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En un contexto en el que algunas ciudades del Estado español están en proceso de aplicación de la ley de Memoria Histórica a sus callejeros locales y que ello está suscitando una reacción por parte de algunos partidos políticos -que opinan que quitar calles nombradas en honor a dirigentes franquistas es “reabrir heridas”- y de ciertos sectores de la población, cabe ofrecer una reseña de un libro en forma de “píldora contra el olvido”. 

En España partida en dos (2013), Julián Casanova, Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza que cuenta con numerosas publicaciones que versan sobre el anarquismo, el anarcosindicalismo, la Guerra Civil española, el Franquismo, la II República española, etc., vuelve a tratar el grueso de la contienda española desde que en 2008 publicara La Guerra Civil Española.

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Imagen: Casa del Libro

Es muy amplia la bibliografía de que se dispone hoy sobre Historia en general, y sobre la Guerra Civil Española en particular. Sin embargo, se trata de libros propuestos para investigadores más que para lectores comunes. España partida en dos es uno de esos libros históricos que no cumplen función de meros manuales, siendo útil también a nivel informativo para la ciudadanía de a pie.

Narra la Guerra Civil sintéticamente y sin anclarse en datos que acaban olvidándose al término de cada página. Cualquiera puede hacer un viaje a 1936 y comprender sencillamente el conflicto bélico que tanta trascendencia tuvo y tiene en España. La utilización de imágenes y mapas hace fácil la comprensión.

Si bien es cierto que el autor narra el suceso con una brevedad y agilidad envidiables, su análisis no deja de ser profundo y diferente con respecto a otros ejemplares de la misma índole.  Casanova no se posiciona explícitamente con ningún bando contendiente, pero relata los hechos con una marcada conciencia histórica. No duda en desmentir esa afirmación que quedó impregnada en la sociedad: “rojos y azules, todos fueron igual de malos”.   

Es conciso en los puntos clave. Lo primero: sin Golpe de Estado no hubiera tenido lugar el estallido de la guerra. En segundo lugar: no es cierto que el desequilibrio de la República provocara la guerra civil.

Además, aclara que no se trató de una rebelión en bloque del conjunto militar, ni mucho menos. Al golpe se sumaron cuatro generales (Cabanellas, Queipo de Llano, Goded y Francisco Franco), y del total de 254.000 militares que había, solo 120.000 se unieron a los sublevados. Destaca la contribución en clave económica, armamentística y de capital humano de Hitler y Mussolini con los reaccionarios contra la República, incumpliendo el Pacto de No Intervención. Según relata Casanova, el mismo Hitler pronunció estas palabras: “«Italia y Alemania hicieron mucho por España en 1936… Sin ayuda de ambos países no existiría Franco hoy»”.

Hace especial hincapié en la activa participación de la Iglesia en el bando de los sublevados, que dio el nombre de “cruzada religiosa” al enfrentamiento y de “Guerra santa y odio anticlerical” al segundo apartado del libro. La Iglesia contaba con excesivos privilegios y gozaba del poder necesario para controlar centros de enseñanza en todo el territorio español. Con la proclamación de la Segunda República, la Iglesia fue uno de los sectores más desfavorecidos con las reformas del  Frente Popular. “Se declaró la no confesionalidad del Estado, se eliminó la financiación del clero, se introdujo el matrimonio civil y el divorcio y se prohibió el ejercicio de la enseñanza a las órdenes religiosas”. La Iglesia perdió el poder que tenía en periodos como la Restauración o la dictadura de Primo de Rivera y consideró que esas medidas conformaban un ataque directo y una “represión obsesiva” hacia ella. 

Lo que ocurría era que la Iglesia no comprendía la situación social de España y antepuso sus intereses clericales a los derechos sociales de la ciudadanía. El proletariado, entonces, constituyó la concepción de la Iglesia como una aliada del capitalismo más opresor. No se trataba de una persecución incesante por parte del Gobierno, sino que eran diversos los semblantes por los que la Iglesia era cada vez menos protagonista en la realidad española.

“Había una España muy católica, otra no tanto y otra muy anticatólica. Había más catolicismo en el norte que en el sur, en los propietarios que en los desposeídos, en las mujeres que en los hombres. La mayoría de los católicos eran anti-socialistas y gente de orden. A la izquierda, republicana u obrera, se la asociaba con el anticlericalismo”. El conflicto armado entre un régimen legítimo y otro que pretendía imponerse por la fuerza tornó en una lucha entre “la ciudad terrena de los «sin Dios»” y la “«ciudad celeste de los hijos de Dios»”. 

Casanova no deja de exponer también la violencia por parte del bando republicano, que aunque la cesaron mucho antes que los sublevados, también contribuyeron a que la contienda pasara de ser “terror «caliente» a terror «legal»” mediante “tribunales populares, sacas y paseos”.  Esto hace que el mensaje del autor, aunque con cierto sesgo, se asuma con credibilidad.

Por otra parte, supone un halo de esperanza y complacencia para todo republicano encontrar una página dedicada a Federico García Lorca, un mártir y referente innegable, “la víctima más conocida del terror militar fascista”.

Un epílogo como píldora para la memoria

“Tras el final de la guerra […] la destrucción del vencido se convirtió en prioridad absoluta. Comenzó […] un nuevo periodo de ejecuciones masivas y de cárcel y tortura para miles de hombres y mujeres”.

La Memoria Histórica resucita en las seis páginas que construyen el epílogo final del libro para contribuir a la constitución de la necesaria reminiscencia que necesitan todos los pueblos en general, y el español en particular, de cara a la futura historia que se va a suceder y escribir.

Recomendable el libro y, en parte, necesario. Además de tener un carácter formativo, su condición de ensayo hace posible que el lector contemple el conflicto desde un punto de vista notablemente diferente al de los libros de texto habituales; lo que amplía horizontes y perspectivas.

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Imagen: thepriceofmoney.blogspot.com

 

“Quiero dormir un rato.

Un rato, un minuto, un siglo;

Pero que todos sepan que no he muerto,

Que hay un establo de oro en mis labios,

Que soy el pequeño amigo del viento Oeste,

Que soy la sombra inmensa de mis lágrimas”. 

(García Lorca, 1936)