, si no, pues harán lo que puedan.

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Itziar Canales con Fatimetu (hija de Mahayuba) y otro niño en el Sáhara / Foto: Amaia Carracedo

¿Cómo definirías la enseñanza en los campamentos? ¿Los niños y niñas tienen un horario regular de clases, etc.?

Sí, tienen un horario. Entran bastante pronto, tienen recreo… No sé si entran a las 7 o a las 8 y salen a las 2 o las 3, depende del curso en el que estén. Y, como aquí, tienen clase de lengua, matemáticas, Islam, conocimiento del medio… las asignaturas son las mismas. Tienen inglés, francés, español, árabe, y el hassanía. Casi nada (risas).

¿Y el nivel es el mismo que aquí? Es decir, ¿las matemáticas de un niño de 11 años de allí, por ejemplo, equivalen a las de aquí con la misma edad?

No creo que sea el mismo. Allí tienen también el problema del idioma. Ellos hablan un idioma pero luego tienen que estudiar en árabe, porque el hassanía no se escribe. Ahora se ha empezado a transcribir, por poetas y tal, pero realmente ningún dialecto del árabe se escribe. Tanto la prensa como los libros están escritos en un árabe común. Y, claro, ellos tienen que aprender ese árabe, que es, digamos, el del Corán. Entonces, el nivel no es igual, para nada. 

Una mujer saharaui escribió un poema llamado “Cuántos versos hacen falta por escribir” del cual he extraído algunos versos:

“Cuántos versos hacen falta por escribir

Para que la dignidad sea una esencia

De nuestra existencia.

Cuántos versos hacen falta por escribir

Para que la independencia no sea

Un rehén

De nuestra ignorancia”

Estos últimos versos me recuerdan a Rousseau.  Rousseau decía que la educación es una forma de dominio social a través de la cual unos se imponen sobre otros en función de los conocimientos que poseen. ¿Crees que las carencias educativas en el Sáhara son uno de los motivos por los cuales el pueblo saharaui lleva tanto tiempo sometido, incapaz de forjar una salida real al dominio de Marruecos sobre él?

Allí también hay mucha gente que sí que sale fuera, estudia carreras y luego vuelve e intenta hacer lo que puede con los conocimientos que ha adquirido. ¿Realmente si tuvieran otra educación sería diferente? No lo sé.

La metralla también hace mucho…

Es eso, esto es muy crítico, lo que voy a decir. Algunos de los del Polisario, de los que están viviendo fuera de los campamentos, están como Dios. Están en su casa, tienen a su familia allí, tienen su dinerito, y viven una vida occidental. Pero es que no están allí, ellos están cómodos. Entonces, ¿podrían hacer más por resolver el conflicto? Pues podrían, pero…

“Gastamos la vida en cosas que son nimiedades”

¿Crees, entonces, que el pueblo saharaui tiene que luchar contra Marruecos y, además, un poco contra el Frente Polisario, en el sentido de, digamos, “apretarle las tuercas”?

Ahora ha cambiado el presidente del Polisario, hace menos de un año. Hay que ver cuáles son los pasos que va a dar esta persona. Es triste, pero yo creo que va a hacer falta que se levanten en armas para que alguien reaccione. Pero este es un tema muy controvertido, yo no estoy tan puesta en los movimientos del Frente Polisario como para decirte si efectivamente están haciendo las cosas bien o no.

El educador Paulo Freire planteaba, mediante su pedagogía libertadora, que los individuos se forman a través de una serie de situaciones basadas principalmente en dos momentos: “En la primera etapa el individuo deberá tomar conciencia de la realidad en la que vive, como ser sujeto de opresión. En un segundo momento, los oprimidos lucharán contra los opresores para liberarse”. ¿Crees que esos dos momentos pueden darse en el Sáhara?

Yo creo que ellos, ya desde pequeños, son plenamente conscientes de que son oprimidos. Tú ves a niños de 7 años que vienen y llevan la bandera, con “Sáhara Libre” y “Marruecos fuera del Sáhara”. Yo he visto los libros de Fati (hija de Mahayuba y actual niña de acogida) y las asignaturas utilizan mucho el tema de Sáhara y el tema nacional. Ellos son muy patriotas y saben lo que tienen. Hay cada vez más jóvenes que dicen “tenemos que luchar contra Marruecos porque llevamos 40 años en paz y se están riendo de nosotros”. Y hay otra facción que opina que no, que hay que continuar así y que Allah proveerá. In shaa Allah.

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Itziar Canales haciendo té en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

Perteneces a una asociación que trabaja para el apoyo a la causa saharaui, Alouda Cantabria. ¿Qué tipo de actividades lleva a cabo esta organización y con qué finalidad?

Por ejemplo, cuando hubo inundaciones el año pasado, se organizaron conciertos solidarios para recaudar dinero, comprar medicamentos y llevarlos luego en mano, porque los había pedido el Frente Polisario, era lo que urgía. También se hacen “Cuscús Solidarios”, porque Alouda participa en el programa de BUBISHER (programa de animación a la lectura) y se ha comprometido a pagar el sueldo de uno de los profesores. Lo que se saca del cuscús se manda allí. Se hacen actividades de visibilización, se dan charlas en colegios e institutos para informar acerca del conflicto; se ha sacado un libro de poemas, de Fernando Llorente, cuya recaudación va también para Alouda y los proyectos. Y tenemos ropa, material escolar, medicamentos, máquinas de anestesia que nos han donado… pero no hay un vehículo desde hace dos años para poder mandarlo.

También se han hecho concentraciones, manifestaciones, se han organizado reuniones en ayuntamientos de la comunidad (Cantabria) para que ayuden económicamente… Y el fin último es el referéndum de autodeterminación.

Es de imaginar que estás considerablemente vinculada a la cultura árabe e incluso a los valores de la religión islámica. No me refiero a que seas directamente partícipe, sino a que será algo para cuyo respeto estés especialmente concienciada. ¿Alguna vez ello te ha supuesto un problema en tus relaciones sociales en España?

Muchísimos. La ignorancia que hay aquí con el tema árabe y del Islam es atroz. Y la prensa no está ayudando en nada. Tenemos la cultura del etnocentrismo y todo lo demás es basura. Normalmente (estos problemas) suelen ser por casos de noticias, cualquier cosa que sale en la prensa, que la gente te da su opinión y esta entra en confrontación con la que tú tienes y con los conocimientos que tú tienes.

Por ejemplo, el tema del velo de la mujer. Aquí hay gente que no comprende que hay mujeres que lo quieren llevar porque ellas se sienten mejor llevándolo. Obviamente, hay gente que está oprimida y que les obligan a ponérselo, pero yo estoy convencida de que, aunque la mayor parte de las mujeres árabes que están en España quizá lo llevan por cultura, hay muchísimas que lo llevan por religión.

El tema del hiyab. Hiyab es “modestia”, “vestir modestamente”. Esto significa que no tienes que presumir de tus cosas ni físicas ni materiales. Si realmente pillas la esencia, puedes llegar a entender que una mujer que viva su religión quiera vestir así. Pero aquí normalmente se toma todo desde una dimensión superficial.

El racismo, por desgracia, no parece estar en absoluto erradicado y, de hecho, Europa vive actualmente una fase de evidente fomento del mismo debido a la llamada “crisis de los refugiados”. Parece que algunas costumbres de otras religiones se toman como una amenaza. ¿Qué opinas sobre ello?

Es algo complicado. Una de las cosas que yo siempre digo es que, si lees el Corán, puedes ver que está terminantemente prohibido obligar a nadie a hacer absolutamente nada. Todo lo que se hace en los países islámicos de obligar a la mujer a vestir de una manera, por ejemplo, está totalmente prohibido en el Islam. Tú puedes aconsejar a una persona que, según el Corán, se debería hacer de esta manera. Pero lo que tiene el Islam es que es una religión que, salvo el shiísmo, que sí que tienen a los ayatollah, que serían los intermediarios y los que tienen que dirigir; en la facción sunní está Allah y estás tú, en medio no hay nada, y tú respondes ante él como tú consideras que tienes que hacerlo. Nadie puede venir y decirte que tienes que ir tapada, porque tú vives tu religión y la vives con Dios como tú consideras que debes hacerlo.

¿Y si tú respondes ante Dios como consideras, por qué en países como Marruecos una mujer se siente insegura o en peligro por no llevar burka, por ejemplo, en según qué situaciones?

Si tú conoces a buenos musulmanes de verdad ves que no te obligan, nunca te van a decir nada de una mujer musulmana que no lleve velo, o de un musulmán que no cumple un precepto que está estipulado. Tú lo haces como quieres, no puedes meterte en cómo lo hace otra persona.

Hablas de “buenos musulmanes de verdad”. ¿Quieres decir que la realidad allí es otra?

Es otra completamente distinta, el Gobierno es el que te obliga, y eso no se puede hacer. Por eso los países que se autodenominan islámicos porque la mayoría de personas es musulmana no están cumpliendo con los preceptos islámicos. Porque tú no puedes obligar a nadie a actuar de ninguna manera.

“La ignorancia que hay aquí con el tema árabe y del Islam es atroz. Tenemos la cultura del etnocentrismo y todo lo demás es basura”

En 2007/2008, Felipe González, en el contexto de una conferencia que dio sobre el conflicto del Sáhara Occidental, indicó que lo que sucede entre Marruecos y el Sáhara es “un empate infinito que no tiene solución”. ¿Crees que efectivamente es así? ¿Qué soluciones hay? 

No, lo que pasa es que hay que mojarse. Los países potentes tienen que actuar. España, de momento, no se moja, simplemente está ahí. Evidentemente tiene que haber una solución, y la solución es hacer un referéndum, y si se decide que quieren ser libres, ese territorio tendrá que ser abandonado. ¿Cómo? ¿Es difícil? Sí, es como lo que pasa en Palestina, ya son generaciones que han nacido allí y que a ver cómo lo solucionas, pero es que se está colonizando. El camino es el referéndum.

El día 26 de este mes (hace dos días) relataba El Confidencial Saharaui que Marruecos va a endurecer la represión contra los saharauis con la intención de apaciguar cualquier manifestación por la independencia o contra el desempleo empleando para ello todos los medios que sean necesarios. Parece que esos actos de protesta no hacen sino incrementarse a medida que Marruecos refuerza cuantitativamente la presencia militar y policial en el Sáhara. ¿Qué sensaciones te produce este tipo de informaciones provenientes de los campamentos? ¿Tienes tú otro tipo de información?

La última vez que estuvimos (en los campamentos) fuimos a ver la asociación de presos y desaparecidos. Nos pusieron un vídeo, que duraba 20 minutos, de palizas a mujeres allí. Solo te digo que no pudimos acabar el vídeo porque uno de nuestros compañeros se desmayó y tuvieron que parar el vídeo. Todos estábamos llorando, se oía cómo llorábamos todos, pero este no pudo aguantar. Es increíble. Y a mí me da rabia, además, que ves a los marroquíes luchando por Palestina, que hablando son súper pro-Palestina, y piensas, “pero si estáis haciendo vosotros lo mismo”. No vosotros personalmente, pero, vamos, estáis apoyando a un rey que está haciendo exactamente lo mismo con los saharauis. No consiguen trabajo, si lo consiguen es un trabajo de segunda, les tienen perseguidos, les apalean y no hay ningún tipo de represalia… A mí la gente que se queda a vivir allí porque dice “por narices que me quedo aquí porque esta es mi tierra” me produce una admiración… porque es que no sabes si un día vas a salir a la calle y vas a volver a casa, porque te pueden pegar un tiro en cualquier momento, te pueden dar una paliza o te puede pasar cualquier cosa.

Además, Marruecos es completamente diferente, o sea, tienen hasta otro dialecto, hablan diferente, visten diferente, tienen tradiciones diferentes. ¿En qué momento han pensado que este trozo de tierra les pertenece?.

¿Temes que la represión acabe provocando el estallido de una auténtica guerra?

Es lo que están consiguiendo. Pero la culpa es de todos los organismos internacionales de alrededor, que no hacen nada. Hasta que digan “mira, lo hemos intentado de todas las maneras, pero si lo que queréis es que entremos en guerra para que nos veáis, lo tendremos que hacer”. Es lo que nadie queremos, porque sabemos que sería una masacre, pero ¿qué otra cosa tienen?

Imagino que piensas en tu familia.

Evidentemente. Me vienen imágenes de bombardeos, de las niñas, de Mahayuba, del hermano de Mahayuba que está en el ejército… El año pasado, que ya había problemas, yo estaba pensando en cómo podíamos traer a los niños y a todos para acá.

¿Qué pedirías a las instituciones españolas en materia de este conflicto?

Que  asuman las responsabilidades que tienen. Porque está claro que el acuerdo tripartito no es legal. En algún momento hay que dejar de lado esos intereses.

¿Podrías definir lo que supone o significa para ti el conflicto saharaui en una cita? Ya sea propia, procedente de un libro, una canción, una película…

Un poema de Amaia (su madre). Te lo voy a leer:

Arena en tus ojos y en tu sonrisa

Tu melfa de viento en silencio grita

Erguida en la nada vences al sol soñando ser libre

Eres fuerte, eres bella,

Eres mujer saharaui como tu tierra.

– Amaia Carracedo Arana.

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Itziar Canales en los campamentos de Tinduf / Foto: Amaia Carracedo

La frustración, tanto de quienes habitan forzosamente en el desierto desde hace cuarenta años, como de aquellas personas que prestan su tiempo a hacerles sentir que no están solos, que no han sido olvidados, perdura en el espacio y el tiempo en que el generoso barro de unos y las oportunidades de libertad de otros se han unido al calor de una taza de té. El pueblo saharaui resiste sabiendo que “lo imposible solo tarda un poco más” (Paolo Ragone), y hermanos de este, como Itziar Canales, no abandonan la lucha fiel porque, como dijo Lluís Llach, “todo está por hacer, y todo es posible”.

Antídoto para la pérdida de conciencia

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– Ya está este hombre aquí dando el follón otra vez. Qué vergüenza me daría, qué mal suena, qué tortura. Ya son ganas de pasar calor por cuatro duros, lo que tendría que hacer es trabajar como hacemos todos.

– Ya hace un año que este hombre toca aquí. Tanto estudio para no poder vivir. Qué vergüenza de país que mata de hambre a sus vecinos, que lapida sentimientos, que sofoca la cultura cual incendio. Qué indecente sonreír a este desprecio, son ya más de cuatro años mutilando el arte para envenenar al pueblo. Ya son ganas de luchar después de todo. Ya son ganas de vivir, démosle vida.

Dos lecturas, una realidad.

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Tengo seis céntimos en el bolsillo, la chaqueta pintada de incertidumbre y una suela en mis botas con más dignidad que esos ojos que me miran como si tuvieran un piso en las nubes. Perdonad mi mala costumbre de comer todos los días. Me gusta la vida, y por ello visto dorado Sol, aunque a veces bordéis mi alma con negro ceniza.

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Veintitrés cosas que se pueden hacer en la playa:

Jugar a las palas, echar una partida de cartas, tomar el sol, comer tortilla y beber cerveza, charlar sin prisa, bañarse, nadar hasta perder la vista, ensuciarse a gusto, soñar despierto/a, dibujar, construir mundos de arena, surfear, conocer otras vidas buceando, contar estrellas, coger cochas, y piedras, y hacer un collar, y correr, y pescar, y dormir. Respirar.

Y también se puede morir antes de llegar a la orilla.

No conviene que el oleaje barra la ternura, la cordura, la conciencia.

 

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Algunxs dirían que el mundo se ve más grande a más altura. Inmenso se ve con la mirada desde el rincón de la amargura que habitan tantas vidas perdidas en la desigualdad. Desde aquí, el lugar hacia donde nadie gira la cabeza, se observa todo como con lupa, pero a la vez intensamente difuminado. Son los efectos de la pérdida de memoria, de la alienación de nuestrxs iguales, del abandono de la justicia y la entrega en cuerpo y alma a la vileza.

Atardece en el Faro de Higuer

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¿Para qué tanto faro con luz apagada? ¿Para qué tanto espacio vacío de vida? ¿Para qué tanto cielo cubierto de ojos que no pueden mirar? ¿Para qué tanto ladrillo que a nadie abriga? ¿Para qué tanto ornamento si el valle es de lágrimas? ¿Para qué tanta seguridad que a nadie protege? ¿Para qué tantos muros? ¿Para qué tantas balas disparadas por la paz? La belleza es más la brisa que el espacio, el hambre no se sacia con cemento, las almas no se pueden emparedar y la voz no la calla la mordaza.

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Qué vértigo observar a tantos tratando de hacer equilibrio allí arriba. Qué estúpido penar por encontrarse abajo, siendo cimiento. Qué necesario seguir caminando para que no haya cimas ni miserias, para que los ‘todos’ saboreen el barro de los ‘nadies’. Qué utopía y qué ineludible.

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Aquello que no vemos, pues tenemos la mirada emborronada con mentiras, es vereda hecha a gritos de lucha. La libertad queda lejos, pero sólo hay que saber enfocar los esfuerzos. Solemos quedarnos atados a la señal que indica que es correcta la senda que nunca emprendemos. Si unimos las manos en lugar de encadenar las pisadas, Dignidad estará cerca, justo al saltar la valla del miedo.

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A veces la Luna -que entra, que sale, que vive, que duerme, que crece, que mengua, que llora, que surge, que observa- nos mira confusa. A veces la Luna enmudece. Con gritos nublados nos cuenta lo mierdas que somos, la enorme miseria que estamos creando, los buenos valores que estamos perdiendo. Peor, los muchos que nunca adquirimos, lo cobardes que son los ojos vendados. Nos tilda de ruines y no pierde razones, advierte que el fin justifica los miedos, que los medios solo oprimen, asesinan, amargan al pueblo. La Luna comprende que, aun siendo una sola, la lucha no acaba. Que hay miles de puños tocando las puertas del cielo.

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Muy pocas veces lo vemos, aunque siempre está vivo. Detrás de ese nudo de polvo, de humo, egoísmo, oscuridad, desvergüenza y cinismo hay todo un mundo creando luz propia. Aquello que pretenden que pensemos que es fuego, es hoguera que da calor, ternura y aliento a la agotada esperanza social. Quedan océanos de tiempo para poder mirarte a los ojos, Justicia, pero alzando la voz abriremos la grieta de la sinrazón para construir con amor el poder de los pueblos.

Morralla

Hace unos días estuve en la pescadería y vi una caja con varios pescados diferentes, algo más pequeños que el resto, de otros colores, otras formas… y esa caja llevaba por nombre “Morralla”. Eso no era novedoso para mí, ya sabía lo que era la morralla y para lo que se solía utilizar: para hacer caldo.

Lo que me inquietó fue advertir que esto también sucede con los seres humanos. Cuando la sociedad observa en ciertas personas unas determinadas características que les parecen diferentes, esta las deja fuera de cualquier “grupo” conceptual o, lo que es peor, las agrupa en algún término improvisadamente despectivo con connotaciones abiertamente despreciativas. Es decir, se somete a aquellas personas que no figuran dentro de los límites de los cánones morales, intelectuales o físicos establecidos a una espiral del silencio, como explicaría Noelle Neumann, en la que la única fuerza gobernante es el inminente, absoluto e irreversible rechazo social a través de conceptos o consignas diseñadas para construir un bien y un mal, un sí y un no, un vales y no vales, de tipos de personas.

Y hablo de tipos de personas para reflejar lo que percibo de la fórmula por la que ha optado la mayor parte de la población humana mundial para encontrarse o saberse parte del planeta que habita. O eres un tipo de persona, o eres otro. No está permitido no formar parte de nada, no definirse, no clasificarse, porque, de esa manera, se pasa a no ser nada, aunque el interior de uno/a esté repleto de un todo inigualable.

Es inquietante comprender que algo que parece tan natural, o mejor dicho, tan innato a la razón humana como es la necesidad de definirse a uno mismo, es, al mismo tiempo, una de las peores condenas a las que somos capaces de someternos en nuestra vida.

Probablemente, los seres más libres de esta intolerante sociedad prefabricada sean, precisamente, aquellos a cuyas verdades ningún poder ni fuerza externa hayan logrado ponerles una miserable etiqueta.

Dos almas

Dos almas. Dos alientos unidos en un solo compás. Dos bocas marchitándose, bebiéndose a morro, suplicando clemencia y eternidad. Susurros interrumpidos por la delicia de un intenso popurrí de sensaciones. Dos corazones cabalgando sin freno ni marcha atrás. Dos gotas. Cuatro pupilas clavadas en un techo ya casi derretido de cualquier habitación. Manos atolondradas, juguetonas, imparables. Chirridos, fuego en las paredes, adrenalina galopando por las venas soñadoras. Un rock n’ roll ingobernable de caricias, abrazos y sudor. Horas que se hacen segundos entre sábanas de cristal que estallan de placer en cada movimiento. Auge espiritual, cúspide. Dos pájaros en la cima de una montaña de emociones que se derrumba y se reconstruye un centenar de veces por segundo. Vestigio de libertad. Vuelta a empezar.

Un Everest.

Otro.

Y otro más.

El momento del cigarro, sin cigarro.Enjutos labios intentando humedecerse. Pulmones resquebrajados procurando volverse a hidratar. Caricias ahora más desgastadas. Un par de miradas y un intento de carcajada cuando la flaqueza irrumpe en ambas figuras de mujer impregnadas ya en un colchón de algodón de azúcar. Un esbozo de sonrisa. Unos labios grabados a fuego en la piel.

Esta vez no hay lugar para la tiranía, reina ahora la tersura de la felicidad, sean cuales sean sus protagonistas.

Dos almas. Sencillamente.

Amándose.

La vida que nos debemos

Hay mucha gente tratando de definir lo que a menudo es indefinible. Existe una lucha constante e incansable de ideologías, o lo que es peor, no de ideologías sino de nombres de ideologías. Yo no sé si soy ‘una joven comunista’, si creo en el socialismo, si soy anarquista, leninista, chavista, jacobina… Falangista seguro que no. Y no lo sé por una sencilla razón: nunca he comprendido por qué tengo que ser una cosa u otra. No comprendo por qué el desarrollo y la transformación ideológica de la gente se asumen siempre como una traición y no como lo que es, un proceso de aprendizaje y de evolución personal. No termino de entender por qué tengo que etiquetar mi forma de ver la vida y, por consiguiente, limitarla.

Por supuesto que tengo ideología –lo contrario me causa pavor-, pero la ideología de lo que, para mí, es el sentido común, de lo que es la realidad no solo como la veo sino también como me gustaría verla.

Mi ideología respeta la naturaleza, la cuida y lucha por revertir el cambio climático, entre otros efectos secundarios de la existencia del ser humano, no tarda más de 10 minutos en ducharse y lleva el aceite usado a puntos limpios. Qué tontería y qué necesario. Mi ideología se estremece cada vez que ve sufrir a un animal, vitorea cada vez que un toro coge a un torero/asesino, llora de rabia cuando incluyen el maltrato en la sección de cultura. Mi ideología cree en los derechos humanos y en la necesidad de defenderlos –y ahora recuperarlos-. A mi ideología le tiembla el alma cuando oye decir que republicanos y reaccionarios ‘fueron igual de malos’, cada vez que recuerda que, casi 90 años después, la Justicia sigue durmiendo a dos metros bajo tierra, a los pies de las más de 100.000 personas que todavía yacen en cunetas.

Mi ideología no cree en Dios, pero sí en los servicios públicos: sanidad, educación, transporte, banca, pensiones…, considera que lo que construye la gente, ha de ser propiedad de la gente, de todos y de nadie. Mi ideología es laica, faltaría más, defiende la derogación del Concordato con la Santa Sede para poder vivir con libertad y separar de una vez por todas y contundentemente la Iglesia del Estado, y lucha por que en los centros educativos públicos se retire la catequesis que supone la asignatura de religión. A mi ideología le gustaría ir al cine, a un concierto, a un recital, comprarse un libro o ver teatro de vez en cuando sin tener que pensar durante días que para ello tendrá que reducir su porción de comida durante dos semanas.

Mi ideología detesta los conflictos armados, y, si por ella fuera, no habría ejércitos permanentes. Mi ideología dijo NO a la OTAN y hoy dice NO al TTIP. Mi ideología siente náuseas de ver que, por incansable que sea la lucha de los colectivos LGTB, estos nunca terminan de poder llegar a dejar de ser un colectivo discriminatoriamente diferenciado y no parte del conjunto libre de la sociedad. Mi ideología se emociona con la Internacional, con Labordeta, con el himno de Riego, con Aute, con José Luís Sampedro, y, sobre todo, con la fuerza de la lucha de la clase obrera en las calles.

Mi ideología siente orgullo por Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García, Luisa Rodríguez de la Fuente. Y también por Clara Campoamor, Victoria Kent, Concepción Arenal. Si mi ideología tuviera un himno, cantaríamos versos de Miguel Hernández.

Mi ideología cree que hay que acatar la Constitución de 1978, pero, sobre todo, trabajar para cambiarla. Mi ideología es demócrata y, por ello, defiende el derecho a decidir en todos los sentidos: derecho de autodeterminación de los pueblos, derecho a decidir sobre una posible reforma de la Constitución, derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la vida –o la muerte-, derecho a decir el modelo de Estado, derecho a decidir a quién amar y cómo. Todo ello de forma directa, sin intermediarios.

Mi ideología se parte la cara en las calles para parar desahucios de sus vecinos, se parte la cara en la calle por la Educación pública, por la Sanidad pública, por salarios y condiciones de trabajo dignos, contra la Violencia Machista, por la igualdad. Mi ideología quiere ir a la universidad sin que sus padres tengan que vivir asfixiados. Mi ideología mira a las personas a los ojos, no a la piel. Mi ideología se remanga cada día para levantar el Sol aunque se queme las manos constantemente.

Comprendo considerablemente bien a aquellos y aquellas que ejercen su derecho a voto desechándolo. Pero también me produce una enorme tristeza, no tanto por el hecho mismo de no votar como por el hecho de que su tripa no les vibre por ninguna fuerza. No entiendo aquel voto en las urnas que no sea mero complemento de la necesaria lucha constante en la calle, pero encuentro ambas cosas tan distanciadas en la realidad que nos asfixia como imprescindibles compañeras de la vida que nos debemos.

Como diría Silvio Rodríguez, “tenemos derecho a la palabra, a la memoria, a la canción negada, a la letra proscrita, al sueño sublevado, a re-crear la vida, vida cotidiana, vida con dignidad”.

Y desconozco el nombre de mi ideología, pero jamás le he buscado uno ni pienso hacerlo. Ella no sabe cómo se llama, pero sabe bien de dónde viene y con quién está. Ella nació abajo para encasquillar las armas a los de arriba. Ella nació opresión, nació miedo, nació tortura, nació sumisa, nació indefensa, nació invisible. Ella creció ilusión, creció ternura, creció con alas, con chaleco antifascismo, con puño izquierdo en alto, creció para nunca mermarse. Y ahora renacerá segura, renacerá sin miedo, renacerá insumisa, renacerá con el mismo puño en alto y con una enorme sonrisa. Renacerá invencible.

Pero solo lo hará si damos a la calle la fuerza que necesita en esas instituciones que nunca nos representaron, para hacer que lo hagan de una vez por todas. Para hacerlas nuestras. Solo será posible frenar las miserias de la hegemonía que nos domina y nos avasalla, golpeando sobre la urna con el mismo puño que levantamos y apretamos con fuerza en las calles, nosotras y nuestras abuelas.

Por fin, después de tantos años de dignidad silenciada, hoy vuelve a vibrar “la voz que grita entre los huesos de las cunetas para despertar al Universo”.

Unidas Podemos.

[Foto: EL PAÍS]

No hay más tiempo, 40 años bastan

Entro en El Confidencial Saharaui y leo un titular: “El Sáhara Occidental se prepara para la guerra”. Y su correspondiente desarrollo. “El pueblo saharaui está dispuesto a reanudar la lucha armada si Marruecos continúa su intransigencia”, relata la autora del artículo. Y a mí se me abren los ojos como platos, claro, aunque al instante comprendo.

En abril de 2015, el Consejo de Seguridad de la ONU certificó la resolución de prorrogar hasta abril de este año la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO). Se aprobó, para ello, un presupuesto con una dotación económica de  $53.190.000 (casi 50 millones de euros), que prevé personal militar, personal civil, transportes varios, viajes oficiales, suministros, infraestructura, gastos médicos, tecnología, etc. Pero, ¿para qué?

¿Para qué? Están agotados.

Lo irritante no es que todavía hoy estén arrastrando el desastre causado por las lluvias torrenciales que sufrieron los campamentos a finales del año pasado, ni la terrible muerte de una niña saharaui hace tres días por la explosión de una mina, ni la incansable lucha de los presos saharauis que recientemente protagonizaron una huelga de hambre que costó la vida a uno de ellos. No es la agresión de la policía marroquí a un estudiante saharaui en una manifestación en Smara el mes pasado, ni la carga policial de ese mismo cuerpo a una mujer en El Aaiún. No es nada de eso.

Va más allá de los desesperanzadores acontecimientos que se han ido y se van sucediendo a corto plazo en torno al conflicto. Lo exasperante de todo es que son 40 los años que hace que al pueblo saharaui le fue arrebatada tanto la vida material como los derechos, la libertad y la dignidad como seres humanos. Cuatro décadas que representan el grueso de una vida entera lastrada por una situación de encierro físico y espiritual, y el desarrollo de varios peldaños generacionales condenados al abismo de una lucha interminable por la justa independencia. 480 meses de limitaciones materiales, económicas, educativas, médicas, jurídicas. 14.600 días de represión, de carencias, de amaneceres gobernados por la metralla y la tiranía.

No es de extrañar que el pueblo saharaui acabe volviéndose a levantar contra Marruecos. No es de extrañar porque no son sino refugiados permanentes viviendo a la sombra de la ocupación, la coacción, la imposición, la violencia física, psicológica y  moral. Y a la exposición del sol, por descontado, que derrite por momentos la esperanza de que se haga justicia.

Pero, a pesar de ello, es necesario evitar la guerra, porque el resultado de esta sería todavía peor, sin duda alguna. Y el camino hacia la paz verdadera, es la actuación por la vía institucional acompañada por un potente frente social que propicie lo que desde hace tanto están pidiendo y mereciendo los saharauis. Son bastantes los países de todo el mundo que están condenando uno tras otro la actitud de Marruecos, apoyando a la RASD y abogando por la celebración del referéndum de autodeterminación oportuno.

En España también existe apoyo, en este mismo sentido, por parte de algunas fuerzas políticas. Perseguir y conseguir que el Estado español se responsabilice de una vez por todas de esta deuda histórica que tiene con el territorio no es que sea conveniente, sino que es imperiosamente indispensable, ineludible. La recuperación de la vida digna, la vuelta a casa y el alcance de la independencia de cerca de medio millón de personas está en manos de todos. Y el momento es ahora. No hay más tiempo.

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Foto: AntxetaMedia

Por un Sáhara libre. ¡40 años bastan!