Archivos Mensuales: junio 2016

La vida que nos debemos

Hay mucha gente tratando de definir lo que a menudo es indefinible. Existe una lucha constante e incansable de ideologías, o lo que es peor, no de ideologías sino de nombres de ideologías. Yo no sé si soy ‘una joven comunista’, si creo en el socialismo, si soy anarquista, leninista, chavista, jacobina… Falangista seguro que no. Y no lo sé por una sencilla razón: nunca he comprendido por qué tengo que ser una cosa u otra. No comprendo por qué el desarrollo y la transformación ideológica de la gente se asumen siempre como una traición y no como lo que es, un proceso de aprendizaje y de evolución personal. No termino de entender por qué tengo que etiquetar mi forma de ver la vida y, por consiguiente, limitarla.

Por supuesto que tengo ideología –lo contrario me causa pavor-, pero la ideología de lo que, para mí, es el sentido común, de lo que es la realidad no solo como la veo sino también como me gustaría verla.

Mi ideología respeta la naturaleza, la cuida y lucha por revertir el cambio climático, entre otros efectos secundarios de la existencia del ser humano, no tarda más de 10 minutos en ducharse y lleva el aceite usado a puntos limpios. Qué tontería y qué necesario. Mi ideología se estremece cada vez que ve sufrir a un animal, vitorea cada vez que un toro coge a un torero/asesino, llora de rabia cuando incluyen el maltrato en la sección de cultura. Mi ideología cree en los derechos humanos y en la necesidad de defenderlos –y ahora recuperarlos-. A mi ideología le tiembla el alma cuando oye decir que republicanos y reaccionarios ‘fueron igual de malos’, cada vez que recuerda que, casi 90 años después, la Justicia sigue durmiendo a dos metros bajo tierra, a los pies de las más de 100.000 personas que todavía yacen en cunetas.

Mi ideología no cree en Dios, pero sí en los servicios públicos: sanidad, educación, transporte, banca, pensiones…, considera que lo que construye la gente, ha de ser propiedad de la gente, de todos y de nadie. Mi ideología es laica, faltaría más, defiende la derogación del Concordato con la Santa Sede para poder vivir con libertad y separar de una vez por todas y contundentemente la Iglesia del Estado, y lucha por que en los centros educativos públicos se retire la catequesis que supone la asignatura de religión. A mi ideología le gustaría ir al cine, a un concierto, a un recital, comprarse un libro o ver teatro de vez en cuando sin tener que pensar durante días que para ello tendrá que reducir su porción de comida durante dos semanas.

Mi ideología detesta los conflictos armados, y, si por ella fuera, no habría ejércitos permanentes. Mi ideología dijo NO a la OTAN y hoy dice NO al TTIP. Mi ideología siente náuseas de ver que, por incansable que sea la lucha de los colectivos LGTB, estos nunca terminan de poder llegar a dejar de ser un colectivo discriminatoriamente diferenciado y no parte del conjunto libre de la sociedad. Mi ideología se emociona con la Internacional, con Labordeta, con el himno de Riego, con Aute, con José Luís Sampedro, y, sobre todo, con la fuerza de la lucha de la clase obrera en las calles.

Mi ideología siente orgullo por Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García, Luisa Rodríguez de la Fuente. Y también por Clara Campoamor, Victoria Kent, Concepción Arenal. Si mi ideología tuviera un himno, cantaríamos versos de Miguel Hernández.

Mi ideología cree que hay que acatar la Constitución de 1978, pero, sobre todo, trabajar para cambiarla. Mi ideología es demócrata y, por ello, defiende el derecho a decidir en todos los sentidos: derecho de autodeterminación de los pueblos, derecho a decidir sobre una posible reforma de la Constitución, derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la vida –o la muerte-, derecho a decir el modelo de Estado, derecho a decidir a quién amar y cómo. Todo ello de forma directa, sin intermediarios.

Mi ideología se parte la cara en las calles para parar desahucios de sus vecinos, se parte la cara en la calle por la Educación pública, por la Sanidad pública, por salarios y condiciones de trabajo dignos, contra la Violencia Machista, por la igualdad. Mi ideología quiere ir a la universidad sin que sus padres tengan que vivir asfixiados. Mi ideología mira a las personas a los ojos, no a la piel. Mi ideología se remanga cada día para levantar el Sol aunque se queme las manos constantemente.

Comprendo considerablemente bien a aquellos y aquellas que ejercen su derecho a voto desechándolo. Pero también me produce una enorme tristeza, no tanto por el hecho mismo de no votar como por el hecho de que su tripa no les vibre por ninguna fuerza. No entiendo aquel voto en las urnas que no sea mero complemento de la necesaria lucha constante en la calle, pero encuentro ambas cosas tan distanciadas en la realidad que nos asfixia como imprescindibles compañeras de la vida que nos debemos.

Como diría Silvio Rodríguez, “tenemos derecho a la palabra, a la memoria, a la canción negada, a la letra proscrita, al sueño sublevado, a re-crear la vida, vida cotidiana, vida con dignidad”.

Y desconozco el nombre de mi ideología, pero jamás le he buscado uno ni pienso hacerlo. Ella no sabe cómo se llama, pero sabe bien de dónde viene y con quién está. Ella nació abajo para encasquillar las armas a los de arriba. Ella nació opresión, nació miedo, nació tortura, nació sumisa, nació indefensa, nació invisible. Ella creció ilusión, creció ternura, creció con alas, con chaleco antifascismo, con puño izquierdo en alto, creció para nunca mermarse. Y ahora renacerá segura, renacerá sin miedo, renacerá insumisa, renacerá con el mismo puño en alto y con una enorme sonrisa. Renacerá invencible.

Pero solo lo hará si damos a la calle la fuerza que necesita en esas instituciones que nunca nos representaron, para hacer que lo hagan de una vez por todas. Para hacerlas nuestras. Solo será posible frenar las miserias de la hegemonía que nos domina y nos avasalla, golpeando sobre la urna con el mismo puño que levantamos y apretamos con fuerza en las calles, nosotras y nuestras abuelas.

Por fin, después de tantos años de dignidad silenciada, hoy vuelve a vibrar “la voz que grita entre los huesos de las cunetas para despertar al Universo”.

Unidas Podemos.

[Foto: EL PAÍS]

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Acto de Unidos Podemos en Murcia

Galería fotográfica del encuentro de campaña de Unidos Podemos en Murcia, con Íñigo Errejón y Julio Rodríguez.

La sonrisa de un país.

(Hacer click en la siguiente fotografía para ver el álbum completo)

Íñigo Errejón en Murcia

El barómetro posterior al debate pudo predecir el futuro

Este texto va contener un inevitable sesgo que no es tanto mi ideología en sí misma como mi sencilla razón de ser y de entender y asimilar las cosas que se suceden. 

Ayer noche tuvo lugar el enésimo debate electoral, y cualquiera podría decir “no me dijo nada”, “me quedé igual”, “son todos iguales”, “a ver si llegan a un acuerdo de una vez por todas”. A mí sí me sirvió, y de bastante. Ayer pude vislumbrar, también por enésima vez pero de una manera más contundente, quiénes llevan detrás todo un proyecto político y quiénes un equipo de márketing con prolongada experiencia laboral en concesionarios de motocicletas.

No es Mariano Rajoy, no es Pedro Sánchez, no es Albert Rivera y no es Pablo Iglesias. Ya no se trata de hablar del pasado, del presente, ni siquiera del futuro si apuramos; la clave está en interpretar las palabras de los representantes de los partidos no para comentar que este ha dicho esto o el otro ha dicho esta otra cosa, sino para descubrir el contenido programático que a algunas formaciones tanto cuesta poner sobre la mesa. Hay quienes hacen propuestas concretas, y los hay que se ven obligados a recurrir a la descalificación personal e incluso la mentira, o al lloriqueo, porque son incapaces de ofrecer un proyecto con la suficiente consistencia como para que parezca medio creíble.

Por hacer un resumen de lo que yo, personalmente, vi en el debate: Mariano Rajoy salvó el cuello, aun habiendo sido atacado por todos los demás, con su táctica infalible de auto-inducir su cuerpo y su alma en un profundo y más o menos respetable modo lechuga. Lo que vendría a ser “hacerse el muerto”, que diría un familiar mío. Logró evitar dar explicaciones en materia de corrupción, logró hacerse escuchar y, en definitiva, consiguió que, como líder de un partido que debería estar ilegalizado o, como mínimo, suspendida su actividad, no fuera echado a los perros por los espectadores.

Pedro Sánchez estuvo más bien tirando a invisible, pese a su altura. No solo no ha aprendido de encuentros anteriores que un debate no se gana diciendo muchas veces “socialismo” y “yo me comprometo”, sino que además incorporó a su repertorio una nueva frase que por su insaciable repetición casi parecía una canción reggetonera de entretiempo: “Yo propuse un gobierno socialista y el Sr. Iglesias lo impidió juntándose con el PP”. Es como un “jo, mami, que no me han apoyado para ser presi” más sofisticado, más de candidato a calientasillón. Aunque no salió mal parado en los barómetros posteriores al debate. Quedar tercero no es solo casi una predicción de futuro sino también un tremendo logro para alguien que basa sus intervenciones en materia de lo que sea en llorar por no haber sido investido presidente y copiar propuestas y minutos de oro de otros partidos.

Albert Rivera fue, sin duda, el animador/incendiador del encuentro al más puro estilo Eduardo Inda, pero yendo más allá: las imágenes impresas en cartón. Ya aprovechó otras ocasiones para mentir sin que los afectados por X acusaciones pudieran defenderse, como sucedió en la entrevista que le hicieron en Antena 3 hace poco más de una semana. Pero esta vez tenía a Pablo Iglesias bien cerca, y muy poco dispuesto este a permitir el enésimo ataque sin fundamentos que se producía de manos de Rivera. El líder de la formación naranja, ya casi mandarina, ha sabido situarse en la posición más cómoda y atractiva para una pequeña -menos mal- parte de la población, la de mediador (aunque en el fondo no lo sea). ‘Yo no soy ni izquierda ni derecha, digo algunas cosillas malas del resto pero sin pasarme por si hubiera que pactar, y presento mis ideas como salvadoras de un constante encontronazo entre las partes’. O cómo meterla doblada a la gente con un discurso desideologizado y con cimientos de arena.

Y a Pablo Iglesias, si se me permite,  y desde el respeto, le faltó la cal viva que los procesos electorales obligan a achicar para evitar naufragios. Con todo, mantuvo la paciencia oportuna frente a los ataques infundados y presentó parte esencial del programa de Unidxs Podemos, teniendo en cuenta que, en términos generales, se habló de nada un poco. Estuvo claro y conciso en las ocasiones que tuvo y dio a conocer propuestas bastante concretas -no difusas- en cada una de las materias que se abordaron. La estrategia estaba clara y consiguió emprenderla. Logró hacer ver que solo hay dos alternativas y dejar a Pedro Sanchez en tierra de nadie sin resultar ofensivo ni pretender serlo.

Con respecto al debate en su conjunto, y ya dejo de teclear, sobraba, al menos, un moderador; los bloques temáticos parecían repetitivos y excesivamente mascados, y tuvieron como consecuencia un debate aburrido en el que se habló de lo de siempre, de nada con extra de palabrería y distorsión. Faltó Educación, Sanidad, Cultura, más de 1’5 minutos de Violencia Machista, qué menos, Medio Ambiente. Y para mi gusto, faltó algo que falta siempre, claro, que es una discusión abierta sobre la configuración del Estado y de las instituciones que nos representan, la Memoria Histórica y, en Política Exterior, menos Brexit y más Sáhara Occidental, que ya van 40, no me cansaré de repetirlo, y Derechos Humanos.

Los participantes, por su parte, estuvieron poco dinámicos, escaseó esa interrupción sutil permitida que hace que un debate sea un debate y no una procesión de Semana Santa cartagenera de monólogos cronometrados.

Todo está aún por suceder, y todo es posible. Los barómetros posteriores al debate pudieron ser una suerte de predicción de futuro.

debate

Foto: Atresplayer