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La Marcha Verde: invasión marroquí y exilio forzado

Hacía años que España había prometido al pueblo saharauis la celebración de un referéndum de autodeterminación como fin al proceso descolonizado que se estaba produciendo en toda África. Pero en octubre de 1975, España, Marruecos y Mauritania, con el amparo de otros países como EE.UU. o Francia, comienzan las negociaciones para que la invasión militar del territorio saharaui se lleve a cabo.

En noviembre de ese mismo año, cientos de miles de ciudadanos marroquíes (concretamente alrededor de 350.000) cruzan la frontera hacia el Sáhara Español, desde Tarfaya, Abattekh y Zag hacia Daoura, Hagunia y Mahbes, respectivamente. Se trataba de una marcha, en teoría, pacífica, sin embargo, otro frente se abrió entre ellos. A 300 kilómetros de las marchas aparentemente pacíficas ideadas por Hassan II, rey de Marruecos, más de 25.000 soldados marroquíes penetraron en el territorio español por la fuerza y protagonizaron la invasión del Sáhara y la consiguiente aniquilación de sus pueblos. El ejército marroquí ejecutó y enterró vivos a más de 4.500 saharauis en fosas comunes, según relataba la revista La Marea en abril de 2017. “El ganado también es exterminado, envenenan el agua de los pozos, arrasan y destruyen todo lo que encuentran a su paso”, así lo cuenta la asociación Por Un Sáhara Libre.

Ello ocurrió días antes de la firma de los Acuerdos Tripartitos de Madrid, entre España, Marruecos y Mauritania, como estrategia de presión sobre España para acelerar su abandono del territorio en disputa. Los anexos secretos de dicho acuerdo fueron declarados ilegales por el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya en octubre de ese mismo año considerando que “el Sáhara Occidental no tiene lazos de soberanía con Marruecos o Mauritania” y que, por tanto, “debe aplicarse el derecho de autodeterminación”, establecían que España se comprometía a retirarse del territorio ocupado haciendo posible el reparto entre los otros dos países firmantes a cambio importantes concesiones en materia de pesca y de exportación de fosfatos.

La validez jurídica de ese Tratado fue cuestionada, además, por el Secretario General Adjunto de Asuntos Jurídicos y Asesor Jurídico de las Naciones Unidas, Hans Corell, en un dictamen de 29 de enero de 2002, pero, aun así, España se retiró del Sáhara Occidental cediendo el control absoluto y la explotación de los recursos naturales del territorio a Marruecos. Como consecuencia de todo lo relatado, más de 40.000 se vieron obligados a huir hacia Argelia y a levantar campamentos en mitad del desierto, al sur-oeste del territorio argelino.

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Campamentos de personas refugiadas saharauis

Hoy, 42 años después de la huida forzada que protagonizó la población saharaui y tras la invasión marroquí, 150.000 personas viven en la parte del Sáhara Occidental, bajo ocupación marroquí, 50.000 personas sobreviven en la parte del Sáhara Occidental controlada por el Frente Polisario, en medio del desierto, y alrededor de 200.000 personas continúan viviendo en los 5 campamentos -llamados wilayas– de refugiados habilitados en el desierto de Argelia, dependientes de la ayuda humanitaria, esperando una solución política que nunca llega.

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Nunca estamos seguras

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Hace una tarde estupenda para ser esto Bilbao, qué extraño y qué bien. Sería un crimen quedarme en casa. Mira, un mensaje del grupo. Que si vamos a tomar algo al centro de la ciudad. Joder, pues claro. Va, me pongo lo primero que pille y fuera.

Hay que ver lo que tarda en llegar el ascensor cuando más ganas tiene una de salir a la calle. Uy, ya está aquí. Si antes lo pienso.

Cero. Uf, tampoco es que haga calor, eh. Pero esta chaqueta servirá, paso de subir otra vez a casa. Total, si voy a estar en un bar y seguramente habrá calefacción. Por lo menos hace sol, que, aunque no caliente demasiado, endulza el paisaje. La verdad es que Bilbao es una ciudad muy bonita. He acertado mudándome aquí para estudiar. Al principio todo es caos y desubicación, pero, joder, tengo dieciocho años, ¿qué más puedo pedir? ¡Ya iré aprendiendo!  En fin, ya debe quedar poco para llegar al sitio en el que hemos quedado. Creo que hay un teatro bastante conocido cerca. No estoy segura. Lo cierto es que debería salir a pasear y explorar la ciudad más a menudo.

La ría es una pasada. Aunque, a decir verdad, hoy parece un poco sucia. Se lo perdono a esta tierra tan bonita. Todo es verde mires donde mires. Es la recompensa por soportar lluvias casi a diario. Mis pupilas lo agradecen. ¡Qué llueva todo lo que tenga que llover, así se caiga el cielo! Qué exagerada soy, me he venido arriba. ¡Uy! Creo que me he pasado la calle. Al final voy a tener que poner el GPS, qué desastre. Bendita herramienta y bendita tecnología, ¿no? Ya estoy. Creo. Ah, sí, ahí están. Qué cabronas, han pedido ya.

Hola, ¿qué tal? Anda que esperáis. Vaya sol hace, ¿eh? Después de estar andando un rato tengo calor y todo. Quién lo diría. Buenas, una caña, por favor. ¿Qué tal el día, chicas? El mío ha sido algo aburrido, pero productivo. ¿Has estado toda la mañana durmiendo? Lo tuyo es un caso aparte. Veo que está siendo un lunes al uso para todas. Da gusto salir, al menos, un rato a tomar el aire. Oíd, he visto el cartel de una obra de teatro. Podríamos ir, creo que estará hasta la semana que viene. Gracias, ¿me cobras ya? Vale, gracias. Hmm qué fresca está.

¿Jugamos al billar? Os aviso que soy muy buena. ¡Venga, moved el culo! Va, yo echo la moneda. Pues hoy he estado practicando con la guitarra y he conseguir aprender a tocar una canción que me encanta. Qué gozada. ¡Bien! Vamos a lisas nosotras. Buen tiro. Sí, llevaba tiempo sin tocar, porque este verano no he parado de hacer cosas, pero ahora lo estoy retomando. He visto en las redes sociales las fotos de tu verano, tampoco lo has pasado mal tú, eh. ¡Mierda! ¿Cómo he sido capaz de meter la negra? Joder, qué mal. Pues nada, se acabó el juego. En fin, no voy a tardar en irme, que tengo que cenar, ducharme y demás antes de acostarme. A ver si quedamos más a menudo, ya que hemos coincidido en la ciudad.

No, tías, no hace falta que me acompañéis, si estoy a diez minutos de casa y hay buen alumbrado público. De verdad, no es necesario. Sí, os avisaré cuando llegue. ¡Agur! Me encanta usar palabras en euskera, ojalá se me pegue aunque sea el acento, qué chorrada.  Uy, pues ha anochecido bastante rápido, con estas se me pasa el tiempo volado. Bueno, me gustan mucho las ciudades en su versión nocturna. La luna y el alumbrado iluminan la ría y se ven los edificios reflejados en el agua. Qué pasada. Voy a echar una foto. Uy, vaya mierda, no se ve casi nada. Bueno, servirá. ¡Hala! Ya son casi las diez. Hoy me tocará acostarme tardísimo, veremos cómo me levanto mañana para ir a clase.  Anda, este edificio tan grande debe de ser el teatro que había por la zona. “Teatro Arriaga”. Vaya nombre. Está guay, seguro que por dentro es enorme y precioso. La fachada es bonita. En fin. Uy, se nota ya la oscuridad. Da un poco de miedo, no hay casi gente por la calle. Excepto ese hombre que, por cierto, viene en la misma dirección que yo. ¿No parece que me mira mucho? A ver si me va a estar siguiendo. No, ¿no? Va, no seas tonta, es un hombre sin más. Tú a lo tuyo. ¿Por qué ando más rápido? En serio, relájate, que no es nada. ¿¡Qué me va a hacer!? Además, a ver si va a ver que aligero el paso y va a pensar que le tengo miedo y eso lo incomoda. Además, es que no le tengo miedo. Ya no queda mucho para llegar a casa, voy a tranquilizarme. ¿A ver? Joder, es que parece como si me estuviera siguiendo, no deja de mirarme. Qué imbécil. Me estoy poniendo de los nervios. Va, voy a caminar como si estuviera tranquila. Si ando rápido o corro se va a pensar que estoy histérica. Y no lo estoy. Casi. Igual me estoy montando una película yo sola y el hombre va a comprar el pan. Me cambio de acera y listo. ¿En serio? Hostia, que se ha cambiado él también. Esto ya no me gusta. Voy a girar por aquí a ver si lo despisto. Venga, por favor, rápido, tengo las piernas ya cansadas. Vale, ya. ¿A ver? No viene. Uf, menos mal. No me estaba siguiendo, si es que soy una paranoica.

Venga, que en dos calles estoy en casa. Creo. ¿O no? Mierda, ¿dónde estoy? Qué desastre, me he perdido. Con los nervios me he desorientado. Menos mal que me queda batería, puedo buscar en el GPS. Bueno, primero voy a avisar a alguien de lo del tipo ese, por si acaso, yo no me fio. “Tía, creo que me ha estado siguiendo un hombre. Vamos, creo que lo he despistado y ya no viene, pero estoy muy nerviosa, tengo miedo”. “No, no vengas, si ya no me sigue, creo que estoy cerca de casa pero no sé dónde exactamente. Era para que lo supieras. Voy a poner el GPS”. A ver, la tercera calle a la derecha, luego la primera a la izquierda y ya estaría. Vale, voy a guardar el móvil a ver si con la tontería me lo van a robar. La verdad es que esta calle ni me suena, ¿cómo narices habré llegado hasta aquí? En fin, rapidito ya para casa, coño, el turismo para otro día. Ya no queda na…¡¡¡AAAAAAH!!! ¿Quién eres? Por favor, no me hagas nada. Por favor. Solo quiero ir a casa, por favor, déjame. ¿A un hotel? No, no, no. Por favor. ¡SUÉLTAME, JODER!

Corre, corre. Mierda, joder, me va a matar, me va a violar, joder, no puedo respirar, corre. ¿Qué coño hago? Me sigue, me está siguiendo. El teléfono, corre, que no se me caiga. Vamos, cógemelo, por favor, rápido. Vamos, va.. “¿Hola? Tía, ven por favor, estoy por la ría. Un tío me ha agarrado del brazo. Estoy corriendo, no sé si viene detrás. Joder, ven por favor, avisa a alguien y ven. Vale. Vale, no tardes por favor”. No puedo respirar, no puedo más. ¿Dónde está? Mierda, no lo veo. Ya no viene. Joder, joder, joder. Va a salir de cualquier lado. No, por favor. Respira. Respira. No está, hay más luz. Venga, enseguida viene ésta a por mí. ¿Dónde está? ¿Por qué no llega? Voy a llamarla. “¿Dónde estás? Tengo mucho miedo, no lo veo, no sé dónde está. Vale, perdona, aquí estoy, no tardes, por favor”. Vale, tranquila, ya llega. Tengo frío. Y calor. Qué mierda todo. Que llegue ya, por favor. No pienso llorar. Vaya basura, qué asco. Joder, ya estoy llorando. Sshh, que no te oigan, que no te oigan. ¡AHÍ ESTÁ! Joder, menos mal. Por fin. Bendito abrazo, lo más cálido desde hace horas. “Gracias por venir, siento la molestia”.

“¿Por qué has venido sola? Ah, joder, gracias. No puedo tranquilizarme, estoy muy nerviosa. Lo siento. Joder, es que soy idiota. Mis amigas… No viene,  ¿no? Estate atenta, por favor. Mis amigas han dicho de acompañarme a casa, pero les he dicho que no porque estaba cerca. Tendría que haberles hecho caso. Soy imbécil. Perdona, siento haberte hecho venir, no sabía a quién llamar. Muchas gracias. Gracias, de verdad. Ya, sé que el problema no es que yo vaya sola y que la solución no es ir acompañada, pero es que no podemos ir tranquilas por la jodida calle. Es enfermizo. No puedo evitar tener miedo. Es que… primero me ha seguido un hombre cerca del teatro Arriaga, ¿lo conoces? Pues ese, al lado de la ría. Y me he puesto muy nerviosa, pero nada, lo he perdido de vista. Y después ya me estaba tranquilizando un poco y, de repente, un tío me ha agarrado súper fuerte del brazo y me ha dicho que si quería irme con él a un hotel. Sí, tía, tal cual. Me he asustado un montón, al principio no podía soltarme. No sé ni cómo he podido escaparme y salir corriendo. Estaba acojonada y pensaba que me seguía pero después he visto que no estaba. Qué mierda. Casi no podía respirar del susto. Creía que me iba a violar o a matar, joder. Necesito llegar a casa ya. Sí, será mejor que me tranquilice. No, gracias, no hace falta, me he dejado la cena preparada”.

Ya estamos, al fin. “Nunca dejaré de darte las gracias. Sí, ya ha pasado todo. Sí, lo he pensado, pero no creo que lo haga. No sabría describirlo físicamente, no recuerdo su cara, ni siquiera sé si se la he llegado a ver. Solo he sido capaz de salir corriendo. No serviría de nada denunciar sin datos. Lo que sí he pensado es escribir sobre ello y contar lo que me ha pasado públicamente. A lo mejor ayudo a otras mujeres. No sé, lo pensaré. Oye, me da miedo que vayas sola a casa. Es muy de noche, ¿y sí te pasa algo? Bueno, vale, pero avísame en cuanto llegues. Muchas gracias, de verdad. ¿Segura? Ya… Ya sé que nunca estamos seguras”.

Las migas de pan de la vergüenza

El segundo día que estuve en los campamentos de personas refugiadas del Sáhara, o el tercero… No lo recuerdo bien porque allí solo adviertes que el tiempo pasa cuando te encuentras haciendo de nuevo –y tan pronto- la mochila para marchar.

Ese día, el segundo, el tercero, todos o el que sea. Estaba ayudando a Fati, una niña saharaui preciosa de doce años (o veinte, o treinta y cuatro, dependiendo del momento y las necesidades de lo que para ella ha de ser su casa) a recoger los desperdicios de la comida, desde la jaima hasta la cocina. Yo, cínica y despreciablemente ajena –en mi subconsciente- a la precariedad, cogí las migas de pan que habían sobrado de algunos platos y le pregunté dónde estaba la basura.

– ¿Para qué? – me preguntó.

– Para tirar esto – respondí con una seguridad que desde entonces me avergüenza.

– No se puede tirar, porque tenemos que comerlo otra vez – me dijo, en un castellano envidiable para sus hermanas, con una sonrisa que pronto deshicieron sus ojos al bajar la mirada hacia la realidad.

Solo fui capaz, después de permanecer unos segundos petrificada, de responder: “claro, tienes razón”, sin poder devolverle la sonrisa. Se me había roto.

Unas horas más tarde la vi repartir un huevo frito entre dos de sus hermanas y ella misma con otra media sonrisa.

Al caluroso anochecer, después de una todavía más calurosa tarde y de una insoportable mañana de sol y de sol y de otro poco de sol, esa misma niña (que no es una niña abstracta, que tiene nombre y apellidos, un libro de texto casi como trofeo y unas ganas terribles de pilotar el avión que los lleve a ella y a su familia de vuelta al hogar que ni su madre pudo conocer), me dio, mientras jugábamos y sin querer, un golpe con la pierna en la nariz. Me mareé un poco y me dio por llorar, aunque nadie me vio.

Ya estaba muy oscuro y allá donde me escondí para sollozar sin alarmar a los demás, nadie podía descubrir mi dolor. Me preguntaba por qué era éste tan intenso. Solo la luna inmensa que hacía, como podía, las veces de alumbrado público, pudo y supo ver que mis lágrimas no eran por el golpe en la nariz, sino que contribuían a llenar el cubo de la vergüenza de una España impasible, responsable del reciclaje de aquellas migas de pan.

El IX Seminario de Medios de Comunicación y Cooperación Internacional reivindica una sociedad igualitaria

“Es necesario un periodismo que analice los conflictos y que pertenezca a los ciudadanos”. Con esta idea daba comienzo la IX edición del Seminario de Medios de Comunicación y Cooperación Internacional organizado por la Asociación de la Prensa de Cuenca y Cáritas Diocesana en Cuenca. El evento, que llevaba por título “Guerras y conflictos”, abordó la problemática desde el punto de vista periodístico y de cooperación humanitaria, haciendo referencia a la labor de Cáritas en muchos de los países en conflicto y señalando las nociones básicas para entender los conflictos armados en la actualidad.

En este sentido, Yago Aparicio, técnico de Acción Humanitaria de Cáritas, explicó en su ponencia que, aunque “ahora hay menos guerras” en el mundo, desde el 11-S hay más incertidumbre. “El conflicto armado de hoy en día es nacional con proyección internacional, entre grupos sociales y menos organizado, lo cual genera inseguridad en la población y da alas al populismo y al rearme”, explicó Aparicio a la vez que recordó que, según el derecho internacional, ni el terrorismo ni querer imponer regímenes democráticos en un país son razones para usar la fuerza.

Por su parte, Cristina Sánchez – periodista de Radio Nacional de España y directora del programa “Países en Conflicto”- puso ejemplos concretos de los efectos que estaban teniendo las guerras en la población civil de los países. Así expuso la historia de Mina, una mujer de Afganistán que, tras morir su familia a causa de un mortero, “dejó de existir para la sociedad afgana” y se vio obligada a la mendicidad, pues en el país no había dinero para programas sociales. “Los millones de la comunidad internacional no repercutieron en la población civil, pero sí encontraron la manera de que todos los señores de la guerra tuvieran una buena casa y un puesto en el parlamento en Afganistán”, aseguró Sánchez, algo de lo que Mina y el resto de afganos tenían plena constancia y rechazaban de plano.

La periodista destacó el principio de corresponsabilidad entre la audiencia y los medios y afirmó que no es equidistante: “sí hay malos y buenos, no podemos poner a la misma altura al agresor y al agredido”. Confesó que no tiene soluciones definitivas pero que sería de gran ayuda tener en cuenta la resolución de las NN.UU. en la que se afirma que la presencia de la mujer contribuiría a la prevención y resolución de conflictos, ya que, según indica, cuando estas participan los acuerdos de paz “tienen un 35% de posibilidades de ser más duraderos”.

Además, en lo referido al trabajo periodístico, puso de manifiesto la dificultad que tiene hacer información internacional debido a los costes de desplazamiento y apuntó formas alternativas de cubrirla a través del uso de las nuevas tecnologías. Aseguró estar “muy orgullosa de trabajar en un medio de comunicación público, aunque no tanto de los que lo están dirigiendo”. Remarcó que hay que diferenciar entre direcciones de medios de comunicación y periodistas que “hacen muy bien su trabajo”.

(Hacer click en la imagen para ver entrevista)

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El conflicto en Colombia

La tercera ponencia trató los cincuenta años de conflicto en Colombia y se desarrolló a cargo de Roser Gil, técnico en Colombia de Cáritas Española, y Santiago Barnuevo, periodista de RNE. En ella se destacó que, aunque las FARC constituyan el mayor conflicto armado del país y monopolicen la atención mediática, este no es el único existente, y se apuntó al narcotráfico como hilo conductor de la violencia y de los grupos armados en Colombia.

Santiago Barnuevo señaló cómo los “52 años de muerte y destrucción” en Colombia han provocado alrededor de 8 millones de afectados y reiteró que, sin la solución de la problemática de los cultivos- desencadenante original del conflicto-, sería muy difícil conseguir una paz duradera. Barnuevo apostilló que la baja participación en el referéndum sobre el acuerdo de paz se debía a que no había existido una participación real de la sociedad en la negociación. Por ello, muchas personas consideraban que se les estaba “imponiendo un tipo de paz”.

Quiso, también, hacer hincapié en la vulnerabilidad de las mujeres en Colombia señalando que, durante el conflicto, la violación ha sido “un estilo de vida” y que el 97% de los casos de abuso reconocidos y denunciados se han saldado con la impunidad de los responsables. Además, y como añadido, el 40% de dichas denuncias tenían que ver con niñas de entre 10 y 15 años. Sin embargo, aseguró que, desde la firma del acuerdo, ha habido un cambio de actitud en el país y que muchos colectivos sociales se están organizando para lograr un Estado más democrático.

(Hacer click en la imagen para ver entrevista)

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Entrevistas en directo

Para finalizar la jornada, el periodista de Ser Cuenca, Paco Auñón, entrevistó en directo a dos emigrantes que actualmente viven en España debido a problemas socio-políticos en sus países de origen. David Cruz, salvadoreño de 23 años, relató que se vio obligado a abandonar el país y a pedir asilo en México por reiteradas amenazas de una pandilla criminal de su localidad. Tras serle negada la petición y estar meses encerrado en su casa para evitar el peligro, pudo venir a España: “valoro la tranquilidad de aquí, pero me pesa que mi familia siga estando allí en esa situación”, afirmó. En este pesar coincidía también Lessin, un joven congoleño que emigró hace 11 años del Congo Brazaville por ser testigo de una matanza por parte del gobierno y dejó allí a su familia.

Autoras:

   – Cristina Dolz

   – Andrea Rubio