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Este texto va contener un inevitable sesgo que no es tanto mi ideología en sí misma como mi sencilla razón de ser y de entender y asimilar las cosas que se suceden. 

Ayer noche tuvo lugar el enésimo debate electoral, y cualquiera podría decir “no me dijo nada”, “me quedé igual”, “son todos iguales”, “a ver si llegan a un acuerdo de una vez por todas”. A mí sí me sirvió, y de bastante. Ayer pude vislumbrar, también por enésima vez pero de una manera más contundente, quiénes llevan detrás todo un proyecto político y quiénes un equipo de márketing con prolongada experiencia laboral en concesionarios de motocicletas.

No es Mariano Rajoy, no es Pedro Sánchez, no es Albert Rivera y no es Pablo Iglesias. Ya no se trata de hablar del pasado, del presente, ni siquiera del futuro si apuramos; la clave está en interpretar las palabras de los representantes de los partidos no para comentar que este ha dicho esto o el otro ha dicho esta otra cosa, sino para descubrir el contenido programático que a algunas formaciones tanto cuesta poner sobre la mesa. Hay quienes hacen propuestas concretas, y los hay que se ven obligados a recurrir a la descalificación personal e incluso la mentira, o al lloriqueo, porque son incapaces de ofrecer un proyecto con la suficiente consistencia como para que parezca medio creíble.

Por hacer un resumen de lo que yo, personalmente, vi en el debate: Mariano Rajoy salvó el cuello, aun habiendo sido atacado por todos los demás, con su táctica infalible de auto-inducir su cuerpo y su alma en un profundo y más o menos respetable modo lechuga. Lo que vendría a ser “hacerse el muerto”, que diría un familiar mío. Logró evitar dar explicaciones en materia de corrupción, logró hacerse escuchar y, en definitiva, consiguió que, como líder de un partido que debería estar ilegalizado o, como mínimo, suspendida su actividad, no fuera echado a los perros por los espectadores.

Pedro Sánchez estuvo más bien tirando a invisible, pese a su altura. No solo no ha aprendido de encuentros anteriores que un debate no se gana diciendo muchas veces “socialismo” y “yo me comprometo”, sino que además incorporó a su repertorio una nueva frase que por su insaciable repetición casi parecía una canción reggetonera de entretiempo: “Yo propuse un gobierno socialista y el Sr. Iglesias lo impidió juntándose con el PP”. Es como un “jo, mami, que no me han apoyado para ser presi” más sofisticado, más de candidato a calientasillón. Aunque no salió mal parado en los barómetros posteriores al debate. Quedar tercero no es solo casi una predicción de futuro sino también un tremendo logro para alguien que basa sus intervenciones en materia de lo que sea en llorar por no haber sido investido presidente y copiar propuestas y minutos de oro de otros partidos.

Albert Rivera fue, sin duda, el animador/incendiador del encuentro al más puro estilo Eduardo Inda, pero yendo más allá: las imágenes impresas en cartón. Ya aprovechó otras ocasiones para mentir sin que los afectados por X acusaciones pudieran defenderse, como sucedió en la entrevista que le hicieron en Antena 3 hace poco más de una semana. Pero esta vez tenía a Pablo Iglesias bien cerca, y muy poco dispuesto este a permitir el enésimo ataque sin fundamentos que se producía de manos de Rivera. El líder de la formación naranja, ya casi mandarina, ha sabido situarse en la posición más cómoda y atractiva para una pequeña -menos mal- parte de la población, la de mediador (aunque en el fondo no lo sea). ‘Yo no soy ni izquierda ni derecha, digo algunas cosillas malas del resto pero sin pasarme por si hubiera que pactar, y presento mis ideas como salvadoras de un constante encontronazo entre las partes’. O cómo meterla doblada a la gente con un discurso desideologizado y con cimientos de arena.

Y a Pablo Iglesias, si se me permite,  y desde el respeto, le faltó la cal viva que los procesos electorales obligan a achicar para evitar naufragios. Con todo, mantuvo la paciencia oportuna frente a los ataques infundados y presentó parte esencial del programa de Unidxs Podemos, teniendo en cuenta que, en términos generales, se habló de nada un poco. Estuvo claro y conciso en las ocasiones que tuvo y dio a conocer propuestas bastante concretas -no difusas- en cada una de las materias que se abordaron. La estrategia estaba clara y consiguió emprenderla. Logró hacer ver que solo hay dos alternativas y dejar a Pedro Sanchez en tierra de nadie sin resultar ofensivo ni pretender serlo.

Con respecto al debate en su conjunto, y ya dejo de teclear, sobraba, al menos, un moderador; los bloques temáticos parecían repetitivos y excesivamente mascados, y tuvieron como consecuencia un debate aburrido en el que se habló de lo de siempre, de nada con extra de palabrería y distorsión. Faltó Educación, Sanidad, Cultura, más de 1’5 minutos de Violencia Machista, qué menos, Medio Ambiente. Y para mi gusto, faltó algo que falta siempre, claro, que es una discusión abierta sobre la configuración del Estado y de las instituciones que nos representan, la Memoria Histórica y, en Política Exterior, menos Brexit y más Sáhara Occidental, que ya van 40, no me cansaré de repetirlo, y Derechos Humanos.

Los participantes, por su parte, estuvieron poco dinámicos, escaseó esa interrupción sutil permitida que hace que un debate sea un debate y no una procesión de Semana Santa cartagenera de monólogos cronometrados.

Todo está aún por suceder, y todo es posible. Los barómetros posteriores al debate pudieron ser una suerte de predicción de futuro.

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Foto: Atresplayer