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Elogio de la ilegalidad

Al hilo de los últimos acontecimientos en Cataluña, se están produciendo interesantes puestas en escena para la defensa de la “legalidad” por parte de diferentes partidos políticos, con el apoyo, además, de gran parte de la prensa generalista española. El diario La Razón publicó, ya en mayo de este año, una especie de manifiesto propio en forma de editorial titulado “un pacto por la defensa de la legalidad” en el que se criminalizaban las pretensiones de la Generalitat al respecto del referéndum y se alababan las medidas que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría anunció que se tendrían que tomar para frenar la “deslealtad” de Puigdemont.

También se han pronunciado al respecto de la defensa de la legalidad diarios como El Español o El País (este último con una noticia sobre una PNL presentada por el grupo parlamentario de Ciudadanos en Cataluña para el “apoyo institucional en defensa de la legalidad democrática en Cataluña”). Además, el Partido Popular, el PSOE y otros partidos sin representación parlamentaria como VOX o UPYD han utilizado también el concepto de “legalidad” como mantra principal para la construcción de sus respectivos discursos en torno al tema catalán.

(Léanse las siguientes líneas con voz fantasmagórica) Legalidad. Lo legal. La ley dice que. Hay que respetar la ley. La ley no lo permite. Solo se puede dialogar dentro de la legalidad. La legalidad vigente. (Ya se puede parar la voz fantasmagórica).

Se acostumbra a trazar un abismo entre lo legal y lo ilegal (mejor dicho, entre lo que, según aquellos que manejan la ley, ha de pasar por ella y lo que no en función de intereses muy concretos), entre constitucionalismo y anti-constitucionalismo, entre orden y desorden. Todo ello desde la realidad conceptual fabricada por las primeras opciones, las hegemónicas, y en detrimento de las segundas.

Quizá cabría preguntarse si la ley siempre es justa solo por su condición de norma jurídica; si lo ilegal siempre es negativo, violento e inaceptable solo porque reside fuera de los márgenes establecidos para la convivencia hasta un determinado momento; si una determinada Constitución sigue siendo útil y protege todas las necesidades de las personas que están sometidas a ella décadas después de su redacción inicial. Incluso, habría una de preguntarse qué había antes de que la ley fuera ley, cómo la ley se convirtió en ley, por qué de esa manera y no de otra, por qué unos determinados preceptos y no otros, en base a qué, como consecuencia de qué hechos, y un largo etcétera.

Utilizar la palabra “legalidad” de manera banal para dar empaque a un discurso que lo único que pretende es criminalizar todo aquello que cuestione unas ciertas prescripciones hegemónicas lo que consigue es, precisamente, restar validez y efectividad a dicho discurso. Lo hace ridículo y aburrido y lo aleja de la realidad de las calles.

Atendiendo a aquello de hacernos preguntas, sería interesante recordar algunas cosas que solo a través de la ruptura con la legalidad se convirtieron en logros de la sociedad civil que hoy los miembros de esa “legalidad” reivindican como victorias de la justicia y el parlamentarismo. Qué ironía.

De aquellas huelgas estos derechos

Los derechos de huelga, de reunión y manifestación son hoy una realidad incuestionable en el ordenamiento jurídico de la mayoría de países a nivel mundial (en términos teóricos, claro, porque hace mucho que se vislumbra una práctica contraria a la defensa de los mismos). Sin embargo, hubo un antes de esos derechos, no aparecieron por arte de magia en las constituciones de todo el mundo.

El 14 de noviembre del año 1.166 a.C., “obreros y artesanos egipcios construían el templo funerario de Ramsés III”. Había constantes retrasos en el pago de sus salarios (diez hogazas de pan y una medida de cerveza diaria) y el hambre se hacía cada vez más notorio. La situación era desesperante. Los obreros “abandonaron sus puestos de trabajo y permanecieron concentrados mientras no le pagaran lo que se les debía. “Hicieron sentadas, ocuparon edificios y acamparon una noche en el templo”. Así lo cuenta el portal Egiptomanía. En el Museo de Turín hoy se conserva el “Papiro de la Huelga” que recogía el testimonio de los manifestantes: “… los trabajadores traspasaron los muros de la necrópolis (se pusieron en huelga) diciendo: ‘Tenemos hambre, han pasado 18 días de este mes… hemos venido aquí empujados por el hambre y por la sed; no tenemos vestidos, ni grasa, ni pescado, ni legumbres. Escriban esto al faraón, nuestro buen señor y al visir nuestro jefe, que nos den nuestro sustento”.

Finalmente, los obreros consiguieron que les pagaran y el conjunto de sus acciones fueron consideradas como la primera huelga de la historia. No, claro que no tenían derecho a huelga. Se lo fabricaron ellos mismos. Aunque quizá tengan razón los “constitucionalistas” y lo que tendrían que haber hecho era dejarse morir de hambre, porque exigir el sustento vital no entraba dentro de la “legalidad vigente”.

 

Cuando el diálogo no sirve

Unos cuantos miles de años después de la primera huelga, tras años de protesta y peticiones formales a través de la participación en partidos políticos como el Partido Laborista Independiente, las sufragistas británicas “se cansaron de luchar con la palabra y pasaron a la acción. Deeds, notwords”. Así lo explica el diario El Mundo en un reportaje sobre las “sufragettes”. Por medio de la WSPU (Unión Social y Política Femenina) fundada en 1903con EmmelinePankhurst como lideresa referente, comenzaron a protagonizar acciones que las llevaron a estar fuera de los márgenes legales: sufrieron cargas policiales en manifestaciones como la de Londres en febrero de 1907; “se encadenaron a la verja de Downing Street, residencia del primer ministro, e incluso llegaron a entrar en ella; realizaban lanzamientos de octavillas desde globos; organizaban mítines multitudinarios para los que fletaban trenes (en el de 1908 en Hyde ParkThe Times calculó que 500.000 personas habían acudido)”, según narra la Universidad de Barcelona en un artículo sobre las principales luchas del movimiento sufragista.

Manifestación sufragista en Hyde Park el 21 de junio de 1908 / Foto: El País

Después de ello, engañadas de nuevo por los liberales -que prometían incluir a la mujer en el sufragio universal y finalmente desoyeron la petición-, la WSPU llevó a cabo en 1912 lo que denominó “el argumento de la piedra” y rompieron todos los escaparates de la zona comercial de Oxford Street en Londres. Fueron encarceladas, siguieron luchando desde la clandestinidad y continuaron los apedreamientos, los incendios provocados, las huelgas de hambre e incluso una de ellas, Emily Davidson, se arrojó a los pies del caballo del rey Jorge V en el Derbi de Epsom de 1913 y murió cuatro días más tarde, lo que “dio lugar a las manifestaciones sufragistas más importantes”.

En 1918, el Parlamento británico permitió votar a las mujeres mayores de 30 años. Fue el primer paso hacia el sufragio universal.

La jornada de ocho horas

Entre 1810 y 1817, cuando el empresario y socialista Robert Owen difundió la idea de que la calidad del trabajo está directamente relacionada con la calidad de vida del obrero y acuñó el lema “ocho horas de trabajo, ocho horas para vivir, ocho horas de descanso”, comenzó a gestarse la reivindicación de la reducción de la jornada laboral y con ello las protestas en los centros de trabajo a lo largo y ancho de EE.UU. con la jornada de trabajo de 8 horas como demanda principal.

Las condiciones de vida de las personas trabajadoras eran pésimas en EE.UU. en las décadas de los 70 y 80. El hambre y el cansancio eran notorios y con ello creció el descontento. La jornada laboral era, en muchos casos, de 18 horas y el trabajo infantil era una realidad irremediable. Como consecuencia de ello, los trabajadores empezaron a unirse, a organizarse y a protagonizar acciones de protesta. En 1886, la Federación Americana de Trabajadores, en su cuarta asamblea, estableció la petición al gobierno de la reducción de la jornada laboral a 8 horas, sin cuya toma en consideración se iría a la huelga.

“El presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo lasocho horas de trabajo diarias”. Sin embargo, los empresarios desoyeron la nueva normativa e incumplieron sus preceptos, lo que provocó que el 1 de mayode ese mismo año tuvieran lugar multitudinarias manifestaciones de trabajadores en múltiples ciudades de EE.UU. Cientos de miles de trabajadores salieron a la calle para exigir que se cumpliera la ley. En Chicago, en la protesta contra la empresa de maquinaria agrícola McCormick, la carga policial dejó varios muertos y un número indeterminado de heridos.

La respuesta de los trabajadores fue prolongar la huelga durante varios días. En ellos, la policía continuó cargando contra los manifestantes, asesinando a algunos de ellos, y los trabajadores siguieron agitando Chicago. El 4 de mayo, una carga policial con varios muertos y más de 200 heridos provocó que algunos huelguistas lanzaran una bomba, dejando a 7 policías muertos. Muchos trabajadores fueron detenidos, torturados, condenados y ejecutados. Los hechos fueron recogidos por periódicos como el Chicago Tribune (5 de mayo de 1886) o The New York Times (3 de mayo de 1886).

Mapa de los disturbios en Chicago en 1886 / Chicago Tribune

Según relata el portal Academic, a finales de ese mismo mes (mayo de 1886) “varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada laboral de ocho horas a centenares de miles de obreros”.

La abogada Isabel Elbal recuerda, en un artículo publicado en la revista La Marea, que la Constitución Española de 1978reza que “la justicia emana del pueblo” y que, sin embargo, el Poder Judicial, lejos de ser efectivamente “emanante de la soberanía popular”, está cada vez más “alejado del ciudadano medio y más próximo al defensor técnico del sistema establecido”, aquel que “no cuestiona el orden constitucional y lo acata ciegamente”.

La gestión de la problemática de Cataluña por parte del Gobierno actual se ha basado en “la resolución del conflicto político mediante la aplicación del Código Penal”. Ignorando el hecho de que el Estado español se circunscribe en términos teóricos como una democracia, Mariano Rajoy ha retorcido la “legalidad” para hacer que la justicia se convierta en un valor secundario, en un objetivo sin importancia. Lo mismo sucede con la democracia. A través de la continua reconstrucción del discurso oficial, se ha conseguido meter en el saco del desorden todo aquello que choque frontalmente con los intereses particulares del partido de gobierno y los poderes fácticos que lo mantienen. El imaginario colectivo es ahora el cajón desastre del franquismo, pues es evidente que se están vendido a precio de democracia políticas cuasi-fascistas sin que nadie se dé cuenta.

La legalidad que hoy defienden los partidos políticos y gran parte de los medios de comunicación abarca todas aquellas prácticas y medidas que, en cualquier país con un mínimo de salud democrática, deberían de estar consideradas como un delirio y deberían suscitar el rechazo masivo de la población o, como mínimo, de toda la clase obrera.

La reminiscencia de cómo únicamente sobrepasando los límites de la legalidad y del discurso de la legalidad se ha conseguido romper los techos de cristal de la injusticia (qué ironía), se torna necesaria en estos tiempos de enajenación democrática que está viviendo España. Pese a quien pese, es indiscutible que, frente a la opresión, la única receta útil siempre ha sido la desobediencia.

 

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Por qué las huelgas educativas sí están justificadas

[Artículo publicado inicialmente en Nueva Revolución. Abril 2017 http://nuevarevolucion.es/derechos-las-huelgas-educativas-estan-justificadas/%5D

 

A principios de este mes de marzo tuvo lugar una de las múltiples huelgas educativas que se están poniendo y se van a poner en marcha en todo el país contra los recortes en Educación y la implantación de la LOMCE y el denominado 3+2. El Ministro de Educación no tardó en mostrar su menosprecio afirmando que dicha convocatoria de huelga era “injustificada” y que carecía de sentido.

Convendría, entonces, hacer memoria al señor Méndez de Vigo. Y lo más apropiado para él, puesto que parece no llevar demasiado bien la comprensión lectora, visual y auditiva, es una sencilla enumeración de acontecimientos poco casuales.

22 de mayo de 2012: La comunidad educativa se pone en pie contra el Real Decreto 14/2012, que establece medidas como el aumento de las ratios de alumnos por aula, la imposibilidad de sustituir a docentes hasta cumplidos los 10 días de baja laboral o el recorte en becas, entre otras. Todo ello con para conseguir “la racionalización del gasto público en el ámbito de la educación, de conformidad con los principios de eficiencia y austeridad que deben presidir el funcionamiento de los servicios públicos” (o lo que es lo mismo: para poder cuadrar los sobres de Génova por otro lado).

9 de mayo de 2013: alumnado, padres y madres y docentes se echan a la calle para protestar contra los recortes, que no cesan, en Educación. Concretamente, además, contra la nueva ley educativa que se estaba desarrollando (la LOMCE).

13 de noviembre de 2013: las universidades españolas llenan las calles rechazando el Plan Bolonia. Su implantación suponía no solo una completa reestructuración de la enseñanza superior, sino la desaparición de carreras, la imposibilidad de que todos los estudiantes pudieran acceder a “una formación de calidad”. Una de las proclamas más destacadas fue el hecho de que este Plan significaba “que la universidad pública comenzara a financiarse por sí misma, es decir, a través de empresas privadas”.

24 de octubre de 2014: gran huelga estudiantil pidiendo la dimisión de Wert. Contra la reforma educativa, los recortes, que nunca pararon de producirse, y el endurecimiento de las becas, entre otras cosas. El que fuera ministro de Educación hasta ser enviado de vacaciones permanentes a París con piso y sueldo corriendo de nuestra cuenta, consiguió que hasta los padres y las madres se organizaran con sus hijos e hijas y los docentes para mostrar su rotundo rechazo al progresivo desmantelamiento de la educación pública.

25 y 26 de octubre de 2015huelga estudiantil, con manifestaciones en todo el país, contra el Real Decreto 43/2015 (conocido como 3+2) y contra los recortes en educación.  “Con esta normativa los grados se convertirán en papel mojado para el mercado laboral, por lo que la mayoría de estudiantes deberá cursar un máster para tener “una licenciatura real”. Los altos precios de los posgrados provocarán que solo aquellos que tienen disponibilidad económica, puedan permitirse cursarlos”, según explicaba el Sindicato de Estudiantes.

9 de marzo de 2017: huelga estudiantil en toda España contra la LOMCE (para denunciar que sigue en vigor) y contra la privatización de la enseñanza a todos los niveles.

1988, 1990, 2001, 2002… son otras movilizaciones en defensa de la educación pública memorables en este país. Es lo que sucede, señor Méndez de Vigo, cuando se manosea de cualquier manera el derecho a una educación gratuita y de calidad, cuando se favorece a la enseñanza privada y concertada en detrimento de la pública, la de todos y todas. Sucede cuando, a pesar de que toda la comunidad educativa está en desacuerdo, los recortes se producen, el Plan Bolonia se implanta, la LOMCE entra en vigor y las becas y subvenciones se convierten en algo que te toca casi como si fuera la lotería.

Pero eso son solo datos, nombres de decretos indescifrables por el conjunto de la sociedad, números, fechas. Detrás de los decretazos, de los famosos recortes, de los “que se jodan” con el micro abierto, hay consecuencias y efectos reales. Y hoy voy a contar esos efectos haciendo un pequeño viaje al que fue mi comienzo en lo de entender quién es quién, de dónde vengo y por qué esta violencia institucional.

Activismo adolescente: comprendiendo la realidad

Yo tenía entre 13 y 14 años cuando algo dentro de mí empezó a decirme que la realidad que estaba viendo y viviendo no tenía por qué ser de esa manera, que colectivamente se podían mejorar las cosas, que era posible crear desde abajo, moverse. A disgusto de mi madre, por supuesto, que me veía como lo que era: pequeña, ignorante en lo político y vulnerable en lo físico, empecé a acudir a convocatorias de manifestaciones en defensa de una educación de mayor calidad y accesible para todas las personas.

Evidentemente, yo no entendía nada, como cuando leí las primeras líneas de Hegel o de Bauman, o como cuando intenté nombrar a Hannah Arendt en voz alta por primera vez (de eso hace relativamente poco). No tenía recursos intelectuales para analizar qué era aquello que pasaba en las plazas, pronunciaba los cánticos sin entender muy bien su conexión con la realidad. “No hay pan para tanto chorizo”, “si somos el futuro, ¿por qué nos dan por culo?”, “la hija de la obrera, a la universidad”. Eran frases llamativas, molaban y vestían cierta coherencia, y me dejaba la voz, pero también me daba la risa.

En la segunda o tercera manifestación a la que acudí estaban también presentes algunos profesores y profesoras de mi instituto, pero ellos y ellas no se reían, ni una pizca. “Estado de malestar”, lucía uno de ellos en una pancarta hecha con un trozo de cartulina y un rotulador desgastado. Otro llevaba un cartel de “SE VENDE ESCUELA PÚBLICA”. Empecé a hacerme preguntas que no sabía ni cómo formular.

Mientras yo empezaba a tender puentes entre mis pulsiones y aquellos cánticos, se comenzaba a hablar de una tal “Spanish Revolution”. Que si “indignados”, que si “juventud sin futuro”, que “no nos representan”. Una movida demasiado grande que se me escapaba de las manos, pero a la que me adherí como pude sin pensarlo. El 15M.

Es verdad que yo al principio cantaba un poco siguiendo la corriente, pero pronto empuñé algún que otro megáfono con quizá demasiada seguridad. Y fue porque al fin empezaba a sintetizar en mi cabeza lo que estaba pasando. Una niña de 15 años no puede comprender un texto publicado en el BOE, pero puede darse cuenta de que cuando baja a la conserjería de su instituto, de repente, ya no le dan las tizas que precisa, sino que le piden que, por favor, corte una por la mitad y se lleve solo un trozo.

Por las tardes, el instituto estaba más oscuro; los profesores hacían fichas con los ejercicios casi amontonados para que solo ocupara un folio por las dos caras; las fotocopias había que pagarlas y, si llevabas tú los folios, mejor; ya no había tizas de colores; pasábamos frío en invierno porque el centro no podía pagar el combustible para la calefacción; en informática teníamos que ponernos tres personas por ordenador; en clase, de repente, éramos 40 y teníamos que pasar mesas y sillas de un aula a otra para poder sentarnos; la “ayuda para libros” dejó de existir y padres, madres, profesores y alumnos teníamos que organizar bancos de libros para hacerlos rotar; los laboratorios y salones de actos se convertían en aulas ordinarias; no dejaban los rollos de papel higiénico en los aseos, sino que había que pedir el trozo de papel para cada ocasión; algunos profesores se quejaban del cansancio y las horas de trabajo, otros de no saber si el año siguiente iban a conservar la plaza, los docentes especialistas se iban evaporando. Y un larguísimo etcétera.

Y lo he expuesto en pretérito imperfecto (y nunca mejor usado), pero no tiene nada de pasado, porque esa yo de 15 años de 2011, es hoy mi hermana, también de 15 años, en 2017. A ella no le choca tener que pedir el papel higiénico para ir al aseo, ni que no haya tizas de colores, ni que los exámenes teóricos de educación física se hagan en el suelo del gimnasio. No le sorprende porque creció con ello. La falta de material, la asfixia de los docentes, la escasez de recursos económicos para actividades extraescolares, la merma de asignaturas que ponen a trabajar la expresividad, la imaginación… se ha normalizado.

Padres, madres, alumnos, alumnas, profesores, profesoras, personal técnico, nos hemos acostumbrado a trabajar, vivir, aprender, enseñar, crecer en precario. Más de 30.000 profesores y maestros han perdido su empleo y los que quedan tienen los pulmones a punto del desborde, pero es que qué más queremos. Más de 50.000 alumnos han tenido que dejar la universidad por no poder pagar las tasas, pero es que no se puede tener todo.

Nos hemos conformado con las migajas y nos hemos creído el cuento de que la austeridad es no solo la forma de vida más ejemplar, sino lo máximo a lo que podemos aspirar; del mismo modo que nos creímos la leyenda de que para merecer llegar a fin de mes hay que trabajar desde que sale el sol hasta que se pone.

Hoy tengo unos pocos años más (no demasiados), sé leer los documentos del BOE y viajando entre los libros y desgastando las botas he aprendido que los derechos no caen del cielo ni se mantienen del aire, y que es por ello que las huelgas educativas no solo están completamente justificadas, sino que además son el único camino posible para mantener la dignidad de la mayoría social.