Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , ,

Un profesor planteaba en clase la siguiente pregunta: ¿el editor es un censor?

En primer lugar, querido señoro, además de editores también hay en este mundo que usted cree solo suyo y de los suyos editoras. Con a. No hay que tener miedo a decirlo. Las as no muerden, y tampoco lo hacen las es.

Voy a darme por incluida en la pregunta que formulaba el profesor porque, de lo contrario, vería mi respuesta también restringida.

Cualquier cuestión habría de circunscribirse a una coyuntura concreta, que es la que va a determinar la respuesta. En este caso, en que se plantea una pregunta de manera más general y abierta, resulta complicado ofrecer una opinión que no sea ambigua. Sin embargo, hay algunos aspectos fácilmente destacables al respecto de si la tarea de editar textos acarrea situaciones de censura.

La editora -permítaseme emplear ahora a mí el “femenino genérico”- tiene como función principal revisar y corregir los errores gramaticales y ortográficos que pudieran cometer las redactoras, para hacer de sus textos artículos, columnas, noticias, reportajes, etc., más legibles y publicables. En caso de que el trabajo de la editora se desarrolle siempre en esos términos, no cabe controversia alguna entre ella y la redactora. Sin embargo, los problemas suelen aparecer cuando la editora cruza la línea entre la corrección formal y el cuestionamiento del contenido -que habitualmente tiene que ver con cuestiones de interés económico y político.

Si bien es cierto que las funciones de la editora incluyen, también, la valoración del contenido y de la conveniencia de la extensión y la calidad del estilo, en ocasiones surgen problemas por exceso de incursión en lo que tiene que ver con lo recién enumerado. Esto es, hay veces que la editora recorta demasiado la extensión de los textos provocando cierta pérdida de sentido del conjunto del relato. Otras veces, lo que ocurre es que una corrección gramatical excesiva hace que los textos pierdan el estilo propio de quien escribe, que es lo que le da personalidad a la narración.

Estas situaciones se asemejan a las que pueden darse entre las periodistas y las diseñadoras de un determinado periódico o de una revista. La periodista que realiza, por ejemplo, un reportaje sobre un tema social de calado como puede ser la trata de mujeres -cuya elaboración le ha supuesto un duro trabajo de investigación, recolección de información y redacción- puede verse afectada por la frialdad con la que a veces la diseñadora del medio maqueta dicho contenido. La diseñadora se centrará principalmente en la estética de la publicación, en que sea atractiva a la vista más allá de la narración de hechos. De esta manera, puede darse la situación de que un diseño de página que tenga poco o nada en cuenta que un determinado contenido pueda ser sensible y requerir un tratamiento menos estético, provoque la banalización del mismo.

Y luego vienen las cuestiones políticas -que no tanto ideológicas, porque la línea editorial de un medio es directamente proporcional a los réditos económicos que pueda obtener. El periodismo hace mucho que se encuentra especialmente intervenido por entidad externas a él y, por ende, el trabajo de las editoras también. Como ejemplo podemos observar un hecho publicado por el diario El País en diciembre de 2017.   

Captura de pantalla 2018-05-19 a las 18.06.24

“No queremos ni podemos vivir de espaldas a Google y Facebook. Estamos ante un cambio de paradigma y los editores hemos de aprender a adaptar las estrategias y las estructuras a la nueva realidad”. Son las palabras de Javier Moll -presidente de la Asociación de Medios de Información y de Prensa Ibérica-, según recogió El País.

Teniendo en cuenta que, como relataba también El País, “Google y Facebook absorben entre el 70% y el 80% de los ingresos publicitarios” controlando, así, “un negocio que antes estaba en manos de los editores”, lo comprensible y necesario no sería sino crear alarma y dar por hecho que, como evidencia, claro que es posible y viable que las editoras puedan constituirse en una de las mayores censoras en la actualidad. Si salvar el culo de un medio tiene que ver con cómo sobrevivir a Google y Facebook, lo primero que corre peligro es el contenido: hay que vender, informar y hacer piezas de calidad es lo de menos. 

En resumen, es evidente que los aspectos más técnicos del trabajo de las editoras (la corrección ortográfica y gramatical, etc.) son incuestionablemente necesarios, pero, de la misma manera, la parte filosófica (comercial) de la tarea es -también incuestionablemente- contaminante.