Archivos Mensuales: agosto 2016

Acuerdo PP-C’s: indulto a la desfachatez

En un momento en el que gran parte de la ciudadanía española se encuentra frustrada, cansada, desalentada y sencillamente exhausta ante una situación política que no parece ganar metros al estancamiento, Ciudadanos -un partido que, a pesar de no haber obtenido un porcentaje de votos que teóricamente lo situara entre los partidos más representativos, goza de amplísima cobertura mediática y de excesiva consideración por parte de las cadenas y, al parecer, del resto de partidos- ha conseguido poner sobre la mesa un descarado indulto tanto a los orígenes fascistas del PP como a sus infames prácticas más recientes, sin que parezca tal cosa, y originando incluso un halo de esperanza política en los espectadores.

Y no es algo que se deba o pueda menospreciar, claro. Es más, me atrevería a decir que ha sido un movimiento estratégico digno de elogio. Pocas personas con tal carencia de ideas factibles y de intenciones de construir un necesario cambio real son capaces de quedar tan de milagrosas Celestinas conciliadoras entre insulsos negociadores y de subsanadoras de un presunto caos, cuando lo que realmente representan no es sino un discurso tan desideologizado que roza lo reaccionario.

La situación escogida para dar el paso es la ideal, y la hora del comunicado inmejorable. Noticias nefastas y vergonzosas como el acuerdo entre PP y Ciudadanos siempre entran mejor cuando te pillan en el chiringuito de la playa a mitad de caña y calamar. Al mediodía, con solecito y arena entre los dedos de los pies, todo está cínicamente permitido de antemano.

Que digo yo que habrá terceras elecciones, porque este panorama es de como cuando estás jugando a las palas y no das dos golpes seguidos sin que la bola toque suelo cuatro veces, y dices ‘va, ahora en serio, concéntrate’. Pero entretanto podemos echar una partida más a ese cuento de que lo importante y primordial no es desalojar a aquellos que llevan ochenta años arruinándonos la vida y coartando nuestras libertades y comenzar a construir un país que no dé vergüenza, sino ‘que esos cuatro caraduras se pongan ya de acuerdo como sea y nos dejen seguir viendo Sálvame, que ya está bien’.

Qué locura. Y yo pensando en conseguir una mayoría social con posibles para vivir con dignidad.

Anda, ponme otra caña.

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Morralla

Hace unos días estuve en la pescadería y vi una caja con varios pescados diferentes, algo más pequeños que el resto, de otros colores, otras formas… y esa caja llevaba por nombre “Morralla”. Eso no era novedoso para mí, ya sabía lo que era la morralla y para lo que se solía utilizar: para hacer caldo.

Lo que me inquietó fue advertir que esto también sucede con los seres humanos. Cuando la sociedad observa en ciertas personas unas determinadas características que les parecen diferentes, esta las deja fuera de cualquier “grupo” conceptual o, lo que es peor, las agrupa en algún término improvisadamente despectivo con connotaciones abiertamente despreciativas. Es decir, se somete a aquellas personas que no figuran dentro de los límites de los cánones morales, intelectuales o físicos establecidos a una espiral del silencio, como explicaría Noelle Neumann, en la que la única fuerza gobernante es el inminente, absoluto e irreversible rechazo social a través de conceptos o consignas diseñadas para construir un bien y un mal, un sí y un no, un vales y no vales, de tipos de personas.

Y hablo de tipos de personas para reflejar lo que percibo de la fórmula por la que ha optado la mayor parte de la población humana mundial para encontrarse o saberse parte del planeta que habita. O eres un tipo de persona, o eres otro. No está permitido no formar parte de nada, no definirse, no clasificarse, porque, de esa manera, se pasa a no ser nada, aunque el interior de uno/a esté repleto de un todo inigualable.

Es inquietante comprender que algo que parece tan natural, o mejor dicho, tan innato a la razón humana como es la necesidad de definirse a uno mismo, es, al mismo tiempo, una de las peores condenas a las que somos capaces de someternos en nuestra vida.

Probablemente, los seres más libres de esta intolerante sociedad prefabricada sean, precisamente, aquellos a cuyas verdades ningún poder ni fuerza externa hayan logrado ponerles una miserable etiqueta.