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Es habitual que una mujer reciba insultos o comentarios de menosprecio y sea objeto de burlas cada vez que se defiende verbalmente de las agresiones machistas que sufre a diario. Es tan común que, a ratos, me da por pensar si es que, efectivamente, somos unas exageradas, unas “putas locas”. Sin embargo, por más reflexiono, la respuesta a esa pregunta siempre es ‘no’. Es ‘no’ porque el ‘sí’ ya lo imponen los hombres por todas nosotras.

Me pongo a recordar en qué momento empecé a ser una “histérica” para los hombres y nunca encuentro el instante exacto, sino una sucesión de situaciones violentas que he vivido o que compañeras, hermanas, han tenido la habitual desgracia de vivir. Voy a resumir tanto como me sea posible:

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Manifestación en Bilbao contra las violencias machistas / 25 de noviembre de 2017

Cuando vuelvo a casa en vacaciones, a mi abuelo o a alguno de mis tíos siempre les da por explicarme cosas. Cosas. Sin más ni más. Y no solo cosas que ignoro, sino también cosas que conozco mejor que ellos. Da igual, ellos sienten la imperiosa necesidad de hacerlo. Recuerdo que cuando vivía con mi padre, ambos salíamos de casa y regresábamos a ella a la misma hora (él para trabajar y yo para acudir a clase y estudiar) y, sin embargo, mientras yo me encargaba poner y quitar la mesa, él se sentaba en el sofá a disfrutar de un rato de televisión.

En clase, mis compañeros me interrumpen continuamente. Al parecer, lo que tengo que decir no es tan importante como para que ellos guarden un poco de silencio. En el metro suelo encontrarme con una invasión de mi espacio vital, ya sea porque un hombre se pega demasiado innecesariamente o porque ocupa su asiento y el mío con sus piernas. Acostumbro a escuchar a mis amigos, chicos, hacer bromas sobre lo fácil que les va a resultar o les ha resultado ligar con una chica al estar borracha.

Suelo sacar las llaves de casa un buen rato antes de llegar a la puerta para entrar lo antes posible, y siempre mirando hacia atrás continuamente. A mi hermana le da miedo ir sola por la calle aun siendo de día. Mi madre es la criada de su pareja. Mis profesoras cobran menos que mis profesores por el mismo trabajo. A mis amigas, sus novios les revisan el móvil. Es muy difícil que sea una mujer la que dé una charla como experta en la universidad. Tengo un profesor que llama ‘princesitas’ a algunas alumnas (y cosas peores).

Hace unas semanas, un chico de unos 13 años le dio un beso a una amiga mía en plena calle porque, sencillamente, le dio la puta gana. Unos días atrás, estaba yo tomando algo en un bar y, tras estar media hora mirándome descaradamente, un señor de unos 60 años comenzó a echarme fotos con su móvil. Continuó haciéndolo después de haberme cambiado a una mesa en el extremo opuesto del bar.

Hace unas semanas, en una discoteca, un chico no paraba de acercarse y tocar a una amiga a pesar de su negativa y tuvimos que irnos. A otra amiga, hace dos meses, un hombre la cogió del brazo mientras iba andando tranquila hacia casa y la invitó a irse a un hotel con él. Tuvo que salir corriendo despavorida. El año pasado, cinco hombres violaron a una chica en Sanfermines. Y en el último año 2017, 98 fueron las mujeres asesinadas a manos de hombres.

Entonces, vuelvo a pararme a pensar, y reparo en unas cuántas cosas:

No se trata de un abuelo sabio y servicial, no es un padre cansado de trabajar, no son compañeros de clase impacientes, no es un hombre al que se le aplastan los genitales por cruzar las piernas, no son amigos graciosos, no es un tío pesado en una discoteca, no es un novio curioso cuyos celos son síntoma del intenso amor que siente hacia su pareja. Claro que no.

Son hombres que han aprendido y asumido desde pequeños que las mujeres somos territorio de conquista. Son hombres que han interiorizado la idea de que pueden mirarnos, hablarnos, increparnos, tocarnos, besarnos, dominarnos, utilizarnos, violarnos y matarnos cuando, como y donde les apetezca.

El asesinato de una mujer no es fruto de una discusión puntual, de un arrebato momentáneo, de una enfermedad mental. No son casos aislados, no son casualidad. Todas las formas de violencia machista responden a un sistema cultural hegemónico denominado ‘heteropatriarcado’ que, a pesar de que la RAE (esa que hasta hace poco definía mujer como “sexo débil”) no quiera incluirlo en el diccionario de la lengua española, existe y supone la supeditación y opresión de la mujer, el dominio del hombre y de la heterosexualidad y el binarismo de género.

No estamos locas. Vivimos en guerra.

Lamentablemente, las mujeres comenzamos a ser asesinadas cuando nuestros abuelos empiezan, desde bien pequeñitas, a explicarnos cosas.