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Que la Monarquía es anacrónica y contraria a los principios democráticos es un hecho tan evidente como ignorado desde el mismo día en que se reinstauró la misma en España tras la dictadura de Franco. No hace falta explicar el porqué de su anacronismo, pues va intrínseco en la definición del término. Pero parece evidente, visto lo visto, que sí es necesario explicar por qué la Monarquía es contraria a los principios democráticos.

Es antagónica a la Democracia porque dichos principios suponen que “todos los que nos representan han de ser libremente elegidos por el pueblo, incluido el jefe del Estado”, lo cual está evidentemente frustrado desde 1936. Además, si atendemos a los arts. 56 y 57 CE que prevén, entre otras cosas, que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” y que “la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don  Juan Carlos I de Borbón, ‘legítimo’ heredero de la dinastía histórica”, podemos confirmar esas profundas carencias democráticas, a pesar de que el discurso que quedara anclado en la sociedad fuera el de Juan Carlos I como salvador de la Democracia española.

Si somos fieles a la realidad en cuanto a lo que a fechas se refiere, son 77 los años que España lleva sin poder elegir el modelo de Estado que quiere. Setenta y siete años que suponen que la última generación que pudo hacerlo, está ya bajo tierra o es poco más que polvo y recuerdos -aparentemente olvidados, presuntamente lapidados con el granito de los falsos mitos de la Guerra Civil-. Setenta y siete años que suponen que España sigue profundamente dormida entre las sábanas de la sumisión, el conformismo y la restricción de cualquier opción de modelo para el país que no contemple la presencia de los que cazan elefantes en sus ratos libres.

Setenta y siete años en los que, curiosamente, se ha caminado hacia la incesante descalificación de la República y de aquellos que la defienden. Y digo curiosamente porque no fueron, precisamente, republicanos los que propiciaron el derrumbe de una sociedad democrática en construcción, ni la caída de un modelo de Estado elegido por el pueblo. No fueron republicanos los que favorecieron que se viviera en España una dictadura de 40 años, cuyo himno, más que ‘Cara al Sol’ no era sino ‘Cara al Miedo’. No fueron republicanos los que condenaron a muerte a miles de personas por su raza, ideología u orientación sexual. No fueron republicanos los que asumieron la jefatura del Estado por obra y gracia del Espíritu Santo abanderados por la palabra Democracia después de haber sido elegidos directa y explícitamente por el dictador.

Republicanos sí fueron los exiliados, asesinados, torturados durante y, sobretodo, tras la guerra. Republicanos sí fueron los que terminaron sufriendo y muriendo en campos de concentración nazis. Republicanos sí fueron los que liberaron París de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Republicanos sí fueron los que comenzaron a construir una sociedad más participativa.

Republicanos sí fueron los que posibilitaron el sufragio femenino, las Misiones Pedagógicas, el derecho a la autonomía de las regiones. Republicanos sí fueron los que limitaron, por fin, los tradicionales privilegios y el desorbitado poder de la Iglesia, los que hicieron posible la libertad de culto e hicieron que la separación entre la Iglesia y el Estado fuera una justa realidad. Y republicanos sí fueron y son las miles de almas desaparecidas, relegadas en fosas comunes por todo el territorio español.

Este artículo no va encaminado a elaborar una posible república ideal para España, ni a señalar la laicidad que seguro representaría  ese Estado probable, ni a rescatar buenos artículos de la Constitución de 1931. No se trata de resucitar a Manuel Azaña ni de cortarle la cabeza al rey, sino de defender el derecho de cada individuo a elegir libre y democráticamente el modelo de Estado que quiere para su país, como han hecho la mayor parte de los países europeos en su paso de la Monarquía a la República. Se trata de recuperar la dignidad que la ciudadanía española perdió en julio de 1936, y que merece recobrar.

Se trata de entender que la democracia no consiste en poder votar cada cuatro años la configuración del Congreso, el Senado y el Parlamento europeo. Que ese discurso ha quedado desfasado. Se trata de comprender que la Democracia real llegará a España el día que entendamos que llevamos viviendo una mentira desde la muerte de Franco y proclamación de Juan Carlos I, pues este fue –y ahora su hijo es- el indiscutible y premeditadamente decorado sustento del espíritu dictatorial que frustró las libertades de los españoles durante cuatro largas décadas.

Por ello es necesario el referéndum, y este ha de ser vinculante. Porque no se entiende que un país se diga ni se sepa democrático teniendo un jefe de Estado no electo. Porque no se entiende que alguien se haga llamar demócrata, apoyando a una institución renacida y facilitada por el Franquismo. Porque el derecho a decidir es tan importante como el derecho a ser, incluso me atrevería a decir que es lo mismo. Porque vivimos la Libertad desde la imposición. Porque tenemos la Justicia sepultada en las cunetas de la vergüenza.

Porque la Dignidad se recupera, desenterrando la República.