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– Ya está este hombre aquí dando el follón otra vez. Qué vergüenza me daría, qué mal suena, qué tortura. Ya son ganas de pasar calor por cuatro duros, lo que tendría que hacer es trabajar como hacemos todos.

– Ya hace un año que este hombre toca aquí. Tanto estudio para no poder vivir. Qué vergüenza de país que mata de hambre a sus vecinos, que lapida sentimientos, que sofoca la cultura cual incendio. Qué indecente sonreír a este desprecio, son ya más de cuatro años mutilando el arte para envenenar al pueblo. Ya son ganas de luchar después de todo. Ya son ganas de vivir, démosle vida.

Dos lecturas, una realidad.

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Tengo seis céntimos en el bolsillo, la chaqueta pintada de incertidumbre y una suela en mis botas con más dignidad que esos ojos que me miran como si tuvieran un piso en las nubes. Perdonad mi mala costumbre de comer todos los días. Me gusta la vida, y por ello visto dorado Sol, aunque a veces bordéis mi alma con negro ceniza.

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Veintitrés cosas que se pueden hacer en la playa:

Jugar a las palas, echar una partida de cartas, tomar el sol, comer tortilla y beber cerveza, charlar sin prisa, bañarse, nadar hasta perder la vista, ensuciarse a gusto, soñar despierto/a, dibujar, construir mundos de arena, surfear, conocer otras vidas buceando, contar estrellas, coger cochas, y piedras, y hacer un collar, y correr, y pescar, y dormir. Respirar.

Y también se puede morir antes de llegar a la orilla.

No conviene que el oleaje barra la ternura, la cordura, la conciencia.

 

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Algunxs dirían que el mundo se ve más grande a más altura. Inmenso se ve con la mirada desde el rincón de la amargura que habitan tantas vidas perdidas en la desigualdad. Desde aquí, el lugar hacia donde nadie gira la cabeza, se observa todo como con lupa, pero a la vez intensamente difuminado. Son los efectos de la pérdida de memoria, de la alienación de nuestrxs iguales, del abandono de la justicia y la entrega en cuerpo y alma a la vileza.