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Dos almas. Dos alientos unidos en un solo compás. Dos bocas marchitándose, bebiéndose a morro, suplicando clemencia y eternidad. Susurros interrumpidos por la delicia de un intenso popurrí de sensaciones. Dos corazones cabalgando sin freno ni marcha atrás. Dos gotas. Cuatro pupilas clavadas en un techo ya casi derretido de cualquier habitación. Manos atolondradas, juguetonas, imparables. Chirridos, fuego en las paredes, adrenalina galopando por las venas soñadoras. Un rock n’ roll ingobernable de caricias, abrazos y sudor. Horas que se hacen segundos entre sábanas de cristal que estallan de placer en cada movimiento. Auge espiritual, cúspide. Dos pájaros en la cima de una montaña de emociones que se derrumba y se reconstruye un centenar de veces por segundo. Vestigio de libertad. Vuelta a empezar.

Un Everest.

Otro.

Y otro más.

El momento del cigarro, sin cigarro.Enjutos labios intentando humedecerse. Pulmones resquebrajados procurando volverse a hidratar. Caricias ahora más desgastadas. Un par de miradas y un intento de carcajada cuando la flaqueza irrumpe en ambas figuras de mujer impregnadas ya en un colchón de algodón de azúcar. Un esbozo de sonrisa. Unos labios grabados a fuego en la piel.

Esta vez no hay lugar para la tiranía, reina ahora la tersura de la felicidad, sean cuales sean sus protagonistas.

Dos almas. Sencillamente.

Amándose.