Leer, lo que se dice leer…

De mi familia soy la que tengo fama de devorar libros desde que recuerdo, de leer por encima de las posibilidades de cualquier ser humano. De pequeña, si tocaba tener la Play Station porque así lo decían los anuncios de la tele previos a la noche de reyes magos, yo pedía que al menos viniera con juegos de hacer palabras. Si tocaba cumpleaños, yo pedía libros. Si había jornada de actividades y juegos varios en el instituto, yo me inscribía en el Pasalabra del profe de lengua. Si había tiempo muerto con amigas de no saber que hacer, yo en vez de juegos de manos prefería las palabras encadenadas. Gané algún concurso literario en el instituto y esas cosas a las que nos apuntamos, forzadas casi siempre por una amiga, las que en vez de coleccionar cromos coleccionábamos las tiras de Mafalda o los libros de Kika Superbruja y nos sabíamos de memoria los poemas de Gloria Fuertes. Unos 4 de los tropecientos años que parece que llevo en la universidad, me los he pasado dejándome la vista leyendo prensa por el día y ensayo a la noche. En fin, que mi madre creció conmigo pensando que había gestado a una especie de obsesa por la literatura.

Pero hoy tengo que decirle una verdad a mi madre, y se la voy a decir cantando al ritmo de Rozalén: mamá, “leer, lo que se dice leer… leer, leer, leer… no leo”. Fuera de broma, hace meses que no leo. Y no acaba ahí el asunto. Hace meses que no leo, con el ebook ese no me apaño, hace años que no quiero que cualquiera me regale un libro y, ya lo siento, pero no llegué ni a empezar ‘La historia interminable’ de Michael Ende. Y mira que yo no hago ascos a nada que esté disponible para leer, así sea de tapa dura o blanda, en papel o digital, sea un libro o un ticket de la compra. Pero es que resulta que no, hace mucho que no leo cualquier cosa. Y no, no conozco a todos los autores, más que nada porque hace mucho que solo voy en busca y captura de las autoras que nunca estudié en el cole. Y no, no he gastado más en libros que en billetes de viaje para ver a otras personas a pesar de tener, cada vez más, el pecho cargado de ganas de estar sola.

Hace meses que no leo por muchos motivos. El primero de todos y el que más vergüenza me da: porque no me apetece una mierda. No leo novelas porque hace tiempo que me aburren. Por más que me he resistido, al final se me ha adaptado el cerebro a la sangrante tendencia multitarea y me cuesta concentrarme y terminar lo que empiezo. Hace meses que no leo porque no tengo tiempo y el tiempo que tengo lo utilizo para lavarme la ropa que ya estoy casi sin bragas, fregar los platos que llegan al techo, sacar la basura que ya huele, limpiar el aseo que no hay quien se siente a cagar a gusto, hacer la compra que solo me queda medio tomate en el frigo, cocinarme unas lentejas que estoy hasta el coño de comer un bocadillo rápido de lunes a viernes… Y dormir. Y sentarme en la plaza del barrio a mirar al sol a la cara. Y tomarme un té en un recipiente que no sea para llevar.

Hay un millón de libros que quiero leer. Que quiero de leer de verdad, que me muero de ganas por tener entre mis manos y pasarme noches en vela. De esos que te apagan el móvil solo con olerlos, después de leer la dedicatoria inicial. De esos que no puedes evitar subrayar hasta el absurdo. Y hay otro millón de libros que creo que quiero leer porque parece que si no te los has leído no sabes na’ de la vida, “ai, animalico, que todavía no se ha leído Orgullo y Prejuicio, madre mía, cuando yo me lo leí allá por el 1400 antes de cristo me cambió la vida”. Eso no es adultocentrismo, eso es prepotencia de toda la vida.

Y ya no quiero que me regalen libros. Porque no quiero leer a Pérez Reverte, porque no quiero leer a Pío Moa, porque no quiero tragarme el tochaco ese de Los pilares de la Tierra ni el de Anna Karenina. Me dan igual los clásicos, porque hay clásicos que son infumables. No es superioridad moral, es optimización del tiempo y de la angustia.

Hace bastante tiempo que dejé de torturarme pensando que debía terminar cualquier libro que empezara. Ahora le doy 30 páginas y, si no me gusta, lo paso. Me da igual que quien firme sea Galeano, Chomsky o Zizek. Estoy harta de señores que escriben libros. Y eso que estos están muertos ya. Espera, no, Zizek sigue vivo y escribiendo. Me da igual que sea una obra de Shakespeare o un ensayo de Bauman. ¡A la mierda!, como diría Labordeta.

Una de las cosas que más ansiedad me provoca es no tener tiempo de sentarme a leer porque sí y no porque toca. ¿Cómo voy a leer si no encuentro hueco ni para cortarme las uñas de los pies? Y el día que encuentre el hueco, leeré algún artículo de mis compañeras de profesión, redacción y vida; leeré los mensajes que tengo pendientes de mi familia; o convertiré en clásico el último libro que leí sobre monjas lesbianas.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s