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Un debate a la altura del perejil

Ya me gustaría titular esta columna como “Crónica de una muerte anunciada”, pero es algo que con cierta seguridad no va a ocurrir. Según los datos que alojan las últimas encuestas, el PSOE no solo no está muerto de puertas para adentro -se conoce que su militancia ha creído en todo momento que solo estaba de parranda– sino que además existe posibilidad de remontada de cara a futuras elecciones generales.

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Barómetro del CIS – mayo 2017

Las tres candidaturas a la secretaría general del partido suenan a hueco en lo discursivo y a cuerno quemado en lo estético -que, por otra parte, es algo que también forma parte del discurso-.

Susana Díaz, la duquesa de Villa Recorte, se ha presentado como una inocentona -que, más bien, parecía una inocentada- que nunca ha roto un plato. Como si el 1 de octubre de 2016 nunca hubiera tenido lugar, como si no hubiera sido partícipe del golpe que se llevó por delante al entonces secretario general de su partido y que hizo posible que hoy siga gobernando el partido más corrupto de Europa.

Con tono casi heroico, la andaluza se ha postulado como la única candidata capaz de liderar un proyecto convincente y “100% socialista”. Pero, a pesar de la blusa roja y la mirada de aparente compromiso con la militancia, el discurso ha flaqueado, no porque no supiera transmitir su mensaje, sino porque, a estas alturas, es inevitable advertir a simple vista la incoherencia de sus palabras. Calificaba de “infame” al PP, tras posibilitar su gobierno. Y casi podía percibirse cierto aire Rajoyniano en frases como “El PSOE es mucho PSOE y hay que levantar el PSOE”.

“La izquierda útil de este país es la que cambia la vida de las personas”, decía también Susana Díaz. Pero nada, por más que insistía en posicionarse a la izquierda del tablero ideológico e insultaba ligeramente -tampoco vaya a pasarse- al Partido Popular, las redes denunciaban la realidad.

 

Patxi López ha hecho un gran esfuerzo por estar presente en el debate y evitar la polarización que ya Sánchez, hacia el comienzo del mismo, ha tratado de facilitar mostrando un gráfico en el que solo aparecían su candidatura y la de Susana Díaz. Ha sabido visibilizar su candidatura e, incluso, algunas voces dan por ganador del debate al ex-lehendakari. Sin embargo, el Riverismo -extremo centro celestino frente a los cuchillos voladores- adoptado para evitar la invisibilidad solo ha agudizado su inutilidad, confirmado el desinterés de la militancia hacia su candidatura y hecho más perceptible -si cabía- la estrategia para restar votos a Pedro Sánchez junto a la andaluza.

Su discurso no ha sido excesivamente incoherente puesto que ha apostado por la desideologización del mismo evitando posibles contradicciones. Aun así, y aunque ha conseguido salir bastante airoso del encuentro, nadie olvida que gobernó Euskadi gracias a los votos del PP.

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Y Pedro Sánchez, aparte de sonreír a cámara, solo ha resultado ser un mehafaltadoalgo para sus fieles, un eterno llorón para quienes están a su izquierda en el tablero (al aferrarse al clavo ardiendo, una vez más, del error de la abstención y del “no soy presidente por culpa de Pablo Iglesias”), y un fiasco en lo que a comunicación política se refiere. En algunas tertulias televisivas se le han destacado errores en lo referido al desenvolvimiento del debate respecto a su lenguaje corporal y su dejarse llevar cuando sus contrincantes hacían equipo para ponerlo nervioso.

Ya parecía vacío su discurso cuando, después de basar su campaña para las elecciones del 20-D en la reivindicación del socialismo y del progresismo, pactó con aquellos a quienes denominaba “muy de derechas”. Hoy no ha cambiado de estrategia y se ha presentado como el mártir que no es y con las mismas contradicciones de siempre. Para el 20-D salió con una bandera rojigualda más grande que el escenario en el que se encontraba, en febrero de este año decía que España es plurinacional, hoy que España es una gran nación indivisible. Tener unos ideales para cada día de la semana a veces pasa factura. Ni hacerse eco del 15M ha hecho creíble su postura izquierdista.

En términos generales, el debate ha sido flojo en contenido, en estructura y en desarrollo. No había dinámica excepto en ocasiones puntuales y las propuestas había que mirarlas con lupa o escucharlas con audífono y, aun así, ni rastro. Poco habrá servido a los llamados a votar para decidir, en cualquier caso. El debate real es el que está servido en las redes sociales, los bares y los medios de comunicación desde que el 20 de diciembre el PSOE comenzó a registrar sus peores resultados electorales.

Otro error: el intento, por parte de los tres candidatos, de hacer como que Podemos no existe. Ya les hubiera gustado que la realidad fuese de tal manera, pero, sin embargo, es otra. Podemos no solo existe sino que es parte de fundamental de las turbulencias a las que se enfrenta actualmente el PSOE, no como culpable sino como agente que ha roto el tablero político desde el inicio de la democracia en España. No se entiende el “crecimiento negativo” (usemos términos de moda) del PSOE, es decir, la tendencia vertical hacia abajo de su peso electoral, sin la irrupción de Podemos que, en primera y última instancia, es el partido que le ha comido media tostada.

Un debate alejado de la realidad inservible, una pérdida de tiempo, una muestra más de la decadencia interna del partido. Crónica, más bien, de un ridículo anunciado. Así y con todo, el PSOE crece en las encuestas de cara a unas futuras elecciones generales. La amnesia colectiva de la ciudadanía será el factor determinante, como siempre, del futuro del país.

  • Aquí el Storify de mi seguimiento del debate a través de Twitter.
  • Imagen destacada: Europa Press
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‘Apple Park’ o cómo exponer tu imperio ante el mundo favoreciendo al medio ambiente

El deterioro del medio ambiente y la problemática del cambio climático son ya realidades incuestionables en todo el planeta. Los efectos de estos hechos son palpables, y así lo están pudiendo observar diversos organismos nacionales e internacionales desde hace años. Algunas voces ponen de manifiesto la irreversibilidad de esta notable tendencia al desastre climático global.

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Imagen: National Oceanic and Atmospheric Administration

 

Según informaciones emitidas por Climático, “una iniciativa de World Wildlife Fund que busca fomentar el conocimiento y dinamizar el diálogo sobre el cambio climático entre los latinos en Estados Unidos y sus hogares ancestrales en América Latina”, en Estados Unidos, como en el resto del mundo, se están sufriendo las consecuencias del cambio climático. Altas temperaturas, sequías prolongadas, plagas de insectos, incendios forestales, inundaciones y un largo etcétera de impactos medioambientales.

En Canadá también se han observado alteraciones considerables. Según informaba el diario El Mundo el pasado 15 de febrero, “el deshielo de los glaciares de Canadá y sus masas heladas se ha convertido en uno de los principales responsables de los cambios en el nivel del mar debido a la rapidez con la que se están derritiendo”. Hasta un “1.000% ha crecido el deshielo” en el país en cuestión.

A nivel global, uno de los efectos más notorios es, tal y como pudo informar el pasado enero Reuters de América Latina, el récord de temperaturas mundiales registradas durante el año 2016, el más caluroso “desde que empezaron a registrarse la temperaturas en el siglo XIX”.

Ya son muchos los países, Estados e instituciones o empresas que están poniendo en marcha medidas en esta materia para frenar el calentamiento global y demás efectos de la irresponsabilidad humana. En este sentido cabe exponer la inminente construcción del nuevo campus de Apple en el Valle de Santa Clara (California, EE.UU).  Según relata Expasión, se trata de un espacio de trabajo que no solo contará con 70 hectáreas en las que figurarán multitud de edificios, un gran auditorio, un gimnasio de casi 10.000 metros cuadrados  y demás “curiosidades arquitectónicas” que ponen de manifiesto el poder del imperio Apple, sino que –he aquí lo que nos es interesante en este caso- en el conjunto de tal espacio, el Apple Park “sustituirá más de 46 hectáreas de asfalto con más de 9.000 árboles autóctonos y resistentes a la sequía, y funcionará exclusivamente con energías renovables”.

Ello, además de una millonaria inversión en la tarea de seguir expandiendo la empresa, supone lo que parece poder entenderse como una estrategia comunicativa con los valores de responsabilidad social y medioambiental como eje central. Tal vez esta nueva apuesta del que fuera el imperio de Steve Jobs logre acallar algunas de las múltiples críticas que a sus productos y a su desarrollo empresarial se han emitido.

 

 

 

¿Nos gusta que nos roben?

No he utilizado la palabra corrupción en el titular porque intuyo que casi nadie entraría a leer el artículo. Parece que ya no interesa. ¿Efectivamente es así?

Según los indicadores del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el paro y la corrupción son, por ese orden, los asuntos que más preocupan a la ciudadanía española, aunque este último ha bajado 13,7 puntos desde febrero del pasado año. A ello le siguen los problemas económicos y “los políticos en general, los partidos políticos y la política”.

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Captura parcial de los indicadores del CIS

A pesar de ser la corrupción la segunda variable que más preocupa a los y las ciudadanas  y del hartazgo con respecto a lo que podríamos denominar la “clase política” (los matices de esta cuestión se abordarán en otro artículo), esta coyuntura ya no tan coyuntural sino más bien estructural, no parece provocar reacción concreta alguna. Esto puede comprobarse atendiendo a los resultados de los últimos comicios y a los últimos barómetros, que sitúan al partido en el que más casos de corrupción están siendo juzgados e investigados en los últimos años como claro y continuo ganador.

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Gráfico estimación de voto en elecciones generales / Metroscopia

El Partido Popular ha de estar frotándose las manos, pues las últimas resoluciones judiciales por casos de corrupción están pasando casi desapercibidas ante la espectacularización del proceso de primarias en Podemos, entre otras cosas, que está copando informativos y portadas. Cabe, entonces, bajar a la arena y hacer hincapié en lo verdaderamente alarmante.

Según relata eldiario.es, “el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJ) ha condenado a 13 años de prisión a los cabecillas de la trama Gürtel, Francisco Correa y Pablo Crespo; a 12 a su lugarteniente Álvaro Pérez ‘El Bigotes’ y a 9 una exconsellera del PP, Milagrosa Martínez, por la operación urdida para conceder de manera irregular varias adjudicaciones de la Generalitat entre 2004 y 2009, cuando el PP gobernaba la Comunidad Valenciana, a empresas de la trama. Correa, Pérez y Crespo son culpables de tres delitos: Asociación ilícita, cohecho activo y tráfico de influencias”.

Además, el pasado miércoles se confirmó que el ex-ministro de Economía, Rodrigo Rato, cobró de varias empresas del IBEX cuando era Vicepresidente del Gobierno con Aznar, a través de una sociedad constituida con sus hermanos, con la intención de “lograr contratos de las empresas públicas del momento: Endesa, Retevisión, Altadis o Paradores, entre otras”,  según ha informado también eldiario.es.

Estas, como digo, son las últimas informaciones obtenidas, pero a ellas las han precedido decenas de otros hechos de igual bajeza moral. Las escandalosas cifras, que se pueden consultar en los enlaces adjuntos, son la cuestión de menor importancia en este proceso de continuo fraude al contribuyente. Es difícil afinar el porqué del aparente pasotismo ciudadano ante las evidencias, el porqué de la normalización de estas peripecias que no cesan.

¿La sobrecarga de casos de corrupción ha normalizado, efectivamente, la operación de expolio que está llevando a cabo desde hace años el partido de gobierno? ¿La palabra corrupción ha dejado de crear alarma? ¿El ‘exceso’ de información, fruto de los múltiples casos, ha hecho que se asuma impasiblemente esta situación de desvergüenza? ¿Se ha llegado al punto en el que el hecho de ser ‘atracados’ y ‘atracadas’ continuamente está perdonado de antemano?

Hace unos días, en Rumanía, la población consiguió que se derogara un decreto aprobado por el Gobierno que despenalizaba los casos de corrupción por debajo de los 44.000€.  Fue a partir de multitudinarias manifestaciones en la calle como, finalmente, se revertió la impudicia del gobierno. En España, a pesar de haber tenido lugar en toda su historia y solo que se conozcan casi 100 casos de corrupción, estos no han tenido excesivas consecuencias judiciales. Y, más preocupante aún, no han tenido, en absoluto, consecuencias políticas ni sociales.

Según un mapa de corrupción elaborado por El Mundo en 2014 (hoy son más los casos), solo 82/483 implicados han sido condenados, y, de estos últimos, solo 28 han estado o están en prisión. Son datos no actualizados, pero a la vista de acontecimientos más recientes, la tendencia no ha variado en demasía.

Cabría hacerse unas cuantas preguntas: ¿Nos gusta que nos roben, o es que ni siquiera sentimos que nos lo estén haciendo? ¿Tenemos consciencia de la importancia de los servicios sociales y del necesario mantenimiento de los mismos para la mejor gestión de nuestras vidas? ¿Somos conscientes de que la corrupción, esa palabra ya tan explotada que ni parece doler, supone el robo explícito de los fondos que entre todos y todas llenamos cada día y que han de responder ante las necesidades sociales y no ante la codicia de unos pocos? ¿Sentimos como nuestras la sanidad, educación, transporte, pensiones, públicas? ¿De alguna manera, estamos contribuyendo al desmantelamiento de las mismas y, por consiguiente, al fomento del discurso de la inutilidad de estas?

A menudo se banalizan los debates haciendo sonar la palabra populismo. Si hablas explícitamente los problemas cotidianos de la gente, estás siendo populista. Sería bastante más útil observar lo que tienen de realidad ciertos discursos. Es verdad que si se vacía la hucha de las pensiones para solventar problemas que no hemos causado nosotras y nosotros, nuestros y nuestras mayores van a tener (como ya están teniendo que hacer) que elegir entre pagar la luz y comer.

Es verdad que, si se desvían fondos necesarios para cubrir las demandas educativas, el estudiantado no va a tener ni tizas para escribir en la pizarra, y los docentes van a ver mermadas sus posibilidades de desarrollo educativo en las aulas y frustradas sus condiciones de calidad laboral. Es verdad que si se adjudican obras a multinacionales se está perjudicando a la pequeña y mediana empresa y que ello se traduce en que la mayoría de familias van a tener que hacer malabares para llenar la nevera (porque las pymes representan el 99’9% del total de empresas en España, aunque se pretenda hacer ver otra cosa).

Es verdad que las relaciones que mantienen, en clave económica, miembros del gobierno con empresas estratégicas y el establecimiento de mecanismos para favorecer sus intereses mutuamente se traduce en que familias enteras no puedan poner la calefacción, ducharse con agua caliente, o que una señora muera incendiada por tener que usar velas por no poder pagar la luz.

Todo lo relatado, y muchas más cosas, forma parte de la realidad y es imprescindible entender que la relación entre la corrupción y las medidas políticas poco éticas con los problemas cotidianos de la gente son reales. Que las prácticas indecentes llevadas a cabo por quienes gobiernan afectan directamente a nuestra posibilidad de comprar la barra de pan de hoy. No es populismo, es afinar y traducir la realidad.

La corrupción es una lacra que hay que exterminar, no solo condenar verbalmente. Normalizar la desvergüenza es perpetuarla.

A 2017 le pido intolerancia

Sería infinitamente más útil, o, como mínimo, definitivamente menos agotador, que todas y cada una de esas personas que expresan sus mayores (y poco originales) deseos para el año que comienza a través de Facebook y otras redes, interrumpiendo el flujo de información interesante, lo hicieran por otras vías. Por ejemplo, para sí mismos. Se sorprenderían de lo placentero que es mantener una conversación con una misma sin romper el maravilloso silencio de las demás.

El caso es que, como esta práctica/bombardeo innecesario es algo que desequilibra mi paz interior cada enero, he decidido compartir mis anhelos también, a ver si puedo desequilibrar un poco la tranquilidad interior de algunas de mis iguales. No obstante, seré breve.

A 2017, sí, le pido intolerancia.

Pido intolerancia a la escandalosa, estresante, demoledora y, como diría un grande que se acaba de marchar, líquida rutina que nos aprieta la garganta cada día. Pido intolerancia a los parches emocionales, a la contaminación y al aceite de palma. Pido intolerancia a la criminalización de la protesta ciudadana, a la represión de los pueblos a manos de las fuerzas armadas y a los Estados fascistas democratizados.

Pido intolerancia al maltrato animal, al maltrato psicológico hacia el prójimo, al maltrato físico, al maltrato. Pido intolerancia al machismo, al que se ve y se oye, y al que casi no se puede percibir.  Pido intolerancia a la falta de calidad informativa, a la manipulación de los medios, a la permanencia en prime time de personas que difaman, calumnian, mienten. Pido intolerancia a la corrupción, al adueñamiento de unos pocos de la Patria, de la cultura popular y de los valores de los pueblos. Intolerancia a la usurpación de la hegemonía.

Pido intolerancia al arrebatamiento de la libertad de las personas, de los animales y de todos los seres vivos que habitan el planeta. Pido intolerancia al aniquilamiento de la Madre Tierra, al consumo compulsivo y a la devaluación de la felicidad como camino y objetivo vital. Pido intolerancia a la explotación, la opresión, la hemorragia de la clase obrera, de los trabajadores y las trabajadoras (la mayoría social).

Pido intolerancia al egoísmo, a la deshumanización de las naciones, al cierre de fronteras y a la vulneración de los Derechos Humanos. Pido intolerancia a la alienación de la ciudadanía, al racismo y la xenofobia, a la pobreza energética y al abandono de nuestras iguales en la calle. Pido intolerancia a los desahucios, al hambre de nuestras vecinas y a los recortes en sentido común. Pido intolerancia al desmantelamiento de lo público: Educación, sanidad, pensiones, transporte.

Pido intolerancia al abuso de poder, a la violencia institucional, a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, a la desigualdad en general y a la discriminación. Pido intolerancia al fascismo, a la homofobia, a la experimentación con animales, a la asfixia de las pymes y a la colonización de los territorios y de los pueblos. Pido intolerancia a la provocación, la participación y el fomento de las guerras.

Pido intolerancia al autoritarismo, a la supeditación de la vida a las redes sociales, al dominio privado de los medios de producción y a los feminicidios. Pido intolerancia a la conservación de símbolos franquistas (fascistas), al olvido de nuestra historia y a las carencias democráticas. Intolerancia a la falta de solidaridad, de justicia, de equidad, de tranquilidad, de amor.

La intolerancia, a veces, se hace necesaria.

[Foto: Pixabay]

“No puedes no conocer a The Beatles”

Hay voces que gritan -porque no queda otra- que la invasión y el expolio de América fue el acto de inauguración oficial del capitalismo más salvaje. Luis Nitrihual recordaba hace unos días, en el contexto de una conferencia sobre la estructura de medios en América Latina, que la llegada de la modernidad y el progreso al continente llevó consigo poco menos que un “desarrollo frustrado del capitalismo” que comentaba antes, pues en lugar de permitir el desarrollo de una industria propia e independiente a los pueblos latinoamericanos, se apostó por la extracción abusiva de materias primas mediante la explotación de las tierras para una posterior producción de bienes en Europa. Dejando así, a estos, en la más absoluta situación de indefensión y dependencia económica. Es la enésima muestra de un ejercicio de desvergüenza en la historia de la humanidad.

Así contado, en un cutrísimo párrafo de ciento treinta y nueve palabras, suena frívolo y casi pueril. Y es una lástima, pero no tenemos la culpa de ser vividos –que no vivir- en la era del neofascismo democratizado cuyas ciudadanías crecen, se reproducen y mueren –convencidas de la idoneidad del mismo- desprovistas de cualquier fórmula de empoderamiento y control de la propia vida. Tampoco tenemos culpa de tener el discurso limitado a trescientas palabras en las que, además de contar todo lo que se sucede en su mundo, tenemos que demostrar que hemos leído Territorio Comanche del muy español y mucho español Pérez Reverte, que las mesas de nuestras casas están bien calzadas con Los pilares de la Tierra,  que tenemos una opinión formada sobre la cobra de Bisbal a Chenoa y que nos gustan The Beatles. No vaya a ser que en la esfera pública se empiece a leer a Bakunin.

¿O sí?

 

 

¿Para qué país informa El País?

El 7 de mayo de 2014, El País titulaba en portada: “El bipartidismo recupera vigor ante las elecciones europeas”. Craso error.

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19 días más tarde se veía obligado a modificar sus palabras ante la inesperada irrupción de PODEMOS en el Parlamento Europeo con 5 escaños. Como dijo Nacho Escolar en el contexto de una conferencia en la Universidad de Castilla-La Mancha hace algunas semanas, en las últimas elecciones europeas los medios de comunicación no vieron –o no quisieron ver- lo que estaba pasando. Ellos titulaban una cosa, y en la calle sucedía otra. Ellos abogaban por la continuidad del sistema de partidos vigente entonces y, entretanto, la gente votaba diferente en las urnas.

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Cinco escaños en Europa, varios de los principales ayuntamientos españoles como Madrid y Barcelona en manos de candidaturas de unidad popular, y 71 diputados en el Congreso después, El País parecía haberse dado cuenta de la realidad que no alcanzaban a ver con claridad (aunque su respuesta ante tal evidencia no ha sido sino una ferviente apuesta por ser trampolín de ese hegemónico discurso que ya no se sostiene).

Hoy, El País vuelve a titular parecido a 2014 tras el acuerdo sobre el salario mínimo interprofesional por parte de PP y PSOE: “PP y PSOE vuelven a dominar la acción política”. Aunque, todo hay que decirlo, esta vez el tamaño de letra es bastante más pequeño. Ello puede ser síntoma de que el titular no es más que otra falacia añadida a la larga lista de mentiras que profesan estos medios de desinformación.

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Los hechos han sido otros: Unidxs Podemos llevó al Congreso una Proposición de Ley para subir el salario mínimo a 800€ el primer año y llegar a los 950€ al final de la legislatura, sin posibilidad de bajar en ningún caso. Se aprobó la toma en consideración de la misma con los votos a favor del PSOE y la abstención de Ciudadanos. Fue entonces cuando el PSOE regaló otro poco más de soberbia al PP pactando con este la “bajada de la subida” del SMI, en resumen, en vez de a 800€, se subirá a 707€ y además habrá pacto con los presupuestos (PGE).

A continuación, el PSOE presume de haber presionado al PP y haber conseguido, así, una subida del salario mínimo y El País, junto con otros medios, muestran en sus páginas algo así como que el bipartidismo es el que realmente trabaja en el Congreso y hace cosas por mejorar “la vida de los españoles” mucho españoles y muy españoles.

Ñeh. No termina de convencer. Como digo, hoy El País vuelve equivocarse en sus informaciones, pero con una diferencia notoria: esta vez no le será necesario rectificar porque, a estas alturas, poca gente cree en el relato de la realidad que este ofrece.

Vísteme despacio que tengo PRISA

Una vez más, un medio de gran tirada vuelve a actuar en fomento de su propia pérdida de credibilidad. El mismo día que se conoce que, finalmente, el partido de Albert Rivera tiene que indemnizar a su exjefa de prensa por acoso laboral, a Cebrián se le ocurre que cortar la frase de una declaración de Pablo Iglesias por donde convenga para hacer creer poco menos que el líder de Podemos está en contra de que las mujeres estén presentes en la vida política, es una buena idea. Qué jugada, maestro. Craso error.

Sin duda alguna ha dado frutos, pero a la inversa de como estaba previsto. Desde un tiempo a esta parte, la gente ha aprendido que hay que vestirse despacio cuando se tiene PRISA, porque luego pasa lo que pasa. Y ya se empieza a estar muy por encima de cualquier estrategia de manipulación. Con el hagstag #CortaPegaConPRISA ha advertido el intento de tergiversación de la cadena SER. Parece que algunos medios encuentran utilidad en Twitter cuando se trata de encontrar fuentes -las que sean y como sean- para lanzar noticias por doquier, pero no alcanzan a sortear la contra-utilidad de esta misma red social de manos de las lectoras, espectadoras, oyentes, cada día -y por suerte- más críticas.

De todas es sabido que la censura, como tal, no existe en España, pero que sí están activos diversos mecanismos -casi imperceptibles- que propician la autocensura o el acato de según que prácticas por parte de quien finalmente sostiene el bolígrafo. ¿Es lamentable? Bueno, claro, pero más lamentable es –reitero lo dicho en columnas anteriores- querer encontrar periodismo “en medios de comunicación cuya situación de dependencia económica les impide hacer tal cosa”.

[Foto: Wikimedia Commons]

Buscando periodismo donde no lo hay

¿Todos los medios han perdido credibilidad, u otorgamos la responsabilidad de tenerla a los medios equivocados? ¿Por qué insistimos en que ABC, El País, El Mundo, Antena 3, La Sexta, la cadena SER, y un largo etcétera tienen que ser los medios de referencia, y nos quejamos cada vez que no nos reconocemos en ellos? ¿Qué nos hace seguir manteniendo la aplicación de la SER en el móvil, seguir interrumpiendo nuestras comidas porque “empieza el Telediario” o continuar acompañando el café del desayuno con un periódico que no nos dice nada entre las manos?

Cabe recordar, además, que comunicación no es sinónimo de periodismo. El entretenimiento está bien, pero no es periodismo, es otra cosa. La banalización de los debates políticos y la espectacularización de la información, está bien, pero no es periodismo, es otra cosa. La cobertura y divulgación de los aspectos más morbosos de un suceso está bien –bueno, eso es discutible ciertamente-, pero no es periodismo, es otra cosa. Los constantes e incesantes flashes informativos en forma de tweets están bien, pero no es periodismo, es otra cosa. El copia y pega de declaraciones oficiales o de notas de prensa está bien, pero no es periodismo, es otra cosa. En definitiva, la comunicación, sea en el formato que sea, está bien, pero no es periodismo, es otra cosa.

Pascual Serrano, seguramente, diría que esa otra cosa es “una mierda”. Yo más optimista soy y prefiero entenderlo como una manera de entretener y de amenizar los aspectos duros de la realidad social y política de forma dinámica, en constante proceso de ‘novedosidad’. Permítanme la invención de la palabra. Como unos legítimos procesos de creación más artística que periodística en unos espacios y tiempos generosos para con la difusión y aceptación de los mismos.

No se trata de desacreditar los trabajos de cuantos se dedican al mundo de la comunicación y de la información, sino sencillamente de llamar a las cosas por su nombre, o mejor dicho –ya que a mí no me gustan las etiquetas-, de no llamar a las cosas por un nombre que definitivamente no les corresponde.

El hecho de que a casi todo lo que sale en la televisión, a casi todo lo que aparece en la prensa, a casi todo lo que suena por radio y a casi todo lo que nos ofrecen las redes sociales, queramos llamarlo Periodismo es uno de los motivos por los que este está siendo objeto de desaprobación y víctima de esa pérdida de credibilidad que los periodistas asumen como una lacra o inconveniencia que hay que paliar lo más rápidamente posible.

Sería infinitamente más útil dejar de buscar periodismo de calidad en aquellos medios de comunicación cuyas situaciones de dependencia económica les impiden hacer tal cosa. Las publicaciones alternativas tendrán, algún día, el lugar de prestigio que merecen.

[Foto: Pixabay]

Crisis del periodismo: ¿Volvemos al siglo XIX?

Por situarnos un poco: En el siglo XIX lo que había era periodismo de partido puro y duro. Un periodismo que estaba concebido como una herramienta de propaganda de un determinado partido político más que como un órgano a través de cual informar verazmente a los lectores y las lectoras. El periodista, entonces, no era sino un militante que vivía más de la política que de su trabajo periodístico. Esto fue así hasta que, ya en el siglo XX, empezaron a aflorar empresas cuyo ámbito de actuación o desarrollo iba a ser el de la comunicación. Este nuevo modelo de periodismo como negocio, que se ha dilatado hasta nuestros días, tenía como fin último la producción de beneficios económicos y la influencia política de manera teóricamente indirecta. Además, de esta forma el periodista ya pasa a vivir de la profesión, profesionalizada esta (valga la redundancia).

¿Qué ocurre hoy? Se habla de crisis de financiación de los medios, de crisis de pluralismo, de crisis de dependencia, de crisis ético-deontológica. Y dichos aspectos son dignos de ser debatidos profundamente. Pero, ¿y si estamos asistiendo, además, a una nueva transformación del modelo de periodismo que viaja más bien atrás en el tiempo? Cabría preguntarse si, al menos en España, el periodismo de empresa –dentro de las características  fijas que lo definían originalmente- está en parcial retroceso. Se teoriza pesando en la falta de pluralismo sin advertir que, tal vez, el periodismo plural nunca haya existido, no tenga ahora cabida o, para más inri, no sea factible ni en términos teóricos ni en términos prácticos. Y también se agoniza buscando la manera de alcanzar el ideal de objetividad en los medios informativos, lo cual parece sencillamente imposible.

Pensemos en la realidad actual de los medios de comunicación: Se trata de empresas dedicadas al mundo de la información que, por su condición de empresas anhelantes de beneficios millonarios, establecen una serie de confluencias e intereses empresariales y políticas que acaban por determinar las líneas editoriales de los mismos y, en última instancia, la senda del bolígrafo del periodista que redacta las piezas informativas. Eso, a nivel general. Por otra parte, en España puede realizarse una clasificación ideológica e incluso partidista de los medios de manera alarmantemente fácil. Entonces, ¿no es esto una especie de “periodismo empresarial de partido”? Se ha establecido la dinámica empresarial a un ejercicio periodístico potencialmente partidista. Es un híbrido entre los dos modelos anteriores.

Hace unos días, veintidós medios de comunicación críticos alternativos acordaron el inicio de un ejercicio periodístico cooperativo. Veintidós medios, ni más ni menos. ¿Crisis de pluralismo? No tiene por qué. Más bien, necesidad de reinventar el periodismo crítico, el periodismo que exige rendición de cuentas al poder, el periodismo como “guardián de la democracia”. Pero, ¿está ese ideal de periodismo exento de sesgos ideológicos? Tal cosa parece no existir, como ya se ha visto.  Esta veintena de medios de comunicación, entre los que se encuentran Diagonal, La Marea y/o Píkara Magazín, son medios cuyo ejercicio profesional parece estar en consonancia –con obvias transformaciones diferenciadoras- con aquel periodismo del siglo XIX en que el periodista era militante de un determinado partido político. Hoy no se hace de forma directa, pero en las publicaciones citadas se puede observar la adhesión a unos determinados valores comunes, fundamentalmente progresistas en este caso, que establecen una línea editorial clara a pesar de que no se encuentre una comunión concreta con ningún partido a lo largo de sus páginas o trabajos.

Es una posibilidad que parte de la crisis actual de los medios de comunicación tenga que ver con el hecho de no saberse parte de ningún tipo de periodismo. Esto es, con pasar por alto que, tal vez, uno de los aspectos que hacen perder credibilidad a los medios no es sino la no asunción de que el periodismo en profundidad, el periodismo de investigación, el periodismo comprometido, el periodismo crítico, el periodismo que parece faltar pero que en realidad existe –solo hay que buscar-, es un periodismo militante, un periodismo que no puede ser imparcial, que no puede concebirse como una fábrica imparable de datos noticiosos.

¿Es también una crisis de auto-reconocimiento?

 

 

[Foto: fascinanteprensaescrita.blogspot.com]

La chaqueta de pana que nunca fue

Un hombre de edad avanzada se preguntaba hace unos días, desde el meollo de la protesta en Ferraz como consecuencia de la llamada crisis histórica del PSOE, que “dónde ha quedado la chaqueta de pana”. Seamos realistas, la chaqueta de pana la colgó Felipe González en un perchero en el 82, y ni Sánchez se la ha vuelto a poner. La chaqueta de pana fue una ilusión prefabricada para unos comicios que, como con la OTAN pero al revés: “PSOE, de entrada sí”. Pero no. No olvidemos a Krahe.

El socialismo en España, en lo que al PSOE se refiere, solo ha estado presente en los corazones de la clase obrera, jamás en las instituciones. Para dar cuenta de ello no hace falta rebuscar mucho: la OTAN, la reconversión industrial de la década de los 80 (que supuso el desmantelamiento de una parte muy importante de la industria pesada por medio de recortes en la capacidad productiva de las empresas), el caso Juan Guerra (enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias), el caso Filesa (empresa fantasma para financiar al partido de manera ilegal a través de cobros de informes falsos a cambio de adjudicaciones de contrato públicos), el “decretazo” del 92 (recortes en las prestaciones por desempleo), los GAL, el art. 135 CE (se modifica para anteponer el pago de la deuda), pacto del PSOE con el PP que desviaba las inversiones de la UE fuera de Euskadi y Cataluña, el endurecimiento del Código Penal, las reformas laborales. Y un largo etcétera en el que se debe incluir el pacto con la niña de Rajoy: Ciudadanos; ese pacto que, según indicó el propio Albert Rivera, podía aceptar también el PP.

Por resumir brevemente: desde que Largo Caballero propiciara la colaboración del PSOE con la dictadura de Primo de Rivera (1923) hasta el acuerdo a pachas de Pedro Sánchez con el tipo que se presentó a las europeas con un partido de extrema derecha -Albert Rivera-, el partido socialista ha tratado de tomar el pelo a todo el que se le ha puesto por delante haciendo creer que representaban los intereses de la mayoría social. Hace tiempo que dejaron de ser “odiados por los que envenenan y roban al pueblo”, tanto como el que hace que empezaron a ser parte del poder que oprime y expolia al mismo.

Sería, entonces, conveniente advertir que la ‘guerra’ actual del PSOE ni es actual ni es ideológica, como se quiere hacer pensar desde los medios de comunicación. Desde el comienzo de la historia del partido socialista, han sido evidentes e irremediables las disputas entre miembros de la cúpula, pero nunca por una cuestión de principios más que de poder. Este ha sido siempre un partido de burgueses cuyo paripé -o postureo, como se diría hoy- y conjunto de diversas concesiones a la clase obrera para mantener a la misma calmada viendo el fútbol ha hecho que, a octubre de 2016, todavía haya gente en la puerta de su sede gritando el nombre del ya exsecretario general que creían ‘fiel al izquierdismo y a su palabra’. En otras palabras, se ha conseguido, tanto desde el partido como desde la prensa, que la gente siga pensando que existe un PSOE de izquierdas oprimido por el otro PSOE, el de derechas o el acomodado al liberalismo; cuando la realidad parece más bien otra que ya en mayo de 2011 empezaron a gritar unas cuantas voces en Sol: <<PSOE y PP, la misma…>>.

Por su parte, Sánchez ha sabido jugar bien sus cartas. Engañó a la ciudadanía en las campañas electorales de los dos últimos comicios vendiendo un proyecto de izquierdas que no pensaba poner en práctica (a las pruebas se puede uno remitir), y ahora, gracias a los últimos acontecimientos en el 70 de la calle Ferraz de Madrid, ha conseguido constituirse a sí mismo en la imagen de mártir socialista al dimitir de su cargo abanderado del ‘no es no’ a Rajoy.

Ha sido una jugada maestra, pues se ha dedicado a hacer tiempo -o, mejor dicho, a gastarlo- diciendo que quería un gobierno de progreso sin hacer nada por conseguirlo, hasta llegar a un punto de no retorno en el que no queda margen para renegociar un gobierno con Unidas Podemos, y la dimisión y consiguiente abstención en favor de Rajoy se vuelve irremediable. Se ha ahorrado justificar su ego -reflejado en su deseo de gobernar en solitario con el peor resultado de la historia del PSOE-, ha dado un paso atrás permitiendo a los que no se presentan a las elecciones que propicien otra legislatura del Movimiento Nacional, y se ha retirado a su domicilio particular a estudiar con tranquilidad la forma de ganar las primarias (a las que, según Revilla, se piensa presentar) a golpe de lágrima ante los más leales y afligidos militantes. Si es que a estas alturas queda alguno.

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En opinión de las manos que escriben estas líneas, el PSOE, en su conjunto, no está en estos momentos más que recibiendo lo que ha estado sembrando casi desde su fundación, y, por tanto, no merece más que el necesario ‘Game Over’ que deje descansar a los engañados (a los de verdad, no al exconsejero de Gas Natural) y reactive la indispensable acción social directa de la gente en la calle. Como diría el Nega de Los Chikos del Maíz, “solo el pueblo salva al pueblo, os lo aseguro”.

De aquí a la duodécima uva veremos si a Sánchez le ha dado tiempo a desempolvar la chaqueta de pana, o si, por el contrario, la gente ha decidido enterrar en cal viva el puño y la rosa.