Archivos Mensuales: abril 2016

Antes de abrir las puertas del sufragio, hay que abrir las puertas de la Educación

Ayer, 19 de abril, se aprobó en la sesión plenaria del Congreso de los Diputados, con el apoyo de los grupos parlamentarios de Podemos y PSOE, la toma en consideración de la Proposición de Ley Orgánica presentada por Esquerra Republicana, por la que se modificaría la Ley Orgánica 5/1985 del Régimen Electoral General, con el fin de ampliar el derecho a voto a los mayores de 16 años.

Al respecto de si es una buena o mala idea no pretendo pronunciarme. Lo que sí me gustaría, y es por ello que escribo estas líneas, es poner de manifiesto otro asunto en relación con el sufragio que me parece importante y primordial.

Está bien que se debata la ampliación del censo que relataba antes, ya que puede ser cierto que a los 16 años ya se tiene o se debe tener una cierta consciencia política o un interés algo más afinado con respecto a la actualidad política del país en el que uno o una reside. Eso no lo discuto. Yo misma he tenido 16 años y ganas de votar. Ahora bien, me parece bastante más urgente atender al hecho de que, en España –desconozco la realidad de otros países-, no se sabe votar. No se sabe votar en absoluto. Y cuando digo que no se sabe votar, no me refiero a que “si la gente supiera votar no votaría al PP” ni nada de eso. Es una cuestión que no tiene que ver con ideologías, sino con educación y conocimientos básicos de los que, por lo general, carecemos.

Desde pequeños nos enseñan a sumar, restar, multiplicar, dividir, jugar al baloncesto, calcular la raíz cuadrada de no sé qué, la tabla periódica de los elementos, la actividad geológica del planeta, el funcionamiento de los aparatos respiratorio y digestivo, las teorías del empresario, y un interminable etcétera. Nos enseñan a  ser posibles futuros emprendedores; a chutar más fuerte que nadie; a calcular matrices que nunca entenderemos para qué sirven ni en qué aspecto de la vida más allá de los libros de texto podríamos aplicarlas; a analizar sintáctica y morfológicamente oraciones para que aprendamos a escribir todos aquellos libros que no nos vamos a leer, pues se nos intenta más bien poco enseñar el maravilloso mundo de la lectura –salvando excepciones-. Y otro largo etcétera.

Nos enseñan todas esas cosas –que no dejan de ser importantes-, y no se nos enseña el funcionamiento de las instituciones que nos ‘representan’ y que configuran, regulan y modifican nuestras vidas: nuestras oportunidades laborales y sociales, nuestros derechos y deberes, nuestra posibilidad de entender el mundo de una manera o de otra. No se nos explica cómo están formados el Congreso, el Senado, ni las instituciones europeas, y se pretende que, luego, las intenciones de voto tengan sentido. No se nos muestra el camino hacia la comprensión del sistema que conforma la realidad que podemos vivir. No se nos ayuda a conocer el porqué de la existencia de esos órganos de representación ni se nos enseña, por supuesto, a cuestionarlos.

Hay gente que, ya en la madurez, no sabe en qué sobre ha de colocar qué papeleta. Hay gente que no emite su voto al Senado, no porque pretenda boicotear esa Cámara en base a unas determinadas ideas, sino porque no sabe ni lo que es ni la función que cumple. Hay gente que vota desde el total y profundo desconocimiento del programa al que está prestando su apoyo electoral. Hay gente que confunde proyectos de diferentes partidos.

No es de extrañar que los discursos desideologizados consigan captar una importante cantidad de votantes. No es de extrañar porque no estamos educados para tener valores e ideas claras sobre los temas más controvertidos y a la vez más trascendentales de la realidad social, laboral, jurídica, etc., que tenemos sobre nosotros, que nos pisa los tobillos al caminar. De hecho, es muy probable que no sepamos señalar los pies que nos zancadillean,  que frustran nuestras libertades, nuestros derechos y nuestras vidas. A la vista está.

Y, por supuesto, en este sentido, los medios de comunicación cumplen un papel fundamental. De la misma manera que no se incluye en ningún plan de estudios el conocimiento de las instituciones políticas, no se incluye la alfabetización mediática, la educación en medios. La educación en –o mejor dicho, ante- medios es algo que, en 2016, debería ser de carácter obligatorio. Cada día y a cada instante estamos expuestos a los innumerables mensajes que emiten los distintos medios de comunicación –que cada vez son más en número y formato- y no sabemos ni interpretarlos.

No sabemos porque, una vez más, no se nos ha enseñado a hacerlo. Se nos ha instado a engullir unos determinados contenidos televisivos, radiofónicos o de cualquier tipo sin necesidad de detenernos a analizar ni el más mínimo detalle de lo que estos nos ofrecen y por qué lo hacen de una manera determinada o desde una perspectiva concreta.

No se nos enseña a fijarnos en todos esos detalles que permite la maquinaria audiovisual y que escapa a nuestro control el 99% de las veces. No se nos enseña a identificar la intencionalidad de según qué gráficos, de según qué imágenes, de según qué tiempos o espacios en antena, de según qué expresiones, de según qué banalidades; ni a vislumbrar los recursos retóricos de los diferentes discursos ideológicos que reproducen los medios.

Decía Enrique Belda, profesor de Derecho Constitucional, en el contexto de una Jornadas de Transparencia y Buen Gobierno a las que asistí, que “no nos enseñan derecho, ni tampoco a administrarnos”. Y se preguntaba: “¿Si no sabemos administrarnos, cómo vamos a administrar una organización o estar capacitados para decidir quién lo hace mejor?”. Y es cierto aquello que dice. ¿Cómo vamos a votar con criterio si no sabemos cómo votar, por qué votar, para qué votar, ni siquiera lo que es tener criterio?

Lo que ocurre a partir de esta falta de educación en medios, en derecho y en funcionalidad institucional, es que nos vemos abocados a votar “libremente” desde la imposición, desde la irracionalidad. Un voto nunca será racional si no se emite con los conocimientos necesarios. Porque entonces no somos partícipes libres y activos del sufragio, sino diminutas partículas de una enorme masa maleable que dispara ‘poder al poder’ sin mirar dónde apunta.

Decía Belda, además, que “solo con una sociedad educada es posible hablar de un voto racional”, y que “es un error que el ciudadano no tenga que responder ante nadie al votar”. Y con ambas afirmaciones estoy de acuerdo.

Yo abogo por la inclusión de asignaturas encaminadas a formar ciudadanos activos que sean capaces de participar de la política de su país con dignidad y libertad, y con la disposición suficiente para dirigir sus actuaciones en base a una necesaria mirada crítica; en los planes de estudios de los centros educativos desde una edad considerablemente temprana.

Nos quieren sumisos, indefensos, manejables. Un pueblo nunca será libre sin el necesario empoderamiento educativo del mismo.

Antes de abrir las puertas del sufragio, hay que abrir las puertas de la educación.

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La Dignidad se recupera desenterrando la República

Que la Monarquía es anacrónica y contraria a los principios democráticos es un hecho tan evidente como ignorado desde el mismo día en que se reinstauró la misma en España tras la dictadura de Franco. No hace falta explicar el porqué de su anacronismo, pues va intrínseco en la definición del término. Pero parece evidente, visto lo visto, que sí es necesario explicar por qué la Monarquía es contraria a los principios democráticos.

Es antagónica a la Democracia porque dichos principios suponen que “todos los que nos representan han de ser libremente elegidos por el pueblo, incluido el jefe del Estado”, lo cual está evidentemente frustrado desde 1936. Además, si atendemos a los arts. 56 y 57 CE que prevén, entre otras cosas, que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” y que “la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don  Juan Carlos I de Borbón, ‘legítimo’ heredero de la dinastía histórica”, podemos confirmar esas profundas carencias democráticas, a pesar de que el discurso que quedara anclado en la sociedad fuera el de Juan Carlos I como salvador de la Democracia española.

Si somos fieles a la realidad en cuanto a lo que a fechas se refiere, son 77 los años que España lleva sin poder elegir el modelo de Estado que quiere. Setenta y siete años que suponen que la última generación que pudo hacerlo, está ya bajo tierra o es poco más que polvo y recuerdos -aparentemente olvidados, presuntamente lapidados con el granito de los falsos mitos de la Guerra Civil-. Setenta y siete años que suponen que España sigue profundamente dormida entre las sábanas de la sumisión, el conformismo y la restricción de cualquier opción de modelo para el país que no contemple la presencia de los que cazan elefantes en sus ratos libres.

Setenta y siete años en los que, curiosamente, se ha caminado hacia la incesante descalificación de la República y de aquellos que la defienden. Y digo curiosamente porque no fueron, precisamente, republicanos los que propiciaron el derrumbe de una sociedad democrática en construcción, ni la caída de un modelo de Estado elegido por el pueblo. No fueron republicanos los que favorecieron que se viviera en España una dictadura de 40 años, cuyo himno, más que ‘Cara al Sol’ no era sino ‘Cara al Miedo’. No fueron republicanos los que condenaron a muerte a miles de personas por su raza, ideología u orientación sexual. No fueron republicanos los que asumieron la jefatura del Estado por obra y gracia del Espíritu Santo abanderados por la palabra Democracia después de haber sido elegidos directa y explícitamente por el dictador.

Republicanos sí fueron los exiliados, asesinados, torturados durante y, sobretodo, tras la guerra. Republicanos sí fueron los que terminaron sufriendo y muriendo en campos de concentración nazis. Republicanos sí fueron los que liberaron París de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Republicanos sí fueron los que comenzaron a construir una sociedad más participativa.

Republicanos sí fueron los que posibilitaron el sufragio femenino, las Misiones Pedagógicas, el derecho a la autonomía de las regiones. Republicanos sí fueron los que limitaron, por fin, los tradicionales privilegios y el desorbitado poder de la Iglesia, los que hicieron posible la libertad de culto e hicieron que la separación entre la Iglesia y el Estado fuera una justa realidad. Y republicanos sí fueron y son las miles de almas desaparecidas, relegadas en fosas comunes por todo el territorio español.

Este artículo no va encaminado a elaborar una posible república ideal para España, ni a señalar la laicidad que seguro representaría  ese Estado probable, ni a rescatar buenos artículos de la Constitución de 1931. No se trata de resucitar a Manuel Azaña ni de cortarle la cabeza al rey, sino de defender el derecho de cada individuo a elegir libre y democráticamente el modelo de Estado que quiere para su país, como han hecho la mayor parte de los países europeos en su paso de la Monarquía a la República. Se trata de recuperar la dignidad que la ciudadanía española perdió en julio de 1936, y que merece recobrar.

Se trata de entender que la democracia no consiste en poder votar cada cuatro años la configuración del Congreso, el Senado y el Parlamento europeo. Que ese discurso ha quedado desfasado. Se trata de comprender que la Democracia real llegará a España el día que entendamos que llevamos viviendo una mentira desde la muerte de Franco y proclamación de Juan Carlos I, pues este fue –y ahora su hijo es- el indiscutible y premeditadamente decorado sustento del espíritu dictatorial que frustró las libertades de los españoles durante cuatro largas décadas.

Por ello es necesario el referéndum, y este ha de ser vinculante. Porque no se entiende que un país se diga ni se sepa democrático teniendo un jefe de Estado no electo. Porque no se entiende que alguien se haga llamar demócrata, apoyando a una institución renacida y facilitada por el Franquismo. Porque el derecho a decidir es tan importante como el derecho a ser, incluso me atrevería a decir que es lo mismo. Porque vivimos la Libertad desde la imposición. Porque tenemos la Justicia sepultada en las cunetas de la vergüenza.

Porque la Dignidad se recupera, desenterrando la República.

Levanta del sillón para que no haya más “Chicas Nuevas 24 Horas”

Mabel Lozano, cineasta y activista española, ha dirigido recientemente –y tras diez años de investigación y trabajo- un largometraje llamado “Chicas Nuevas 24 Horas” sobre la Trata de Personas con fines de Explotación Sexual. En él puede contemplarse el nivel de miseria y humillación que padecen miles de mujeres en el mundo como consecuencia de estas prácticas, que vulneran con frialdad los Derechos Humanos día tras día.

A partir de la presentación del documental mencionado, alcanzo a estructurar una serie de pensamientos que espero sean útiles.

En un mundo en el que las cosas son verdad “porque salen en la tele”, huelga decir que resulta verdaderamente sangrante que sucesos del calibre de la vulneración de los Derechos Humanos –como es, en este caso, la trata de personas- no sea noticia, o lo sean de la manera que lo son (a través de imágenes de oscuridad, fomentando que sea un tema tabú en todos sus ámbitos). Pues, de esta manera, es inevitable que los espectadores los califiquen de inexistentes, de irrelevantes, o de hechos de los que solo debemos alejarnos física y mentalmente. Lo cual tiene como consecuencia que nada cambie.

Desafortunadamente parece que el “valor noticia” se configura en función de la audiencia que las emisiones vayan a generar. Priman el sensacionalismo y la inmediata actualidad;  y carecen de importancia –y, por consiguiente, de tiempo en antena- los reportajes basados en investigaciones en profundidad, de imprescindible emisión, que fomenten la concienciación de la ciudadanía con respecto a las innumerables y aberrantes injusticias que se producen cada día en el mundo. Y con “mundo” me refiero al portal de casa de uno mismo también. Cabe preguntarse si el “valor noticia” está destruyendo el “valor periodístico”, o lo que es peor, el “valor humano”.

Como decía Mabel Lozano, en los medios de comunicación se cubre el tema de la trata de personas con fines de explotación sexual desde el morbo y el amarillismo que mencionaba antes, y con un tono tan desafectuoso que parece que los artículos sobre ello son escritos por robots.

Sin embargo, la no cobertura o la precaria cobertura sobre la materia, no disminuye ni hace desaparecer a la misma. Sin embargo, en 2014, más de 30.000 mujeres fueron víctimas de trata en la Unión Europea. Sin embargo, 32.000 millones de dólares al año se obtienen a través de la explotación sexual. Sin embargo, miles de mujeres y niñas se encuentran, en el mismo momento en que usted lee estas líneas, en la dura tesitura de tener que soportar maltrato físico y psicológico y mantener relaciones sexuales de manera forzada, entre otras vejaciones, a cambio de conservar la vida. Si es que eso puede llamarse y considerarse como tal. Sin embargo, todas esas víctimas siguen siendo cifras. Sin embargo, la ingobernable corrupción en países como Perú o Colombia hace que sea imposible evitar lo anterior. Sin embargo, España es el tercer país demandante de esos “servicios” después de Tailandia y Puerto Rico. Sin embargo, sin embargo y sin embargo.

Y sin embargo es muy probable que, al término de la última línea de este humilde escrito, el 99% de los lectores agoten su lucha por la causa en un sentido suspiro, y sigan con sus vidas en libertad sin mayor desasosiego.

Esto último tiene mucho que ver con la Educación. Con la Educación en mayúscula. Se acostumbra a subestimar el poder de las aulas y de los medios de comunicación –que, en última instancia, son aulas también-, sin reparar en que los conocimientos que adquirimos y los valores morales que desarrollamos a lo largo de nuestra vida, a través de los diversos foros educativos, configuran directamente nuestra visión y nuestra afección con respecto a lo que nos rodea y nos estructura la existencia.

¿Qué estamos haciendo mal? ¿Cuán responsables somos, sin darnos cuenta, aquí en España, de lo que sucede más allá de nuestras opacas fronteras? ¿Qué podemos hacer para redimirnos de ello y contribuir con la desarticulación, en este caso, de la trata de personas y la explotación sexual? ¿Por qué hay tantas personas que todavía no se han hecho estas preguntas? ¿A qué esperan?

Las más de 30.000 Yandys, Sofías, Ana Ramonas, Estelas (protagonistas del largometraje en cuestión) del mundo, necesitan altavoces y, sobre todo, recuperar la libertad, la dignidad, la vida. Y ello solo será posible si aquellos y aquellas que tenemos oportunidades nos levantamos del sillón y salimos a la calle, cada uno desde su ámbito, a destapar estas aberraciones y a reclamar esas oportunidades que también les pertenecen a ellas. Ellas, que podríamos ser cualquiera de nosotras.

 «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». (Eduardo Galeano)