Leer, lo que se dice leer…

De mi familia soy la que tengo fama de devorar libros desde que recuerdo, de leer por encima de las posibilidades de cualquier ser humano. De pequeña, si tocaba tener la Play Station porque así lo decían los anuncios de la tele previos a la noche de reyes magos, yo pedía que al menos viniera con juegos de hacer palabras. Si tocaba cumpleaños, yo pedía libros. Si había jornada de actividades y juegos varios en el instituto, yo me inscribía en el Pasalabra del profe de lengua. Si había tiempo muerto con amigas de no saber que hacer, yo en vez de juegos de manos prefería las palabras encadenadas. Gané algún concurso literario en el instituto y esas cosas a las que nos apuntamos, forzadas casi siempre por una amiga, las que en vez de coleccionar cromos coleccionábamos las tiras de Mafalda o los libros de Kika Superbruja y nos sabíamos de memoria los poemas de Gloria Fuertes. Unos 4 de los tropecientos años que parece que llevo en la universidad, me los he pasado dejándome la vista leyendo prensa por el día y ensayo a la noche. En fin, que mi madre creció conmigo pensando que había gestado a una especie de obsesa por la literatura.

Pero hoy tengo que decirle una verdad a mi madre, y se la voy a decir cantando al ritmo de Rozalén: mamá, “leer, lo que se dice leer… leer, leer, leer… no leo”. Fuera de broma, hace meses que no leo. Y no acaba ahí el asunto. Hace meses que no leo, con el ebook ese no me apaño, hace años que no quiero que cualquiera me regale un libro y, ya lo siento, pero no llegué ni a empezar ‘La historia interminable’ de Michael Ende. Y mira que yo no hago ascos a nada que esté disponible para leer, así sea de tapa dura o blanda, en papel o digital, sea un libro o un ticket de la compra. Pero es que resulta que no, hace mucho que no leo cualquier cosa. Y no, no conozco a todos los autores, más que nada porque hace mucho que solo voy en busca y captura de las autoras que nunca estudié en el cole. Y no, no he gastado más en libros que en billetes de viaje para ver a otras personas a pesar de tener, cada vez más, el pecho cargado de ganas de estar sola.

Hace meses que no leo por muchos motivos. El primero de todos y el que más vergüenza me da: porque no me apetece una mierda. No leo novelas porque hace tiempo que me aburren. Por más que me he resistido, al final se me ha adaptado el cerebro a la sangrante tendencia multitarea y me cuesta concentrarme y terminar lo que empiezo. Hace meses que no leo porque no tengo tiempo y el tiempo que tengo lo utilizo para lavarme la ropa que ya estoy casi sin bragas, fregar los platos que llegan al techo, sacar la basura que ya huele, limpiar el aseo que no hay quien se siente a cagar a gusto, hacer la compra que solo me queda medio tomate en el frigo, cocinarme unas lentejas que estoy hasta el coño de comer un bocadillo rápido de lunes a viernes… Y dormir. Y sentarme en la plaza del barrio a mirar al sol a la cara. Y tomarme un té en un recipiente que no sea para llevar.

Hay un millón de libros que quiero leer. Que quiero de leer de verdad, que me muero de ganas por tener entre mis manos y pasarme noches en vela. De esos que te apagan el móvil solo con olerlos, después de leer la dedicatoria inicial. De esos que no puedes evitar subrayar hasta el absurdo. Y hay otro millón de libros que creo que quiero leer porque parece que si no te los has leído no sabes na’ de la vida, “ai, animalico, que todavía no se ha leído Orgullo y Prejuicio, madre mía, cuando yo me lo leí allá por el 1400 antes de cristo me cambió la vida”. Eso no es adultocentrismo, eso es prepotencia de toda la vida.

Y ya no quiero que me regalen libros. Porque no quiero leer a Pérez Reverte, porque no quiero leer a Pío Moa, porque no quiero tragarme el tochaco ese de Los pilares de la Tierra ni el de Anna Karenina. Me dan igual los clásicos, porque hay clásicos que son infumables. No es superioridad moral, es optimización del tiempo y de la angustia.

Hace bastante tiempo que dejé de torturarme pensando que debía terminar cualquier libro que empezara. Ahora le doy 30 páginas y, si no me gusta, lo paso. Me da igual que quien firme sea Galeano, Chomsky o Zizek. Estoy harta de señores que escriben libros. Y eso que estos están muertos ya. Espera, no, Zizek sigue vivo y escribiendo. Me da igual que sea una obra de Shakespeare o un ensayo de Bauman. ¡A la mierda!, como diría Labordeta.

Una de las cosas que más ansiedad me provoca es no tener tiempo de sentarme a leer porque sí y no porque toca. ¿Cómo voy a leer si no encuentro hueco ni para cortarme las uñas de los pies? Y el día que encuentre el hueco, leeré algún artículo de mis compañeras de profesión, redacción y vida; leeré los mensajes que tengo pendientes de mi familia; o convertiré en clásico el último libro que leí sobre monjas lesbianas.

 

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¿Entiendes?

Esta vez, cortarme el pelo ha sido un empujón hacia fuera de un armario en el que creí no haber estado nunca.

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Me está costando la vida escribir este post. Sobre todo porque no es un post, sino un intento de encontrar respuestas en un momento vital en el que vuelvo a cuestionármelo todo. Una vía para respirar.

Hace unos días, en Pikara, hablábamos sobre un nuevo espacio de contenido lésbico para Youtube que se nos había ocurrido a Andrea y a mí. June comentó, en clave de humor: “las Andreas, las bolleras de moda”. Nos reímos. “Bueno, Liba es bi, ¿no?”, concluyó. Me dio tal punzada en el estómago que solo pude disimular con una risa y una frase parecida a esta: “nah, ya pasó, llevo un tiempo muy bollera jaja”. June no estaba equivocada, en tanto que era eso lo único que yo había verbalizado en la redacción desde el primer día. Pero en ese momento, la mentira que había tratado de sostener durante toda mi vida sexoafectiva me atravesó el cuerpo y pude tocarla. ¿Por qué en ese instante? ¿Por qué en ese lugar? ¿Por qué de esa forma? No lo sé. Pero se parecía mucho a la sensación de vergüenza que sentía cada vez que comía carne en público cuando intentaba ser vegetariana.

Desde entonces no he parado de pensar en ello y la sensación de estar habitando un cuerpo que no era mío me ha desconsolado las últimas noches. Anteayer me corté el pelo y al llegar a casa pasé media hora frente al espejo asintiendo. Asintiéndome. Qué tontería. Pelo. Si a mí me encanta mi melena larga. Sí, pero esa melena larga era también la melena de una niña bonita que nunca he sido.

Recuerdo cuando tenía unos 6 años. Tuve piojos y mi madre tiró de tijera y me cortó el pelo muchísimo más de lo que a mí me apetecía soportar en el colegio entonces. Le monté un pollo memorable. ¿Por qué? Porque -tachán- me parecía a Andrés. Andrés, “mi novio del cole jeje”. Y, claro, ¿cómo iba yo a parecerme a Andrés, si era mi novio y yo… su novia? De ninguna de las maneras. Ninguna novia se parecía a su novio. Lo pasé mal unos días, pero enseguida se me olvidó. Al fin y al cabo, nunca me ha preocupado demasiado mi apariencia. Y el pelo creció rápido.

Cuando yo tenía 8 años, mi hermana mayor tenía 14 y ya elegía su propia ropa e incluso iba ella misma a comprársela. Lo nunca visto para mí. Empezaba a vestir un poco más rockerilla, un poco fuera de los márgenes de lo que yo inocentemente veía que era la feminidad. Me gustaba. Me flipaba su armario. Tanto que todas las veces que jugamos al escondite yo me escondí allí hasta romper la madera de abajo. (¿Señal? Pot ser.) Y siempre esperaba impaciente a que hiciera limpieza porque eso significaba mercadillo para mí y un paso más en dirección contraria a la ropa de nena que me compraba mi madre. No sé si tiene relación, pero coincide en el tiempo con la época en la que empecé a decirle a toda mi familia que, “por favor, por favor, por favor”, ya estaba bien de vestiditos y camisetitas de flores para mi cumple, que si me compraban ropa, que fueran a la sección de niño. “Esta cría, de verdad, qué cosas tiene jajaja”. “Por favor, de verdad, no quiero ropa más oscura ni nada, no es que quiera pantalones en vez de falda, es que quiero ropa de niño, con o”, insistía yo. Solo una de mis tías, que yo recuerde, me dijo un día: “vale, entendido, a la sección de niño”. Mi padre estaba encantado con eso, supongo que, en cierta parte, porque quizá empezaba a tener por hija al niño que posiblemente siempre quiso. Lo típico.

El caso es que empecé a recoger mi pelo con una coleta muy baja, motivada también, por otra parte, por un fomentado complejo por mis orejas (“pareces Dumbo”, “ponte chinchetas, a ver si se arregla con el tiempo”, “no te pongas la cinta por detrás de las orejas, ya lo que te faltaba”). Sí, yo era, con 8 o 9 años, Pablo Iglesias sin barba. Mi outfit era: pantalones muy anchos, camiseta de manga larga y camiseta de manga corta encima, unos tenis y coleta. Me miraban un poco raro, pero siempre pensé que era porque no me callaba una, ocupaba bastante espacio con mi voz. Un día, subiendo del patio hacia clase (5º de primaria, 9 años), una niña a la que conocía de siempre pero que no era íntima mía, me gritó mientras pasaba por al lado: “¡marimacho!”. Recuerdo perfectamente que pensé: “¿qué es eso?”. Levanté las cejas sin entender nada, aunque sintiéndome un poco mal, porque a esa palabra le había sucedido una risa de burla, y volví a clase. Aquella anécdota se me olvidó hasta años después.

Yo trataba de imitar a mi hermana mayor porque me parecía que era la chica de 15 años más molona que había visto. Las demás me parecían “una pijas”, y mi hermana era guay, porque era diferente. Entonces, por más que ella me echaba a patadas de su habitación porque cada vez que entraba rompía algo, yo nunca paraba de llamar a su puerta. En general, por aquello de que somos scouts y entonces estábamos en activo, vestíamos, generalmente, ropa de monte y movidas así. No estaba mal, me molaba. Pero luego había situaciones sociales en las que, digamos, no pegaba ir con las Salomon llenas de barro. Para esas ocasiones especiales a mí me gustaban los vaqueros, las Converse y las camisas. De cuadros. No tardaron en llegar los “con esa camisa pareces muy bollera”. Para entonces yo ya me había enrollado con la primera chica. Tenía 14. Yo. Ella 16. Ella era hetero y yo no tenía intención de rendirle cuentas a nadie, pero no sentía que estuviera haciendo nada malo. Solo he ocultado una relación en mi vida y es la más reciente. No tuve problema cuando todo el mundo se enteró de que estaba con una chica. Tampoco con la familia. Hasta mi abuela, como buenamente pudo, lo asumió. Aunque hubo preguntas, claro. “Pero entonces, ¿te gustan las chicas?”. Esa fue la primera vez que mentí: “No. Los chicos también”.

A medida que pasaba el tiempo y mi relación con aquella chica avanzaba, se me iban amontonando en la espalda los comentarios: “desde que estás con esta estás más bollera”, “te pongas lo que te pongas te hace bollera”, “esa camisa en una hetero queda guay pero a ti te hace parecer bollera”. No me di cuenta en aquel momento, pero esas palabras llegaron a pesar tanto que acabé comprándome CAMISETAS DE FLORES. Pitillos ajustados de talle alto, mocasines, camisetas estampadas, sujetadores push-up, maquillaje. De repente me detenía frente al espejo para peinarme y me pasaba horas sentada en el suelo con las puertas del armario abiertas. Nunca supe que lo que tenía que hacer era dejar de mirar dentro de él y empezar a mirar dentro de mí.

Esa relación acabó y me lié con un chico de mi clase. Qué rara me sentí. No me desagradó, pero recuerdo estar sentada sobre él en aquel columpio, mientras me hacía un chupetón en el cuello y pensar: “¿qué hostias estoy haciendo?” (por no entrar en el tema de la cultura del chupetón), “¿cómo se coge a un tío para besarlo?”, “¿qué significa ese mordisco?”. Qué chorrada, ¿no? Si somos personas y compartimos código lingüístico. Nada, que no entendía nada. Después fue otra chica y después otra. Sin más ni más. Sí, me gustaban las tías y era sabido por todos. Pero siempre me acompañaba lo mismo. Hacía un comentario sobre un chico y mi padre me decía “pero vamos a ver, ¿tú no eras bollera?”. “No, no, no, no, papá, te lo he dicho mil veces”, respondía yo una y otra vez.

Iba de guay diciendo que yo nunca me había sentido dentro de ningún armario. JÁ. Llego a verme desde fuera y me hubiera dicho: “nena, tú lo que eres es gilipollas”. Claro que te has sentido en el puto armario. Llevas desde que tienes uso de razón pa dentro y pa fuera, abriendo las puertas, encerrándote dentro, robando la ropa que “no te corresponde” y avergonzándote por ello. Recuerdo que mi madre tenía una americana carísima que prefería que no utilizara para jugar por si se manchaba. Cuando me quedaba sola en casa, se la cogía, junto con una camisa y una corbata que quedaba de mi padre en un cajón, me subía a su cama y me miraba en el espejo que tenía justo enfrente mientras le hacía el nudo a la corbata. Pasaba un rato mirándome, haciendo como que era un chico (porque eso una chica no lo hacía, no era lo suyo) y haciendo gestos con la americana, como que me la abrochaba y desabrochaba como veía que lo hacían ellos en las bodas (solo veía a gente trajeada en las bodas, cosa más inútil no había visto en mi vida, por cierto). Cuando oía un sonido de llaves al otro lado de la puerta, me lo quitaba todo y lo volvía a guardar. Llegué a pensar que quizá yo quería ser un chico, pero no tenía ni idea de si eso era posible ni tenía herramientas discursivas, siquiera, para verbalizarlo. Se quedó ahí y yo continué el camino hacia una homosexualidad lo más discreta posible.

Coño, lo pienso ahora y es que estaba haciendo el viaje al revés. En vez salir del armario estaba entrando progresivamente. Todos los besos que me he ahorrado por “no dar el cante”, todas las veces que he mirado a los lados al ir de la mano con otra chica, todas las veces que he hablado en masculino de mis ex, todas las veces que he mentido diciendo que sí había follado con tíos o que he fingido que ya había hecho “unas cuantas pajas”, todas las veces que he especificado que “pero también me gustan los tíos”, todas las veces que he ocultado que estaba en una relación con otra mujer, todas las veces que me “disfrazado de mujer” para ocultar la ya poca pluma que me quedaba, todas las veces que he preferido decir que “era virgen” antes que decir que “había follado con tías” porque entonces haber follado con tías era un pero: “he follado, pero solo con tías”. Era como haber follado menos, como no haber follado del todo. Todas esas veces, he estado irremediable y tristemente dentro del armario. He estado siendo a medias, huyendo de lo que era.

A pesar de que desde los 12-13 años he formado parte de diferentes movimientos sociales (sobre todo, al principio, el movimiento estudiantil) y eso me ha permitido estar en un ambiente, digamos, generoso para el desarrollo de mi identidad, siempre he sentido la necesidad de mantener un pie, o aunque solo fuera la uñita de un dedo, en el campo de lo heteropatriarcalmente “aceptable”. He pasado años intentando con todas mis fuerzas follarme “al enemigo”, como diría Andrea Momoitio. Juro que lo he intentado. Pero solo he logrado siempre salir huyendo y no saber explicarlo. “No era el momento”, “no era la persona”, “no estaba cómoda”, “es que en realidad no me gusta ese tío”. He pasado toda la vida poniendo excusas a quien nunca jamás me las ha pedido. Hasta en Pikara tuve el coño de decir que era bisexual. Joder, que no lo eres, Andrea. Que nunca lo has sido. Que no has podido follarte a un tío porque ni quieres ni te gusta. “Pero si yo cuando me masturbo pienso en tíos”. Mentira. A mitad de fantasía acabas anhelando un espacio no mixto de cuidados y seguridad. “Pero es que me pueden atraer todos los cuerpos”. Es que, querida, no se reduce a eso.

“La heterosexualidad es también un régimen político”. Esto lo escribía Andrea Momoitio hace año y medio en su blog. Ayer me lo recordó una colega entre la primera y la segunda caña y aquel texto que hace un año leí por encima me pasó por encima a mí. Por algún motivo, aunque siempre he vivido mis relaciones sexoafectivas fuera de la heterosexualidad y de la heteronorma y me he dedicado a cuestionarlas, siempre he tenido miedo a desprenderme del todo de lo que yo quizá pensaba que me aseguraba la aceptación, el no abandono, la no soledad.

Hace un tiempo empecé a entenderlo. Mi yo de 6 años, de 8, de 14… no quería ser lo que se suponía que debía, pero quería ser, a secas. Y la bisexualidad, ese medio camino entre la comunión y la irreverencia, digamos que era un espacio seguro para ser bollera. Cuando te reconoces personal y públicamente como lesbiana, dejas, para el heteropatriarcado, de ser follable. Eso significa que dejas de ser mujer. Dejas de ser visible y corres el peligro de dejar de ser. Y yo nunca he sido tan valiente como para prestarme a ello. Hasta ahora. Ahora lo entiendo todo. Ahora, “entiendo”.

La Marcha Verde: invasión marroquí y exilio forzado

Hacía años que España había prometido al pueblo saharauis la celebración de un referéndum de autodeterminación como fin al proceso descolonizado que se estaba produciendo en toda África. Pero en octubre de 1975, España, Marruecos y Mauritania, con el amparo de otros países como EE.UU. o Francia, comienzan las negociaciones para que la invasión militar del territorio saharaui se lleve a cabo.

En noviembre de ese mismo año, cientos de miles de ciudadanos marroquíes (concretamente alrededor de 350.000) cruzan la frontera hacia el Sáhara Español, desde Tarfaya, Abattekh y Zag hacia Daoura, Hagunia y Mahbes, respectivamente. Se trataba de una marcha, en teoría, pacífica, sin embargo, otro frente se abrió entre ellos. A 300 kilómetros de las marchas aparentemente pacíficas ideadas por Hassan II, rey de Marruecos, más de 25.000 soldados marroquíes penetraron en el territorio español por la fuerza y protagonizaron la invasión del Sáhara y la consiguiente aniquilación de sus pueblos. El ejército marroquí ejecutó y enterró vivos a más de 4.500 saharauis en fosas comunes, según relataba la revista La Marea en abril de 2017. “El ganado también es exterminado, envenenan el agua de los pozos, arrasan y destruyen todo lo que encuentran a su paso”, así lo cuenta la asociación Por Un Sáhara Libre.

Ello ocurrió días antes de la firma de los Acuerdos Tripartitos de Madrid, entre España, Marruecos y Mauritania, como estrategia de presión sobre España para acelerar su abandono del territorio en disputa. Los anexos secretos de dicho acuerdo fueron declarados ilegales por el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya en octubre de ese mismo año considerando que “el Sáhara Occidental no tiene lazos de soberanía con Marruecos o Mauritania” y que, por tanto, “debe aplicarse el derecho de autodeterminación”, establecían que España se comprometía a retirarse del territorio ocupado haciendo posible el reparto entre los otros dos países firmantes a cambio importantes concesiones en materia de pesca y de exportación de fosfatos.

La validez jurídica de ese Tratado fue cuestionada, además, por el Secretario General Adjunto de Asuntos Jurídicos y Asesor Jurídico de las Naciones Unidas, Hans Corell, en un dictamen de 29 de enero de 2002, pero, aun así, España se retiró del Sáhara Occidental cediendo el control absoluto y la explotación de los recursos naturales del territorio a Marruecos. Como consecuencia de todo lo relatado, más de 40.000 se vieron obligados a huir hacia Argelia y a levantar campamentos en mitad del desierto, al sur-oeste del territorio argelino.

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Campamentos de personas refugiadas saharauis

Hoy, 42 años después de la huida forzada que protagonizó la población saharaui y tras la invasión marroquí, 150.000 personas viven en la parte del Sáhara Occidental, bajo ocupación marroquí, 50.000 personas sobreviven en la parte del Sáhara Occidental controlada por el Frente Polisario, en medio del desierto, y alrededor de 200.000 personas continúan viviendo en los 5 campamentos -llamados wilayas– de refugiados habilitados en el desierto de Argelia, dependientes de la ayuda humanitaria, esperando una solución política que nunca llega.

Sexismo musical en cifras

Se acerca el verano y, con él, la época del año en la que más festivales de música tienen lugar en España. Los hay de todos o casi todos los estilos musicales, con bandas y artistas de diversas procedencias, y se celebran en multitud de localidades a lo largo y ancho del país. Alicante, Cádiz, Barcelona, Valencia, Albacete, Bilbao y un largo etcétera de ciudades y provincias acogen estos multitudinarios eventos culturales –musicales- y hacen caja.

Hacen caja a través del consumo –compras, consumo de bebida y comida, servicios de transporte y atención ciudadana-, y también hace caja la desigualdad y la discriminación, según señalan colectivos como Mujeres y Música. Si bien es cierto que algunos colectivos y personas anónimas feministas se han organizado para habilitar puntos morados/violetas en muchos festivales, la violencia machista sigue manifestándose en numerosos sentidos. Según un estudio realizado por la organización Mujeres y Música en 2017, la media de bandas compuestas por mujeres o mujeres solistas presentes en los festivales de música más conocidos es del 11,87%.

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Este estudio recoge, con datos numéricos, la presencia de bandas compuestas por mujeres, bandas en las que alguno de los integrantes es mujer o mujeres solistas en los festivales musicales que se celebran en España cada año. Así, expone datos como que, en 2017, en el festival Viña Rock, solo 15 artistas eran mujeres frente a las 464 actuaciones protagonizadas por hombres: 0 bandas integradas por mujeres, 1 mujer solista y 9 bandas mixtas. En el Rototom, 503 de los artistas presentes eran hombres, mientras que solo 57 eran mujeres o bandas cuyas formaciones contenían a alguna mujer. En el Sansan, solo el 5,61% del cartel eran mujeres, en el BBK un 9,89%, en el FIB un 13,64%. El festival con mayor presencia femenina entre los artistas, de entre los analizados por Mujeres y Música, es el Xe Que Bo, con un 38,03%.

Por otra parte, el diario El País relataba en marzo de este año que en el caso del Weekend Beach de Málaga, solo 4 de los más de 60 artistas confirmados para este 2018 son mujeres. En el caso del festival que más público congrega, el Arenal Sound, “hasta 10 mujeres están presentes en las 41 confirmaciones” que había hasta la fecha

Antonio López, fundador de la sala de conciertos alicantina Marearock y organizador del festival de música del mismo nombre al 50% junto con Merche Ramos, explica que, “por lo general”, para la contratación de bandas musicales para el festival hacen “bastante caso a las peticiones del público a través de las redes sociales”. Cada año piden sugerencias al público y tratan de contactar con las bandas más solicitadas. López lamenta que, al parecer, “el público no tiene como prioridad la paridad a la hora de pedir grupos”. En 2017 lanzaron una pregunta abierta en redes sociales y el resultado fue que, de entre las 31 bandas solicitadas por el público, solo 1 tenía presencia femenina: Mafalda. En ese sentido, considera que “hace falta hacer mucha pedagogía”.

Asimismo, desde el equipo organizativo del festival Marearock, destacan la necesidad de “generar conciencia intragrupo”. Desde que pusieran en marcha el festival en 2005, han observado cómo “los propios grupos caen en la dinámica de grupos no mixtos. Estamos acostumbrados/as a ver grupos de hombres sobre los escenarios, donde no existe la representación femenina en ninguno de los instrumentos”.

Puntos violetas

“Vemos bastante indiferencia por parte de las autoridades. Sin ir más lejos, en el Marearock 2018 hemos diseñado un proyecto de punto violeta para visibilizar la importancia de generar espacios libres de sexismo, tanto como tener un equipo de seguridad o sanitario, y el Ayuntamiento no nos respondió nada al respecto cuando se le mandó el dossier del proyecto”, así explica Antonio López las dificultades encontradas a la hora de intentar coordinar una red de iniciativas contra el sexismo para festivales musicales de manera global. De la misma manera, encuentra “insuficientes” los puntos violetas presentes en los festivales para paliar las agresiones machistas y el sexismo, e indica que “es imprescindible conectar tres servicios: seguridad, sanidad y punto violeta. Solo con esos tres servicios ya podemos hablar de una atención más completa”.

Según un análisis interno del festival Marearock, al festival acuden una media de un 55% de hombres y un 45% de mujeres. Sin embargo, atendiendo a los datos del estudio de MYM citado, esa cifra no es directamente proporcional a las bandas musicales y artistas invitados en relación con la paridad en la presencia en los escenarios.

Ante estos datos, se pone de manifiesto una evidencia imperceptible: es una cuestión cultural. Para hacer de la presencia femenina en el espacio público una realidad viable es preciso coordinar una revolución que abarque todos los ámbitos: desde los procesos legislativos y ejecutivos más complejos hasta las prácticas individuales más insignificantes, pasando, por consiguiente, por un necesario cambio cultural contra-hegemónico. 

 

¿QUÉ ES EL FEMINISMO? | ANDREA LIBA

La caverna heteropatriarcal trata de construir una definición criminalizadora del feminismo y consigue, muchas veces, que multitud de personas sientan rechazo o se avergüencen del feminismo.

El feminismo no es lo que algunos pretenden hacer creer. Por eso desmonto esa definición y ofrezco una mucho más cercana a la realidad.

Antes de decir ‘no’ al feminismo, conócelo.

Feminismo es libertad.

Que no me callo

Nos dicen continuamente que “calladitas estamos más guapas”, que somos un incordio, unas pesadas, unas exageradas, que no es para tanto, que nos “relajemos”.

Hay que incomodar para dejar de estar incómodas. Por eso, yo no me callo. Por mí y por todas mis compañeras.

“Yo por ellas, madre, y ellas por mí”.

Tipos de Violencias Machistas

A veces no está claro qué es violencia y qué no. Con el machismo no iba a ser menos. Aquí una modesta herramienta para identificar muchas de las situaciones en las que estamos siendo agredidas.

Margarita Ruiz: “¿Estás vendiendo un producto o estás vendiendo mi cuerpo?”

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Imagen cedida por Margarita Ruiz

Margarita Ruiz, natural de Murcia, tiene 21 años, es estudiante de Realización de proyectos audiovisuales y espectáculos y, desde enero de 2017, modelo en la agencia murciana Covers Models. Ha sido imagen de marcas como Inside, Rocai o Flamingos, entre otras. Se declara feminista y no se puede callar –afirma- “cuando hay algo que no le suena bien”. Nos habla de su experiencia en el mundo del modelaje y transmite su opinión acerca de la situación de las mujeres en esta industria y en la publicidad.

 

La modelo Cameron Russel, en diciembre de 2017, confesó en su cuenta de Instagram que, a la edad de 15 años, fue agredida sexualmente por el fotógrafo con el que hizo unas pruebas. A raíz de esta declaración, su perfil en las redes ha sido altavoz de hasta 60 casos de abuso a modelos.  Otras modelos, motivadas por las recientes denuncias de acoso por parte de actrices de Hollywood, también se han animado a hacer públicas situaciones de abuso vividas durante su carrera. ¿Has presenciado o vivido tú alguna situación de indefensión en primera persona desde que eres modelo?

 

Sí. Fue la única vez que me ha pasado algo así y desde entonces no he vuelto a trabajar con esa persona. Yo acababa de entrar en la agencia y me dijeron que tenía que hacer fotos en ropa interior o bikini (se hace para enseñar a las agencias cómo es tu cuerpo, si tienes tatuajes y demás) con un fotógrafo de renombre. Fui sin saber nada (normalmente no te informan mucho sobre el trabajo que vas a realizar, no te dicen exactamente lo que te vas a poner ni lo que vas a hacer). Me dieron un bikini muy pequeño y me asusté. Si esto se me llega a informar antes, hubiera dicho que no. Iba con una chica que era menor, sus padres firmaron el consentimiento.

En un momento dado, el fotógrafo me pidió que me quitase la parte de arriba. Pensé: “¿qué?”. No. Dije que no y fue que no. Pero después vi las fotos de la otra chica (yo no veía el trabajo de ella mientras lo hacía) y efectivamente esta chica sí que no llevaba nada, y era menor. Yo en ese momento no dije nada porque esta persona era bastante conocida, pero no volví a trabajar con él ni tengo interés en hacerlo. Yo tengo claro que hay cosas que no voy a hacer, porque tengo principios, y menos con alguien que no conozco.

En enero de este año, el New York Times publicaba que la reconocida compañía Condé Nast -propietaria de Elle, Cosmopolitan y otras publicaciones- ha establecido nuevas reglas para prevenir el acoso. Entre ellas se incluye no trabajar con modelos menores de edad, que no haya alcohol en los sets, que las modelos no se queden solas con fotógrafos u otros colaboradores, etc. ¿Crees que toda agencia de modelos o compañía propietaria de publicaciones de moda debería establecer normas de este tipo?

Por supuesto, porque parecen casos aislados pero no lo son, pasa. Se supone que, si un trabajo es realmente profesional, no debe haber ningún tipo de droga en el set. Ni de coña. Por otra parte, normalmente una sesión de fotos es una colaboración de al menos cinco personas, es imposible que estas cosas pasen, solo te dejan sola para cambiarte, nadie tiene por qué verte ni hacer nada. Pero, si estas cosas siguen pasando, será por algo, así que veo bien este tipo de medidas preventivas. Que todo se globalizara como una regla establecida sería positivo.

Christy Turlington, modelo de los años 90, dedicó unas palabras a propósito de la serie de denuncias que se desataron en Hollywood en torno al productor Harvey Weinstein. Decía que “el acoso y el maltrato siempre han sido ampliamente conocidos y tolerados en la industria de la moda”. ¿Dirías que es así? ¿El acoso y el abuso de poder son recurrentes en el mundo del modelaje?

Desde mi experiencia diría que no. El caso que he contado antes ha sido el único caso que he vivido y fue la primera sesión. Aunque es cierto que yo lo que hago son trabajos sueltos, porque a mí este mundo no me va. Me da dinero pero no me entusiasma. Pero bueno, no creo que el abuso sea algo recurrente, creo que hay otros problemas en el mundo del modelaje. Yo no he visto nada parecido. Tampoco tengo muchos amigos modelos.

Hablemos de redes sociales. Sin ellas no se entiende ninguna industria en la actualidad. Los trabajos que realizas para tu agencia no se quedan dentro de esta, sino que se comparte en las redes sociales. De esta manera, el público puede interactuar contigo directamente. ¿Has recibido algún comentario especialmente desagradable o inapropiado o conoces algún caso cercano?

Parece ser que, dentro de lo que cabe, tengo unos seguidores muy educados y, si piensan cosas, no comentan. Pero alguna vez sí he visto algún comentario con emoticonos que no me ha sentado bien. Son simples emoticonos, pero yo me pregunto “¿por qué?”, “¿para qué?”. Igual publico alguna foto en la que puedo ser –por decirlo de alguna manera- sugerente y la gente se cree con la libertad de comentar lo que le dé la gana. Emoticonos con babas y demás. Y, sinceramente, si no eres un amigo mío de confianza, la verdad es que me da un poco de grima. Pero en general no recibo comentarios así en público. Privados sí.

“Hay agencias que son nazis con los contratos”

Como modelo eres herramienta de y para la publicidad. Tu imagen, tu cuerpo, en última instancia, sirve a marcas concretas para vender sus productos. ¿Tienes o sientes que tienes libertad para elegir a quién sirves y a quién no? ¿Cuentas con algún tipo de herramienta de la que te puedas servir para rechazar ser imagen de una determinada marca cuyo producto o mensaje no te parece adecuado o no te interesa?

Depende de la agencia. Yo considero que en la mía, a lo mejor no tendré los mejores trabajos, pero tengo una libertad absoluta. Por eso estoy aquí. Podría estar en agencias en las que me salieran trabajos mejores, pero estoy contenta de poder decidir lo que quiera, cuando quiera y por los motivos que quiera. He rechazado trabajos porque tenía clase, porque no me encontraba bien o porque no iban conmigo con total libertad.

De la misma manera, conozco agencias que son –diría- nazis con los contratos. Exigen exclusividad máxima con multas de hasta 10.000€, etc. Y he trabajado con muchos modelos diferentes. Hay agencias en las que no tienes libertad ni para hacerte una foto a nivel profesional con un amigo tuyo, aunque no ganes dinero. Cedes tu imagen completamente a la agencia.

No es difícil encontrar diferencias entre imágenes de hombres y de mujeres en la publicidad. En ellos encontramos posturas, por lo general, más naturales. Sin embargo, en multitud de campañas podemos ver a mujeres siendo casi contorsionistas, con posturas incómodas e incluso peligrosas a simple vista. Hemos visto mujeres metidas en carros, haciendo formas con su cuerpo que en nada se corresponden con la realidad. ¿Qué opinas al respecto? ¿Has vivido alguna situación en la que la postura te incomodara o te pareciera surrealista o innecesaria?

Sí. De hecho, en la misma sesión de esta persona que contaba antes. Él está especializado en fotografía de desnudos y lo que pretende únicamente es crear sensualidad y provocar atracción con los cuerpos femeninos,  más que crear belleza. A mí no me han mandado a trabajar en nada así pero, si me dieran esas premisas, no aceptaría. Me preguntaría: “¿estás vendiendo un producto o estás vendiendo mi cuerpo?”. Veo horrible ese tipo de imágenes. Es publicidad hecha por hombres para hombres. Y la responsabilidad es de esas marcas que creen que es buena idea publicitar, por ejemplo, un perfume de esa manera.

También vemos continuamente –esta es la base de la publicidad sexista- cómo se reproducen los estereotipos de los roles de género en las imágenes publicitarias: hombres fuertes, con imagen de seguridad, control, dominio de la situación y del espacio, mirada al frente. En contraposición, mujeres delicadas, con imagen de debilidad y la mirada más bien dirigida hacia un lado. Las mujeres no miran, son miradas. ¿Se percibe esto entre las mujeres dentro del mundo del modelaje?

La verdad es que no. En el único trabajo en grupo que he hecho, nosotras éramos las dominantes, totalmente al contrario. En la publicidad en general claro que lo veo. Es publicidad dirigida a un cliente concreto, al caucásico de entre 20 y 30 años que consume mucho porno y demás. En los look books se hacen posturas rarísimas e incómodas. Se podrían hacer posturas para que se viera bien la ropa, el maquillaje o los zapatos, pero se busca la extravagancia, hay que llamar la atención.

Compartes agencia con otras mujeres y también con otros hombres. ¿En base a qué criterios se establece el precio a tus trabajos? ¿Se sufre la brecha salarial también en el modelaje; cobras menos que tus compañeros hombres por trabajos similares?

Creo que no es ya una cuestión de género. Dependiendo del trabajo se cobra una cosa u otra –yo no decido cuánto cobro, evidentemente. Tampoco sé cuánto cobran los demás porque no acostumbro a preguntar por ello. Por otra parte, también depende de la agencia. Dos chicas, dentro de una misma agencia, pueden cobrar muy diferente. ¿En base a qué? No lo sé bien, pero supongo que será en base a la cantidad de contratos que hagan, la subida de caché, que tengas una imagen diferente, etc.

En la campaña grupal que hice, los chicos, entre ellos, cobraban diferente; la otra chica no sé cuánto cobraba, pero sí sé que cobraba más que yo. Igual que sé que los chicos cobraban alrededor de 100€ más que yo. No sé si por el hecho de ser hombre o por la agencia. No sabría decirte, pero desde entonces pienso mucho en ello.  Pienso que influyen muchos factores. La agencia, por ejemplo, se queda normalmente con un 20% de tu trabajo, y cada una tiene sus normas.

“Me pregunto por qué en un rodaje en exterior el chico lleva chaqueta, pantalón y bufanda y yo tengo que ir con faldita y en tirantes”

A medida que la conciencia feminista va teniendo más repercusión en todas las capas de la sociedad, los roles se van deconstruyendo, hay situaciones y mensajes que se dejan de tolerar y vamos viendo imágenes y estilos diferentes. Tú tienes un piercing visible en la cara y apareces con él en las fotos sin problemas. ¿Es posible generalizar una publicidad y, por ende, un modelaje feminista y que fomente la libertad de identidad y de decisión?

Yo creo que sí. La moda innova constantemente y vuelve hacia atrás. Es cíclica. Aun así, pienso que sí se da una adaptación constante a las necesidades. Antes se criticaba y se marginaba más, ahora creo que cada vez se acepta más que cada uno tiene su propio estilo. Es más natural, ya no eres “el raro”.

Por otra parte, si se publicitan cosas que no entiendo por qué se tienen que publicitar, ¿por qué no va a publicitarse esto (el feminismo), que es un movimiento que beneficia a todo el mundo? Yo creo que es un pensamiento que hay que inculcar desde la educación, desde pequeños. Hay que enseñar que esa chica o ese chico que tienes al lado es otra persona, y que da igual el género o la raza. Hay que darle publicidad (al feminismo), y habrá quien diga que es porque está de moda y se saca dinero con ello, pero pienso que no es así. Yo si cobrara lo mismo que mis compañeros, estaría igual de feliz que ellos, por ejemplo.

Desde tu ámbito de conocimiento y de trabajo, el del modelaje y la publicidad, entre otros, ¿crees que se desaprovechan las herramientas disponibles para transmitir mensajes que puedan cambiar a mejor la situación de discriminación, violencia y desprotección hacia las mujeres?

Por supuesto, pero no interesa porque mueve dinero. El hecho de que decidan qué publicidad te estás comiendo en la televisión –tú y tus hijos- es una cuestión de interés, de control, de poder. Las herramientas están desaprovechadas porque se prioriza en la venta de productos a cualquier precio.

¿Qué se podría cambiar dentro del modelaje para que los trabajos tuvieran unos resultados menos sexistas?

Yo me pregunto por qué en un rodaje en exterior, por ejemplo, el chico lleva chaqueta, pantalón y bufanda –si me apuras-, y yo tengo que ir con una faldita, en tirantes y tengo que actuar como si no estuviera a 2ºC. O por qué a él tardas cinco minutos en maquillarlo y a mí una hora y media. Cambiar eso sería útil para transmitir una imagen diferente. Las mujeres no somos perfectas, ¿por qué se empeñan en hacer creer que lo somos? Lo único que se consigue es hacer pensar a las chicas que si no son perfectas no van a ser nadie en la vida. Hay que mostrar, además, la diversidad de cuerpos.

¿Qué le dirías a una mujer joven que esté pensando en adentrarse en el mundo del modelaje?

Muchas cosas. Lo fundamental es la madurez mental. Le diría que, hasta que no sienta que sus principios no van a ser perturbados por nadie, no lo haga. Tienes que ser una persona muy fuerte mentalmente para estar aquí. Tienes que enfrentarte a opiniones que te pueden afectar. Yo agradezco haber empezado con 20 años. Si hubiera empezado con 16, ¿quién me soportaría? Creo que sería una persona superficial y no apreciaría a la gente que me rodea. El mundo de la moda es así, es imagen y superficialidad. Le diría que no lo hiciera por fama, que los seguidores no importan nada, que medite mucho los trabajos –porque estás vendiendo tu imagen y puedes arrepentirte de muchas cosas- y que se forme, que estudie mucho. Pero, sobre todo, como digo, la madurez mental es clave. La necesitas para poder rechazar, para poder opinar, para no quedar como una estúpida el resto de tu vida.

 

Me afino las cuerdas vocales

A veces me aburro de mí misma, pierdo el tiempo, no aprovecho la ocasión ni tomo nota. Yo también me boicoteo, busco excusas, me apoltrono en un rincón. No comprendo, rebusco en el cajón de los errores y solo a mí me encuentro. Tiritando. El acierto es apostar todo a que la próxima vez será otro quien me abra a mí y tirite. A veces apago la música, me pongo en el foco y me veo a mí misma en el futuro en el mismo rincón.

La zona de confort se hace pequeña, me aprieta entre las muelas, y a la vez me consuela y es arropo, y me arrodillo ante la espina que atraviesa mi garganta porque soplo y se disipa la amargura y a vivir -que no es gerundio pero el reloj no para ya ni pa’ mear.

A veces me cuestiono y no me dejo responder, me miro desnuda, me quiero en silencio y me rasgo los dientes intentando romper las dos esquinas del rincón. Levántate. Que no me levanto, que no sé bailar. A veces me hidrato bien los sueños y otras veces me dejo convencer de que es imposible que lluevan pianos. El barro que hoy me cae por los costados es el vino que bebí hace un par de telojuro‘s y ahora se me queda tieso el pecho cuando pienso en navegar el charco que me quedó para amar. No es casualidad que el mundo esté patas arriba, si es que nunca he despegado la cabeza del asfalto.

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Foto: Ángela de la Torre

A veces me aburro de mí misma, pierdo la vergüenza, no me escondo en ningún sitio y me da por cantar. Yo también bailo en la ducha, busco playas donde echar la siesta, deshago la cama -que es lo que nadie nunca me enseñó. Reinterpreto, rebusco en el cajón de los aciertos y solo a mí me encuentro. Respirando. El error es apostar todo a que la próxima vez será otro quien me abra a mí y me corte el aire. A veces subo el volumen, abro la ventana y me veo a mí misma en el presente no teniendo miedo.

Las muelas se me aprietan contra un pecho ajetreado y me arrodillo ante la falsa tersura de la felicidad porque es que inspiro y se me llenan los pulmones de verdad -que no es ni verbo pero está cara y este poco a mí me sabe a libertad.

A veces me formulo y la respuesta es lo de menos, me miro sin ropa –que no es lo mismo que desnuda, sino vacía de cargas-, me quiero en voz alta y me limo las uñas rompiendo el espacio que sobra en la cama. Descansa. Que no descanso, que soñar me sale mal, que quiero hacerme realidad. Uso mis piernas y no dejo que el invierno se me escape de las manos, que el buen frío ayuda a conservar mejor los atardeceres. A veces olvido que tengo la piel seca y afino el piano para que caiga bonito y me invite, aunque sea, a una última nana. El agua que hoy me brota por los poros es el después de la resaca tinta, y ahora ‘se me pone el alma pirata’ cuando pienso en la de versos que aún me quedan por untar bien en mi espalda. No es casualidad que el mundo esté desordenado, si es que nunca he pretendido caminar con cuidado en línea recta.

Las mujeres no morimos por casualidad

Es habitual que una mujer reciba insultos o comentarios de menosprecio y sea objeto de burlas cada vez que se defiende verbalmente de las agresiones machistas que sufre a diario. Es tan común que, a ratos, me da por pensar si es que, efectivamente, somos unas exageradas, unas “putas locas”. Sin embargo, por más reflexiono, la respuesta a esa pregunta siempre es ‘no’. Es ‘no’ porque el ‘sí’ ya lo imponen los hombres por todas nosotras.

Me pongo a recordar en qué momento empecé a ser una “histérica” para los hombres y nunca encuentro el instante exacto, sino una sucesión de situaciones violentas que he vivido o que compañeras, hermanas, han tenido la habitual desgracia de vivir. Voy a resumir tanto como me sea posible:

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Manifestación en Bilbao contra las violencias machistas / 25 de noviembre de 2017

Cuando vuelvo a casa en vacaciones, a mi abuelo o a alguno de mis tíos siempre les da por explicarme cosas. Cosas. Sin más ni más. Y no solo cosas que ignoro, sino también cosas que conozco mejor que ellos. Da igual, ellos sienten la imperiosa necesidad de hacerlo. Recuerdo que cuando vivía con mi padre, ambos salíamos de casa y regresábamos a ella a la misma hora (él para trabajar y yo para acudir a clase y estudiar) y, sin embargo, mientras yo me encargaba poner y quitar la mesa, él se sentaba en el sofá a disfrutar de un rato de televisión.

En clase, mis compañeros me interrumpen continuamente. Al parecer, lo que tengo que decir no es tan importante como para que ellos guarden un poco de silencio. En el metro suelo encontrarme con una invasión de mi espacio vital, ya sea porque un hombre se pega demasiado innecesariamente o porque ocupa su asiento y el mío con sus piernas. Acostumbro a escuchar a mis amigos, chicos, hacer bromas sobre lo fácil que les va a resultar o les ha resultado ligar con una chica al estar borracha.

Suelo sacar las llaves de casa un buen rato antes de llegar a la puerta para entrar lo antes posible, y siempre mirando hacia atrás continuamente. A mi hermana le da miedo ir sola por la calle aun siendo de día. Mi madre es la criada de su pareja. Mis profesoras cobran menos que mis profesores por el mismo trabajo. A mis amigas, sus novios les revisan el móvil. Es muy difícil que sea una mujer la que dé una charla como experta en la universidad. Tengo un profesor que llama ‘princesitas’ a algunas alumnas (y cosas peores).

Hace unas semanas, un chico de unos 13 años le dio un beso a una amiga mía en plena calle porque, sencillamente, le dio la puta gana. Unos días atrás, estaba yo tomando algo en un bar y, tras estar media hora mirándome descaradamente, un señor de unos 60 años comenzó a echarme fotos con su móvil. Continuó haciéndolo después de haberme cambiado a una mesa en el extremo opuesto del bar.

Hace unas semanas, en una discoteca, un chico no paraba de acercarse y tocar a una amiga a pesar de su negativa y tuvimos que irnos. A otra amiga, hace dos meses, un hombre la cogió del brazo mientras iba andando tranquila hacia casa y la invitó a irse a un hotel con él. Tuvo que salir corriendo despavorida. El año pasado, cinco hombres violaron a una chica en Sanfermines. Y en el último año 2017, 98 fueron las mujeres asesinadas a manos de hombres.

Entonces, vuelvo a pararme a pensar, y reparo en unas cuántas cosas:

No se trata de un abuelo sabio y servicial, no es un padre cansado de trabajar, no son compañeros de clase impacientes, no es un hombre al que se le aplastan los genitales por cruzar las piernas, no son amigos graciosos, no es un tío pesado en una discoteca, no es un novio curioso cuyos celos son síntoma del intenso amor que siente hacia su pareja. Claro que no.

Son hombres que han aprendido y asumido desde pequeños que las mujeres somos territorio de conquista. Son hombres que han interiorizado la idea de que pueden mirarnos, hablarnos, increparnos, tocarnos, besarnos, dominarnos, utilizarnos, violarnos y matarnos cuando, como y donde les apetezca.

El asesinato de una mujer no es fruto de una discusión puntual, de un arrebato momentáneo, de una enfermedad mental. No son casos aislados, no son casualidad. Todas las formas de violencia machista responden a un sistema cultural hegemónico denominado ‘heteropatriarcado’ que, a pesar de que la RAE (esa que hasta hace poco definía mujer como “sexo débil”) no quiera incluirlo en el diccionario de la lengua española, existe y supone la supeditación y opresión de la mujer, el dominio del hombre y de la heterosexualidad y el binarismo de género.

No estamos locas. Vivimos en guerra.

Lamentablemente, las mujeres comenzamos a ser asesinadas cuando nuestros abuelos empiezan, desde bien pequeñitas, a explicarnos cosas.