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Un hombre de edad avanzada se preguntaba hace unos días, desde el meollo de la protesta en Ferraz como consecuencia de la llamada crisis histórica del PSOE, que “dónde ha quedado la chaqueta de pana”. Seamos realistas, la chaqueta de pana la colgó Felipe González en un perchero en el 82, y ni Sánchez se la ha vuelto a poner. La chaqueta de pana fue una ilusión prefabricada para unos comicios que, como con la OTAN pero al revés: “PSOE, de entrada sí”. Pero no. No olvidemos a Krahe.

El socialismo en España, en lo que al PSOE se refiere, solo ha estado presente en los corazones de la clase obrera, jamás en las instituciones. Para dar cuenta de ello no hace falta rebuscar mucho: la OTAN, la reconversión industrial de la década de los 80 (que supuso el desmantelamiento de una parte muy importante de la industria pesada por medio de recortes en la capacidad productiva de las empresas), el caso Juan Guerra (enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias), el caso Filesa (empresa fantasma para financiar al partido de manera ilegal a través de cobros de informes falsos a cambio de adjudicaciones de contrato públicos), el “decretazo” del 92 (recortes en las prestaciones por desempleo), los GAL, el art. 135 CE (se modifica para anteponer el pago de la deuda), pacto del PSOE con el PP que desviaba las inversiones de la UE fuera de Euskadi y Cataluña, el endurecimiento del Código Penal, las reformas laborales. Y un largo etcétera en el que se debe incluir el pacto con la niña de Rajoy: Ciudadanos; ese pacto que, según indicó el propio Albert Rivera, podía aceptar también el PP.

Por resumir brevemente: desde que Largo Caballero propiciara la colaboración del PSOE con la dictadura de Primo de Rivera (1923) hasta el acuerdo a pachas de Pedro Sánchez con el tipo que se presentó a las europeas con un partido de extrema derecha -Albert Rivera-, el partido socialista ha tratado de tomar el pelo a todo el que se le ha puesto por delante haciendo creer que representaban los intereses de la mayoría social. Hace tiempo que dejaron de ser “odiados por los que envenenan y roban al pueblo”, tanto como el que hace que empezaron a ser parte del poder que oprime y expolia al mismo.

Sería, entonces, conveniente advertir que la ‘guerra’ actual del PSOE ni es actual ni es ideológica, como se quiere hacer pensar desde los medios de comunicación. Desde el comienzo de la historia del partido socialista, han sido evidentes e irremediables las disputas entre miembros de la cúpula, pero nunca por una cuestión de principios más que de poder. Este ha sido siempre un partido de burgueses cuyo paripé -o postureo, como se diría hoy- y conjunto de diversas concesiones a la clase obrera para mantener a la misma calmada viendo el fútbol ha hecho que, a octubre de 2016, todavía haya gente en la puerta de su sede gritando el nombre del ya exsecretario general que creían ‘fiel al izquierdismo y a su palabra’. En otras palabras, se ha conseguido, tanto desde el partido como desde la prensa, que la gente siga pensando que existe un PSOE de izquierdas oprimido por el otro PSOE, el de derechas o el acomodado al liberalismo; cuando la realidad parece más bien otra que ya en mayo de 2011 empezaron a gritar unas cuantas voces en Sol: <<PSOE y PP, la misma…>>.

Por su parte, Sánchez ha sabido jugar bien sus cartas. Engañó a la ciudadanía en las campañas electorales de los dos últimos comicios vendiendo un proyecto de izquierdas que no pensaba poner en práctica (a las pruebas se puede uno remitir), y ahora, gracias a los últimos acontecimientos en el 70 de la calle Ferraz de Madrid, ha conseguido constituirse a sí mismo en la imagen de mártir socialista al dimitir de su cargo abanderado del ‘no es no’ a Rajoy.

Ha sido una jugada maestra, pues se ha dedicado a hacer tiempo -o, mejor dicho, a gastarlo- diciendo que quería un gobierno de progreso sin hacer nada por conseguirlo, hasta llegar a un punto de no retorno en el que no queda margen para renegociar un gobierno con Unidas Podemos, y la dimisión y consiguiente abstención en favor de Rajoy se vuelve irremediable. Se ha ahorrado justificar su ego -reflejado en su deseo de gobernar en solitario con el peor resultado de la historia del PSOE-, ha dado un paso atrás permitiendo a los que no se presentan a las elecciones que propicien otra legislatura del Movimiento Nacional, y se ha retirado a su domicilio particular a estudiar con tranquilidad la forma de ganar las primarias (a las que, según Revilla, se piensa presentar) a golpe de lágrima ante los más leales y afligidos militantes. Si es que a estas alturas queda alguno.

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En opinión de las manos que escriben estas líneas, el PSOE, en su conjunto, no está en estos momentos más que recibiendo lo que ha estado sembrando casi desde su fundación, y, por tanto, no merece más que el necesario ‘Game Over’ que deje descansar a los engañados (a los de verdad, no al exconsejero de Gas Natural) y reactive la indispensable acción social directa de la gente en la calle. Como diría el Nega de Los Chikos del Maíz, “solo el pueblo salva al pueblo, os lo aseguro”.

De aquí a la duodécima uva veremos si a Sánchez le ha dado tiempo a desempolvar la chaqueta de pana, o si, por el contrario, la gente ha decidido enterrar en cal viva el puño y la rosa.