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Hay mucha gente tratando de definir lo que a menudo es indefinible. Existe una lucha constante e incansable de ideologías, o lo que es peor, no de ideologías sino de nombres de ideologías. Yo no sé si soy ‘una joven comunista’, si creo en el socialismo, si soy anarquista, leninista, chavista, jacobina… Falangista seguro que no. Y no lo sé por una sencilla razón: nunca he comprendido por qué tengo que ser una cosa u otra. No comprendo por qué el desarrollo y la transformación ideológica de la gente se asumen siempre como una traición y no como lo que es, un proceso de aprendizaje y de evolución personal. No termino de entender por qué tengo que etiquetar mi forma de ver la vida y, por consiguiente, limitarla.

Por supuesto que tengo ideología –lo contrario me causa pavor-, pero la ideología de lo que, para mí, es el sentido común, de lo que es la realidad no solo como la veo sino también como me gustaría verla.

Mi ideología respeta la naturaleza, la cuida y lucha por revertir el cambio climático, entre otros efectos secundarios de la existencia del ser humano, no tarda más de 10 minutos en ducharse y lleva el aceite usado a puntos limpios. Qué tontería y qué necesario. Mi ideología se estremece cada vez que ve sufrir a un animal, vitorea cada vez que un toro coge a un torero/asesino, llora de rabia cuando incluyen el maltrato en la sección de cultura. Mi ideología cree en los derechos humanos y en la necesidad de defenderlos –y ahora recuperarlos-. A mi ideología le tiembla el alma cuando oye decir que republicanos y reaccionarios ‘fueron igual de malos’, cada vez que recuerda que, casi 90 años después, la Justicia sigue durmiendo a dos metros bajo tierra, a los pies de las más de 100.000 personas que todavía yacen en cunetas.

Mi ideología no cree en Dios, pero sí en los servicios públicos: sanidad, educación, transporte, banca, pensiones…, considera que lo que construye la gente, ha de ser propiedad de la gente, de todos y de nadie. Mi ideología es laica, faltaría más, defiende la derogación del Concordato con la Santa Sede para poder vivir con libertad y separar de una vez por todas y contundentemente la Iglesia del Estado, y lucha por que en los centros educativos públicos se retire la catequesis que supone la asignatura de religión. A mi ideología le gustaría ir al cine, a un concierto, a un recital, comprarse un libro o ver teatro de vez en cuando sin tener que pensar durante días que para ello tendrá que reducir su porción de comida durante dos semanas.

Mi ideología detesta los conflictos armados, y, si por ella fuera, no habría ejércitos permanentes. Mi ideología dijo NO a la OTAN y hoy dice NO al TTIP. Mi ideología siente náuseas de ver que, por incansable que sea la lucha de los colectivos LGTB, estos nunca terminan de poder llegar a dejar de ser un colectivo discriminatoriamente diferenciado y no parte del conjunto libre de la sociedad. Mi ideología se emociona con la Internacional, con Labordeta, con el himno de Riego, con Aute, con José Luís Sampedro, y, sobre todo, con la fuerza de la lucha de la clase obrera en las calles.

Mi ideología siente orgullo por Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García, Luisa Rodríguez de la Fuente. Y también por Clara Campoamor, Victoria Kent, Concepción Arenal. Si mi ideología tuviera un himno, cantaríamos versos de Miguel Hernández.

Mi ideología cree que hay que acatar la Constitución de 1978, pero, sobre todo, trabajar para cambiarla. Mi ideología es demócrata y, por ello, defiende el derecho a decidir en todos los sentidos: derecho de autodeterminación de los pueblos, derecho a decidir sobre una posible reforma de la Constitución, derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la vida –o la muerte-, derecho a decir el modelo de Estado, derecho a decidir a quién amar y cómo. Todo ello de forma directa, sin intermediarios.

Mi ideología se parte la cara en las calles para parar desahucios de sus vecinos, se parte la cara en la calle por la Educación pública, por la Sanidad pública, por salarios y condiciones de trabajo dignos, contra la Violencia Machista, por la igualdad. Mi ideología quiere ir a la universidad sin que sus padres tengan que vivir asfixiados. Mi ideología mira a las personas a los ojos, no a la piel. Mi ideología se remanga cada día para levantar el Sol aunque se queme las manos constantemente.

Comprendo considerablemente bien a aquellos y aquellas que ejercen su derecho a voto desechándolo. Pero también me produce una enorme tristeza, no tanto por el hecho mismo de no votar como por el hecho de que su tripa no les vibre por ninguna fuerza. No entiendo aquel voto en las urnas que no sea mero complemento de la necesaria lucha constante en la calle, pero encuentro ambas cosas tan distanciadas en la realidad que nos asfixia como imprescindibles compañeras de la vida que nos debemos.

Como diría Silvio Rodríguez, “tenemos derecho a la palabra, a la memoria, a la canción negada, a la letra proscrita, al sueño sublevado, a re-crear la vida, vida cotidiana, vida con dignidad”.

Y desconozco el nombre de mi ideología, pero jamás le he buscado uno ni pienso hacerlo. Ella no sabe cómo se llama, pero sabe bien de dónde viene y con quién está. Ella nació abajo para encasquillar las armas a los de arriba. Ella nació opresión, nació miedo, nació tortura, nació sumisa, nació indefensa, nació invisible. Ella creció ilusión, creció ternura, creció con alas, con chaleco antifascismo, con puño izquierdo en alto, creció para nunca mermarse. Y ahora renacerá segura, renacerá sin miedo, renacerá insumisa, renacerá con el mismo puño en alto y con una enorme sonrisa. Renacerá invencible.

Pero solo lo hará si damos a la calle la fuerza que necesita en esas instituciones que nunca nos representaron, para hacer que lo hagan de una vez por todas. Para hacerlas nuestras. Solo será posible frenar las miserias de la hegemonía que nos domina y nos avasalla, golpeando sobre la urna con el mismo puño que levantamos y apretamos con fuerza en las calles, nosotras y nuestras abuelas.

Por fin, después de tantos años de dignidad silenciada, hoy vuelve a vibrar “la voz que grita entre los huesos de las cunetas para despertar al Universo”.

Unidas Podemos.

[Foto: EL PAÍS]