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Me afino las cuerdas vocales

A veces me aburro de mí misma, pierdo el tiempo, no aprovecho la ocasión ni tomo nota. Yo también me boicoteo, busco excusas, me apoltrono en un rincón. No comprendo, rebusco en el cajón de los errores y solo a mí me encuentro. Tiritando. El acierto es apostar todo a que la próxima vez será otro quien me abra a mí y tirite. A veces apago la música, me pongo en el foco y me veo a mí misma en el futuro en el mismo rincón.

La zona de confort se hace pequeña, me aprieta entre las muelas, y a la vez me consuela y es arropo, y me arrodillo ante la espina que atraviesa mi garganta porque soplo y se disipa la amargura y a vivir -que no es gerundio pero el reloj no para ya ni pa’ mear.

A veces me cuestiono y no me dejo responder, me miro desnuda, me quiero en silencio y me rasgo los dientes intentando romper las dos esquinas del rincón. Levántate. Que no me levanto, que no sé bailar. A veces me hidrato bien los sueños y otras veces me dejo convencer de que es imposible que lluevan pianos. El barro que hoy me cae por los costados es el vino que bebí hace un par de telojuro‘s y ahora se me queda tieso el pecho cuando pienso en navegar el charco que me quedó para amar. No es casualidad que el mundo esté patas arriba, si es que nunca he despegado la cabeza del asfalto.

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Foto: Ángela de la Torre

A veces me aburro de mí misma, pierdo la vergüenza, no me escondo en ningún sitio y me da por cantar. Yo también bailo en la ducha, busco playas donde echar la siesta, deshago la cama -que es lo que nadie nunca me enseñó. Reinterpreto, rebusco en el cajón de los aciertos y solo a mí me encuentro. Respirando. El error es apostar todo a que la próxima vez será otro quien me abra a mí y me corte el aire. A veces subo el volumen, abro la ventana y me veo a mí misma en el presente no teniendo miedo.

Las muelas se me aprietan contra un pecho ajetreado y me arrodillo ante la falsa tersura de la felicidad porque es que inspiro y se me llenan los pulmones de verdad -que no es ni verbo pero está cara y este poco a mí me sabe a libertad.

A veces me formulo y la respuesta es lo de menos, me miro sin ropa –que no es lo mismo que desnuda, sino vacía de cargas-, me quiero en voz alta y me limo las uñas rompiendo el espacio que sobra en la cama. Descansa. Que no descanso, que soñar me sale mal, que quiero hacerme realidad. Uso mis piernas y no dejo que el invierno se me escape de las manos, que el buen frío ayuda a conservar mejor los atardeceres. A veces olvido que tengo la piel seca y afino el piano para que caiga bonito y me invite, aunque sea, a una última nana. El agua que hoy me brota por los poros es el después de la resaca tinta, y ahora ‘se me pone el alma pirata’ cuando pienso en la de versos que aún me quedan por untar bien en mi espalda. No es casualidad que el mundo esté desordenado, si es que nunca he pretendido caminar con cuidado en línea recta.

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Grietas

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Salí a respirar y lo hice, me deshice y me recompuse. Pero el nudo permanece en mi garganta. Cada centímetro de universo me recuerda que donde antes habitada la eternidad ahora llueven pianos. Y escuece como una herida abierta sumergida en alcohol, aunque no me he mojado ni los labios.

Tengo la lengua agrietada de lamer mis propias cicatrices y, aún así, no es suficiente. No vine al mundo para fingir con orgullo, mi dignidad reside en el rugir de mis pupilas.

Al respirar

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No hay hogar para mi trajín aquí dentro.

Mi día es un vaivén de incómodas concesiones, de ruidosos ruiseñores que maldicen mi presente. Es un vis a vis con Jesse Pinkmann, un ir y venir desde el sol más cálido hasta las nubes más enfermizas, un no saber si perecer es más rentable que no vivir mientras se vive.

Aquí he cumplido estación, ciclo y vida. Sobra mi abrazo y se empalaga mi risa. Aborrezco vivir deprisa e interrumpir mis sueños.

Pero no hay hogar para mi trajín ahí fuera.

¿Cómo saber dónde habito si nadie es puerta de mi casa, si no tengo quien me pise mientras baila, si no hay saliva para trasnochar?

Quiero marchar, pero no quiero llegar a ningún sitio. Me rodea tanta nada que todo se atraganta al respirar.

Las migas de pan de la vergüenza

El segundo día que estuve en los campamentos de personas refugiadas del Sáhara, o el tercero… No lo recuerdo bien porque allí solo adviertes que el tiempo pasa cuando te encuentras haciendo de nuevo –y tan pronto- la mochila para marchar.

Ese día, el segundo, el tercero, todos o el que sea. Estaba ayudando a Fati, una niña saharaui preciosa de doce años (o veinte, o treinta y cuatro, dependiendo del momento y las necesidades de lo que para ella ha de ser su casa) a recoger los desperdicios de la comida, desde la jaima hasta la cocina. Yo, cínica y despreciablemente ajena –en mi subconsciente- a la precariedad, cogí las migas de pan que habían sobrado de algunos platos y le pregunté dónde estaba la basura.

– ¿Para qué? – me preguntó.

– Para tirar esto – respondí con una seguridad que desde entonces me avergüenza.

– No se puede tirar, porque tenemos que comerlo otra vez – me dijo, en un castellano envidiable para sus hermanas, con una sonrisa que pronto deshicieron sus ojos al bajar la mirada hacia la realidad.

Solo fui capaz, después de permanecer unos segundos petrificada, de responder: “claro, tienes razón”, sin poder devolverle la sonrisa. Se me había roto.

Unas horas más tarde la vi repartir un huevo frito entre dos de sus hermanas y ella misma con otra media sonrisa.

Al caluroso anochecer, después de una todavía más calurosa tarde y de una insoportable mañana de sol y de sol y de otro poco de sol, esa misma niña (que no es una niña abstracta, que tiene nombre y apellidos, un libro de texto casi como trofeo y unas ganas terribles de pilotar el avión que los lleve a ella y a su familia de vuelta al hogar que ni su madre pudo conocer), me dio, mientras jugábamos y sin querer, un golpe con la pierna en la nariz. Me mareé un poco y me dio por llorar, aunque nadie me vio.

Ya estaba muy oscuro y allá donde me escondí para sollozar sin alarmar a los demás, nadie podía descubrir mi dolor. Me preguntaba por qué era éste tan intenso. Solo la luna inmensa que hacía, como podía, las veces de alumbrado público, pudo y supo ver que mis lágrimas no eran por el golpe en la nariz, sino que contribuían a llenar el cubo de la vergüenza de una España impasible, responsable del reciclaje de aquellas migas de pan.