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¿Entiendes?

Esta vez, cortarme el pelo ha sido un empujón hacia fuera de un armario en el que creí no haber estado nunca.

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Me está costando la vida escribir este post. Sobre todo porque no es un post, sino un intento de encontrar respuestas en un momento vital en el que vuelvo a cuestionármelo todo. Una vía para respirar.

Hace unos días, en Pikara, hablábamos sobre un nuevo espacio de contenido lésbico para Youtube que se nos había ocurrido a Andrea y a mí. June comentó, en clave de humor: “las Andreas, las bolleras de moda”. Nos reímos. “Bueno, Liba es bi, ¿no?”, concluyó. Me dio tal punzada en el estómago que solo pude disimular con una risa y una frase parecida a esta: “nah, ya pasó, llevo un tiempo muy bollera jaja”. June no estaba equivocada, en tanto que era eso lo único que yo había verbalizado en la redacción desde el primer día. Pero en ese momento, la mentira que había tratado de sostener durante toda mi vida sexoafectiva me atravesó el cuerpo y pude tocarla. ¿Por qué en ese instante? ¿Por qué en ese lugar? ¿Por qué de esa forma? No lo sé. Pero se parecía mucho a la sensación de vergüenza que sentía cada vez que comía carne en público cuando intentaba ser vegetariana.

Desde entonces no he parado de pensar en ello y la sensación de estar habitando un cuerpo que no era mío me ha desconsolado las últimas noches. Anteayer me corté el pelo y al llegar a casa pasé media hora frente al espejo asintiendo. Asintiéndome. Qué tontería. Pelo. Si a mí me encanta mi melena larga. Sí, pero esa melena larga era también la melena de una niña bonita que nunca he sido.

Recuerdo cuando tenía unos 6 años. Tuve piojos y mi madre tiró de tijera y me cortó el pelo muchísimo más de lo que a mí me apetecía soportar en el colegio entonces. Le monté un pollo memorable. ¿Por qué? Porque -tachán- me parecía a Andrés. Andrés, “mi novio del cole jeje”. Y, claro, ¿cómo iba yo a parecerme a Andrés, si era mi novio y yo… su novia? De ninguna de las maneras. Ninguna novia se parecía a su novio. Lo pasé mal unos días, pero enseguida se me olvidó. Al fin y al cabo, nunca me ha preocupado demasiado mi apariencia. Y el pelo creció rápido.

Cuando yo tenía 8 años, mi hermana mayor tenía 14 y ya elegía su propia ropa e incluso iba ella misma a comprársela. Lo nunca visto para mí. Empezaba a vestir un poco más rockerilla, un poco fuera de los márgenes de lo que yo inocentemente veía que era la feminidad. Me gustaba. Me flipaba su armario. Tanto que todas las veces que jugamos al escondite yo me escondí allí hasta romper la madera de abajo. (¿Señal? Pot ser.) Y siempre esperaba impaciente a que hiciera limpieza porque eso significaba mercadillo para mí y un paso más en dirección contraria a la ropa de nena que me compraba mi madre. No sé si tiene relación, pero coincide en el tiempo con la época en la que empecé a decirle a toda mi familia que, “por favor, por favor, por favor”, ya estaba bien de vestiditos y camisetitas de flores para mi cumple, que si me compraban ropa, que fueran a la sección de niño. “Esta cría, de verdad, qué cosas tiene jajaja”. “Por favor, de verdad, no quiero ropa más oscura ni nada, no es que quiera pantalones en vez de falda, es que quiero ropa de niño, con o”, insistía yo. Solo una de mis tías, que yo recuerde, me dijo un día: “vale, entendido, a la sección de niño”. Mi padre estaba encantado con eso, supongo que, en cierta parte, porque quizá empezaba a tener por hija al niño que posiblemente siempre quiso. Lo típico.

El caso es que empecé a recoger mi pelo con una coleta muy baja, motivada también, por otra parte, por un fomentado complejo por mis orejas (“pareces Dumbo”, “ponte chinchetas, a ver si se arregla con el tiempo”, “no te pongas la cinta por detrás de las orejas, ya lo que te faltaba”). Sí, yo era, con 8 o 9 años, Pablo Iglesias sin barba. Mi outfit era: pantalones muy anchos, camiseta de manga larga y camiseta de manga corta encima, unos tenis y coleta. Me miraban un poco raro, pero siempre pensé que era porque no me callaba una, ocupaba bastante espacio con mi voz. Un día, subiendo del patio hacia clase (5º de primaria, 9 años), una niña a la que conocía de siempre pero que no era íntima mía, me gritó mientras pasaba por al lado: “¡marimacho!”. Recuerdo perfectamente que pensé: “¿qué es eso?”. Levanté las cejas sin entender nada, aunque sintiéndome un poco mal, porque a esa palabra le había sucedido una risa de burla, y volví a clase. Aquella anécdota se me olvidó hasta años después.

Yo trataba de imitar a mi hermana mayor porque me parecía que era la chica de 15 años más molona que había visto. Las demás me parecían “una pijas”, y mi hermana era guay, porque era diferente. Entonces, por más que ella me echaba a patadas de su habitación porque cada vez que entraba rompía algo, yo nunca paraba de llamar a su puerta. En general, por aquello de que somos scouts y entonces estábamos en activo, vestíamos, generalmente, ropa de monte y movidas así. No estaba mal, me molaba. Pero luego había situaciones sociales en las que, digamos, no pegaba ir con las Salomon llenas de barro. Para esas ocasiones especiales a mí me gustaban los vaqueros, las Converse y las camisas. De cuadros. No tardaron en llegar los “con esa camisa pareces muy bollera”. Para entonces yo ya me había enrollado con la primera chica. Tenía 14. Yo. Ella 16. Ella era hetero y yo no tenía intención de rendirle cuentas a nadie, pero no sentía que estuviera haciendo nada malo. Solo he ocultado una relación en mi vida y es la más reciente. No tuve problema cuando todo el mundo se enteró de que estaba con una chica. Tampoco con la familia. Hasta mi abuela, como buenamente pudo, lo asumió. Aunque hubo preguntas, claro. “Pero entonces, ¿te gustan las chicas?”. Esa fue la primera vez que mentí: “No. Los chicos también”.

A medida que pasaba el tiempo y mi relación con aquella chica avanzaba, se me iban amontonando en la espalda los comentarios: “desde que estás con esta estás más bollera”, “te pongas lo que te pongas te hace bollera”, “esa camisa en una hetero queda guay pero a ti te hace parecer bollera”. No me di cuenta en aquel momento, pero esas palabras llegaron a pesar tanto que acabé comprándome CAMISETAS DE FLORES. Pitillos ajustados de talle alto, mocasines, camisetas estampadas, sujetadores push-up, maquillaje. De repente me detenía frente al espejo para peinarme y me pasaba horas sentada en el suelo con las puertas del armario abiertas. Nunca supe que lo que tenía que hacer era dejar de mirar dentro de él y empezar a mirar dentro de mí.

Esa relación acabó y me lié con un chico de mi clase. Qué rara me sentí. No me desagradó, pero recuerdo estar sentada sobre él en aquel columpio, mientras me hacía un chupetón en el cuello y pensar: “¿qué hostias estoy haciendo?” (por no entrar en el tema de la cultura del chupetón), “¿cómo se coge a un tío para besarlo?”, “¿qué significa ese mordisco?”. Qué chorrada, ¿no? Si somos personas y compartimos código lingüístico. Nada, que no entendía nada. Después fue otra chica y después otra. Sin más ni más. Sí, me gustaban las tías y era sabido por todos. Pero siempre me acompañaba lo mismo. Hacía un comentario sobre un chico y mi padre me decía “pero vamos a ver, ¿tú no eras bollera?”. “No, no, no, no, papá, te lo he dicho mil veces”, respondía yo una y otra vez.

Iba de guay diciendo que yo nunca me había sentido dentro de ningún armario. JÁ. Llego a verme desde fuera y me hubiera dicho: “nena, tú lo que eres es gilipollas”. Claro que te has sentido en el puto armario. Llevas desde que tienes uso de razón pa dentro y pa fuera, abriendo las puertas, encerrándote dentro, robando la ropa que “no te corresponde” y avergonzándote por ello. Recuerdo que mi madre tenía una americana carísima que prefería que no utilizara para jugar por si se manchaba. Cuando me quedaba sola en casa, se la cogía, junto con una camisa y una corbata que quedaba de mi padre en un cajón, me subía a su cama y me miraba en el espejo que tenía justo enfrente mientras le hacía el nudo a la corbata. Pasaba un rato mirándome, haciendo como que era un chico (porque eso una chica no lo hacía, no era lo suyo) y haciendo gestos con la americana, como que me la abrochaba y desabrochaba como veía que lo hacían ellos en las bodas (solo veía a gente trajeada en las bodas, cosa más inútil no había visto en mi vida, por cierto). Cuando oía un sonido de llaves al otro lado de la puerta, me lo quitaba todo y lo volvía a guardar. Llegué a pensar que quizá yo quería ser un chico, pero no tenía ni idea de si eso era posible ni tenía herramientas discursivas, siquiera, para verbalizarlo. Se quedó ahí y yo continué el camino hacia una homosexualidad lo más discreta posible.

Coño, lo pienso ahora y es que estaba haciendo el viaje al revés. En vez salir del armario estaba entrando progresivamente. Todos los besos que me he ahorrado por “no dar el cante”, todas las veces que he mirado a los lados al ir de la mano con otra chica, todas las veces que he hablado en masculino de mis ex, todas las veces que he mentido diciendo que sí había follado con tíos o que he fingido que ya había hecho “unas cuantas pajas”, todas las veces que he especificado que “pero también me gustan los tíos”, todas las veces que he ocultado que estaba en una relación con otra mujer, todas las veces que me “disfrazado de mujer” para ocultar la ya poca pluma que me quedaba, todas las veces que he preferido decir que “era virgen” antes que decir que “había follado con tías” porque entonces haber follado con tías era un pero: “he follado, pero solo con tías”. Era como haber follado menos, como no haber follado del todo. Todas esas veces, he estado irremediable y tristemente dentro del armario. He estado siendo a medias, huyendo de lo que era.

A pesar de que desde los 12-13 años he formado parte de diferentes movimientos sociales (sobre todo, al principio, el movimiento estudiantil) y eso me ha permitido estar en un ambiente, digamos, generoso para el desarrollo de mi identidad, siempre he sentido la necesidad de mantener un pie, o aunque solo fuera la uñita de un dedo, en el campo de lo heteropatriarcalmente “aceptable”. He pasado años intentando con todas mis fuerzas follarme “al enemigo”, como diría Andrea Momoitio. Juro que lo he intentado. Pero solo he logrado siempre salir huyendo y no saber explicarlo. “No era el momento”, “no era la persona”, “no estaba cómoda”, “es que en realidad no me gusta ese tío”. He pasado toda la vida poniendo excusas a quien nunca jamás me las ha pedido. Hasta en Pikara tuve el coño de decir que era bisexual. Joder, que no lo eres, Andrea. Que nunca lo has sido. Que no has podido follarte a un tío porque ni quieres ni te gusta. “Pero si yo cuando me masturbo pienso en tíos”. Mentira. A mitad de fantasía acabas anhelando un espacio no mixto de cuidados y seguridad. “Pero es que me pueden atraer todos los cuerpos”. Es que, querida, no se reduce a eso.

“La heterosexualidad es también un régimen político”. Esto lo escribía Andrea Momoitio hace año y medio en su blog. Ayer me lo recordó una colega entre la primera y la segunda caña y aquel texto que hace un año leí por encima me pasó por encima a mí. Por algún motivo, aunque siempre he vivido mis relaciones sexoafectivas fuera de la heterosexualidad y de la heteronorma y me he dedicado a cuestionarlas, siempre he tenido miedo a desprenderme del todo de lo que yo quizá pensaba que me aseguraba la aceptación, el no abandono, la no soledad.

Hace un tiempo empecé a entenderlo. Mi yo de 6 años, de 8, de 14… no quería ser lo que se suponía que debía, pero quería ser, a secas. Y la bisexualidad, ese medio camino entre la comunión y la irreverencia, digamos que era un espacio seguro para ser bollera. Cuando te reconoces personal y públicamente como lesbiana, dejas, para el heteropatriarcado, de ser follable. Eso significa que dejas de ser mujer. Dejas de ser visible y corres el peligro de dejar de ser. Y yo nunca he sido tan valiente como para prestarme a ello. Hasta ahora. Ahora lo entiendo todo. Ahora, “entiendo”.

Me afino las cuerdas vocales

A veces me aburro de mí misma, pierdo el tiempo, no aprovecho la ocasión ni tomo nota. Yo también me boicoteo, busco excusas, me apoltrono en un rincón. No comprendo, rebusco en el cajón de los errores y solo a mí me encuentro. Tiritando. El acierto es apostar todo a que la próxima vez será otro quien me abra a mí y tirite. A veces apago la música, me pongo en el foco y me veo a mí misma en el futuro en el mismo rincón.

La zona de confort se hace pequeña, me aprieta entre las muelas, y a la vez me consuela y es arropo, y me arrodillo ante la espina que atraviesa mi garganta porque soplo y se disipa la amargura y a vivir -que no es gerundio pero el reloj no para ya ni pa’ mear.

A veces me cuestiono y no me dejo responder, me miro desnuda, me quiero en silencio y me rasgo los dientes intentando romper las dos esquinas del rincón. Levántate. Que no me levanto, que no sé bailar. A veces me hidrato bien los sueños y otras veces me dejo convencer de que es imposible que lluevan pianos. El barro que hoy me cae por los costados es el vino que bebí hace un par de telojuro‘s y ahora se me queda tieso el pecho cuando pienso en navegar el charco que me quedó para amar. No es casualidad que el mundo esté patas arriba, si es que nunca he despegado la cabeza del asfalto.

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Foto: Ángela de la Torre

A veces me aburro de mí misma, pierdo la vergüenza, no me escondo en ningún sitio y me da por cantar. Yo también bailo en la ducha, busco playas donde echar la siesta, deshago la cama -que es lo que nadie nunca me enseñó. Reinterpreto, rebusco en el cajón de los aciertos y solo a mí me encuentro. Respirando. El error es apostar todo a que la próxima vez será otro quien me abra a mí y me corte el aire. A veces subo el volumen, abro la ventana y me veo a mí misma en el presente no teniendo miedo.

Las muelas se me aprietan contra un pecho ajetreado y me arrodillo ante la falsa tersura de la felicidad porque es que inspiro y se me llenan los pulmones de verdad -que no es ni verbo pero está cara y este poco a mí me sabe a libertad.

A veces me formulo y la respuesta es lo de menos, me miro sin ropa –que no es lo mismo que desnuda, sino vacía de cargas-, me quiero en voz alta y me limo las uñas rompiendo el espacio que sobra en la cama. Descansa. Que no descanso, que soñar me sale mal, que quiero hacerme realidad. Uso mis piernas y no dejo que el invierno se me escape de las manos, que el buen frío ayuda a conservar mejor los atardeceres. A veces olvido que tengo la piel seca y afino el piano para que caiga bonito y me invite, aunque sea, a una última nana. El agua que hoy me brota por los poros es el después de la resaca tinta, y ahora ‘se me pone el alma pirata’ cuando pienso en la de versos que aún me quedan por untar bien en mi espalda. No es casualidad que el mundo esté desordenado, si es que nunca he pretendido caminar con cuidado en línea recta.

Las mujeres no morimos por casualidad

Es habitual que una mujer reciba insultos o comentarios de menosprecio y sea objeto de burlas cada vez que se defiende verbalmente de las agresiones machistas que sufre a diario. Es tan común que, a ratos, me da por pensar si es que, efectivamente, somos unas exageradas, unas “putas locas”. Sin embargo, por más reflexiono, la respuesta a esa pregunta siempre es ‘no’. Es ‘no’ porque el ‘sí’ ya lo imponen los hombres por todas nosotras.

Me pongo a recordar en qué momento empecé a ser una “histérica” para los hombres y nunca encuentro el instante exacto, sino una sucesión de situaciones violentas que he vivido o que compañeras, hermanas, han tenido la habitual desgracia de vivir. Voy a resumir tanto como me sea posible:

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Manifestación en Bilbao contra las violencias machistas / 25 de noviembre de 2017

Cuando vuelvo a casa en vacaciones, a mi abuelo o a alguno de mis tíos siempre les da por explicarme cosas. Cosas. Sin más ni más. Y no solo cosas que ignoro, sino también cosas que conozco mejor que ellos. Da igual, ellos sienten la imperiosa necesidad de hacerlo. Recuerdo que cuando vivía con mi padre, ambos salíamos de casa y regresábamos a ella a la misma hora (él para trabajar y yo para acudir a clase y estudiar) y, sin embargo, mientras yo me encargaba poner y quitar la mesa, él se sentaba en el sofá a disfrutar de un rato de televisión.

En clase, mis compañeros me interrumpen continuamente. Al parecer, lo que tengo que decir no es tan importante como para que ellos guarden un poco de silencio. En el metro suelo encontrarme con una invasión de mi espacio vital, ya sea porque un hombre se pega demasiado innecesariamente o porque ocupa su asiento y el mío con sus piernas. Acostumbro a escuchar a mis amigos, chicos, hacer bromas sobre lo fácil que les va a resultar o les ha resultado ligar con una chica al estar borracha.

Suelo sacar las llaves de casa un buen rato antes de llegar a la puerta para entrar lo antes posible, y siempre mirando hacia atrás continuamente. A mi hermana le da miedo ir sola por la calle aun siendo de día. Mi madre es la criada de su pareja. Mis profesoras cobran menos que mis profesores por el mismo trabajo. A mis amigas, sus novios les revisan el móvil. Es muy difícil que sea una mujer la que dé una charla como experta en la universidad. Tengo un profesor que llama ‘princesitas’ a algunas alumnas (y cosas peores).

Hace unas semanas, un chico de unos 13 años le dio un beso a una amiga mía en plena calle porque, sencillamente, le dio la puta gana. Unos días atrás, estaba yo tomando algo en un bar y, tras estar media hora mirándome descaradamente, un señor de unos 60 años comenzó a echarme fotos con su móvil. Continuó haciéndolo después de haberme cambiado a una mesa en el extremo opuesto del bar.

Hace unas semanas, en una discoteca, un chico no paraba de acercarse y tocar a una amiga a pesar de su negativa y tuvimos que irnos. A otra amiga, hace dos meses, un hombre la cogió del brazo mientras iba andando tranquila hacia casa y la invitó a irse a un hotel con él. Tuvo que salir corriendo despavorida. El año pasado, cinco hombres violaron a una chica en Sanfermines. Y en el último año 2017, 98 fueron las mujeres asesinadas a manos de hombres.

Entonces, vuelvo a pararme a pensar, y reparo en unas cuántas cosas:

No se trata de un abuelo sabio y servicial, no es un padre cansado de trabajar, no son compañeros de clase impacientes, no es un hombre al que se le aplastan los genitales por cruzar las piernas, no son amigos graciosos, no es un tío pesado en una discoteca, no es un novio curioso cuyos celos son síntoma del intenso amor que siente hacia su pareja. Claro que no.

Son hombres que han aprendido y asumido desde pequeños que las mujeres somos territorio de conquista. Son hombres que han interiorizado la idea de que pueden mirarnos, hablarnos, increparnos, tocarnos, besarnos, dominarnos, utilizarnos, violarnos y matarnos cuando, como y donde les apetezca.

El asesinato de una mujer no es fruto de una discusión puntual, de un arrebato momentáneo, de una enfermedad mental. No son casos aislados, no son casualidad. Todas las formas de violencia machista responden a un sistema cultural hegemónico denominado ‘heteropatriarcado’ que, a pesar de que la RAE (esa que hasta hace poco definía mujer como “sexo débil”) no quiera incluirlo en el diccionario de la lengua española, existe y supone la supeditación y opresión de la mujer, el dominio del hombre y de la heterosexualidad y el binarismo de género.

No estamos locas. Vivimos en guerra.

Lamentablemente, las mujeres comenzamos a ser asesinadas cuando nuestros abuelos empiezan, desde bien pequeñitas, a explicarnos cosas.

Déjate ser

Déjate ser. Si quieres… ríe aunque no toque, llora porque sí, teme a la muerte y anhélala a ratos, escribe para ti y para cualquiera, sé hipócrita, siente vergüenza y aprende, miéntete conscientemente para descubrir todas tus verdades, rómpete la boca a carcajadas en un baile, folla lento y no termines si no quieres, lánzate al vacío, desaparece, vuelve a renacer si te apetece, date una ducha en la bañera de los dioses cuando tengas miedo y después vuelve al infierno escogido, no te calles ni aunque te amordacen, destroza el bozal, átate de pies y manos cuando no sepas qué hacer, déjate mecer en el Cantábrico. Come lo que puedas, lo que quieras, lo que tus principios te permitan, come para cuidarte, para saciarte, para engordarte de alegría, y después cómete el mundo si te apetece, y si no, mastica bien tus miedos para que no se te hagan bola.

Ahorra, gástalo todo de golpe, dona tu cuerpo a la ciencia inexacta de otro cuerpo, duda, sal huyendo, regresa a ti y a todo, y aprende a bailar bien agarrada a la tristeza. Ponte a prueba y no te superes si no te sale. Sé tú en los tiempos verbales que te dé la gana. Sé cosas nuevas. No anheles ser libre, vive como si pudieras serlo. Acaricia sin poner nombre a la piel.

Y ama. Ama para toda la vida o solo un rato, ama un poco lento, algo más fuerte, algo más torpe. Ama unos segundos, deja de amar y perdónate, y perdona a la vida, y perdona los pisotones de los bailes, las heridas. Ama aunque no sepas cómo hacerlo, ama aunque no sepas si es amor, ama los instantes que te pongan de los nervios, ama a cientos de personas a la vez, ama en silencio y ama a viva voz, a viva piel, saca tu amor por la ventana y contamina tu barrio con ello. Ama a los seres que te regalan el lujo de respirar. Ama las curvas de la vejez, las arrugas de tu alma, la comisura de las caderas menos tonificadas, los dientes manchados de felicidad, las canas, los ojos rojos de llorar, o de fumar.

Ámate. Ámate feliz y ámate insegura. Ámate sin fuerzas, ámate agotada. Ámate. Déjate sentir. Déjate ser. Así, sin apellidos.

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Foto original: Claudia Nicolás

Vista previa

Me amo y me detesto casi a partes iguales, yo también desayuno hipocresía y cada día me reinvento para no dejar de andar. A ratos no me entiendo ni a mí misma, me pongo de los nervios, aterrizo en cualquier cama, bebo vino y desaliento. El miedo me gusta tinto, el agua mejor del tiempo, desconozco bien el techo de mi alma, me acojono, cojo vuelos sin destino. El norte es vuelta casa, una huida hacia mi espíritu sin peajes, sin espigas. Me sobra respirar en esta curva de mi pecho y se me seca la garganta cuando pienso en el futuro. Me torturo cada día y también me hago el amor como si nada, desafino la guitarra a carcajadas y compongo mil canciones con un cúter en mi espalda. He aprendido a dar puntadas de alegría con espinas que ayer mismo me arañaban, y a hacer fuego en los empeines de mis pies para no sentir las puñaladas. Reivindico en cada espejo la tersura de la vida sin barreras a mi ombligo, y me encuentro en el reflejo del delirio, en el puerto de montaña del “yo, mí, me, conmigo”. A las noches en mi tripa son más dulces las caladas, el alquitrán de mis entrañas se resbala y me arrodillo ante el espacio entre mis precipicios. Me vuelvo a amar. Respiro. Miro a cámara, me enfoco las cosquillas. Aquí no hay vista previa. Me sonrío y me disparo hacia la vida.

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Foto original: Ángela de la Torre

El té de la tarde

Hace 204 días que marché de El Aaiún tras nueve días de parón, para mí, en el espacio y el tiempo. Todo se reanudó tan rápido al llegar a España que me quedé sin voz. Me la había dejado anclada a esas decenas de pupilas a las que no fui capaz de volver a mirar en el último adiós. Y desde entonces volver a casa no significa lo mismo.

El mundo es tan grande aquí fuera que se hace difícil hacer sonar vuestra voz. Todo son hagstags, trending topics, likes, enlaces compartidos, oídos que no escuchan, gargantas encabritadas por nimiedades, seguidores que suben y bajan, cuentas corrientes, acuerdos cautivos, móviles rotos, peleas por ver quién sale en la foto…

Y yo solo pienso
en las migas de pan,
en la arena que arde,
en el agua que falta,
en el té de la tarde.

En la melfa que esconde
todas las verdades,
en el cielo infinito,
en la mierda de cables.

En la luz que no llega,
en el rezo invisible,
en los ojos vidriosos,
en la ayuda inservible.

En el cole que acaba,
en el maldito hambre,
en el silencio nocturno,
en la lucha incansable.

Hoy es un día para hacer que el Estado empachado de poder mastique la arena del desierto, para llenar con claveles el fusil que asesina corazones aunque no dispare balas.

Sandrela os sigue echando de menos.

La lucha sigue. Sáhara Libre 

Té

Aprendiendo a hacer té saharaui en los campamentos de refugiados del Sáhara / El Aaiún

Nunca estamos seguras

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Hace una tarde estupenda para ser esto Bilbao, qué extraño y qué bien. Sería un crimen quedarme en casa. Mira, un mensaje del grupo. Que si vamos a tomar algo al centro de la ciudad. Joder, pues claro. Va, me pongo lo primero que pille y fuera.

Hay que ver lo que tarda en llegar el ascensor cuando más ganas tiene una de salir a la calle. Uy, ya está aquí. Si antes lo pienso.

Cero. Uf, tampoco es que haga calor, eh. Pero esta chaqueta servirá, paso de subir otra vez a casa. Total, si voy a estar en un bar y seguramente habrá calefacción. Por lo menos hace sol, que, aunque no caliente demasiado, endulza el paisaje. La verdad es que Bilbao es una ciudad muy bonita. He acertado mudándome aquí para estudiar. Al principio todo es caos y desubicación, pero, joder, tengo dieciocho años, ¿qué más puedo pedir? ¡Ya iré aprendiendo!  En fin, ya debe quedar poco para llegar al sitio en el que hemos quedado. Creo que hay un teatro bastante conocido cerca. No estoy segura. Lo cierto es que debería salir a pasear y explorar la ciudad más a menudo.

La ría es una pasada. Aunque, a decir verdad, hoy parece un poco sucia. Se lo perdono a esta tierra tan bonita. Todo es verde mires donde mires. Es la recompensa por soportar lluvias casi a diario. Mis pupilas lo agradecen. ¡Qué llueva todo lo que tenga que llover, así se caiga el cielo! Qué exagerada soy, me he venido arriba. ¡Uy! Creo que me he pasado la calle. Al final voy a tener que poner el GPS, qué desastre. Bendita herramienta y bendita tecnología, ¿no? Ya estoy. Creo. Ah, sí, ahí están. Qué cabronas, han pedido ya.

Hola, ¿qué tal? Anda que esperáis. Vaya sol hace, ¿eh? Después de estar andando un rato tengo calor y todo. Quién lo diría. Buenas, una caña, por favor. ¿Qué tal el día, chicas? El mío ha sido algo aburrido, pero productivo. ¿Has estado toda la mañana durmiendo? Lo tuyo es un caso aparte. Veo que está siendo un lunes al uso para todas. Da gusto salir, al menos, un rato a tomar el aire. Oíd, he visto el cartel de una obra de teatro. Podríamos ir, creo que estará hasta la semana que viene. Gracias, ¿me cobras ya? Vale, gracias. Hmm qué fresca está.

¿Jugamos al billar? Os aviso que soy muy buena. ¡Venga, moved el culo! Va, yo echo la moneda. Pues hoy he estado practicando con la guitarra y he conseguir aprender a tocar una canción que me encanta. Qué gozada. ¡Bien! Vamos a lisas nosotras. Buen tiro. Sí, llevaba tiempo sin tocar, porque este verano no he parado de hacer cosas, pero ahora lo estoy retomando. He visto en las redes sociales las fotos de tu verano, tampoco lo has pasado mal tú, eh. ¡Mierda! ¿Cómo he sido capaz de meter la negra? Joder, qué mal. Pues nada, se acabó el juego. En fin, no voy a tardar en irme, que tengo que cenar, ducharme y demás antes de acostarme. A ver si quedamos más a menudo, ya que hemos coincidido en la ciudad.

No, tías, no hace falta que me acompañéis, si estoy a diez minutos de casa y hay buen alumbrado público. De verdad, no es necesario. Sí, os avisaré cuando llegue. ¡Agur! Me encanta usar palabras en euskera, ojalá se me pegue aunque sea el acento, qué chorrada.  Uy, pues ha anochecido bastante rápido, con estas se me pasa el tiempo volado. Bueno, me gustan mucho las ciudades en su versión nocturna. La luna y el alumbrado iluminan la ría y se ven los edificios reflejados en el agua. Qué pasada. Voy a echar una foto. Uy, vaya mierda, no se ve casi nada. Bueno, servirá. ¡Hala! Ya son casi las diez. Hoy me tocará acostarme tardísimo, veremos cómo me levanto mañana para ir a clase.  Anda, este edificio tan grande debe de ser el teatro que había por la zona. “Teatro Arriaga”. Vaya nombre. Está guay, seguro que por dentro es enorme y precioso. La fachada es bonita. En fin. Uy, se nota ya la oscuridad. Da un poco de miedo, no hay casi gente por la calle. Excepto ese hombre que, por cierto, viene en la misma dirección que yo. ¿No parece que me mira mucho? A ver si me va a estar siguiendo. No, ¿no? Va, no seas tonta, es un hombre sin más. Tú a lo tuyo. ¿Por qué ando más rápido? En serio, relájate, que no es nada. ¿¡Qué me va a hacer!? Además, a ver si va a ver que aligero el paso y va a pensar que le tengo miedo y eso lo incomoda. Además, es que no le tengo miedo. Ya no queda mucho para llegar a casa, voy a tranquilizarme. ¿A ver? Joder, es que parece como si me estuviera siguiendo, no deja de mirarme. Qué imbécil. Me estoy poniendo de los nervios. Va, voy a caminar como si estuviera tranquila. Si ando rápido o corro se va a pensar que estoy histérica. Y no lo estoy. Casi. Igual me estoy montando una película yo sola y el hombre va a comprar el pan. Me cambio de acera y listo. ¿En serio? Hostia, que se ha cambiado él también. Esto ya no me gusta. Voy a girar por aquí a ver si lo despisto. Venga, por favor, rápido, tengo las piernas ya cansadas. Vale, ya. ¿A ver? No viene. Uf, menos mal. No me estaba siguiendo, si es que soy una paranoica.

Venga, que en dos calles estoy en casa. Creo. ¿O no? Mierda, ¿dónde estoy? Qué desastre, me he perdido. Con los nervios me he desorientado. Menos mal que me queda batería, puedo buscar en el GPS. Bueno, primero voy a avisar a alguien de lo del tipo ese, por si acaso, yo no me fio. “Tía, creo que me ha estado siguiendo un hombre. Vamos, creo que lo he despistado y ya no viene, pero estoy muy nerviosa, tengo miedo”. “No, no vengas, si ya no me sigue, creo que estoy cerca de casa pero no sé dónde exactamente. Era para que lo supieras. Voy a poner el GPS”. A ver, la tercera calle a la derecha, luego la primera a la izquierda y ya estaría. Vale, voy a guardar el móvil a ver si con la tontería me lo van a robar. La verdad es que esta calle ni me suena, ¿cómo narices habré llegado hasta aquí? En fin, rapidito ya para casa, coño, el turismo para otro día. Ya no queda na…¡¡¡AAAAAAH!!! ¿Quién eres? Por favor, no me hagas nada. Por favor. Solo quiero ir a casa, por favor, déjame. ¿A un hotel? No, no, no. Por favor. ¡SUÉLTAME, JODER!

Corre, corre. Mierda, joder, me va a matar, me va a violar, joder, no puedo respirar, corre. ¿Qué coño hago? Me sigue, me está siguiendo. El teléfono, corre, que no se me caiga. Vamos, cógemelo, por favor, rápido. Vamos, va.. “¿Hola? Tía, ven por favor, estoy por la ría. Un tío me ha agarrado del brazo. Estoy corriendo, no sé si viene detrás. Joder, ven por favor, avisa a alguien y ven. Vale. Vale, no tardes por favor”. No puedo respirar, no puedo más. ¿Dónde está? Mierda, no lo veo. Ya no viene. Joder, joder, joder. Va a salir de cualquier lado. No, por favor. Respira. Respira. No está, hay más luz. Venga, enseguida viene ésta a por mí. ¿Dónde está? ¿Por qué no llega? Voy a llamarla. “¿Dónde estás? Tengo mucho miedo, no lo veo, no sé dónde está. Vale, perdona, aquí estoy, no tardes, por favor”. Vale, tranquila, ya llega. Tengo frío. Y calor. Qué mierda todo. Que llegue ya, por favor. No pienso llorar. Vaya basura, qué asco. Joder, ya estoy llorando. Sshh, que no te oigan, que no te oigan. ¡AHÍ ESTÁ! Joder, menos mal. Por fin. Bendito abrazo, lo más cálido desde hace horas. “Gracias por venir, siento la molestia”.

“¿Por qué has venido sola? Ah, joder, gracias. No puedo tranquilizarme, estoy muy nerviosa. Lo siento. Joder, es que soy idiota. Mis amigas… No viene,  ¿no? Estate atenta, por favor. Mis amigas han dicho de acompañarme a casa, pero les he dicho que no porque estaba cerca. Tendría que haberles hecho caso. Soy imbécil. Perdona, siento haberte hecho venir, no sabía a quién llamar. Muchas gracias. Gracias, de verdad. Ya, sé que el problema no es que yo vaya sola y que la solución no es ir acompañada, pero es que no podemos ir tranquilas por la jodida calle. Es enfermizo. No puedo evitar tener miedo. Es que… primero me ha seguido un hombre cerca del teatro Arriaga, ¿lo conoces? Pues ese, al lado de la ría. Y me he puesto muy nerviosa, pero nada, lo he perdido de vista. Y después ya me estaba tranquilizando un poco y, de repente, un tío me ha agarrado súper fuerte del brazo y me ha dicho que si quería irme con él a un hotel. Sí, tía, tal cual. Me he asustado un montón, al principio no podía soltarme. No sé ni cómo he podido escaparme y salir corriendo. Estaba acojonada y pensaba que me seguía pero después he visto que no estaba. Qué mierda. Casi no podía respirar del susto. Creía que me iba a violar o a matar, joder. Necesito llegar a casa ya. Sí, será mejor que me tranquilice. No, gracias, no hace falta, me he dejado la cena preparada”.

Ya estamos, al fin. “Nunca dejaré de darte las gracias. Sí, ya ha pasado todo. Sí, lo he pensado, pero no creo que lo haga. No sabría describirlo físicamente, no recuerdo su cara, ni siquiera sé si se la he llegado a ver. Solo he sido capaz de salir corriendo. No serviría de nada denunciar sin datos. Lo que sí he pensado es escribir sobre ello y contar lo que me ha pasado públicamente. A lo mejor ayudo a otras mujeres. No sé, lo pensaré. Oye, me da miedo que vayas sola a casa. Es muy de noche, ¿y sí te pasa algo? Bueno, vale, pero avísame en cuanto llegues. Muchas gracias, de verdad. ¿Segura? Ya… Ya sé que nunca estamos seguras”.

Grietas

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Salí a respirar y lo hice, me deshice y me recompuse. Pero el nudo permanece en mi garganta. Cada centímetro de universo me recuerda que donde antes habitada la eternidad ahora llueven pianos. Y escuece como una herida abierta sumergida en alcohol, aunque no me he mojado ni los labios.

Tengo la lengua agrietada de lamer mis propias cicatrices y, aún así, no es suficiente. No vine al mundo para fingir con orgullo, mi dignidad reside en el rugir de mis pupilas.

Al respirar

Ocha1

No hay hogar para mi trajín aquí dentro.

Mi día es un vaivén de incómodas concesiones, de ruidosos ruiseñores que maldicen mi presente. Es un vis a vis con Jesse Pinkmann, un ir y venir desde el sol más cálido hasta las nubes más enfermizas, un no saber si perecer es más rentable que no vivir mientras se vive.

Aquí he cumplido estación, ciclo y vida. Sobra mi abrazo y se empalaga mi risa. Aborrezco vivir deprisa e interrumpir mis sueños.

Pero no hay hogar para mi trajín ahí fuera.

¿Cómo saber dónde habito si nadie es puerta de mi casa, si no tengo quien me pise mientras baila, si no hay saliva para trasnochar?

Quiero marchar, pero no quiero llegar a ningún sitio. Me rodea tanta nada que todo se atraganta al respirar.

Morralla

Hace unos días estuve en la pescadería y vi una caja con varios pescados diferentes, algo más pequeños que el resto, de otros colores, otras formas… y esa caja llevaba por nombre “Morralla”. Eso no era novedoso para mí, ya sabía lo que era la morralla y para lo que se solía utilizar: para hacer caldo.

Lo que me inquietó fue advertir que esto también sucede con los seres humanos. Cuando la sociedad observa en ciertas personas unas determinadas características que les parecen diferentes, esta las deja fuera de cualquier “grupo” conceptual o, lo que es peor, las agrupa en algún término improvisadamente despectivo con connotaciones abiertamente despreciativas. Es decir, se somete a aquellas personas que no figuran dentro de los límites de los cánones morales, intelectuales o físicos establecidos a una espiral del silencio, como explicaría Noelle Neumann, en la que la única fuerza gobernante es el inminente, absoluto e irreversible rechazo social a través de conceptos o consignas diseñadas para construir un bien y un mal, un sí y un no, un vales y no vales, de tipos de personas.

Y hablo de tipos de personas para reflejar lo que percibo de la fórmula por la que ha optado la mayor parte de la población humana mundial para encontrarse o saberse parte del planeta que habita. O eres un tipo de persona, o eres otro. No está permitido no formar parte de nada, no definirse, no clasificarse, porque, de esa manera, se pasa a no ser nada, aunque el interior de uno/a esté repleto de un todo inigualable.

Es inquietante comprender que algo que parece tan natural, o mejor dicho, tan innato a la razón humana como es la necesidad de definirse a uno mismo, es, al mismo tiempo, una de las peores condenas a las que somos capaces de someternos en nuestra vida.

Probablemente, los seres más libres de esta intolerante sociedad prefabricada sean, precisamente, aquellos a cuyas verdades ningún poder ni fuerza externa hayan logrado ponerles una miserable etiqueta.