¿Entiendes?

Esta vez, cortarme el pelo ha sido un empujón hacia fuera de un armario en el que creí no haber estado nunca.

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Me está costando la vida escribir este post. Sobre todo porque no es un post, sino un intento de encontrar respuestas en un momento vital en el que vuelvo a cuestionármelo todo. Una vía para respirar.

Hace unos días, en Pikara, hablábamos sobre un nuevo espacio de contenido lésbico para Youtube que se nos había ocurrido a Andrea y a mí. June comentó, en clave de humor: “las Andreas, las bolleras de moda”. Nos reímos. “Bueno, Liba es bi, ¿no?”, concluyó. Me dio tal punzada en el estómago que solo pude disimular con una risa y una frase parecida a esta: “nah, ya pasó, llevo un tiempo muy bollera jaja”. June no estaba equivocada, en tanto que era eso lo único que yo había verbalizado en la redacción desde el primer día. Pero en ese momento, la mentira que había tratado de sostener durante toda mi vida sexoafectiva me atravesó el cuerpo y pude tocarla. ¿Por qué en ese instante? ¿Por qué en ese lugar? ¿Por qué de esa forma? No lo sé. Pero se parecía mucho a la sensación de vergüenza que sentía cada vez que comía carne en público cuando intentaba ser vegetariana.

Desde entonces no he parado de pensar en ello y la sensación de estar habitando un cuerpo que no era mío me ha desconsolado las últimas noches. Anteayer me corté el pelo y al llegar a casa pasé media hora frente al espejo asintiendo. Asintiéndome. Qué tontería. Pelo. Si a mí me encanta mi melena larga. Sí, pero esa melena larga era también la melena de una niña bonita que nunca he sido.

Recuerdo cuando tenía unos 6 años. Tuve piojos y mi madre tiró de tijera y me cortó el pelo muchísimo más de lo que a mí me apetecía soportar en el colegio entonces. Le monté un pollo memorable. ¿Por qué? Porque -tachán- me parecía a Andrés. Andrés, “mi novio del cole jeje”. Y, claro, ¿cómo iba yo a parecerme a Andrés, si era mi novio y yo… su novia? De ninguna de las maneras. Ninguna novia se parecía a su novio. Lo pasé mal unos días, pero enseguida se me olvidó. Al fin y al cabo, nunca me ha preocupado demasiado mi apariencia. Y el pelo creció rápido.

Cuando yo tenía 8 años, mi hermana mayor tenía 14 y ya elegía su propia ropa e incluso iba ella misma a comprársela. Lo nunca visto para mí. Empezaba a vestir un poco más rockerilla, un poco fuera de los márgenes de lo que yo inocentemente veía que era la feminidad. Me gustaba. Me flipaba su armario. Tanto que todas las veces que jugamos al escondite yo me escondí allí hasta romper la madera de abajo. (¿Señal? Pot ser.) Y siempre esperaba impaciente a que hiciera limpieza porque eso significaba mercadillo para mí y un paso más en dirección contraria a la ropa de nena que me compraba mi madre. No sé si tiene relación, pero coincide en el tiempo con la época en la que empecé a decirle a toda mi familia que, “por favor, por favor, por favor”, ya estaba bien de vestiditos y camisetitas de flores para mi cumple, que si me compraban ropa, que fueran a la sección de niño. “Esta cría, de verdad, qué cosas tiene jajaja”. “Por favor, de verdad, no quiero ropa más oscura ni nada, no es que quiera pantalones en vez de falda, es que quiero ropa de niño, con o”, insistía yo. Solo una de mis tías, que yo recuerde, me dijo un día: “vale, entendido, a la sección de niño”. Mi padre estaba encantado con eso, supongo que, en cierta parte, porque quizá empezaba a tener por hija al niño que posiblemente siempre quiso. Lo típico.

El caso es que empecé a recoger mi pelo con una coleta muy baja, motivada también, por otra parte, por un fomentado complejo por mis orejas (“pareces Dumbo”, “ponte chinchetas, a ver si se arregla con el tiempo”, “no te pongas la cinta por detrás de las orejas, ya lo que te faltaba”). Sí, yo era, con 8 o 9 años, Pablo Iglesias sin barba. Mi outfit era: pantalones muy anchos, camiseta de manga larga y camiseta de manga corta encima, unos tenis y coleta. Me miraban un poco raro, pero siempre pensé que era porque no me callaba una, ocupaba bastante espacio con mi voz. Un día, subiendo del patio hacia clase (5º de primaria, 9 años), una niña a la que conocía de siempre pero que no era íntima mía, me gritó mientras pasaba por al lado: “¡marimacho!”. Recuerdo perfectamente que pensé: “¿qué es eso?”. Levanté las cejas sin entender nada, aunque sintiéndome un poco mal, porque a esa palabra le había sucedido una risa de burla, y volví a clase. Aquella anécdota se me olvidó hasta años después.

Yo trataba de imitar a mi hermana mayor porque me parecía que era la chica de 15 años más molona que había visto. Las demás me parecían “una pijas”, y mi hermana era guay, porque era diferente. Entonces, por más que ella me echaba a patadas de su habitación porque cada vez que entraba rompía algo, yo nunca paraba de llamar a su puerta. En general, por aquello de que somos scouts y entonces estábamos en activo, vestíamos, generalmente, ropa de monte y movidas así. No estaba mal, me molaba. Pero luego había situaciones sociales en las que, digamos, no pegaba ir con las Salomon llenas de barro. Para esas ocasiones especiales a mí me gustaban los vaqueros, las Converse y las camisas. De cuadros. No tardaron en llegar los “con esa camisa pareces muy bollera”. Para entonces yo ya me había enrollado con la primera chica. Tenía 14. Yo. Ella 16. Ella era hetero y yo no tenía intención de rendirle cuentas a nadie, pero no sentía que estuviera haciendo nada malo. Solo he ocultado una relación en mi vida y es la más reciente. No tuve problema cuando todo el mundo se enteró de que estaba con una chica. Tampoco con la familia. Hasta mi abuela, como buenamente pudo, lo asumió. Aunque hubo preguntas, claro. “Pero entonces, ¿te gustan las chicas?”. Esa fue la primera vez que mentí: “No. Los chicos también”.

A medida que pasaba el tiempo y mi relación con aquella chica avanzaba, se me iban amontonando en la espalda los comentarios: “desde que estás con esta estás más bollera”, “te pongas lo que te pongas te hace bollera”, “esa camisa en una hetero queda guay pero a ti te hace parecer bollera”. No me di cuenta en aquel momento, pero esas palabras llegaron a pesar tanto que acabé comprándome CAMISETAS DE FLORES. Pitillos ajustados de talle alto, mocasines, camisetas estampadas, sujetadores push-up, maquillaje. De repente me detenía frente al espejo para peinarme y me pasaba horas sentada en el suelo con las puertas del armario abiertas. Nunca supe que lo que tenía que hacer era dejar de mirar dentro de él y empezar a mirar dentro de mí.

Esa relación acabó y me lié con un chico de mi clase. Qué rara me sentí. No me desagradó, pero recuerdo estar sentada sobre él en aquel columpio, mientras me hacía un chupetón en el cuello y pensar: “¿qué hostias estoy haciendo?” (por no entrar en el tema de la cultura del chupetón), “¿cómo se coge a un tío para besarlo?”, “¿qué significa ese mordisco?”. Qué chorrada, ¿no? Si somos personas y compartimos código lingüístico. Nada, que no entendía nada. Después fue otra chica y después otra. Sin más ni más. Sí, me gustaban las tías y era sabido por todos. Pero siempre me acompañaba lo mismo. Hacía un comentario sobre un chico y mi padre me decía “pero vamos a ver, ¿tú no eras bollera?”. “No, no, no, no, papá, te lo he dicho mil veces”, respondía yo una y otra vez.

Iba de guay diciendo que yo nunca me había sentido dentro de ningún armario. JÁ. Llego a verme desde fuera y me hubiera dicho: “nena, tú lo que eres es gilipollas”. Claro que te has sentido en el puto armario. Llevas desde que tienes uso de razón pa dentro y pa fuera, abriendo las puertas, encerrándote dentro, robando la ropa que “no te corresponde” y avergonzándote por ello. Recuerdo que mi madre tenía una americana carísima que prefería que no utilizara para jugar por si se manchaba. Cuando me quedaba sola en casa, se la cogía, junto con una camisa y una corbata que quedaba de mi padre en un cajón, me subía a su cama y me miraba en el espejo que tenía justo enfrente mientras le hacía el nudo a la corbata. Pasaba un rato mirándome, haciendo como que era un chico (porque eso una chica no lo hacía, no era lo suyo) y haciendo gestos con la americana, como que me la abrochaba y desabrochaba como veía que lo hacían ellos en las bodas (solo veía a gente trajeada en las bodas, cosa más inútil no había visto en mi vida, por cierto). Cuando oía un sonido de llaves al otro lado de la puerta, me lo quitaba todo y lo volvía a guardar. Llegué a pensar que quizá yo quería ser un chico, pero no tenía ni idea de si eso era posible ni tenía herramientas discursivas, siquiera, para verbalizarlo. Se quedó ahí y yo continué el camino hacia una homosexualidad lo más discreta posible.

Coño, lo pienso ahora y es que estaba haciendo el viaje al revés. En vez salir del armario estaba entrando progresivamente. Todos los besos que me he ahorrado por “no dar el cante”, todas las veces que he mirado a los lados al ir de la mano con otra chica, todas las veces que he hablado en masculino de mis ex, todas las veces que he mentido diciendo que sí había follado con tíos o que he fingido que ya había hecho “unas cuantas pajas”, todas las veces que he especificado que “pero también me gustan los tíos”, todas las veces que he ocultado que estaba en una relación con otra mujer, todas las veces que me “disfrazado de mujer” para ocultar la ya poca pluma que me quedaba, todas las veces que he preferido decir que “era virgen” antes que decir que “había follado con tías” porque entonces haber follado con tías era un pero: “he follado, pero solo con tías”. Era como haber follado menos, como no haber follado del todo. Todas esas veces, he estado irremediable y tristemente dentro del armario. He estado siendo a medias, huyendo de lo que era.

A pesar de que desde los 12-13 años he formado parte de diferentes movimientos sociales (sobre todo, al principio, el movimiento estudiantil) y eso me ha permitido estar en un ambiente, digamos, generoso para el desarrollo de mi identidad, siempre he sentido la necesidad de mantener un pie, o aunque solo fuera la uñita de un dedo, en el campo de lo heteropatriarcalmente “aceptable”. He pasado años intentando con todas mis fuerzas follarme “al enemigo”, como diría Andrea Momoitio. Juro que lo he intentado. Pero solo he logrado siempre salir huyendo y no saber explicarlo. “No era el momento”, “no era la persona”, “no estaba cómoda”, “es que en realidad no me gusta ese tío”. He pasado toda la vida poniendo excusas a quien nunca jamás me las ha pedido. Hasta en Pikara tuve el coño de decir que era bisexual. Joder, que no lo eres, Andrea. Que nunca lo has sido. Que no has podido follarte a un tío porque ni quieres ni te gusta. “Pero si yo cuando me masturbo pienso en tíos”. Mentira. A mitad de fantasía acabas anhelando un espacio no mixto de cuidados y seguridad. “Pero es que me pueden atraer todos los cuerpos”. Es que, querida, no se reduce a eso.

“La heterosexualidad es también un régimen político”. Esto lo escribía Andrea Momoitio hace año y medio en su blog. Ayer me lo recordó una colega entre la primera y la segunda caña y aquel texto que hace un año leí por encima me pasó por encima a mí. Por algún motivo, aunque siempre he vivido mis relaciones sexoafectivas fuera de la heterosexualidad y de la heteronorma y me he dedicado a cuestionarlas, siempre he tenido miedo a desprenderme del todo de lo que yo quizá pensaba que me aseguraba la aceptación, el no abandono, la no soledad.

Hace un tiempo empecé a entenderlo. Mi yo de 6 años, de 8, de 14… no quería ser lo que se suponía que debía, pero quería ser, a secas. Y la bisexualidad, ese medio camino entre la comunión y la irreverencia, digamos que era un espacio seguro para ser bollera. Cuando te reconoces personal y públicamente como lesbiana, dejas, para el heteropatriarcado, de ser follable. Eso significa que dejas de ser mujer. Dejas de ser visible y corres el peligro de dejar de ser. Y yo nunca he sido tan valiente como para prestarme a ello. Hasta ahora. Ahora lo entiendo todo. Ahora, “entiendo”.

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