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Hace unos días estuve en la pescadería y vi una caja con varios pescados diferentes, algo más pequeños que el resto, de otros colores, otras formas… y esa caja llevaba por nombre “Morralla”. Eso no era novedoso para mí, ya sabía lo que era la morralla y para lo que se solía utilizar: para hacer caldo.

Lo que me inquietó fue advertir que esto también sucede con los seres humanos. Cuando la sociedad observa en ciertas personas unas determinadas características que les parecen diferentes, esta las deja fuera de cualquier “grupo” conceptual o, lo que es peor, las agrupa en algún término improvisadamente despectivo con connotaciones abiertamente despreciativas. Es decir, se somete a aquellas personas que no figuran dentro de los límites de los cánones morales, intelectuales o físicos establecidos a una espiral del silencio, como explicaría Noelle Neumann, en la que la única fuerza gobernante es el inminente, absoluto e irreversible rechazo social a través de conceptos o consignas diseñadas para construir un bien y un mal, un sí y un no, un vales y no vales, de tipos de personas.

Y hablo de tipos de personas para reflejar lo que percibo de la fórmula por la que ha optado la mayor parte de la población humana mundial para encontrarse o saberse parte del planeta que habita. O eres un tipo de persona, o eres otro. No está permitido no formar parte de nada, no definirse, no clasificarse, porque, de esa manera, se pasa a no ser nada, aunque el interior de uno/a esté repleto de un todo inigualable.

Es inquietante comprender que algo que parece tan natural, o mejor dicho, tan innato a la razón humana como es la necesidad de definirse a uno mismo, es, al mismo tiempo, una de las peores condenas a las que somos capaces de someternos en nuestra vida.

Probablemente, los seres más libres de esta intolerante sociedad prefabricada sean, precisamente, aquellos a cuyas verdades ningún poder ni fuerza externa hayan logrado ponerles una miserable etiqueta.